"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)
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miércoles, 6 de abril de 2022

Adolf Hitler: "Yo soy socialista"

 Adolf Hitler encabeza su manifiesto declarándose socialista: "Ich bin sozialist". Un fruto envenenado del comunismo-socialismo, como no puede ser de otra manera.


Gregor Strasser, uno de los ideólogos del nacional-socialismo (nazismo) declara abiertamente su adhesión al socialimso: "Nosotros somos socialistas, somos enemigos del sistema económico capitalista actual porque explota al que es débil desde el punto de vista económico, con sus salarios desiguales, con su evaluación indecente de un ser humano según tenga riqueza o no la tenga, en vez de evaluar la responsabilidad y la actuación de la persona, y estamos decididos a destruir este sistema capitalista en todos sus aspectos".
Cualquier coincidencia con los que "combaten al capital" no es casualidad.


lunes, 2 de noviembre de 2020

El ocultismo en las raíces del Tercer Reich

 


Ahora bien, si hablamos del ocultismo como raíz del nazismo, hay que hablar del satanismo, como raíz del comunismo. De lo contrario, es hacer propaganda a la secta pestífera comunista.


Antes de que Himmler diera rienda suelta a sus ideas esotéricas, varias sociedades buscaron justificar “científicamente” el supremacismo ario. Algunas de sus creencias serían adoptadas por el nazismo.

Adolf Hitler era un gran lector. Desordenado, fragmentario y sin método, pero leía de todo. Especialmente obras históricas, militares, biografías y… las novelas del Oeste de Karl May. No solía tener en cuenta la calidad de la fuente o lo acertado de la argumentación, tan solo buscaba ratificar sus convicciones. Dar forma a su particular visión del mundo, que podría resumirse en tres ideas: la vida era una lucha continua en la que solo sobrevivía el más fuerte; la raza aria era superior a las demás; y el judaísmo buscaba corromperla.


De los distintos períodos de su existencia, los años juveniles en los que trató de abrirse paso como pintor resultaron cruciales para establecer esa visión. Aunque vio rechazada su admisión en la vienesa Academia de Bellas Artes, permaneció varios años en la capital imperial. Sin oficio fijo, realquilado o durmiendo en sórdidos albergues masculinos, dispuso de mucho tiempo libre para pensar, pasear, oír música y, sobre todo, leer.


Entre sus lecturas favoritas se hallaba la revista Ostara, que solía revisar una y otra vez con fruición. El director de la publicación señalaría después que el joven Hitler le había visitado en la redacción allá por 1909 para pedirle algunos números atrasados. Conmovido por su modestia y evidente carestía, no solo se los había regalado, sino que también le había dado un par de coronas para su sustento. Pero ¿qué se escondía tras Ostara?


Jörg Lanz von Liebenfels, fundador de la revista 'Ostara'.

Jörg Lanz von Liebenfels, fundador de la revista 'Ostara'. Dominio público

La clave de una generación

Fundada en 1905 por Jörg Lanz von Liebenfels, un ariosofista delirante, la revista austríaca Ostara tomaba el nombre de una antigua divinidad germánica de la primavera. Desde una perspectiva racista y antiliberal, no solo criticaba las debilidades de la monarquía de los Habsburgo, sino que advertía del peligro que representaban para los arios las “razas inferiores”. Es decir, casi todas las demás.


Sus titulares no podían ser más explícitos: “¿Es usted rubio? Entonces le acechan grandes peligros”. Estas aserciones aparecían justificadas con todo tipo de teorías ocultistas y sesgadas interpretaciones de textos védicos y bíblicos, así como con los proféticos versos de Nostradamus. Como aderezo, Ostara incluía una rebuscada simbología, en la que no podían faltar ni las runas (las antiguas letras germánicas) ni la esvástica.


Uno de los ganchos de la revista eran los relatos de corte casi pornográfico en los que hermosas germanas rubias caían en las garras de libidinosos “oscuros”. Así se refería Ostara a los negros, a los eslavos y a los judíos, retratados como taimados y simiescos seres que, llevados por su voraz apetito sexual, anhelaban contaminar la pura sangre aria.


El joven Adolf Hitler, soldado en la Primera Guerra Mundial.

El joven Adolf Hitler, soldado en la Primera Guerra Mundial. Dominio público

Detrás de la publicación se hallaba el Ordo Novi Templi, una secta iniciática de vaga inspiración templaria fundada por el propio Liebenfels. Este antiguo monje cisterciense, cuyo verdadero nombre era Adolf Josef Lanz, había adquirido cierto renombre tras publicar Teozoología, libro en el que abogaba por la esterilización de las razas inferiores y de aquellos que padecieran ciertas enfermedades hereditarias. Del mismo modo, consideraba el devenir humano un permanente combate entre los arios, una raza creadora de cultura, y los oscuros.


Revistas como la descrita no solo florecían en Austria, donde los de etnia germana se sentían amenazados por el creciente número de eslavos y judíos que formaban parte del Imperio. También en Alemania, acunadas por la efervescencia nacionalista producida tras la unificación en 1871.


La influencia de estas publicaciones (no solo en Hitler, sino en toda su generación) no debería infravalorarse. En realidad, servían de medio de expresión a las numerosas sociedades de signo ultranacionalista que crecían en ambos países, y que defendían la unión de todos los germánicos en un solo estado, la denominada Gran Alemania.


En estas publicaciones racistas, vocablos como ario, nórdico, germano o alemán acabarían utilizándose indistintamente

Algunas de estas sociedades eran respetadas, como la Liga Pangermánica, en la que militaban numerosos miembros de las clases dirigentes del II Reich. Pero la mayoría estaban formadas por grupos extremistas que combinaban, a partes iguales, racismo y antisemitismo, teosofía y ocultismo, dando lugar a lo que se ha dado en llamar la ariosofía. Esta corriente propugnaba la vuelta a un supuestamente glorioso y pagano pasado ario, de la mano de líderes carismáticos dotados de poderes ocultos.


Nadie parecía haberse parado a pensar que el término “ario”, desde una perspectiva científica, no encerraba ninguna idea de carácter racial, sino lingüístico, puesto que hacía referencia a un conjunto de lenguas emparentadas. En estas publicaciones, vocablos como ario, nórdico, indogermano, germano o alemán acabarían utilizándose indistintamente. Y, de hecho, así serían entendidos por el común de la ciudadanía.


Oscuras teorías

Más respetado que Lanz era Guido von List, del que el primero se consideraba discípulo. Este ocultista, famoso por sus estudios sobre la adivinación a través de las runas y líder de la Sociedad List, mantenía que la cultura alemana se hallaba amenazada por una conspiración judía internacional, que solo podría superarse con una guerra.


El influyente ocultista Guido von List.

El influyente ocultista Guido von List. Bundesarchiv

Para prepararse ante la contienda que se avecinaba era necesario estructurar un estado fuerte y racialmente puro, dirigido por un líder que fuese la “encarnación visible de la ley aria divina”. En ese estado, “solo los miembros de raza ariogermánica [tendrían] derecho a la ciudadanía”, los de las razas inferiores quedarían sometidos y excluidos de cualquier cargo.


Para coronar este proyecto, la doctrina cristiana, contaminada por elementos judaicos, aparecía como un obstáculo. De ahí la necesidad de volver al pasado, a un paganismo germánico del que List se consideraría apóstol.


Este tipo de teorías, con todas las matizaciones que se quiera, aparecían también en los textos de prestigiosas figuras de la cultura alemana, como el compositor Richard Wagner (El judaísmo en la música, 1850). Hasta contaban con una supuesta base científica, la que les habían otorgado el conde de Gobineau, un respetado erudito francés, y el pensador británico Houston Stewart Chamberlain.


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La Sociedad de Thule

La derrota de los imperios centrales durante la Primera Guerra Mundial exacerbó todos estos sentimientos. Muchas de aquellas asociaciones desaparecieron, pero las que subsistieron adoptaron una especial virulencia. Deseaban acabar con la República de Weimar, que había sustituido al caído II Reich, y con los “traidores de noviembre, que habían apuñalado al Ejército por la espalda”. Es decir, los socialistas, comunistas y judíos. Uno de aquellos grupos racistas, llamado a tener una importante influencia en el nacimiento del nacionalsocialismo, fue la bávara Sociedad de Thule.


Su nombre hacía referencia a lo que los geógrafos griegos consideraban la tierra más septentrional de todas las existentes, y que para los nacionalistas alemanes simbolizaba el origen nórdico de su raza.


Inicialmente era una agrupación de investigación etnográfica, cuyo objetivo, según el registro de sociedades de Múnich, era el estudio de las antigüedades teutonas, y desde 1912 había publicado varios opúsculos sobre poesía nórdica. Su símbolo era una esvástica que coronaba una espada con hojas de roble, y sus miembros, profesionales de las clases altas y medias.


Alfred Rosenberg, uno de los importantes miembros de la Sociedad Thule.

Alfred Rosenberg, uno de los importantes miembros de la Sociedad de Thule. Bundesarchiv

Entre el millar largo de miembros de la renacida Sociedad de Thule había varios personajes de gran trascendencia en los años posteriores: el aviador y ariosofista Rudolf Hess, más tarde lugarteniente de Hitler; el militar y orientalista Karl Haushofer, ideólogo del Lebensraum ("espacio vital"); el abogado Hans Frank, futuro ministro del Reich y jefe del Gobierno General de Polonia; el ingeniero Gottfried Feder, coautor del programa del Partido Nacionalsocialista; el ideólogo Alfred Rosenberg, autor de El mito del siglo XX...


Aunque la Sociedad de Thule inspiraba y apoyaba económicamente a diversos grupos de extrema derecha, no se decidió a intervenir directamente en política hasta principios de 1919. Algunos de sus miembros, como los periodistas Hermann Esser y Karl Harrer o el cerrajero Anton Drexler, unieron entonces sus grupúsculos para fundar el nuevo Partido de los Trabajadores Alemanes (DAP). En él agregaron ciertos elementos de corte socialista a la ideología pangermanista de Thule, con el fin de acercarse al mundo obrero, que les era ajeno. Unos meses después, un joven veterano de la guerra, Adolf Hitler, se afilió al DAP. Pronto se hizo con las riendas del poder, y lo transformó en el Partido Nacionalsocialista de los Trabajadores Alemanes (NSDAP).


Hitler con miembros del Partido Nazi en 1930.

Hitler con miembros del Partido Nazi en 1930. Bundesarchiv

En el DAP conoció a Dietrich Eckart, un destacado miembro de la Sociedad de Thule. Este agudo periodista, poeta, dramaturgo y empedernido bebedor dirigía el semanario antisemita El buen alemán. Eckart se convirtió en el consejero y tutor de Hitler, pulió sus modales y le introdujo en los círculos convenientes, hasta que murió en 1923.


Hitler fue siempre consciente de lo mucho que le debía, y, posiblemente, sin Eckart su carrera política habría tomado distintos derroteros. Poco dado a reconocer influencias, el futuro canciller del Reich dejó escrita en las páginas de su Mein Kampf (Mi lucha) esta muestra de reconocimiento: “Fue uno de los mejores. Dedicó su vida al despertar de nuestro pueblo con su pluma, sus pensamientos y, finalmente, con sus actos”.


No hay constancia de que Heinrich Himmler hubiera pertenecido a la Sociedad de Thule, pero sí se sabe que trabó amistad con algunos de sus miembros. Cada vez más interesado por la astrología y la videncia, el futuro jefe de la Gestapo hizo suyas diversas teorías espiritualistas y neopaganas, y en 1935, ya con el partido nazi en el poder, impulsó su propia institución, la Ahnenerbe, destinada a confirmar sus principios de superioridad racial aria.


Este artículo se publicó en el número 505 de la revista Historia y Vida. 

(https://www.lavanguardia.com/historiayvida/historia-contemporanea/20201026/34025/olga-boznanska-pintora-polaca-enterrada-guerra-fria.html?fbclid=IwAR30KZW90wIOpWMfsnRrpTpwf22ikjY10uQdSo7OhsEGv3aozA5I9wNcF3g)

jueves, 8 de octubre de 2020

Nazismo y Comunismo, unidos en el odio al ser humano y a Dios


 


La Alemania de Hitler tentó al comunista Stalin con su común antiliberalismo

Les unió el odio a la democracia: un revelador telegrama sobre el pacto nazisoviético de 1939

@ElentirVigoMar 1·9·2020 · 18:39  0

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martes, 31 de marzo de 2020

Nazismo y comunismo: las verdaderas cifras del terror tras la histórica condena de la UE


El 19 de septiembre, el Parlamento europeo igualó oficialmente los «asesinatos en masa, genocidios y deportaciones de ambos regímenes» durante el siglo XX

Israel Viana
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MADRID Actualizado:16/10/2019 11:02h


El resultado fue aplastante: 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones. El pasado 19 de septiembre, la Unión Europea situó oficialmente al comunismo al mismo nivel que el nazismo, tras aprobar una resolución en la que se condenó que «ambos regímenes cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones, y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad».

[ «Comunismo y nazismo es lo mismo», por Ramón Pérez-Maura]

Los europarlamentarios pedían, además, que todos los Estados miembros «hagan una evaluación clara y basada en los crímenes y actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi». A pesar de su trascendencia histórica, esta resolución ha pasado desapercibida para la gran mayoría de los medios de comunicación, lo que resulta curioso si tenemos en cuenta que dicha comparación ha sido un debate recurrente entre los historiadores más prestigiosos del mundo desde la caída de la URSS hace tres décadas.

En 1995, por ejemplo, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski llegó a la siguiente conclusión en su libro «El imperio» (Anagrama): «Si podemos establecer la comparación, el poder destructor de Stalin fue mucho mayor. La destrucción realizada por Hitler no duró más de seis años, mientras que Stalin empezó su terror en los años veinte y llegó hasta 1953. Su poder se mantuvo 30 años y la maquinaria de terror se prolongó mucho más. No es que Hitler fuese mejor, pero no tuvo tanto tiempo». No hay que olvidar que a Lenin ya se le responsabiliza antes de tres millones de muertes desde que tomó el poder en 1917 hasta su salida en 1924, sin incluir las registradas en la guerra civil.

«Libro negro del comunismo»
El debate alcanzó su punto álgido en 1997, con la publicación del «Libro negro del comunismo» a raíz del 80 aniversario de la Revolución de Octubre. Fue redactado por un grupo de historiadores bajo la dirección del investigador francés Stéphane Courtois, que se esforzó por hacer un balance preciso y documentado del verdadero coste humano del comunismo. Se apoyó en la información desclasificada de los archivos de Moscú y estableció un cómputo final sobrecogedor: cien millones de muertos, cuatro veces más que la cifra atribuida por estos mismos autores al nacionalsocialismo de Hitler.

Stalin, en 1935
Stalin, en 1935 - Keystone
El balance no fue una revelación, a pesar de todo. Numerosos investigadores ya se habían interesado en los años previos por los gulag, las hambrunas provocadas por Stalin en Ucrania y las deportaciones masivas de los disidentes del régimen soviético. En 1989, el politólogo Zbigniew Brzezinski ya había establecido los muertos del régimen soviético en 50 millones, en su obra «El gran fracaso: nacimiento y muerte del comunismo en el siglo XX». Robert Conquest, cuyos trabajos sobre la Unión Soviética le convirtieron en una autoridad, estimó 40 millones de víctimas, sin contar a los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial. En 1987, Rudolph Rummel, de la Universidad de Hawai, dijo que la URSS había matado a 61,9 millones de personas entre 1917 y 1987. Mientras que el historiador ruso y premio Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn, en el segundo volumen de su «Archipiélago Gulag», de 1973, cifró el número de víctimas de la represión en 88 millones.

La idea de que se pueda comparar a ambos regímenes ha sido siempre rechazada con indignación por los comunistas. De hecho, incluso el grupo socialista europeo –en el que se encuadra el PSOE– presentó una propuesta distinta a la resolución finalmente aprobada, en la que se evitaba mencionar al comunismo y los crímenes cometidos en su nombre en la condena. Es probable que los nazis también hubieran rechazado con igual indignación esta declaración pública, pero no hay que olvidar que esta equiparación ya fue establecida en la primera mitad del siglo XX por autores tan importantes y dispares como George Orwell, Simone Weil, Marcel Mauss, Bernard Shaw, el Nobel de Literatura André Gide y socialistas rusos convencidos como Victor Serge. Hay muchos historiadores que, incluso, defienden que el nazismo no podría explicarse sin la existencia previa del comunismo.

Exterminio racial o político
Una de las diferencias más notables entre ambos es que que los gulag soviéticos se emplearon para castigar y eliminar a los disidentes políticos soviéticos, con el objetivo de transformar lo más rápido posible las estructuras socio-económicas del país e impulsar la colectivización y la industrialización. Los nazis, por su parte, emplearon sus campos de concentración para el exterminio de la raza judía, principalmente.

Hitler, poco después de subir al poder en 1933
Hitler, poco después de subir al poder en 1933 - Hulton Archive
El balance más desolador de este último fue hecho público hace dos años por el Holocausto Memorial Museum de Washington, a través del proyecto «Enciclopedia de Campos y Guetos». El resultado fue un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos y factorías de trabajos forzados que provocaron entre 15 y 20 millones de muertos o internados. En su mayoría fueron judíos, pero también integrantes de otros grupos perseguidos por el nazismo, como los gitanos y los homosexuales. «Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos», aseguró el director del German Historical Institute de Washington, Hartmut Berghoff.

Sin embargo, el cómputo de la mayoría de estudios hechos desde 1945 era de seis millones. Ese mismo año, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York ya situó los muertos entre 5.659.600 y 5.673.100. Una cifra similar a la que fue revelada antes por William Höttl, antiguo miembro de las SS, que declaró que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en 1944.

A la luz de estas cifras, Courtois estableció otra diferencia importante que parece haber sido resarcida con la presente resolución. «Habría que reflexionar sobre el régimen que a partir de 1945 fue considerado como el más criminal del siglo y un régimen comunista que, hasta 1991, ha conservado toda su legitimidad internacional y que hoy está en el poder en varios países y mantiene adeptos en el mundo entero».
(https://www.abc.es/historia/abci-nazismo-y-comunismo-verdaderas-cifras-terror-tras-historica-condena-201910142309_noticia.html?fbclid=IwAR0qUgF1uM6lHYGMdRmG4_okoNxU2-b7U8075daci4GOSW9tKdF6BM4ipEw)

jueves, 30 de enero de 2020

Nazismo y comunismo: las verdaderas cifras del terror tras la histórica condena de la UE

Stalin, en 1935

El carnicero Stalin, compañero de matanzas de Hitler.

El 19 de septiembre, el Parlamento europeo igualó oficialmente los «asesinatos en masa, genocidios y deportaciones de ambos regímenes» durante el siglo XX
Israel Viana
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MADRID Actualizado:16/10/2019 11:02h
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El resultado fue aplastante: 535 votos a favor, 66 en contra y 52 abstenciones. El pasado 19 de septiembre, la Unión Europea situó oficialmente al comunismo al mismo nivel que el nazismo, tras aprobar una resolución en la que se condenó que «ambos regímenes cometieron asesinatos en masa, genocidios y deportaciones, y fueron los causantes de una pérdida de vidas humanas y de libertad a una escala hasta entonces nunca vista en la historia de la humanidad».

[ «Comunismo y nazismo es lo mismo», por Ramón Pérez-Maura]

Los europarlamentarios pedían, además, que todos los Estados miembros «hagan una evaluación clara y basada en los crímenes y actos de agresión perpetrados por los regímenes comunistas totalitarios y el régimen nazi». A pesar de su trascendencia histórica, esta resolución ha pasado desapercibida para la gran mayoría de los medios de comunicación, lo que resulta curioso si tenemos en cuenta que dicha comparación ha sido un debate recurrente entre los historiadores más prestigiosos del mundo desde la caída de la URSS hace tres décadas.

En 1995, por ejemplo, el periodista polaco Ryszard Kapuscinski llegó a la siguiente conclusión en su libro «El imperio» (Anagrama): «Si podemos establecer la comparación, el poder destructor de Stalin fue mucho mayor. La destrucción realizada por Hitler no duró más de seis años, mientras que Stalin empezó su terror en los años veinte y llegó hasta 1953. Su poder se mantuvo 30 años y la maquinaria de terror se prolongó mucho más. No es que Hitler fuese mejor, pero no tuvo tanto tiempo». No hay que olvidar que a Lenin ya se le responsabiliza antes de tres millones de muertes desde que tomó el poder en 1917 hasta su salida en 1924, sin incluir las registradas en la guerra civil.

«Libro negro del comunismo»
El debate alcanzó su punto álgido en 1997, con la publicación del «Libro negro del comunismo» a raíz del 80 aniversario de la Revolución de Octubre. Fue redactado por un grupo de historiadores bajo la dirección del investigador francés Stéphane Courtois, que se esforzó por hacer un balance preciso y documentado del verdadero coste humano del comunismo. Se apoyó en la información desclasificada de los archivos de Moscú y estableció un cómputo final sobrecogedor: cien millones de muertos, cuatro veces más que la cifra atribuida por estos mismos autores al nacionalsocialismo de Hitler.

Stalin, en 1935
Stalin, en 1935 - Keystone
El balance no fue una revelación, a pesar de todo. Numerosos investigadores ya se habían interesado en los años previos por los gulag, las hambrunas provocadas por Stalin en Ucrania y las deportaciones masivas de los disidentes del régimen soviético. En 1989, el politólogo Zbigniew Brzezinski ya había establecido los muertos del régimen soviético en 50 millones, en su obra «El gran fracaso: nacimiento y muerte del comunismo en el siglo XX». Robert Conquest, cuyos trabajos sobre la Unión Soviética le convirtieron en una autoridad, estimó 40 millones de víctimas, sin contar a los fallecidos en la Segunda Guerra Mundial. En 1987, Rudolph Rummel, de la Universidad de Hawai, dijo que la URSS había matado a 61,9 millones de personas entre 1917 y 1987. Mientras que el historiador ruso y premio Nobel de Literatura Aleksandr Solzhenitsyn, en el segundo volumen de su «Archipiélago Gulag», de 1973, cifró el número de víctimas de la represión en 88 millones.

La idea de que se pueda comparar a ambos regímenes ha sido siempre rechazada con indignación por los comunistas. De hecho, incluso el grupo socialista europeo –en el que se encuadra el PSOE– presentó una propuesta distinta a la resolución finalmente aprobada, en la que se evitaba mencionar al comunismo y los crímenes cometidos en su nombre en la condena. Es probable que los nazis también hubieran rechazado con igual indignación esta declaración pública, pero no hay que olvidar que esta equiparación ya fue establecida en la primera mitad del siglo XX por autores tan importantes y dispares como George Orwell, Simone Weil, Marcel Mauss, Bernard Shaw, el Nobel de Literatura André Gide y socialistas rusos convencidos como Victor Serge. Hay muchos historiadores que, incluso, defienden que el nazismo no podría explicarse sin la existencia previa del comunismo.

Exterminio racial o político
Una de las diferencias más notables entre ambos es que que los gulag soviéticos se emplearon para castigar y eliminar a los disidentes políticos soviéticos, con el objetivo de transformar lo más rápido posible las estructuras socio-económicas del país e impulsar la colectivización y la industrialización. Los nazis, por su parte, emplearon sus campos de concentración para el exterminio de la raza judía, principalmente.

Hitler, poco después de subir al poder en 1933
Hitler, poco después de subir al poder en 1933 - Hulton Archive
El balance más desolador de este último fue hecho público hace dos años por el Holocausto Memorial Museum de Washington, a través del proyecto «Enciclopedia de Campos y Guetos». El resultado fue un mapa de 42.500 campos de concentración, guetos y factorías de trabajos forzados que provocaron entre 15 y 20 millones de muertos o internados. En su mayoría fueron judíos, pero también integrantes de otros grupos perseguidos por el nazismo, como los gitanos y los homosexuales. «Las cifras son más altas de lo que originalmente pensamos», aseguró el director del German Historical Institute de Washington, Hartmut Berghoff.

Sin embargo, el cómputo de la mayoría de estudios hechos desde 1945 era de seis millones. Ese mismo año, el Instituto de Asuntos Judíos de Nueva York ya situó los muertos entre 5.659.600 y 5.673.100. Una cifra similar a la que fue revelada antes por William Höttl, antiguo miembro de las SS, que declaró que fue usada por Adolf Eichmann, el arquitecto de la solución final, en 1944.

A la luz de estas cifras, Courtois estableció otra diferencia importante que parece haber sido resarcida con la presente resolución. «Habría que reflexionar sobre el régimen que a partir de 1945 fue considerado como el más criminal del siglo y un régimen comunista que, hasta 1991, ha conservado toda su legitimidad internacional y que hoy está en el poder en varios países y mantiene adeptos en el mundo entero.
(https://www.abc.es/historia/abci-nazismo-y-comunismo-verdaderas-cifras-terror-tras-historica-condena-201910142309_noticia.html?fbclid=IwAR25sd89uQgmD-aRpak2ETwKT2OcjdXKoyoJGabdJot_lBPp8ShKn9-8GIs&ref=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2F)

domingo, 12 de enero de 2020

Socialismo para entender el nazismo

Por José Ignacio del Castillo

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Cortesía de La Revista de Libertad Digital.

A modo de antídoto frente a tanto falso tópico sobre la naturaleza y las causas del nazismo, Unión Editorial acaba de poner a disposición de los lectores de habla hispana la obra que, en 1944, publicó Ludwig von Mises con el título de Gobierno Omnipotente. Nuestro autor se encuadra en la tercera generación de economistas de la Escuela Austriaca cuyo origen se remonta a 1871, año de la aparición de la seminal Principios de Economía Política de Carl Menger. Además de por sus numerosas aportaciones en el campo de la Ciencia Económica (teoría del ciclo económico, imposibilidad de cálculo en una sociedad socialista...), Von Mises siempre se destacó por ser uno de los más formidables e implacables opositores al socialismo en cualquiera de sus manifestaciones. Esta obra da fe de ello.

En Gobierno Omnipotente, Mises combina las teorías económica y política con la interpretación y el relato históricos. La investigación tiene por objeto descubrir la genealogía de las ideas que acabaron configurando el programa nacionalsocialista y las causas que lo hicieron tan atractivo para la mayoría del pueblo alemán. Mises va refutando sucesivamente las explicaciones alternativas más populares, al tiempo que se encarga de destruir la práctica totalidad de los mitos marxistas, bien se trate la supuesta solidaridad internacional y el pacifismo de los partidos socialistas, o de la teoría del imperialismo belicista como "última fase del desarrollo capitalista".

Según los marxistas, la creciente acumulación de capital fue la causa de la concentración monopolística y la cartelización de la industria en la Alemania del último cuarto del siglo XIX y comienzos del XX. El capital financiero y monopólico habría sido el promotor de las doctrinas y las prácticas belicistas en las que se embarcó Alemania en dicho periodo. La caída en la tasa de ganancia que según el mito marxista es propia de la acumulación capitalista habría provocado una lucha por los mercados de las colonias en donde realizar el valor de la producción. Una lucha a muerte entre los capitalistas y sus gobiernos títeres que acabaría desembocando en la Primera Guerra Mundial. El capitalismo no sólo sería culpable de explotar a los obreros, sino que también sería culpable de los monopolios, el imperialismo y las guerras. Según este mito, la clase obrera alemana, que no deseaba la guerra y que sentía un "amor fraternal" por sus iguales franceses e ingleses, habría sido traicionada por unos líderes socialistas corrompidos. De entre todos ello, sólo Liebknecht, Bebel y Rosa Luxemburgo se habrían mantenido libres de pecado.

Las fábulas socialistas seguirían explicando que tras la humillación que supuso el Pacto de Versalles y las catástrofes de la hiperinflación y la Gran Depresión, ocasionadas igualmente por el capitalismo, Alemania se encontraba al borde de la revolución socialista obrera. En ese contexto, de nuevo la gran industria, la burguesía y las demás fuerzas reaccionarias habrían contraatacado a través del fascismo. Éste sería, por tanto, una fase superior y más evolucionada de la explotación capitalista.

Mises destruye los sofismas marxistas y sitúa lúcidamente la responsabilidad de los cárteles primero, del nacionalismo agresivo y la guerra más tarde y de la inflación, la Depresión y el nazismo finalmente, en la combinación de los idearios intervencionista, socialista y de nacionalismo económico. En la obra que reseñamos queda bien claro que no fueron las inherentes tendencias del capitalismo las que produjeron la concentración de la industria alemana, sino la Sozialpolitik (la Política Social de Bismarck). La legislación laboral, los privilegios sindicales y los aumentos de costes derivados de los seguros sociales situaron los costes laborales a los que tenían que hacer frente las empresas alemanas a un nivel demasiado alto para poder competir en los mercados internacionales. Para un país exportador de productos manufacturados como Alemania, tal situación se convertía en enormemente peligrosa al ser susceptible de crear a la vez un fuerte desempleo laboral y la carencia de recursos económicos y divisas con los que adquirir las imprescindibles importaciones de primeras materias y alimentos.

En este contexto, el gobierno de Bismarck optó por promover la cartelización de la industria alemana, así como la creación de monopolios públicos como los del carbón y la potasa. La combinación de cárteles y monopolios con altos aranceles proteccionistas tenía por objeto permitir a la industria alemana la discriminación de precios. De este modo era posible cargar precios superiores de monopolio en un mercado interior sobreprotegido, en el que había desaparecido la competencia, y vender por debajo de los costes reales en el extranjero. Con ello la legislación social la acababan pagando en realidad a través de unos precios más altos y una menor competencia, los mismos consumidores alemanes.

El nacionalismo agresivo y el imperialismo alemán, que acabarían conduciendo al mundo a la Primera Guerra Mundial según nos explica Von Mises, no fue ningún "estadio superior del laissez faire capitalista" como pretendían Rosa Luxemburg y V.I. Lenin. Fue por contra la conclusión lógica del ideario proteccionista que ya Frederic Bastiat había adelantado varias décadas antes: "Si las mercancías no pueden cruzar las fronteras, lo harán los soldados".

Von Mises nos explica que el defensor más representativo del neo-proteccionismo alemán fue Adolf Wagner. Éste venía sosteniendo que todos los países que exportaban materias primas y alimentos acabarían teniendo interés en desarrollar sus industrias nacionales. Supuestamente para conseguirlo, según había teorizado el autor neo mercantilista F. List años antes, la forma más adecuada consistía en poner trabas a las importaciones de manufacturas extranjeras consiguiendo de este modo proteger a las incipientes industrias nacionales. En tal caso y en un mundo que se encaminaba hacia la autosuficiencia económica de cada país, ¿cuál iba a ser el destino de las naciones superpobladas que no podían alimentar y surtir a sus ciudadanos con productos alimentarios y materias primas? Según Wagner y sus seguidores, tales países estarían condenados a morirse de hambre, salvo que optaran por el remedio de la guerra de conquista por más espacio vital (lebensraum).

Siguiendo a Wagner los políticos nacionalistas alemanes llegaron a la conclusión de que era necesario construir una gran flota para dominar el mar y supuestamente el comercio internacional. El proyecto pangermanista proyectaba reunir bajo un gran imperio a todos los alemanes de origen –entre los que se incluían flamencos, holandeses, eslovenos, eslovacos, austriacos y germano-suizos-, extender el imperio colonial por Ýfrica (Marruecos, Camerún, el Congo belga, Tanzania, Namibia), por Asía con las colonias holandesas de Java y Borneo e incluso por América, creando en el sur de Brasil una colonia germana con los grandes asentamientos de alemanes que ya existían. Von Mises nos explica que Alemania no se embarcó en el proteccionismo y en la autarquía para poder hacer la guerra. Por el contrario, la guerra tenía que ser el corolario lógico de la deseada autosuficiencia. El intervencionismo económico es incompatible con el libre comercio internacional. Necesita de la autarquía si aspira a que sean las decisiones políticas y no el libre mercado las que conduzcan la economía. Fueron los socialistas de cátedra como Schmöller, Wagner y Sering los que convirtieron al pueblo alemán al pangermanismo belicista.

La derrota de la Primera Guerra Mundial debería haber supuesto el final del ideario pangermanista y del socialismo de guerra. Sin embargo, no fue así. La creación del mito de la puñalada por la espalda de los judíos, permitió que el pangermanismo mantuviese su prestigio. Según los nacionalistas, Alemania tenía la guerra ganada. La Rusia soviética ya había firmado un armisticio enormemente ventajoso para el Reich. Además las tropas alemanas seguían desplegándose por territorio de Bélgica y Alemania. Fueron los políticos y los revolucionarios judíos los que habrían traicionado al gran ejército alemán, entregando la patria al enemigo en la ignominia de Versalles. La realidad sin embargo era muy otra, pues Alemania se encontraba más allá del límite de sus fuerzas, incapaz de alimentar a su población por más tiempo a causa del bloqueo británico y el esfuerzo de guerra.

Si falso era el mito de la puñalada en la espalda, más perniciosa fue aún la artificial propaganda desplegada por los nacionalistas alemanes contra las reparaciones firmadas en Versalles. A la vista del esfuerzo que soportó la Alemania nazi para rearmarse militarmente, las reparaciones fijadas en Versalles aparecen como una pequeñez. De hecho estas venían a representar no mucho más allá del 1 ó del 2% del PIB y podían haber sido pagadas cómodamente con superavits presupuestarios de una magnitud similar. Tanto desde un punto de vista moral (Alemania había sido la mayor responsable de la guerra y era justo que pagase por ello)-, como político (evitar el rearme alemán y la reaparición del pangermanismo) y como económico (las reparaciones no eran ni mucho menos desproporcionadas), Versalles no era un mal tratado. Sin embargo, empezando por John Maynard Keynes con sus Consecuencias Económica de la Paz y siguiendo con la suicida política de desarme interior y comprensión y apaciguamiento hacia las demandas alemanas, los británicos no hicieron más que repetir la propaganda nacionalista alemana que acabaría conduciendo al ascenso de Hitler al poder primero y a la terrible guerra después.

Los nazis acabaron conquistando el apoyo de la mayoría de los alemanes (clase obrera incluida). al presentarse con un programa tan popular como decidido, Los judíos sirvieron como chivo expiatorio tanto de la derrota en la guerra como de la crisis económica. Además al prometer a los tenderos, a los abogados, a los médicos, etc., la eliminación de los competidores judíos los nazis dispararon la codicia de mucha gente y supieron capitalizar el odio y el resentimiento contra una minoría fácilmente identificable. Es curioso que la minoría judía jamás fue identificada racialmente –desde luego no había bases fisiológicas que lo permitieran-, sino a través del examen de los registros públicos que desde mucho tiempo atrás se llevaban separadamente para anotar los nacimientos, matrimonios y fallecimientos de los fieles de las diversas religiones. El empobrecimiento de la clase media durante la hiperinflación, el desempleo generado por la crisis del 29 y el miedo al bolchevismo sólo contribuyeron al triunfo del nazismo en la medida en que las ideas nacionalistas y socialistas, enormemente populares previamente, fueron aceptadas en esos momentos de desorientación y crisis como panacea impostergable.

Todas estas realidades han tratado de ser ocultadas persistentemente por el socialismo de izquierdas. Así bajo el termino fascista han quedado sepultadas las más diversas tendencias colectivistas, nacionalsocialismo incluido. A continuación bastaba con presentar al socialismo como el máximo enemigo del fascismo –y borrar de los libros de texto cualquier referencia la Pacto Germano-Soviético, a la colaboración de nazis y comunistas durante los dos primeros años de la Guerra Mundial e incluso a los esfuerzos de soviéticos por incorporarse al Eje- para conseguir presentar la historia a voluntad. A estas alturas aparecen exonerados de cualquier responsabilidad en la catástrofe los partidos comunistas, al ideario intervencionista, al pacifismo laborista británico,.

Sólo conociendo la historia y las verdaderas causas de los acontecimientos estaremos en condiciones de evitar que se repitan semejantes catástrofes. No estaría de más incorporar esta lectura a los planes de estudio de Historia Moderna. Mientras tanto, habremos de actuar como autodidactas. Desde luego, merece la pena.

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sábado, 11 de enero de 2020

El mito del Capitalismo Nazi: ¿por qué el nazismo sí fue socialismo?

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Chris Caltonoctubre 30, 20172394
“Para cualquiera que haya cursado el bachillerato, es sabido que los Nazis eran capitalistas, tal vez no en el nombre, pero al menos en principio”, más o menos así decía un tuit que recientemente leí, el cual también acusa de “confundidos” a quienes llaman socialistas a los Nazis.

Claro que todo el contenido de ese tuit eran sinsentidos, pero la pregunta que surge de todo eso es ¿de dónde sale ese mito? Mises, de hecho, respondió a esa pregunta en su ensayo Caos Planificado (1951).

Durante el siglo 19, cuando el socialismo se estaba volviendo moda en Europa, no había distinción entre “comunismo” y “socialismo”. Claro que había diferentes formas de socialismo, pero era indiferente llamarles de uno y otro modo. Diferentes intelectuales tenían sus preferencias, pero los términos se usaban indiscriminadamente hasta por Karl Marx. Mises escribe: “En 1875, en su Crítica al Programa de Gotha, Marx distinguió entre una etapa temprana y una avanzada de la futura sociedad comunista. Pero Marx no restringió el uso del nombre de “Comunismo” a la etapa avanzada ni llamó socialismo a la etapa temprana, como forma de diferenciarla del término “comunismo”.

De acuerdo a la teoría marxista de la historia, el socialismo es inevitable. De acuerdo a su mirada determinista, cada país está destinado a pasar de la etapa feudalista de la sociedad a una capitalista, para finalmente desbocar en una sociedad socialista. Para Marx, este progreso era ineludible.

En Alemania, el primer activista y diseminador del “Socialismo de Estado” emergió casi un poco antes que Marx. Johann Karl Rodbertus, como Marx, rechazó muchas de las teorías socialistas de la época por ser insostenibles. Rodbertus fue el primer pensador socialista en defender el control sobre la producción y distribución, y que para lograrlo, el socialista debe usar al Estado. Un gran expositor de estas ideas fue Ferdinand Lassalle, cuyo proselitismo dio origen a la rápida popularidad de lo que Mises llamó: “socialismo con
características alemanas”.

El Socialismo Alemán, como Mises lo definió, difiere de lo que él llamó “socialismo con características rusas” ya que “Aparentemente y de manera nominal, se mantiene la propiedad privada de los medios de producción, el emprendimiento, y el intercambio en el mercado.” Sin embargo, este solo es un sistema superficial de propiedad privada ya que a través de un completo sistema de intervención estatal y control, la función empresarial o emprendedora de los dueños de la propiedad es completamente controlada por el Estado. Aquí se entiende, según Mises, que los dueños de la propiedad no especulan sobre futuros eventos, administrando recursos con el propósito de buscar una ganancia. Tal cual como en la URSS, esta función empresarial y administración de recursos es realizada por una sola entidad: el Estado, haciendo imposible el cálculo económico.

En la “Alemania Nazi”, Mises nos cuenta que los dueños de la propiedad “fueron llamados gerentes de tienda (shop managers o Betriebsführer). El gobierno les decía a estos, aparentemente, emprendedores qué y cómo producir, a qué precios, a quién comprar y a quién vender. El gobierno decretaba los salarios de los trabajadores, también les decía a los capitalistas a qué entidades o personas debían confiar sus fondos. El intercambio en el mercado era una farsa. Como todos los precios, los salarios y las tasas de interés fueron fijadas por la autoridad: solo eran precios, salarios y tasas de interés en apariencia, de nombre; de hecho, esos términos solo eran cuantitativos para que la autoridad fijara los ingresos de cada ciudadano, su consumo y su nivel de vida. La autoridad, no el consumidor, dirige la producción. La junta central de producción es suprema; todos los ciudadanos son solo sirvientes civiles. Este es el socialismo disfrazado de capitalismo: algunas etiquetas de la economía de mercado se siguen utilizando, pero significan cosas totalmente distintas de lo que en realidad deberían significar en una verdadera economía de mercado.”

Sin embargo, los soviéticos también jugaron un papel importante en la creación del mito del capitalismo Nazi. Los Nazis no se esforzaron por esconder su socialismo (después de todo, dejando los tuits a un lado, la palabra “socialismo” estaba en su nombre); ellos solo estaban implementando el socialismo de acuerdo a una estrategia que difería de los marxistas.

Los soviéticos fueron capaces de etiquetar a los Nazis como capitalistas solo porque ellos ya habían comenzado a redefinir los términos “socialismo” y “comunismo” para que encajaran en su propia agenda política. En 1912, Lenin formó el partido comunista. Los miembros de este partido, los Bolcheviques, ahora eran distintos de los otros grupos rivales socialistas. Los términos “comunismo” y “socialismo” aún se usaban al garete y la “Unión Soviética” solo era un nombre corto para “Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas”. Pero al llamar a su partido “Partido Comunista”, el título “Comunista” —ahora significando “miembro del partido de Lenin”—, se volvió una forma de decir que eras un “verdadero socialista”, por así decirlo.

“Fue solo en 1928”, explica Mises, “que el programa de la Internacional Comunista (…) empezó a diferenciar comunismo y socialismo (y no solamente entre comunistas y socialistas).” La nueva doctrina sostuvo que, desde el punto de vista marxista, había otra etapa de desarrollo entre capitalismo y socialismo. Esa etapa, por supuesto, era el Socialismo, y que esa fue la etapa en la que se quedó la Unión Soviética.

En la teoría original, Marx hizo una distinción entre una temprana y avanzada etapa del comunismo, donde la verdadera igualdad sería alcanzada solo en la etapa final del comunismo, después de que el Estado hubiera seguido exitosamente todas las prescripciones y los humanos hubieran evolucionado más allá de su conciencia de clase. En la nueva doctrina, “socialismo” simplemente se identificó como la etapa temprana del comunismo, mientras que el verdadero comunismo (la etapa final del comunismo), no sería alcanzado hasta que todo el mundo fuera comunista. Así las cosas, la URSS simplemente fue socialista, y los miembros del partido fueron Comunistas porque eran los pocos iluminados que trabajaban en alcanzar el fin último del comunismo.

Sin embargo, los Nazis aún se proclamaban socialistas y, de hecho, actuaban un tanto como socialistas con sus fuertes intervenciones económicas. Aun así, había desigualdad económica entre los ciudadanos de la Alemania Nazi (tal como la hubo en la URSS, pero este no es el lugar para tratar ese tema). Por lo demás, como Mises lo señaló en su análisis del socialismo de características alemandas, los Nazis retuvieron algunos términos del lenguaje legal de la sociedad capitalista. Específicamente, aún existía, de forma superficial, la propiedad privada de forma nominal.

Cuando los Nazis invadieron la URSS, Joseph Stalin y sus lacayos usaron la nueva narrativa comunista para redefinir el Socialismo Nazi —El cual nunca fue marxista, pero se basó en las teorías de los socialistas alemanes originales que influenciaron directamente a Marx— como “capitalistas”. De acuerdo a esta nueva narrativa, los Nazis eran la final y peor etapa del capitalismo.

En el tiempo cuando muchos miembros de la intelligentsia europea aún estaban enamorados de la Unión Soviética, la narrativa de los Nazis como capitalistas fue una mentira bienvenida. Esta idea es una que no viene de ningún principio económico, sino de la interpretación soviética del marco de referencia marxista. Los Nazis, quienes promocionaron orgullosamente su socialismo e implementaron políticas socialistas con gran firmeza, ahora habían sido etiquetados como capitalistas por ninguna razón más que el no encajar en la visión soviético-marxista del mundo, y esta falsa narrativa sobrevive hasta hoy.

Traducido del Inglés por Torres Oviedo J.K. El artículo original puede encontrarlo aquí:

https://mises.org/library/myth-nazi-capitalism
(https://misesreport.com/nazi-comunismo-socialismo-capitalism/?fbclid=IwAR2PcPMpK4QmnL7wk0jQmgSx3p2DboWvk_ZAPkLDO4xACYnl2oXH3OMhliE)

miércoles, 16 de octubre de 2019

Histórico: la Unión Europea dictamina que Comunismo y Nazismo son lo mismo

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Europa vive secuestrada por un Brexit que no termina de concretarse y que ocupa toda la atención de los medios de comunicación. Nadie es consciente de muchas otras cosas que siguen ocurriendo, algunas extremadamente positivas. El pasado 19 de septiembre se adoptó en el Parlamento Europeo una resolución de enorme trascendencia histórica que no ha merecido hasta ahora una línea en los medios de comunicación ni un comentario en las tertulias políticas al rojo vivo. El Parlamento Europeo ha condenado al nazismo y al comunismo. Sí, el santificado comunismo ha sido al fin puesto en el mismo pedestal y condenado con igual firmeza. Exacatamente la misma para los dos totalitarismo que el 23 de agosto de 1939 firmaron un pacto

Para seguir leyendo el artículo: https://www.abc.es/opinion/abci-comunismo-y-nazismo-mismo-201910090016_noticia.html?fbclid=IwAR0hrWX9JR2DVNC5jYvSubssijouvKPaWTbKU1Qc98Ut74Oxf62Fpu8EKO4

jueves, 26 de septiembre de 2019

La Unión Europea equipara al Nazismo con el Comunismo

nazismo uguale comunismo

La Ue equipara nazismo e comunismo
La risoluzione evidenzia la necessità di uno sguardo storico comune dell’Europa a ciò che ora la unisce: il rifiuto di ogni totalitarismo

La risoluzione del Parlamento europeo di giovedì scorso, 19 settembre 2019, che ha sostanzialmente equiparato sul piano storico il nazismo al comunismo, possiede tutte le caratteristiche per diventare uno spartiacque politico-culturale decisivo per l’identità della stessa Unione Europea. Intanto perché è il Parlamento Europeo a essersi espresso su una questione di tale rilevanza, non una qualsiasi Commissione o un Tribunale con giurisdizione incerta. La risoluzione, votata da 535 deputati a favore, 66 contro e 52 astenuti, è un atto politico vero e proprio.

A esprimersi a favore il gruppo del Ppe, di cui fa parte Forza Italia, il gruppo Identità e Democrazia a cui aderisce la Lega, il gruppo dei Conservatori e Riformisti di cui fa parte Fratelli d’Italia e anche quello dei Socialisti e Democratici di cui è membro il PD. I parlamentari italiani di tali gruppi presenti in aula ieri, risultano aver tutti votato a favore. Il che è confortante se non persino sorprendente.

Ma cosa dice, in sintesi la risoluzione? Che, dopo Norimberga, «vi è ancora un’urgente necessità di sensibilizzare, effettuare valutazioni morali e condurre indagini giudiziarie in relazione ai crimini dello stalinismo» (era quel che cercò di fare la grande antropologa Germaine Tillion, incarcerata nel lager di Ravensbrück, dove perse la madre, raccogliendo per dieci anni dopo la fine della seconda guerra mondiale i documenti dei crimini nazisti ma anche quelli perpetrati nei gulag staliniani, come si può leggere nel volume che riunisce i suoi saggi specifici: Alla ricerca del vero e del giusto); che «l’integrazione europea è stata una risposta alle sofferenze inflitte da due guerre mondiali e dalla tirannia nazista, che ha portato all’Olocausto, e all’espansione dei regimi comunisti totalitari»; che il «riconoscimento del retaggio europeo comune dei crimini commessi dalla dittatura comunista, nazista e di altro tipo, nonché la sensibilizzazione a tale riguardo, sono di vitale importanza per l’unità dell’Europa e dei suoi cittadini e per costruire la resilienza europea alle moderne minacce esterne».

In questo modo la comoda distinzione tra “stalinismo” e “comunismo” non è più possibile. È quella distinzione infatti che ha consentito finora a tante forze politiche e culturali di lucrare su una presunta differenza morale e storica tra stalinismo e comunismo grazie alla quale si poteva, e si doveva, condannare il nazismo assolvendo il comunismo che nulla, secondo costoro, aveva a che fare con lo stalinismo. Nella risoluzione, invece, quasi sempre la parola “stalinismo” è accompagnata e usata insieme a “comunismo”. Ed entrambe sono altrettanto chiaramente accostate ai crimini commessi dal nazismo e dal fascismo e come tali da considerare, senza attenuanti o assoluzioni pregiudiziali. La risoluzione di fatto invita a proseguire il lavoro della memoria che è stato compiuto nei riguardi della Shoah e che ora deve allargarsi più decisamente alle vittime del comunismo. Il che è possibile fare proprio superando gli equivoci storici e morali, persistenti e reiterati, anche da molte personalità della cultura europea, relativi alle presunte differenze tra crimini nazisti e comunisti.

È un lavoro storico culturale che avrà bisogno di tanto impegno e tante risorse perché per troppo tempo molta parte della cultura europea si è adagiata nella convinzione che non si potessero nemmeno accostare i crimini nazisti a quelli comunisti, equiparare lager gulag e foibe. Un atteggiamento in molti casi frutto di convenienze accademiche dovute al potere culturale che in diversi paesi europei esercitavano i partiti comunisti. Certo la risoluzione, richiamando anche la Russia ai suoi doveri di democrazia, e quindi a fare la sua parte per ciò che riguarda il riconoscimento delle responsabilità del comunismo e la necessità del superamento dei suoi residui nelle istituzioni e nella politica, si proietta in avanti, verso la necessità di uno sguardo storico comune dell’Europa a ciò che ora la unisce, nel superamento di quanto l’ha divisa in maniera sanguinosa e tragica per quasi tutto il Novecento.

E quel che la unisce è certamente il rifiuto dei totalitarismi nelle diverse forme storiche in cui si sono presentati e nell’evitare che si ripropongano, nella convinzione e nell’auspicio, però ancora tutto da realizzare, che non se ne riproducano di nuovi e di incogniti.

Riccardo De Benedetti domenica 22 settembre 2019 - L'Avvenire

Articolo sull'Avvenire
Tags: Comunismo, Stalin, Vittime del comunismo
(https://www.museodelcomunismo.it/anticomunisti/192-la-ue-equipara-nazismo-e-comunismo?fbclid=IwAR3MD0J1p861hRwWIYYJsDXoUXaa6hUEetEd2awuNDskqcU2h5K9I9em_Uo)

sábado, 27 de julio de 2019

Lecciones desde Ucrania: legalmente comunismo y nazismo son sinónimos

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El comunismo mató de hambre a al menos 7 millones de ucranianos por defender su tierra, durante el periodo de colectivización, por eso hoy rechazan la izquierda en todas sus formas
NOTICIASEUROPAIDEOLOGÍALEGISLACIÓN
Por Mamela Fiallo Flor  Actualizado Jul 23, 2019

En Ucrania celebran el retiro masivo de estatuas comunistas, ya que exaltan al régimen que expropió y mató de hambre a sus ancestros. (WikiCommons)
Imágenes de personas desnutridas y confinadas en campos de trabajo forzado comúnmente se asocian con el nazismo, y no con el régimen del cual aprendieron esa técnica: la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Décadas después, el Tribunal Constitucional de Ucrania, país que sufrió tanto la ocupación Nazi como la Comunista, ha ratificado una ley que equipara a ambas ideologías y prohíbe la difusión de sus símbolos.

De acuerdo con El Libro Negro del Comunismo, sin contar con los soldados caídos que aumenta el saldo, el socialismo internacionalista (comunismo) implantado en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, mató al menos el doble de personas que el nacionalsocialismo, mejor conocido por su forma contraída: nazismo.

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Ante lo cual, en el fallo publicado en su sitio web, el tribunal ucraniano dijo que «el régimen comunista, al igual que el régimen nazi, infligió daños irreparables a los derechos humanos debido a su existencia, tuvo control total sobre la sociedad y, persecuciones y represiones motivadas políticamente, violó sus obligaciones internacionales y sus propias constituciones y leyes».

El tribunal agregó que los «regímenes comunistas y nazis» usaban métodos similares para «implementar políticas estatales represivas».

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Como tal, la legislación fue aprobada por los legisladores ucranianos en mayo de 2015. Sin embargo, el revuelo que causó en Moscú al igual que protestas internas demoraron su ratificación.

#ThinkAboutIt No seas presa d la ignorancia ni víctima d sistema https://t.co/so66D2L4Nt #communism #fascism #Cuba pic.twitter.com/Y5EVz3YO8h

— La Jiri Libre 🇨🇺💥🤓 (@JirilibreLa) July 28, 2016

Dice el refrán que una imagen vale más que mil palabras. Por eso la artista y activista cubana Annelys PMC graficó que estar ofendido por la esvástica y no por la hoz y el martillo, es un indicador del adoctrinamiento sistemático que idealiza al socialismo en una de sus formas, la internacionalista, y demoniza la otra, la nacionalista. Por eso hoy, las víctimas del comunismo nos recuerdan que ambas formas de colectivización deben ser repudiadas.

¿Qué pasa con la libertad de expresión?
Desde la libertad de expresión genera polémica que haya ideas y símbolos prohibidos. No obstante, al haber fomentado sistemas políticos de exterminio, hambre y represión, los parlamentarios ucranianos consideraron necesario que el comunismo tenga un concepto de rechazo tan consolidado como sucede con el nazismo.

Fue gracias a esa ley que comenzaron a eliminarse todos los monumentos comunistas que no estaban relacionados con la Segunda Guerra Mundial, y se cambiaron los nombres de lugares públicos que tenían nombres soviéticos. Decenas de placas, monumentos y estatuas, como las del líder soviético Vladimir Lenin, han sido demolidas y destruidas.

Una vez aprobada la ley en abril de 2015, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia acusó a Ucrania de utilizar «métodos totalitarios» para liquidar a los partidos y organizaciones, y atacar la «libertad de prensa, opinión o conciencia». Pues los partidos que fomentaban el socialismo en cualquiera de sus formas quedaban fuera de la arena política.

Los legisladores aprobaron la ley en medio de una tensión política con Rusia, un año después de que Moscú anexara la península de Crimea y ayudó a iniciar una guerra en el este de Ucrania, que ha matado a más de 13.000 personas y ha desplazado a más de 1 millón.

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El Horror de Ucrania, hombres con inanición y caballos muertos a un lado de las carreteras, Moscú les deja sin comida. (WikiCommons)
Fue precisamente Crimea una de las zonas más afectadas durante el gobierno comunista de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Experimentó dos grandes hambrunas, la primera, conocida como «El hambre» de 1921-22, siguió a la Guerra Civil Rusa. Aunque el gobierno bolchevique declaró que la hambruna se debió a la sequía y los trastornos económicos debidos a la Guerra Civil, la causa principal fue la requisición forzosa de cereales y alimentos en el campo, que no dejó reservas para la población rural. Alrededor de 5 millones de personas murieron de hambre en ese periodo, 60 000 eran tártaros de Crimea.

El comunismo suplantó la propiedad privada por la colectivización y mató de hambre a millones
La segunda hambruna de Crimea comenzó en 1931 y fue el resultado directo de las políticas soviéticas de colectivización e industrialización. Conocida como la «Gran hambruna» de 1932-33, traducida del ucraniano Holodomor, golpeó particularmente en Ucrania y se cobró la vida de entre 6 y 7 millones de personas.

Crimea fue uno de los primeros lugares en sentir los efectos devastadores de la colectivización. La Unión Soviética implementó el primer plan económico de cinco años en 1928. Uno de los objetivos del plan era la transformación de la agricultura de parcelas de propiedad individual en un sistema de granjas colectivas.

Entre 1930 y 1933, el gobierno soviético deportó a casi un millón de hogares campesinos, considerados acomodados (y, por lo tanto, enemigos del pueblo) y confiscó sus propiedades. Las autoridades extendieron el control político sobre la población pobre restante al obligarlos a la colectivización.

Toda resistencia fue aplacada con ahorcamientos públicos, fusilamiento y/o un viaje en tren a la Siberia, donde morían en el recorrido o en los campos de trabajo forzado. Los que se quedaron morían de hambre, dado que eran forzados a cosechar la tierra pero tenían prohibido comer lo cosechado.

Por definición, el socialismo exige los medios de producción en manos del Estado. De modo que no se trató de una falla en la aplicación, sino la teoría puesta en marcha.

La «redistribución de la riqueza» que fomenta el socialismo se logró quitando comida a los agricultores ucranianos para repartirla entre las más de 15 naciones que había conglomerado la Unión Soviética.

Los medios masivos han sido cómplices del ocultamiento de los atropellos del comunismo
Mientras la industria cinematográfica ha dedicado enormes esfuerzos para exponer los crímenes del nacionalsocialismo (nazismo), los medios masivos fueron cómplices de ocultar los atropellos del socialismo internacionalista (comunismo), que terminó con más vidas y aún así goza de inmunidad no solo en la pantalla, sino en las calles e incluso los parlamentos.

El periodista de The New York Times, Walter Duranty, no solo silenció el hambre forzada y el asesinato de millones de ucranianos, sino que ganó el premio más destacado en su profesión, el Pulitzer, por su supuesta cobertura en la Unión Soviética, donde encubrió al totalitarismo.

Y el fenómeno no parece haber mejorado. Con motivo del aniversario del aterrizaje en la luna, The New York Times publicó una nota exaltando a la URSS como ejemplo de la lucha contra el racismo y la igualdad entre los sexos por la diversidad de sus cosmonautas.

Lo que no dice es que el hambre forzada que indujo el socialismo soviético exterminó a pueblos enteros, pues atacó de manera focalizada a etnias específicas, como sucedió con los ucranianos.

Ahora los ucranianos lo denuncian, no solo públicamente sino legalmente. Pues la igualdad que exaltan los supuestos defensores de la diversidad, pasa por alto que en el socialismo hay que aislar al distinto o en su defecto exterminarlo.
(https://es.panampost.com/mamela-fiallo/2019/07/23/lecciones-desde-ucrania-legalmente-comunismo-y-nazismo-son-sinonimos/?fbclid=IwAR3gzpumVgoNF_KL6f9wqAvHyRn78fl4GSYY0qmNBQ7A2iWYuoiI2GeqSKE)