"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)
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miércoles, 23 de septiembre de 2020

El culto a Dios no es esencial para los ateos y los sin Dios


 

En este caso se verifica una confirmación de un problema más amplio: el Estado argentino padece una congénita inclinación al autoritarismo, que con el actual gobierno se desliza hacia el totalitarismo; a sus partidarios se les atribuye el lema «¡vamos por todo!».


Monseñor Héctor Aguer – 21/09/20 12:54 PM


Parece inevitable, si se juzga con objetividad, reconocer que la política sanitaria impuesta para enfrentar la pandemia en la Argentina, no ha logrado los resultados que sus autores esperaban. Se encerró prematuramente a la población cuando los contagios masivos no existían, y al cabo de medio año, cuando se registra un pico temible de la difusión del virus, aunque con devaneos, con idas y vueltas, aflojan la presión porque la gente no soporta más una cuarentena tan larga, y no se pueden negar las consecuencias desastrosas para la economía, con las repercusiones sociales correspondientes. Los expertos señalan asimismo daños psicológicos serios. Los varios y extendidos «banderazos», un tipo nuevo y originalísimo de manifestación haciendo flamear en las protestas nuestra enseña patria, han proclamado el hartazgo.


En este caso se verifica una confirmación de un problema más amplio: el Estado argentino padece una congénita inclinación al autoritarismo, que con el actual gobierno se desliza hacia el totalitarismo; a sus partidarios se les atribuye el lema «¡vamos por todo!». Se han jactado de un acierto inexistente en el propósito de cuidar nuestra salud. Además, ya no vivimos en la República Argentina, sino en Argentina Presidencia, como se dice en los anuncios oficiales. Con el Congreso y la Justicia en cuarentena, somos gobernados por el Poder Ejecutivo mediante «decretos de necesidad y urgencia» (DNU), en sus manos, a su arbitrio, han quedado los derechos y garantías que la Constitución reconoce a los ciudadanos, como si la emergencia sanitaria pudiera justificar su conculcación. Ya no hay Estado de Derecho; más allá de otros numerosos desquicios, solo por ese desprecio de los valores elementales de una sociedad democrática, se podría decir que estamos viviendo al margen de la ley.


En esta nota deseo ocuparme del significado de las recientes disposiciones que limitan la libertad de culto; las mismas afectan a las actividades de todas las religiones, pero adquieren una especial relevancia las que atentan contra un precepto constitucional. Los constituyentes de 1853 eligieron, respecto de la presencia religiosa en la sociedad, una fórmula intermedia entre la que consagra un Estado confesional y la definición de un Estado laico o ateo. El artículo 2 de nuestra Carta Magna establece que el Estado nacional sostiene el culto católico, apostólico y romano. El verbo, que ha sido objeto de numerosas interpretaciones y discusiones, no se limita al apoyo económico. Este ocupa un lugar ínfimo en el presupuesto nacional, y tal aporte financiero cubre una porción pequeñísima del gasto total de la Iglesia. Sostiene significa apoya, promueve, facilita su difusión. Es muy poco conocida una explicación de Juan Bautista Alberdi, el autor de las «Bases», que aquí reproduzco ad sensum: «El Estado no puede sostener un culto que no es el propio». Estas palabras expresan un hecho histórico: la Argentina es un país católico; el artículo 2 se ha conservado en todas las reformas del texto constitucional.


Aun considerando el menoscabo evidente de la presencia católica en la vida nacional, la razón histórica no ha perdido valor, y se manifiesta en diversas circunstancias de modo sorprendente; puede afirmarse que en algunas provincias sobrevive la Argentina profunda. Un caso por demás interesante es el de la Provincia de Buenos Aires; en la Constitución bonaerense, promulgada en 1994, el artículo 199 reza: «Los escolares bonaerenses recibirán una educación integral, de sentido trascendente y según los principios de la moral cristiana, respetando la libertad de conciencia». Me consta que los políticos en general, incluyendo ministros y legisladores, ignoran esa disposición, que nunca se ha cumplido, y que se refiere obviamente en primer lugar a las escuelas de gestión estatal.


El actual gobierno se atribuye la misión de cuidar nuestra salud física, y en función de este fin desconoce las exigencias de la salud espiritual de la población, la dimensión religiosa de la vida humana y de toda sociedad, tal como se advierte con claridad en el estudio de la historia y la fenomenología de las religiones. Un contraste digno de ser notado es el que surge de la comparación con los Estados Unidos de Norteamérica, un país plurireligioso. Allí, el Día Nacional dedicado a la Oración, el actual presidente exhortó a los ciudadanos a rezar pidiendo a Dios que nos libre de la pandemia que sufrimos. Aquí, en cambio, se ordena cerrar los templos; luego se permite abrirlos unas pocas horas para que se pueda rezar desde afuera, pero no se autoriza a celebrar el culto divino, porque esa no es una «actividad esencial». No lo es, sin duda, para los ateos que nos gobiernan -sean teóricos, prácticos o ambas cosas, y aun bautizados- pero lo es, por cierto, para buena parte de la población.


El caso concreto de la libertad de los católicos para celebrar la Santa Misa y los demás sacramentos, se inscribe en el marco más amplio del derecho humano a la libertad religiosa, que resulta también restringido. La posición oficial es arbitraria e insensata. En buena parte de nuestros templos, si no en la mayor de ellos, se podría participar de la Misa cumpliendo los protocolos establecidos de la distancia a guardar entre las personas que asistan; otro recurso sería -donde pueda hacerse merced a la disponibilidad sacerdotal- duplicar el número de misas dominicales. En algunos lugares se hace, eludiendo la vigilancia desplegada; gracias a Dios hay sacerdotes que con discreción, con prudencia sobrenatural, ofrecen a los fieles esta solución. ¡No es lo mismo la Misa por internet!.


La desvalorización del precepto dominical -ya es sabido que no obliga ante la imposibilidad de cumplirlo- puede inspirar para después de la pandemia una cierta confusión, sobre todo teniendo en cuenta que en nuestro país la inmensa mayoría de los bautizados en la Iglesia Católica no va a Misa, y desconoce lo que significa la práctica de una vida eucarística. Acerca de los demás sacramentos, la prohibición del culto divino ha obstaculizado la atención espiritual de enfermos graves, lo cual no asombra si la insensibilidad de las autoridades ha impedido a un padre de familia despedir a su hija moribunda, caso que tuvo una fuerte repercusión en los medios, y que ha causado oleadas de indignación. Corresponde recordar aquí que, según la doctrina de la Iglesia, la Unción de los Enfermos confiere una «asistencia del Señor que por la fuerza de su Espíritu quiere conducir al enfermo a la curación del alma, pero también a la del cuerpo, si tal es la voluntad de Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, 2520).


Con toda razón, y según los antecedentes ideológicos de la mayoría de los partidos y movimientos políticos, se puede temer un nuevo conato del laicismo, que desde fines del siglo XIX -y, sobre todo, por la infiltración amplia y penetrante de la masonería- ha acompañado el desarrollo de la sociedad argentina, potenciado por la carencia de suficientes recursos de evangelización y la ausencia de la Iglesia en los principales ámbitos donde se gestan las vigencias culturales.


Los católicos no podemos aceptar la expulsión de Dios de la vida social; contamos con la clara enseñanza del Concilio Vaticano II. Por ejemplo: «A los laicos corresponde, por propia vocación, tratar de obtener el Reino de Dios gestionando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios (Lumen gentium, 31). »Es papel de los laicos en las estructuras humanas conocer la íntima naturaleza de todas las criaturas, su valor y su ordenación a la gloria de Dios (ib)«. »Tengan presente que en cualquier asunto temporal deben guiarse por la conciencia cristiana, dado que ninguna acción humana, ni siquiera en el orden temporal, puede sustraerse al imperio de Dios« (ib). »Así como ha de reconocerse que la ciudad terrena, justamente entregada a las preocupaciones del siglo, se rige por principios propios, con la misma razón se debe rechazar la funesta doctrina que pretende construir la sociedad prescindiendo en absoluto de la religión« (ib). »Es obligación de toda la Iglesia trabajar para que los hombres se capaciten a fin de establecer rectamente todo el orden temporal y ordenarlo a Dios por Jesucristo« (Apostolicam actuositatem, 7). »Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que salvando íntegramente sus propias leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana« (ib.). Esta enseñanza es la proyección de un principio de fe: la soberanía universal de Cristo, que es »primogénito« ( prōtotokos) de toda la creación, en quien todo ha sido fundado; Él existe antes que todas las cosas, y todo subsiste (synéstēken) en Él (Col 1, 15.17). De esta verdad central de la fe cristiana se sigue una weltanschauung, una visión del mundo, que se concreta en la Doctrina Social expuesta modernamente en las encíclicas pontificias. El cristianismo podría, debería, hacerse presente en nuestra sociedad de un modo nuevo, como una fuerza vital en la vida de la comunidad nacional; pero solamente una profunda evangelización en consonancia con la auténtica misión eclesial, podría manifestarse como eficaz inculturación, en beneficio de todo el país.


Muchos sacerdotes han quedado sorprendidos y disgustados por lo que consideran lenidad, blandura complaciente, de los responsables de la Iglesia, y falta de prudente inventiva para proponer alternativas ante los avances totalitarios del gobierno. San Agustín definía así su magisterio: «Amonestar a quien siembra discordias, consolar a los pusilánimes, refutar a los adversarios». Los sacerdotes y fieles aludidos opinan que los organismos episcopales que el gran público y los medios de comunicación identifican sin más con la Iglesia, han quedado descolocados ante las iniciativas oficiales. En esta circunstancia particular, según aquellos, se ha puesto a la vista un problema más profundo, la real eficiencia de una organización que tiene mucho de aparente y convencional.   


Felizmente, en no pocos lugares hay sacerdotes -lo reitero- y fieles laicos que comprenden cabalmente el sentido de la libertad cristiana, y se han forjado una idea correcta, realista, de las necesidades de la evangelización y sus aspectos culturales y sociales; no renuncian a la aspiración de difundir una cultura cristiana. Lo hemos visto en las manifestaciones en defensa de los niños por nacer. En este punto, en la vindicación del derecho a la vida desde la concepción hasta la muerte natural, las relaciones ecuménicas e interreligiosas permiten articular un frente común con cristianos de otras confesiones, y grupos judíos y musulmanes.


En el futuro, el gran desafío será hacer presente a Dios y a la dimensión religiosa de la vida en la sociedad argentina, para que la existencia de los ciudadanos no quede encerrada de un inmanentismo que cercena su referencia a un destino trascendente. Como sugería anteriormente, ese propósito sólo podrá realizarse en los hechos mediante el anuncio de Cristo, y su Evangelio, en consonancia con la auténtica misión eclesial. Sería algo así como devolver, con creces, lo que mezquinamente la Iglesia recibe gracias al »sostiene«.


Estoy concluyendo este artículo cuando recibo la noticia de que la cuarentena continuará por otras tres semanas, pero que en otro gesto de apertura »se podrían realizar celebraciones de culto, ¡con no más de 20 personas!. Otra intromisión ridícula; ¿por qué no 15, o 25?.


Héctor Aguer, arzobispo emérito de La Plata

(https://www.infocatolica.com/?t=opinion&cod=38673&fbclid=IwAR3RzsluFPjnAluxqsNhKZgZ6mithBHmL_SFiPRajhWV2mWPgXvnE3buJFQ)

lunes, 30 de abril de 2018

El Tarot: tentación de "conocer sin ciencia, sin Dios y contra Dios"


Ana era una adivina que usaba el tarot; cuando quiso dejarlo, una voz maligna le habló de noche...

Las cartas están diseñadas para fascinar y enganchar al tarotista y alejarle del pensamiento razonable

ReL9 octubre 2013

Ana Márquez es una católica española, licenciada en filosofía, que quedó fascinada por el mundo del tarot y la advinación. Ella misma cuenta cómo le atraía, primero, conseguir "respuestas rápidas"; después, "meditar" y quizá acceder a unos "guías" con conocimiento oculto. Una vez adentrada en ese mundo, aunque veía sus daños, le costaba dejarlo. Y una fuerza oscura tiraba de ella. Lo cuenta con sus palabras en un testimonio que ha hecho llegar a ReL a través del sacerdote Enrique Cases.

La primera vez: una bruja asustada
»Recuerdo mi primer contacto con las cartas del Tarot. Era muy joven, casi una niña y me iba a casar. La “bruja” que me había “leído” la baraja española – una vecina -, se negó a “leerme” el Tarot. 

»– El Tarot me da miedo – decía. 

»Durante largos años olvidé que existía el Tarot, pero me quedó el recuerdo de que era un sistema de adivinación que pertenecía al “demonio”. Y por eso daba miedo. Sin embargo, creía en mi ignorancia, que la “baraja española” podía ser usada sin peligro. 

El deseo de respuestas rápidas
»Todos queremos respuestas rápidas, aquí y ahora, una solución universal a todas y cada una de las dificultades que nos agobian. Así que, olvidada mi primera idea – que el Tarot era diabólico – acudí, “bien aconsejada”, a una “bruja” especialista en este lenguaje. 



»La sesión fue curiosa, no me ayudó en lo más mínimo, salí con la cabeza llena de insensateces y el bolsillo vacío. Pero me había fijado en las láminas, había perdido el miedo y me atraían con una seducción que no era de este mundo. 

»Miraba la carta de la muerte, del diablo, del amor…. Esas cartas…. ¡esas láminas eran mágicas y hablaban solas! Seductor y atrayente. Estaba orgullosa de mí misma, por haber perdido el miedo. No entendía que lo que había perdido, en realidad, era la razón y el sano temor de Dios.

Las primeras tiradas: dotada para ello
»Creía que las láminas expresaban el mismísimo lenguaje de los ángeles, que los “guías” acudían a desvelar arcanos, a resolver problemas, a “ayudarnos” con su sabiduría. Mi personalidad, imaginativa por naturaleza, no tardó en verse involucrada en el lenguaje de las láminas. Intenté “hacer tiradas yo misma” y no tardé en darme cuenta de que era una “dotada”. 

»Sin embargo, sentía un freno interno hacia la práctica de la adivinación, en raras ocasiones la practicaba, sólo como juego entre amigos. 

»El raciocinio me decía: "¿cómo puedes atribuir ningún poder a una imagen? Estás, decididamente loca". Y así cerré el capítulo, expulsé de mi casa todo tipo de barajas y quedé en paz.



"No adivinamos, sólo meditamos"
»Años más tarde fui a parar a una “escuela” donde enseñaban “tarot meditativo”. 

... Aquí nadie “adivina” nada, sólo “meditamos con las imágenes de perfección que los “guías espirituales” han vitalizado para instrucción de la humanidad”...

... “un preso que se encontrase solo en una isla desierta, si tuviese una baraja de tarot podría conocer toda la ciencia”...

... “todas las soluciones a todos los problemas están en las claves del Tarot”... 

»Esos eran los mensajes que como buena adepta de la New Age tragué sin pensar. 

»Le llamaban el “Sagrado Tarot”, que unido a la “Santa Kabbalah” te llevará poco a poco a ser “más que humano”, “conocer los secretos de la vida y la muerte” e incluso “más allá”. Era la pretensión por antonomasia del mundo de los ocultistas. 

De todo, menos adivinar
»Mi percepción de las imágenes había cambiado. Ya no eran las terribles expresiones que daban miedo sino que las contemplaba, dormía con ellas, las visualizaba, les hacía preguntas… todo menos “adivinar”. Eso era tabú. Por consejo de mi “instructor” tenía que “hacer el amor con las claves”, es decir, dejarme llevar por el simbolismo y anotar a cada momento que me decían.

»Dentro de mí vive una artista soñadora… la pretensión de la Magia es una tentación frecuente en este mundo confuso. Pretendía cambiar mi realidad práctica meditando con estas láminas. Evidentemente, el principio de realidad había huido de mí y el sentido común también. Es una fase muy conocida dentro de los adeptos a las sectas. 

»El mensaje “Ud. puede cambiar su realidad sólo contemplando las claves y trabajando con ellas” cae de lleno bajo lo que conocemos como Ocultismo práctico. Y las “escuelas” que imparten estas supuestas enseñanzas no lo niegan.

Permiso de adivinar "para ayudar"
»Pero un día todo cambió. El gurú de la “escuela” expresó que los “altos adeptos” -que éramos nosotros- podíamos usar el “ad-divinum” – la adivinación - bajo ciertas condiciones, siempre para ayuda del prójimo y sin interés crematístico. 

»Así que, ya lanzada y sin precaución, empecé a trabajar a fondo con las imágenes. Ya no me daban miedo. Eran mis “amigas” partes de mi “consciencia”, expresiones de “mi ser profundo”… ¡Estas maravillosas láminas me darían la solución universal que buscaba!

El poder de la Biblia, el retorno a Dios
»Pero en este país de las maravillas había una piedra en el zapato, en forma de una lectura que efectué hace años, el episodio de la “Pitonisa de Endor” del Antiguo Testamento sobre la estricta prohibición de todo tipo de mancias y consultas a un “más allá”, hipotético o no.

»El Saúl bíblico me perseguía y el texto del Deuteronomio (“cuando llegues a la tierra que Dios te dio no dejarás con vida hechicera") también. Ya no tenía tan claro que las “claves del Tarot” fuesen mis “amigas”. Empecé a mirarlas de reojo y después las deseché. Y decidí volver a casa, volver a mi Dios. 

»No podía llegar a entender cómo podía haber sido tan ilusa y haber perdido tanto tiempo. Así que, un buen día abandoné todo tipo de prácticas. Pero ellas no me abandonaron a mí tan fácilmente. 



»Cuando ya ni me acordaba de ellas y había sacado de mi vida todo tipo de artilugios esotéricos, me encontré con una buena sorpresa.

Una voz en la noche
»Una noche, soñando, oí una voz potente, una voz que no me llamó por mi nombre, sólo se limitó a gritarme: "¡Mira! ¡Aquí está la solución a todos tus problemas!" Y apareció ante mi conciencia una clave del Tarot. La voz siguió: “¿Lo ves? Y ahora, ¡levántate y da las gracias!" 

»Me levanté medio dormida y di gracias con una reverencia a “lo que fuese” que me había hablado. Después seguí durmiendo.

»A la mañana siguiente mis buenos propósitos de conversión se habían prácticamente esfumado.

Recaída y autoengaño
»Subyugada por la voz que había oído, intenté poner en marcha un grupillo esotérico con estudio de claves del Tarot y demás. Intentaba pensar que el lenguaje del Tarot era válido por su sabiduría simbólica, por su ancestral conocimiento, y no sé cuantas cosas más.

»Estaba en lo que llaman el “error del inversionista”: había invertido tanto tiempo y esfuerzo en esta seudociencia que parecía que debía “recuperar lo invertido”, por decirlo de alguna manera. 

»Las personas que recibían mi “saber” estaban entusiasmadas. A través de mí hablaba una fuerza que me superaba. Todo el mundo contento, excepto yo. Las “cartas” hablaban. Era algo más que mi inconsciente, que el “inconsciente colectivo”. Tenía la sensación de que había “otra cosa”. No estaba segura de lo que hacía. Mi formación filosófica y teológica se rebelaba. Pero no me decidía a parar. “Es por la gente”, me decía- ellos están contentos”. Era un absoluto autoengaño. 

»Y así funcioné unos meses, entre la Iglesia y el Tarot, Dios y el Demonio.

Para pensar, fiebres y hospital
»Debo decir que fue el Señor el que tomó la decisión por mí, alabado sea, que partió una vez más a buscar la oveja perdida, antes de que se perdiera para siempre.
Un imprevisto ingreso hospitalario, entre la vida y la muerte, deshizo de golpe el nudo. Una semana de fiebres altísimas e incomunicación fue un buen momento para pensar seriamente en lo que estaba haciendo, porqué lo hacía y “quién” o “qué” era lo que estaba al cargo de mi pretendido grupillo de “estudios simbólicos”. 

»Cristo dijo: “Yo soy la Luz del mundo”. Y yo, “portadora de luz”, “maestra de Kabbalah y Tarot…estaba en un hospital, lejos de mis proyectos vitales y absolutamente sola. Genial. ¡Vaya con el “adeptado”! Al borde de la muerte física y espiritual.

»Al salir de la clínica, me planteaba: “Cristo hubiera dicho ´levántate y anda´; nunca me habría dado una orden despectiva como ´y ahora levántate y da las gracias". 

»Entonces ….. ¿Qué o quien habló entonces? Dicen que el Demonio es la “mona” de Dios porque imita Su actuar. En este caso, la barata imitación me costó verla, pero al final la vi. 

»Deshice el “grupillo de estudios” tiré a la basura cartas, árboles cabalísticos y todo lo que tuviese que ver con el tema. Después de una buena limpieza interna y externa, empecé a comprender.

¿Algo demoníaco, riesgo psíquico o ambas cosas?
»Los seres humanos somos criaturas muy delicadas. Nuestra mayor potencia es la conciencia y la razón. Estas láminas [las cartas del Tarot] apelan directamente al arsenal de recuerdos, emociones, traumas, todo lo que llevamos fijado en el inconsciente, bueno y malo, pero que desconocemos. La reacción que provocan en el ser humano es imprevisible, pueden despertar contenidos latentes, no por sí mismas – que ningún poder tienen ni nada valen – sino por el poder que nosotros les atribuimos con nuestra propia valoración.

»Apelan a lo más hondo de nuestra psique, terreno peligroso y resbaladizo. Puede llegar a ser una forma perversa de idolatría, puesto que se les atribuye “poderes” que sólo están en Dios. La persona que “juega” con ellas está en grave peligro de perder la cordura, la objetividad y el buen juicio. 

»“Yo soy la Luz del mundo”. Estas palabras resonaban una y otra vez en mi cabeza, acordándome de mi insano deseo de saber sin Dios y contra Dios. 

»Esta es la “clave” de las “claves del Tarot”. Conocimiento al margen de lo permitido por Dios, tomar el saber por asalto, sin razón, sin ciencia, sin Dios. Y con el riesgo – siempre seguro – de ser engañado sutilmente una y otra vez. Puede llevar años de vida deshacer un entuerto generado por estas “mancias”.

»No he llegado a saber nunca si están “vitalizadas” por seres de “luz” como me contaban e ingenuamente creí. Si lo están, hay que emprender la huída rápidamente, no pararse a comprobarlo. Y no mirar atrás. 

»Y si sólo son una “herramienta para la lectura del subconsciente que potencia la intuición”, la propuesta es la misma: Huyamos. La ciencia cuenta con suficientes herramientas racionales que nos capacitan para regir con dignidad nuestra vida. 

»En todo caso mi propuesta - y decisión irrevocable – es perder todo contacto con esta especie de subcultura de lo irracional. O bien, empleando una expresión más potente y clara, decir: Vade retro, Satana. Con todas las letras. Quien tenga oídos para oír, que oiga.
(https://www.religionenlibertad.com/ana-era-una-adivina-que-usaba-el-tarot-cuando-quiso-dejarlo-31438.htm)