"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)

martes, 23 de febrero de 2016

El Comunismo, intrínsecamente perverso, es pecado y el Concilio Vaticano II lo condena


El comunismo es intrínsecamente perverso 
y se opone radicalmente a la Doctrina Social de la Iglesia.

José Miguel Arráiz
En ambos extremos del espectro teológico (tanto el del “progresismo” radical, como el del “tradicionalismo” filolefebvriano) se suele afirmar que el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo. Los progresistas radicales se congratulan de esa supuesta omisión del Vaticano II, mientras que los tradicionalistas radicales la deploran. Los últimos suelen abrazar teorías conspirativas que aluden a pactos entre el Vaticano y la KGB, y se muestra como evidencia la desaparición de una petición de condena al comunismo firmada por numerosos obispos en donde se solicitaba una condena explícita del comunismo.

En este post abordaré brevemente los acontecimientos históricos relacionados basándome en la obra de Gian Franco Svidercoschi, Historia del Concilio Vaticano II, y a continuación iré al punto central del asunto que se refiere a la condena del Concilio al comunismo ateo.

La petición “desaparecida”

La mencionada petición se presentó a la secretaría general, para que la transmitiera al organismo competente, una petición armada por numerosos obispos, solicitando la inclusión en el esquema XIII de una condenación explícita del comunismo.

Dicha petición fue entregada el sábado 9 de Octubre, día en que terminaba el tiempo hábil para presentar por escrito las propuestas de modificaciones al proyecto sobre la Gaudium et Spes. Se entregó la petición a un agregado del oficio y este anunció por teléfono su llegada a monseñor Glorieux , que era uno de los secretarios de la comisión mixta encargada de la revisión del esquema XIII. Sin embargo, cuando le llegó la instancia, a pesar de haber sido ya avisado, juzgó que había llegado tarde con respecto a los límites preestablecidos, y en consecuencia no la transmitió ni a la comisión central ni a la subcomisión especial que debía revisar el pasaje relativo al ateísmo. Obró también así porque, estando al corriente de que este último organismo se ocupaba ya, de acuerdo con las observaciones de algunos padres, de la propuesta contenida en la petición, creyó oportuno no obstaculizar el trabajo ya comenzado.

El prelado obró en perfecta buena fe y nadie ha dudado de ello lo más mínimo; tal vez, eso sí, con un poco de ingenuidad, ya que, si hubiera calculado las posibles consecuencias, no se habría comportado de este modo. De hecho no dijo absoluta mente nada a sus superiores. Y este fue precisamente su verdadero y único error.

Pasaron los días y comenzaron a aparecer en la Prensa las primeras noticias en torno al paso dado por algunos centenares de obispos. Pero nadie logró saber con certeza su número. Según informaciones ofrecidas por los mismos ambientes que habían tomado la iniciativa, los periódicos aludieron primero a 400 firmas, después a 450 y finalmente a 500. Sólo algunas semanas más tarde se supo la cifra exacta. Los firmantes habían sido 297, a los que se habían añadido, después del término fijado, otros 37. Fueron por consiguiente, en total, 334. Y se conoció también la razón por la que se había llegado a hablar hasta de 500 firmas. Se debía al hecho de que las firmas de los promotores oficiales estaban repetidas en cada uno de los folios que contenían los nombres de los otros firmantes.

Pasaron varios días más. Los miembros y los peritos de la comisión mixta, enterados de la petición sólo a través de los periódicos, pensaron obviamente que durante el «trayecto» había sido «blocada» por la autoridad superior. Entretanto, los 334 padres que habían suscrito el recurso esperaban tranquilos y confiados que se terminara la revisión del esquema y en particular de la sección sobre el ateísmo. Imaginemos cuál sería su sorpresa el 13 de noviembre cuando recibieron el texto enmendado y comprobaron, en las notas explicativas sobre el trabajo de revisión, que la propuesta de mencionar expresamente el comunismo, y que por otra parte la comisión no había creído necesario aceptar, había sido lanzada sólo por dos padres. ¿Y los otros 332?

Inmediatamente se pidieron explicaciones al organismo competente. Y entonces todos cayeron, como es natural, de las nubes. No sabían absolutamente nada. Después, la verdad fue saliendo poco a poco a la luz. Monseñor Glorieux había considerado que la instancia había llegado tarde… Lo demás ya lo sabemos.

Pero aunque dicha petición no llegara, ya había sido analizada la cuestión por la subcomisión especial, examinando la petición presentada por escrito por dos obispos que era idéntica a la contenida en la exposición.

Condena implícita pero diáfana del Concilio al comunismo

Se encontraron los padres conciliares con un problema de difícil solución. Por un lado estaban razones prudenciales muy justificables, ligadas a la suerte de los cristianos en los países comunistas, pero por otro lado no se podía omitir una condena y reprobación al comunismo. De esta manera el organismo encontró un expediente que pudiera componer las exigencias opuestas Se introdujo al principio del párrafo 21 una clara alusión al comunismo basada en las condenas precedentes del magisterio pontificio. El texto quedó de esta manera:

“Entre las formas del ateísmo moderno debe mencionarse la que pone la liberación del hombre principalmente en su liberación económica y social. Pretende este ateísmo que la religión, por su propia naturaleza, es un obstáculo para esta liberación, porque, al orientar el espíritu humano hacia una vida futura ilusoria, apartaría al hombre del esfuerzo por levantar la ciudad temporal. Por eso, cuando los defensores de esta doctrina logran alcanzar el dominio político del Estado, atacan violentamente a la religión, difundiendo el ateísmo, sobre todo en materia educativa, con el uso de todos los medios de presión que tiene a su alcance el poder público.

La Iglesia, fiel a Dios y fiel a los hombres, no puede dejar de reprobar con dolor, pero con firmeza, como hasta ahora ha reprobado, esas perniciosas doctrinas y conductas, que son contrarias a la razón y a la experiencia humana universal y privan al hombre de su innata grandeza.” (GS 20-21).
Para despejar cualquier duda respecto a la alusión de esta condena al comunismo se agregó una nota donde se citaban intencionadamente las encíclicas Divini Redemptoris de Pío XI (19 de marzo de 1937), Ad Apostolorum Principis de Pío XII (29 de junio de 1958), Mater el Magistra de Juan XXIII (15 de mayo de 1961) y Ecclesiam suam de Pablo VI (6 de agosto de 1964). Estas cuatro encíclicas se referían exclusivamente al comunismo, mientras que la alusión a las reprobaciones pasadas, incluida en el número 21, se refería a todas las formas de ateísmo incluyendo el ateísmo comunista.

Todavía hoy día se sigue escuchando que el Concilio Vaticano II no condenó el comunismo, cosa que no es cierta. Lo que sería cierto es que no pudo haber sido lo suficientemente explícita como algunos hubiésemos querido, pero fue al mismo tiempo diáfana, como se puede comprobar en el texto citado y en la ratificaciones del Magisterio precedente al respecto, y sutil, para no comprometer la situación de los cristianos en los países comunistas.
(http://infocatolica.com/blog/apologeticamundo.php/1210130314-el-concilio-vaticano-ii-y-su)

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