Aquí está la tercera entrega de esta serie publicada en 1976 por el diario El País, y firmada por el escritor José Jiménez Lozano, sobre los inicios de la secta del Palmar de Troya. Ver la primera parte y la segunda parte.
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REPORTAJE: El barroco asunto de El Palmar de Troya / 3
Una apoteosis supercatólica
José Jiménez Lozano, 12/05/1976
En El Palmar de Troya se han dado cita los que Mauriac llamaba la «santa fauna de las misas de los días de trabajo», es decir, los fieles de las viejas novenas y sabatinas y las beatas revelanderas de que hablaba el inquisidor Valdés, sin que falten tampoco los puros con talante de secta que irrita. José Jiménez Lozano, describe en el tercer capítulo de la serie de cuatro dedicada al tema los show seudomísticos de los orantes de El Palmar de Troya bajo la luz verdosa del sol que atraviesa el plástico verde y transparente que cubre la armadura metálica que sustituye al antiguo lentisco de las apariciones.
En El Palmar se encuentra la que François Mauriac llamaba, sin ánimo ninguno de superioridad, sino incluso con una admiración secreta por la simplicidad de su espíritu y también por sus virtudes no pequeñas, «la santa fauna de las misas de los días de trabajo», es decir, los fieles de las viejas novenas y sabatinas, las procesiones y el culto a Santa Rita abogada de lo imposible, pero también un colegio de puros muy conscientes de su elección divina y cuya seguridad y talante de secta, irrita un poco.
Y el grupo de visionarias que recuerdan las beatas revelanderas de que hablaba el inquisidorValdés, cuando advertía contra el peligro de poner al tanto de cuestiones teológicas a «mujeres de carpinteros». Al oírlas hablar con entera familiaridad de Dios, como podrían hablar de la cesta de la compra, sólo que en un lenguaje sostenido en sus metáforas por los viejos cromos de los viejos catecismos e Historias Sagradas o de las novenas misticoides del XIX, se debiera uno de acordar de Voltaire y sonreír benévolamente o de algunas denominaciones psiquiátricas muy obvias y recomendar un tratamiento, pero, inevitablemente, se acuerda uno más bien de esa Santa Inquisición que la Iglesia íntegra de Clemente Domínguez quisiera ver resucitar y se siente escalofrío al pensar en qué hubieran parado estas piadosas dicharacherías en aquellos tiempos inquisitoriales.
Se imagina uno estar hablando con la Beata de Piedrahíta o Magdalena de la Cruz y se escucha el chisporrotear del brasero o el tintineo de los grillos de una cárcel o se ve el colorido del emplumamiento. Por una sencilla razón: porque El Palmar en un tiempo tridentino como aquel es más que probable que se hubiera resuelto así. Por fortuna, estamos en tiempos de mayor humanidad y libertad y resultaría intolerable que se tomara una medida de fuerza contra estas gentes, aunque también se siente alguna irritación cuando se ve a una enferma postrada en su cama o a una niña llorando, al pensar en su madre condenada por los médicos, que parecen esperar algo de los rezos y éxtasis de esta mujeruca que está a mi lado, respira con dificultad, al hablar con una voz gangosa, y dice nimiedades indignas de cualquier inteligencia media o expresa amenazas celestes contra aquellos de nosotros que la vidente supone -y supone bien- estamos muy lejos de aceptar el juego.
Un poco antes de este show pseudomístico, otra iluminada que blande un enorme crucifijo y habla episcopalmente desde una especie de solemnidad física hecha de gordura bien cuidada y algo así como una mitra que es lo que me parece su mantilla blanca, habla de la santidad de los «padres»de la nueva Iglesia que algunos sábados por la noche, como éste, sufren incluso pedradas por parte de los habituales a las salas de fiesta sevillanas después del cierre de éstas. Ella confiesa que los defenderá con «el Cristo» y que golpeará igualmente con él a quien se burle de lo que aquí pasa. Todavía otro poco antes, los cantos de estas mujeres le devolvían a uno a la infancia, a los meses de mayo del colegio donde se cantaba el «Salve Madre en la tierra de mis amores», y se podía observar lo fácil que es entrar en esta Iglesia o Congregación en cuanto alguien pregunta simplemente si puede quedarse. La novicia cantó algo para mí desconocido ante el altar, acompañada de sus introductores, y quedó admitida. Luego lloró abundantemente durante la aparición que se nos sirvió.
Todo esto tenía lugar en el hangar de plástico verde y transparente levantado en el terreno de las apariciones donde estuvo el lentisco que la devoción de los fieles concluyó por arrancar y donde se levantarán, según me dijo el obispo Arana, un hospital, una iglesia y un convento de hermanas. El hangar conserva su estructura metálica bien visible, y una cosa así da al conjunto un aspecto fantasmagórico. La luz del sol cae, verdosa, sobre los rostros de los orantes que interminablemente rezan rosarios y más rosarios, y el cerquilló monacal de los padres y hermanos y el pañuelo rojizo de las hermanas, puestas con los brazos en cruz algunas de ellas, y todos ellos de rodillas ofrecen una impresión poderosa. Pronto se distingue el aspecto predominante no nativo de los allí presentes en oración -irlandeses, en su aplastante mayoría- y su tez blanca parece cadavérica con el montaje de aquella luz. Todo da la sensación de ser una película sobre alguna extraña secta religiosa o alguna evocación medieval de Bergman, aunque en seguida reconoce uno el pésimo gusto católico del peor barroco y del peor Olot ambos reunidos.
Imágenes
Los orantes aparecen separados de los curiosos y otros asistentes por una verja junto a la que lucen varios cirios. Ante ellos, en una plataforma de baldosín o piedra artificial, que besan al entrar y salir, y, sobre un pedestal, hay una vitrina con una imagen de la Virgen del Carmen con escapularios de la Santa Faz en la mano, lo mismo que el Niño Jesús que tiene en sus brazos. A su alrededor, cuatro farolas, y, en torno de la imagen, cuatro estatuillas no cromadas: San José y una paloma, que representa muy dificultosamente al Espíritu Santo, ante la Virgen; San Fernando y el P. Pío de Pietralcina, detrás. A los pies de la Virgen, un gran cromo de la Santa Faz, que los monjes y monjas de esta Iglesia besan y tocan continuamente con pasión, más que con ternura, creo yo.
En torno al altar, hay sacos de cemento y ladrillos, porque se está en obras para cercar un poco aquel recinto, y algunas sillas de tijera. La iluminación de la noche es muy pobre y vacilante, y la aparición tuvo lugar en un lugar de demasiada penumbra, fuera casi del hangar. Un poco más lejos, antes de llegar a él, sobre la puerta de una roulotte hay una inscripción en inglés, que dice:«Esta es la Casa de la Madre de Dios. Bethlem». Los religiosos y obispos salen con frecuencia de su lugar de oración y es harto fácil conectar con ellos. De vez en cuando, uno de los hermanos se encamina al pozo, ordenado hacer por la Virgen, y saca agua para algún enfermo o peregrino. Una monja me dijo que estaba cerrado, porque había gentes que los querían mal y podían echar allí algún gato o perro, o veneno incluso, y poner entonces las cosas peor de lo que estaban.
Sobre el brocal del pozo hay una inscripción: J. Delaney, 1975. Es el nombre de uno de estos clérigos ahora obligados a vestir de paisano y que quizás mañana sea también uno de estos obispos cuyo anillo dorado tiene una simple cruz, mientras su pectoral crucifijo metálico es de los más humildes y clásicos. El obispo Louis Henri Moulins vestía, sin embargo, de sotana y le encontré rezando el breviario a la sombra que proyectaba el hangar; y sotana vestía un joven clérigo que llegó allí por la noche y a quien una de las mujeres preguntó si tenía lista la ropita para el Niño Jesús.
Sotana vestían, en fin, los dos irlandeses que me recibieron al día siguiente en lo que llaman la Casa Generalicia de Sevilla. Los dos fueron extremadamente corteses y se desvivieron por proporcionarme toda serie de datos, material de información ya preparado e incluso una fotografía en color de Clemente Domínguez con el torso desnudo y mostrando la llaga de su costado y un terrible apósito ensangrentado. El más joven de ellos habló con mucha convicción, y cuando le planteé el problema de si pensaban separarse de la Iglesia de Roma, contestó muy rotundamente que no, pero que el Papa hacía, a veces, cosas que no les gustaban. El obispo Moulins me había negado, la víspera, toda posibilidad de acuerdo con la Iglesia de Roma, dado que la crisis de ésta era definitiva, pero el obispo Arana me habló de una cita con el Nuncio Apostólico a la que no habían acudido porque, ahora, no podían vestir episcopalmente y era así como querían presentarse ante él.
Obras
La Casa Generalicia está completamente en obras y, sobre algunos muebles, vi a un San Pablo con la espalda desnuda, una Virgen del Carmen del Palmar, un Niño Jesús en su cuna. En el pequeño comedor, un cuadro de la Macarena y otro de Nuestra Señora de Guadalupe. Al despedirme del más joven de los irlandeses, sentí una gran simpatía por él y no pude menos que preguntarme por qué podría haber llevado hasta allí a un muchacho todavía, que hablaba de Clemente Domínguez como de un ser casi sobrenatural. Hubiera querido decirle que precisamente en un momento en que Newman se vio precisado a hacer una apología de la infalibilidad papal ante Gladstone, dejó bien sentado el más tradicional y radical de todos los principios cristianos por el que, en último término, murieron Juana de Arco o Juan de la Cruz, pongamos por caso: el del primado de la conciencia personal y de la negación de considerar a nada ni a nadie como dioses intocables.
«Si después de una comida -escribía Newman- me viera obligado a lanzar un brindis religioso -lo que evidentemente no se hace- bebería a la salud del Papa. Creerlo bien, pero, primeramente, por la conciencia y, después, por el Papa». Por este Papa a quien se vitorea continuamente en El Palmar como para liberarle a gritos de las oscuras mazmorras donde le tiene maniatado la Iglesia Oficial de los obispos y cardenales o sacerdotes, que son, aquí, la oveja negra y el blanco de las críticas, exactamente como en los panfletos del abate Coache, en los escritos del ObispoLefevbre o en la testarudez de los fundadores del Seminario de Econe, en Suiza, otro Seminario de puros.
El obispo Ngo, que vino aquí a ordenar sacerdotes y a consagrar obispos, llegó conducido, según se me dijo, por una aparición en San Damiano (Italia). En otro tiempo, fue una especie de Supremo Lama de su país, cuando su hermano era presidente y un cruel perseguidor de los disidentes políticos y religiosos. Luego, su hermano murió, asesinado, y fueron los católicos los que pagaron muchos platos rotos durante la presidencia de Dinh, por su intolerancia y su crueldad. Mons. Ngo y la esposa del presidente, en tiempos del Vaticano II, ya andaban por Roma alentando círculos y pasiones de integrismo religioso contra la traición de la Iglesia que suponía ese Concilio, y resulta perfectamente coherente, entonces, su acción aquí, en El Palmar, santuario de íntegros y puros, Luz de la Iglesia perdida y que se trata de reencontrar en medio de esta imaginería barroca y esta piedad decimonónica y «antiprotestante» en la que ni se oye hablar del Evangelio, de la Biblia.
A las 10:51 AM, por Luis Santamaría
Concluimos con esta entrega la serie de cuatro artículos del escritor José Jiménez Lozanopublicados por el diario El País en 1976, antes de la autoproclamación papal del vidente y fundador de la secta del Palmar de Troya, que tuvo lugar en 1978. Lea los artículos anteriores:primero, segundo y tercero.
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REPORTAJE: El barroco asunto de El Palmar de Troya / y 4
Satanás vencido y el catolicismo restaurado
José Jiménez Lozano, 13/05/1976
«El barroco asunto de El Palmar es mucho más complejo, como he tratado de mostrar…». Así comienza la conclusión definitiva de Jiménez Lozano sobre este barroco asunto que El País ha tratado a lo largo de cuatro capítulos. Queda claro que, al margen de folklorismos o de apresuradas justificaciones ideológicas, el tema de El Palmar aún merecerá por algún tiempo la atención de los periódicos.
A los ojos del catolicismo barroco, la Iglesia es ya el Reino de Dios que sólo necesita ser extendido y defendido. Cualquier transformación o reforma es su ruina y sólo puede estar inspirada por el Diablo con el que esa Iglesia está en lucha en la historia. La teología contrarreformista y barroca, que hace esa equiparación entre Iglesia y Reino de Dios, cala profundamente en el pueblo, no sólo porque asume y amplía hasta la exacerbación la sensibilidad religiosa medieval, el culto de los santos, por ejemplo, y el sentido de fiesta y milagrería, sino también porque es un catolicismo voluntarista y anti-intelectual, un catolicismo de tensión y de lucha entre el bien y el mal, la Ciudad de Dios y la Ciudad de este mundo demoniaco y resuelve ya desde ahora el problema de la salvación, si se pertenece jurídicamente a la primera.
En un catolicismo como el español, el barroco viene a consumar, además, la equiparación de fe y casta hispánica. Conformada por el catolicismo barroco, y en el plano de lo religioso como en otros, este pueblo nuestro resulta impotente para cualquier otro tipo de sensibilidad religiosa, de horizonte y categorías religiosas de pensar y sentir que no sean las de ese catolicismo barroco anti-intelectual y voluntarista, clerical y jurídico, belicoso y seguro, castigo y esencialmente en el sentido de ecuación de la fe con la polis, de simbiosis Iglesia-Estado, religión-nacionalidad: un catolicismo de base y talante popular misoneísta y xenófobo, reluctante a todo cambio y partidario de las «vejeces católicas» y del maravillosismo medieval: supersticioso con frecuencia.
Contrarreforma
El Vaticano II representaba opciones casi simétricamente polares. El Vaticano II ha tratado de clausurar precisamente la era contrarreformista y de asumir todos los logros auténticos del mundo moderno, haciéndose eco, a la vez, de la situación del catolicismo de este tiempo en que las cristiandades han muerto, y ha liquidado como tipo ideal cristiano el tipo del cristiano barroco. Era una opción inevitable y válida, en términos teóricos al menos; una falsilla sobre la que ir escribiendo la evolución del propio catolicismo barroco hispánico. Pero el Vaticano II se recibió, en seguida, entre demasías y «jacquerías», por un lado, de resistencias superortodoxas, por el otro, y no ha tenido en realidad una «recepción» normal por parte del pueblo fiel.
Incluso las transformaciones más jerárquicamente definidas y controladas se han hecho impositivamente y sin ninguna clase de catequesis previa, de explicaciones del gran giro dado. Gran parte de los fieles han quedado, así, a la intemperie desde el punto de vista intelectual v sentimental. Y, si unos han ido a parar a la mayor indiferencia religiosa, otros se han aferrado a las formas y hábitos, que revestía el catolicismo de su infancia y de la tradición nacional profundamente arraigada y han mirado, en seguida, como un apocalipsis el aggiornamento de la lgesia.
El catolicismo popular absolutamente desvalorizado en todos sus aspectos -incluso en los más positivos- ha visto potenciados los más oscuros: la milagrería y la superstición, en un mundo como el de esta civilización tecnológica, ansioso de maravillosismo e irracionalidad al mismo nivel laico en el que se tienen apariciones de platillos volantes misteriosos y en el que la charlatanería esotérica, que debería servir de diversión, es tomada en serio: horóscopos, adivinos, prestidigitadores, etc.
Hay que comprender que Garabandal, Ladeíra o El Palmar de Troya satisfacen ampliamente ese aspecto milagrero del catolicismo popular y que tanto sus mensajes como la forma de su culto totalmente tradicional tienen con ese catolicismo un infinito mayor parentesco que, por ejemplo, una espiritualidad bíblica por seria que sea y por necesaria que se revele. Se ha desbarroquizado muy deprisa y con ateo o mucho de irresponsabilidad el catolicismo popular, unido, por ejemplo, de manera muy fuerte, aunque no siempre de forma pura, al culto de los santos y de las ceremonias brillantes, y no ha habido nada incitante para sustituirlo en la sensibilidad popular.
La misa tridentina, con su latín, sigue siendo extraordinariamente atrayente para ese pueblo y éste siente su nostalgia quizás sólo por alguna razón mágica o de subconsciente recuerdo de su infancia, pero la siente. En el siglo XVI, el doctor Porras y el doctor Martín de Azpilicueta, llevados por los mejores deseos de reforma de unos cultos populares semisupersticiosos y semipaganos quisieron también que las iglesias dejaran de ser el lugar y la ocasión de mil irreverencias, de mil profanaciones y de muchas juergas demasiado humanas, pero la cuestión estaba en que, si dejaban de suceso, se convertirían de hecho en adustas iglesias protestantes, y a la Iglesia española de la época la pareció peor el remedio que la enfermedad.
Y ahora se da una apuesta parecida: el catolicismo barroco es perfectamente anacrónico con la sensibilidad moderna y traiciona o condiciona demasiado en vez de traducir, el mensaje cristiano en múltiples aspectos, pero la cuestión está también en que si no prosigue este catolicismo, no parece que, de momento al menos, pueda evitarse una desbandada. Desbandada hacia la indiferencia, porque nos han cambiado la religión y ya se ve que todo era un cuento o desbandada hacía el catolicismo «íntegro», que la Iglesia ha traicionado y que la Virgen, primero, y luego todos los santos y el mismo Dios han venido a restaurar a El Palmar de Troya. Toda la corte celeste de los viejos devocionarios Y novenas ha acudido aquí a suscribir su protesta contra la Iglesia de Roma, corrompida y en componendas con la herejía.
La revelación de Dios continúa abierta y Dios habla, ahora, precisamente como era necesario hablar contra obispos y cardenales o sacerdotes seducidos por las novedades. En El Palmar se reza el rosario y se habla latín. Se pueden producir milagros y algunas mujeres que, en la Iglesia Oficial sólo podrían ser presidentas de cofradía como mucho quedan ahora elevadas a la categoría de videntes, todas las «vejeces católicas» del vicio catolicismo lucen esplendorosamente y el clima psicológico es apocalíptico, terrible: en El Palmar se anuncia ya una gran guerra purificadora. Las gentes están ansiosas de apocalipsis, como ha ocurrido siempre en todos los movimientos populares: parece como si no tuvieran suficiente con la violencia y el horror de la historia y desean el horror apocalíptico final y la llegada del Paraíso.
La irracionalidad y el horror de los buenos son casos que han estado siempre en la base de todos los movimientos quiliásticos y escatólogicos: desde los milenarismos del medievo o el barroco hasta el anarquismo, el comunismo libertario, el utopismo marxista, el mito nazi de la raza elegida o los diversos regeneracionismos de la patria antigua y eterna, pasando por todos los otros mesianismos del tiempo de Carlos I, por ejemplo, y por toda la serie entera de aberraciones religiosas y fanáticas igualmente mesiánicas y a veces de marcado carácter sexual.
Gentes sencillas
Muchas gentes sencillas reencuentran aquí su Iglesia por la sencilla y simple razón de que, ahora, en su parroquia no encuentran ya a San Roque o a Sán Expedito ni el cepillo de Animas. Ni se las convoca a la lucha última v definitiva contra Satán, ni al sufrimiento reparador del mal de los malos. El católico hispánico se vuelve a sentir favorecido con el Cielo, confirmado en sus seguridades y, en la ecuación de su nacionalidad y su fe, en la ortodoxia-españolidad, alzado sobre todas las naciones que habrán de peregrinar hasta El Palmar a buscar la Luz. Y, desde otro punto de vista, las gentes disgustadas con el giro de la política vaticana o con la falta de amparo en que la Iglesia ha dejado algunos o muchos bolsillos o intereses políticos están más que dispuestas a creer que ésta es la verdadera Iglesia, porque estas apariciones, además, han mostrado ya su simpatía hacia ellas.
Los que dirigen la nueva Iglesia de El Palmar podrían ser unos farsantes, pero no es necesario poner en tela de juicio su buena fe para comprender muy bien que se sientan reformadores y salvadores enviados de Dios. Por el instante, apelan, como es de rigor, al Papa mal informado, o prisionero de la Iglesia, como han apelado hasta ahora todos los mesías y visionarios. Pero si el Papado no les da la razón, como naturalmente no puede dársela, no sería raro que la declararan igualmente agente de Satán. Los señores de la ultraderecha francesa ya lo hicieron con León XIIIpor la Rerum novarum, y ya hemos escuchado recientemente en este mismo país, acerca dePablo VI, algunas otras cosas por el estilo con ocasión de los acontecimientos políticos del otoño de 1975.
Lo dramático
Lo verdaderamente dramático de El Palmar es, sin embargo, aparte de un pequeño cisma de no más que de tres al cuarto, como el de Clemente XIV de hace unos años en Francia que cuando se adjudican a la fe cristiana y, para más señas, a la Virgen María y a toda la corte celestial las frustraciones, las pesadillas, los rencores y las decepciones o incluso la falta de entendederas de unos cuantos visionarios, entonces de alguna manera también la Iglesla y la fe pasan en los periódicos en la opinión pública de un tiempo secularizado como el nuestro a la sección de«chistes pasatiempos», y no hace falta ser cristianos para comprender que la seriedad de la fe cristiana y el honor cristiano de la Iglesia quedan resueltamente banalizados hasta la comadrería, la burla y el desprecio. Es algo muy grave a puro nivel cultural y desde luego religioso, y a Voltaire mismo, creo yo que se le helaría un poco la sonrisa en la boca.
Cuestiones al margen
De modo muy deliberado, he dejado al margen de estas notas y reflexiones en torno al asunto de El Palmar dos aspectos que han agitado un poco la opinión pública más superficial: 1) el supuesto embarazo de las religiosas de El Palmar, lanzado como un venablo muy venenoso por cierta prensa muy deseosa de éxito sensacionalista, y 2) las supuestas fantásticas posibilidades económicas de El Palmar o su financiación incluso por parte de la CIA.
Evidentemente, quien esto escribe no ha hecho el test de embarazo a las religiosas de El Palmar y no sabe nada acerca de este hecho, pero siente el máximo respeto por las personas y el honor de las personas cuyas ideas y actitudes no comparte o incluso se ve obligado a criticar. Del mismo modo, tampoco pertenece a la CIA, ni ha controlado las cuentas bancarias de de las gentes de El Palmar, pero le llaman mucho más la atención los medios de otras instituciones incluso religiosas que los de esta Iglesia apocalíptica y en cualquier caso, cree que el barroco asunto de El Palmar es mucho más complejo, como ha tratado de mostrar, que lo que una reducción a esos aspectos podría pretender.
Y a la vez, mucho más sencillo, porque las más menesterosas apariciones de El Palmar quizás no sean, después de todo, menos serias que otros fenómenos de esta piel de toro en el plano político, cultural o incluso religioso. Son una manifestación más de un cierto estado de cosas: llevan un made in Spain que no debe olvidarse.
Fin.
A las 10:20 AM, por Luis Santamaría
“Gregorio XVIII, la secta tiene papa”. Así titulaba ayer el diario ABC de Sevilla su información sobre la sucesión en el movimiento cismático del Palmar de Troya. Reproducimos a continuación el artículo firmado por José Manuel Brazo Mena, donde se refiere que tras la muerte del sucesor del fundador de la orden sectaria, los palmarianos ya tienen nuevo pastor.
Tras las exequias de Manuel Alonso Corral, conocido entre sus feligreses como Pedro II, la Orden de los Carmelitas de la Santa Faz ha nombrado al padre Sergio María nuevo papa de la iglesia palmariana del cisma, con el nombre de Gregorio XVIII, después del cónclave celebrado esta semana «sin fumata blanca» que ha trascendido los altos muros de la Alcaparrosa, último reducto de una congregación sectaria que se desmorona, en una finca ubicada en las proximidades del Palmar de Troya.
Pese al secretismo que caracteriza a esta orden tildada de «integrismo mariano», que ha roto cualquier relación con el poblado vecino y tiene prohibido a hablar a sus miembros con los habitantes de la pedanía, también se ha conocido que el nuevo «pontífice apóstata», que ejerció de abogado, secretario de estado y fue mano derecha de Manuel Alonso Corral, ya ha encargado su sello papal, en cuyo cuño figura la imagen del Cristo de la Sábana Santa de Turín, según señalaron fuentes cercanas a la basílica.
No obstante, la iglesia palmariana atraviesa una grave crisis interna, agudizada por los problemas financieros, (actualmente viven del dinero obtenido con la venta de sus inmuebles en Sevilla y de las donaciones e ingresos de los ancianos que cuidan), además de los constantes abandonos de fieles en un «éxodo» que, según los expertos, se ha ido incrementando, primero tras la muerte en 2005 del fundador de la Orden de la Santa Faz, el autoproclamado Gregorio XVII, «supremo pontífice del fanatismo más grotesco», y posteriormente durante el mandato de su sucesor, Pedro II, que trajo consigo una fractura entre los palmarianos al conocer su nombramiento.
Del nuevo papa, ha trascendido que ya se estaba preparando para ejercer de máximo pontífice, desde la muerte de Clemente Domínguez (Gregorio XVII), y aunque Manuel Alonso (Pedro II) era el sucesor natural designado por el «tragicómico y megalómano vidente de la Alcaparrosa», el padre Sergio María, un levantino con fama de «agresivo» esperaba paciente la sucesión ante la grave enfermedad que padecía Alonso Corral, desde hacía varios años. Con el nuevo «antipapa», muchos señalan que se recrudecerán las normas, hasta ahora marcadas por un «estricto código de conducta».
La fundación de la Orden sectaria de los Carmelitas de la Santa Faz surgió tras las apariciones marianas en la finca La Alcaparrosa en 1968, donde cuatro niñas de El Palmar cogiendo flores, al parecer, se encontraron a la Virgen en un lentisco, lo que fue aprovechado por Clemente Domínguez, quien declaró tener «visiones místicas», y por Manuel Alonso, su cerebro y confidente, para comprar aquel espacio rústico en 1972 con un donativo de 16 millones de pesetas por parte de una anciana baronesa.
A partir de ese momento, la ascensión de Clemente en su «particular empresa eclesiástica» fue fulgurante, siendo ordenado obispo, en 1976, por el arzobispo vietnamita Ngo Dinh Thuc Pierre Martín. En 1978 afirmó haber tenido una visión sobrenatural que le ordenó autoproclamarse papa, a la muerte de Pablo VI. Restablece el rito tridentino de la misa a perpetuidad y ordena 24 cardenales. La iglesia palmariana proclama santos a Francisco Franco, José Antonio Primo de Rivera, Carrero Blanco, Escrivá de Balaguer o don Pelayo, entre otros, y excomulga a los dirigentes de la Iglesia católica.
Las dificultades y la sucesión
El Diario de Sevilla, antes de conocerse la elección del sucesor, publicaba algunos datos interesantes en un artículo de Juan Parejo y Diego J. Geniz. “Es un momento magnífico para que se extingan”, asegura Manuel M. Molina, periodista vinculado muchos años a la Agencia Efey experto en todo lo relacionado con la iglesia palmariana sobre la que tiene publicados algunos libros. Pero ¿quién será el sucesor del extremeño Manuel Alonso Corral? Poco se sabe debido al enorme hermetismo que impera entre los muros de la iglesia de El Palmar de Troya.
Los expertos coinciden en señalar un nombre: un economista que se haría llamar Sergio María. Se trataría de un hombre de mediana edad del que apenas se tienen datos y que llevaría cierto tiempo integrado en la orden. El sucesor del trono de Pedro II se encontraría con una orden muy debilitada que cuenta con una escisión en Archidona (Málaga), sin las grandes posesiones del pasado, con la mayoría de sus tesoros vendidos o empeñados y con apenas 70 u 80 religiosos entre sus filas.
“La designación del nuevo papa puede ser una incógnita. Clemente antes de morir nombró a Manuel Alonso Corral, persona con la que le unía un gran vínculo, como su sucesor, y el resto de miembros lo tuvieron que acatar. El problema ahora es que la línea sucesoria no estaría tan clara, incluso no sabemos hasta qué punto puede interesarle a nadie”, revela Manuel M. Molina.
Lo cierto, según los expertos, es que en El Palmar de Troya ya llevaban varios años preparándose para la muerte de Pedro II. “Padecía una grave enfermedad y ya estaba enfermo cuando sucedió a Clemente”, explica el investigador José Manuel García Bautista. Este amante del misterio y de los fenómenos paranormales ve claras diferencias entra las dos sucesiones a las que se han tenido que enfrentar los Carmelitas de la Santa Faz: “Estaba muy claro que Manuel Alonso Corral iba a ser el sucesor de Clemente. Realmente era el ideólogo de la orden. Era abogado y se encargaba de los asuntos legales y de las inversiones. Clemente se limitaba a poner la cara. Se podría decir que era como el showman”.
Jorge Molina, uno de los periodistas que más investigaciones ha realizado sobre la iglesia palmariana, también señala al Padre Sergio (procedente de Murcia) como el sucesor de Pedro II, aunque añade que ahora sí podrían surgir discrepancias sobre su nombramiento. “Clemente dejó escrito quién tenía que ser su sucesor. Pedro II no lo ha hecho”. Sobre la figura del que se postula como el nuevo antipapa, Molina mantiene que su carácter difiere de sus dos antecesores.“Clemente y Pedro veían visiones y tenían estigmas, gozaban de un carácter místico del que carece Sergio y esto es un don fundamental para la credulidad tan particular de los fieles de El Palmar”. Para este investigador, el “tan anunciado final” de esta Iglesia podría estar ahora más cerca, cuando ya han fallecido los tres miembros de su grupo fundador.
En cuanto a la situación económica, Molina señala que siguen teniendo ingresos gracias a las donaciones y herencias de las personas mayores que cuidan en la inmensa finca donde se encuentra la basílica.