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martes, 23 de mayo de 2017

Sectas orientales: Ravi Shankar


Publicado el 13 mar. 2013
Reportaje sobre las Yoga Rave promovidas por El Arte de Vivir y Ravi Shankar. 
Para ampliar puede consultar http://www.hemerosectas.org/el-arte-d....

miércoles, 1 de enero de 2014

Profesora de reiki durante años, una imagen de la Virgen la transformó...ahora es laica consagrada


Ha llevado a la Iglesia a sus amigos de la New Age
Profesora de reiki durante años, una imagen de la Virgen la transformó...ahora es laica consagrada
Moira Noonan

 
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Portaluz   
Moira Noonan aún recuerda los deseos de su madre, quien anhelaba que se educaran en colegios católicos, “porque las monjas podían formarnos mejor de lo que ella podía hacerlo”.

No obstante, la joven Moira y sus hermanos peregrinaron de colegio en colegio, y pocos lazos pudieron crear con sus compañeros.
 
Su itinerario les llevó por centros de Detroit, Nueva Jersey, Filadelfia, hasta llegar al internado laico MacDuffie de Massachusetts, lugar donde finalmente Moira ingresaría, pero muy apartada de su fe católica.
 
La “fascinación” por Raví Shankar
 La curiosidad fue más –comenta- y paulatinamente comenzó a transitar por el “peligroso y embaucador” camino de la Nueva Era. “Una de mis profesoras, me atrajo a su círculo de amigos, al igual que a muchas de las niñas de la escuela, tanto durante como después del horario escolar. Ella había estudiado en la India y tenía un fuerte apego a diversos credos hinduistas y estaba prometida con un Hindú, académico de la Universidad de Priceton.
 
El llevaba traje tradicional y turbante –recuerda Moira-, e iba a visitarla a nuestro internado de forma regular. Acudimos con ellos a muchos conciertos, incluyendo los de Ravi Shankar y se nos hizo cada día más fascinante el misterio de la cultura y creencias de la India”.
 
La incesante búsqueda de la “iluminación”
 En 1970 tras ingresar en la universidad ya estaba convencida de que su objetivo vital era “llegar a la iluminación”. Una sed inagotable por empaparse del “misticismo” de la India la poseía más y más. Incluso unos meses después, estando en un obligado viaje de estudios por Francia y Turquía, tuvo el impulso de renunciar a todo y tomar un tren a la India… “pero el Señor tenía otros planes para mi vida –reflexiona- y utilizó a mi abuela para cambiar esa decisión. Ella me convenció de volver a casa y terminar la escuela graduándome en 1974 en la Universidad de Washington”.
 
Pero el dilema continuaba y, obsesionada –señala-, todo le hablaba, hasta los Beatles, de trascendencia e iluminación. “La semilla de este nuevo sistema de creencias que había recibido durante la escuela secundaria estaba lo suficientemente desarrollada como para lavarme el cerebro y hacerme creer que necesitaba un Gurú para encontrar la iluminación”. Si con ello no bastara, a los 28 años, participó en un movimiento feminista de la naciente ideología de género, llevando por calles y plazas sus consignas.
 
Creía curar con meditación e hipnosis
Cuando cumplió los 30 años, Moira comenzó a desempeñarse como editora de una revista especializada en Hawaii y yendo camino al trabajo sufrió un violento accidente de tráfico. “Quedé con una discapacidad grave, ya no podía trabajar, ni conducir, y sufría dolores constantes”. Esta sería, después de la mediación de su abuela, la segunda advertencia, pero ella necesitaría más.
 
Agobiada por el dolor buscó alivio lejos de médicos y tratamientos ortodoxos recurriendo a la errática propuesta del “sistema autógeno”, que mezcla meditación, hipnosis y sugestión. Se empecinó tanto en validar los resultados de su “terapia” que posteriormente formó parte de la secta Iglesia de Ciencias Religiosas, más conocida como Ciencia de la Mente, en el Condado en Encinitas, California. “Pasé cuatro años de aprendizaje con un ex católico que me hizo un lavado de cerebro en profundidad”, recuerda Moira.
 
Estaba convencida que su “sistema de creencias” traía sanación. “Me convertí en una maestra de Reiki y recibí el certificado de curandera. Esto me llevó al deseo de aprender más sobre el mundo psíquico. Así que fui a recibir clases de formación psíquica para obtener los falsos dones de clarividencia, y estar más conectada con los espíritus caídos”.
 
Pero Moira nunca advirtió que tanta “habilidad” adquirida iba a generar en ella desórdenes mentales. “Me encontré inmersa en el mundo de la hipnosis y se convirtió para mí en una reprogramación completa de mi mente y una grave pérdida de la voluntad personal”.

Una portada de revista revela lo verdadero
La conversión de Moira llega inesperada en 1990. Vivía en San Diego, California y un día cualquiera estando en un supermercado… “vi la portada de la revista Life con la foto de una estatua de la Virgen María y al pie el título «¿Crees en los milagros?» Aquella publicación fue un impacto a mi alma, fijando mi ser en esa imagen. Compré la revista y descubrir a María me animó a mirar más profundamente en ella”.

La transformación fue inexplicable y luego llegaría a su vida una católica a dar la estocada definitiva… “Esa persona clave que el Señor puso en mi vida y que me ayudó a entregarme completamente a Cristo y a la Virgen, fue Beverly Nelson, una laica de las Misioneras de la Caridad”.
 
Nutrida espiritualmente por esta amistad con la misionera, todo fue regalo de la providencia… la fe, el abandono de las creencias y prácticas heréticas, para coronar con Moira consagrándose como laica en las Misioneras de la Caridad.

“Me he convertido en un miembro activo dentro de la orden. Me uní a la Iglesia Católica en la Parroquia San Francisco, California, y me he convertido en madrina de muchos de mis amigos de la New Age que decidieron convertirse en católicos. Entre ellos un ex médico, mi ex profesor, amigos personales que han estado en la Nueva Era por más de treinta años. Hoy viven la felicidad verdadera que es la fe en Cristo”.  

lunes, 25 de noviembre de 2013

Sri Sri Ravi Shankar y "El arte de vivir": La “meditación trascendental” es simplemente un gran fraude

Sri Sri Ravi Shankar y
Sri Sri Ravi Shankar, descubrió la forma de ganar 
millones de pesos ¡enseñando a respirar! 

Autor: Julio de la Vega-Hazas Ramírez. | Fuente: Info-RIES 




Julio de la Vega-Hazas Ramírez.
Miembro de la RIES. Sacerdote español del Opus Dei y Doctor en Teología, Julio de la Vega-Hazas está especializado en moral y en sectas. De hecho, uno de sus libros se titula El complejo mundo de las sectas. 


¿QUIÉN ES SRI SRI RAVI SHANKAR?

En febrero de 2008, el entierro de Maharishi Mahesh Yogi acabó por despejar las dudas sobre la naturaleza de sus enseñanzas a quien todavía pudiera tenerlas. Falleció en Holanda, pero sus restos fueron trasladados a orillas del Ganges para recibir el homenaje que correspondía a lo que en verdad era, un gurú hindú. Su criatura, Meditación Trascendental (MT), era un vehículo de transmisión de su religión, el hinduismo, en Occidente, disfrazado de técnicas de meditación para combatir el estrés. Su presentación como técnica ajena a cualquier religión atraía personas y abría puertas que hubieran permanecido cerradas ante algo con etiqueta religiosa. Pero, en realidad, el “estrés” del que liberaba no era para Maharishi otra cosa que el karma hindú –la carga negativa acumulada tanto de la actual como de pasadas vidas-, y justificaba su posición ante sus correligionarios diciendo que “Occidente todavía no está preparado para la verdad”.

Una personalidad como de la Maharishi difícilmente puede preparar un sucesor con el mismo empuje. MT tiene un sucesor al frente de su entidad –Maharaja Nader Raam-, pero posiblemente su principal continuador haya que verlo fuera de esa institución. Sri Sri Ravi Shankar se inició con Maharishi Mahesh Yogi, pero pronto le abandonó para crear su propio grupo, El arte de vivir (AV). Ravi Shankar está mostrando el mismo empuje que Maharishi tuvo en los años 70, y AV se ha convertido en el gurú que más dinero controla desde su institución. Ha podido hablar en lugares tan insólitos como el parlamento etíope o Iraq, e incluso ha visitado Pakistán, algo verdaderamente insólito para un personaje de este tipo. A la vez, es difícil encontrar alguien sobre quien se emitan valoraciones tan dispares. Para unos, es una verdadera encarnación de un santón de la India; para otros, alguien que ha dado con algo verdaderamente útil para el acelerado hombre moderno, o bien un charlatán que sólo vende humo a quien se deja engañar, un actor que sólo busca ganar dinero con un show que no se diferencia mucho de vender un elixir milagroso, un exponente del NewAge o simplemente “otro gurú oriental”. De ahí que surja la pregunta: ¿quién es realmente Sri Sri Ravi Shankar? ¿Encaja en alguna de estas etiquetas, es una mezcla de todo esto o es algo distinto? Lo cierto es que no resulta fácil responder por lo resbaladizo del personaje, pero intentaremos dar una respuesta, utilizando la vía que a mi juicio es más clarificadora a este respecto: la comparación con su maestro, Maharishi Mahesh Yogi.

Una primera semejanza radica en lo más aparente: la imagen. Maharishi, en los años 60 y 70, adoptó una estética bastante al gusto de lo que entonces era la modernidad hippy, con un aspecto de hombre tranquilo que ha encontrado la paz. Shankar la ha adaptado a la mentalidad actual, de forma que se presenta como el hombre tranquilo que ha encontrado el secreto de la salud, tanto física como mental. Tanto en uno como en otro la imagen se ha cuidado hasta el extremo, de forma que es poco menos que imposible saber a ciencia cierta quién se oculta tras el estereotipo mostrado. Shankar, nacido en 1956, continuamente presume de tener más edad de la que aparenta, aunque lo cierto es que, sin el “arreglo” con el que se deja ver –sobre todo, con la barba teñida de negro-, aparenta la edad que tiene. Más difícil de creer es que duerma tres horas al día y que su estado interior sea el de un niño, como también manifiesta con frecuencia. Lo único que se puede concluir con certeza es que todo esto es fruto de una cuidadosa operación de imagen, airada una y otra vez por una propaganda incesante.

Más importante es la presentación, no ya de la persona, sino del “producto•”. Maharishi ofrecía una sencilla meditación en la que, en un principio, se trataba de repetir unas palabras que permitían al sujeto armonizar su interior. El yogui aseguraba que era una técnica sin significado religioso, pero en realidad las palabras eran términos sánscritos con significado religioso (se defendía diciendo “pero no para los meditantes”). Shankar ofrece unas técnicas respiratorias con las que se puede eliminar el estrés y sentirse bien. En principio las técnicas de respiración no tienen idioma ni religión, pero los dos coinciden en el objetivo –el estrés-, y es más significativo de lo que parece a primera vista que Shankar hable de “arrojar fuera” el estrés. Se refiere al mismo como si fuera no tanto un estado anímico o nervioso, sino como algo con una cierta entidad propia que uno lleva dentro y que debe expulsarse mediante la debida técnica. O sea, de modo más disimulado aún que en Maharishi, nos encontramos de nuevo con el karma hindú, debidamente presentado con un estudiado envoltorio occidental y aséptico.

Otra característica común es lo esquivos que se han mostrado ambos cuando se les pregunta por el carácter religioso de su enseñanza. La salida más frecuente es decir que se trata de cosas perfectamente compatibles con cualquier religión, de forma que quien atienda sus cursillos no tiene ninguna necesidad de abandonar su religión. La respuesta tiene su truco. Para un occidental, decir que algo es compatible con cualquier credo religioso connota que se trata de algo no religioso por ser “neutral”. Para un hindú eso no es así. Las religiones orientales son bastante sincretistas: tienden a ver como asimilable todo lo que viene de otra parte. Aunque, claro está, asimilable no es lo mismo que compatible. Por eso lo que sucede es que cualquier otro credo se ve desfigurado en sus contenidos, aunque se mantenga en lo posible su terminología. Con respecto al cristianismo, por ejemplo, se puede mantener la afirmación de la divinidad de Jesucristo... sólo que en el mismo sentido en que es divino el gurú de turno. Y, sobre esto último, conviene fijarse en el título adoptado por Shankar. “Sri” significa “señor”, y el líder de AV afirma que su repetición obedece al deseo de distinguirse del músico llamado Sri Ravi Shankar. Pero lo cierto es que podía haber marcado la diferencia de muchos modos, y la repetición del término lo convierte en un superlativo utilizado para referirse a la divinidad. De hecho, hay testimonios suficientes de que, dentro de su organización, Shankar es aclamado como lo que en realidad quiere ser: un líder religioso divinizado por sus seguidores. También aquí hay un paralelismo con Maharishi.

Todas estas semejanzas, claro está, no son casualidad. Shankar estuvo poco tiempo con Maharishi, pero el suficiente para aprender bien la sustancia de MT. Su semblanza oficial –una verdadera hagiografía- señala que Shankar ya sabía de memoria el Bhagavad Gita –el largo poema que constituye el principal de los escritos védicos- a los cuatro años. Pero su hermana no tiene empacho en declarar que detesta la lectura: “Nunca ha leído un libro; lee una página y ya se queda dormido”. ¿Dónde ha aprendido, pues? Sólo cabe una respuesta: de Maharishi. Los dos han demostrado ser sujetos inteligentes y astutos. Los dos han demostrado ser ególatras. Por eso no podían estar juntos mucho tiempo. Shankar, cuando estimó que ya había aprendido lo suficiente, se fue. Por los testimonios familiares que conocemos, lo que mostró desde la infancia no era un conocimiento del Bhagavad Gita, sino una ambición desmedida, una buena inteligencia y un temperamento audaz, que le impulsaba a arriesgar para conseguir lo que quería. Dejó los estudios –con esa afición por la lectura no es de extrañar-, dejó su primer trabajo, dejó a Maharishi... y acabó saliéndose con la suya. 

En Occidente, con frecuencia, las organizaciones religiosas venidas de la India son catalogadas como sectas, como movimientos new age o como negocios, y se les aplican los correspondientes esquemas, que suelen ser incompletos, cuando no simplemente falsos. Lo que más raramente se hace es algo que resulta muy esclarecedor al respecto: ver qué se piensa en la India. AV tiene su sede principal en las afueras de Bangalore. Allí tiene su ashram, sólo que no coincide con la idea tradicional que evoca este término, la de una finca en la que se encuentra una comunidad monástica o semimonástica que vive de la tierra (en régimen vegetariano). Incluye una zona residencial con un lago artificial, helipuerto, grandes comedores, cibercafés, librería, farmacias, y la sede de un canal de radio difundido por satélite. Pero lo más llamativo es que no se trata de un caso aislado. Otras organizaciones, algunas desconocidas fuera de la India y otras bien conocidas (Osho, ISKCON), mueven mucho dinero, y AV figura en cabeza. La entrada a las festividades anuales del grupo cuesta cinco mil rupias. La clientela más buscada es la nueva clase económicamente desahogada creada con el rápido crecimiento económico en la India. Aquí es donde se ve con más claridad que las técnicas de respiración no van solas. Lo que se ofrece, de una manera u otra y en todas partes, es solaz y meditación. Las declaraciones mismas de Shankar, si se examinan detenidamente, incluyen la meditación en su oferta. Como ocurre en MT con los breves mantras, los ejercicios respiratorios no son más que el principio. ¿De qué? Pues de algo que se puede resumir con una sola palabra: yoga. 

En la India no se ponen objeciones a que montajes religiosos ganen millones de dólares, y menos aún cuando, como suele ocurrir –y AV no es una excepción-, financian algunas obras asistenciales y educativas. En 2005, una santona de Kerala, Amma Amritanandamayi, se permitió el lujo de donar un millón de dólares para los damnificados del huracán Katrina en Estados Unidos. Cuando los precios son altos o incluso disparatados, tampoco se oculta. A la entrada del ashram de un gurú llamado Baba Ramdev hay un gran cartel que dice: “Miembro ordinario: 11.000 rupias; miembro de honor: 21.000 rupias; miembro especial: 51.000 rupias; miembro de por vida: 100.000 rupias; miembro reservado: 251.000 rupias; miembro fundador: 500.000 rupias” (diez mil rupias equivalen a unos 250 dólares). No se suelen poner reparos a que la vida de estos maestros pueda estar rodeada de lujo. Lo que sí se cuestiona, y mucho, es la autenticidad de los gurúes y sus movimientos. Sin algo parecido a una iglesia que controle de alguna forma a los “hombres de Dios”, cualquiera puede instalar su tienda. Y hay de todo: desde verdaderos estudiosos que viven lo que enseñan, hasta embaucadores que prácticamente no han invertido ni un minuto en meditación yóguica. Ravi Shankar no se ha librado de la polémica. Tiene enfervorizados seguidores que le veneran como un ser divino, y tiene detractores que le ven como el prototipo de curandero charlatán, un “tranquilizante de ricos” que ofrece “conciencia cósmica en cuatro fáciles lecciones”; en resumidas cuentas, un timo. ¿Cuál es la realidad? Es cierto que ha aprendido algunas técnicas de su mentor Maharashi, pero también lo es que difícilmente puede dedicarse en serio a la meditación quien se muestra incapaz de dedicar un cuarto de hora a la lectura. Además, como sucedía con Maharishi, se echa en falta el poder ver o conocer algo más del personaje que una cuidadosa puesta en escena. 

De todas formas, por poner un ejemplo comparativo, si encontráramos una academia de idiomas que promete milagrosos dominios del inglés en cuatro meses y sin esfuerzo, lo cierto es que, bien o mal, lo que enseña es inglés. Por su parte, lo que propaga Shankar, ¿es o no una religión? Cuestionado sobre ello, hace gala de una calculada ambigüedad: su respuesta es que no se trata de religión, sino de espiritualidad. Esto tiene un muy buen cartel en una sociedad occidental en la que muchas personas quieren lo que podríamos denominar efectos benéficos de la religión en el espíritu, pero sin religión, sin el compromiso moral con una fe y unas normas morales. Se crea así una demanda de sosiego espiritual tomado como un producto de mercado más. Quien lo ofrezca con poco esfuerzo y sin compromiso tiene atractivo, y para muchas de estas personas el coste económico es lo de menos, de forma que pagan con gusto los 375 dólares que cuesta el curso semanal (22 horas) de respiración de Ravi Shankar. Eso sí, hay que hacerlo bien, con un buen marketing, pues hay bastante competencia en un mercado que, sólo en Estados Unidos, mueve seis mil millones de dólares al año. Ahora bien, una cosa es cómo se mira en Occidente, y otra en Oriente. Shankar afirma que las religiones son como la piel de banana, mientras que la espiritualidad es la banana misma, lo comestible. Esto coincide bien con la visión que se tiene desde el hinduismo de las iglesias cristianas y otras religiones. El hinduismo no tiene una estructura centralizada, ni un credo o una moral perfectamente establecidos. Tiene una colección de escritos antiguos, unas cuantas ideas comunes que se desprenden de los mismos, unos maestros que surgen, vienen y van... y una meditación. Cuando Shankar desprecia como una cáscara inútil la organización que tienen otros, está haciendo una apología de su propia religión. 

Ahora bien, ¿se trata de hinduismo o de un exponente de new age? La clave es lo que hay que entender por yoga. Está muy extendida la idea de que se trata de una técnica de relajación, o una técnica de meditación cuyo contenido puede ponerlo cada uno a su gusto, siendo así compatible con cualquier creencia. En una palabra, método, no sustancia. Sin embargo, basta con leer el capítulo 6º del Bhagavad Gita para desmentirlo. Ya al principio se lee lo siguiente: “Lo que se denomina renuncia, debes saber que es lo mismo que el yoga, o el vincularse con el Supremo, ¡oh, hijo de Pandu!, porque jamás puede uno convertirse en yogui, a menos que renuncie al deseo de complacer los sentidos” (n.2). La relajación corporal no se contempla aquí como un fin en sí mismo, sino como un medio para algo de otro orden: “Uno debe mantener el cuerpo, el cuello y la cabeza erguidos en línea recta, y mirar fijamente la punta de la nariz. De ese modo, con la mente tranquila y sometida, libre de temor y completamente libre de la vida sexual, se debe meditar en Mí en el corazón y convertirme en la meta última de la vida” (nn.13-14). En el hinduismo, esa unión final –fusión- con el infinito que pregona no se consigue precisamente con unas técnicas de respiración, sino que tiene un coste ascético mucho mayor: “Practicando así un control constante del cuerpo, la mente y las actividades, el yogui, con la mente regulada, llega al cielo espiritual mediante el cese de la existencia material” (n.15). Este cese de la existencia material es el nirvana, algo bastante distinto a ese estado placentero que creen algunos. Sí que se considera como algo placentero, pero a la vez extático; es decir, que exige un ejercicio continuo para desprenderse de todo lo sensorial, por “vaciar” los sentidos, y eso es precisamente el yoga, Así se entiende otro versículo del mismo texto: “Se dice que una persona está elevada al yoga cuando, habiendo renunciado a todos los deseos materiales, ni actúa para complacer los sentidos, ni se ocupa en actividades fruitivas” (n.4). La idea se remacha en varias ocasiones, como por ejemplo en este otro versículo: “Cuando un yogui disciplina sus actividades mentales mediante la práctica del yoga y se sitúa en la trascendencia, libre de todos los deseos materiales, se dice que él está bien establecido en el yoga” (n.18). El Bhagavad Gita reconoce que se trata de un ejercicio muy difícil, pero para quien se queda en el camino sin conseguirlo tiene un consuelo: tendrá en el futuro reencarnaciones muy favorables, que le facilitarán poder continuar donde lo ha dejado. 

Quien conozca bien la historia del pensamiento sabrá que el método es inseparable de la sustancia, por la sencilla razón de que el primero es la vía racional para llegar a la segunda. Pero, en todo caso, esto tiene poco que ver con el New Age y la vida fácil que proclama. En algún aspecto, es la antítesis, pues el bienestar que persigue este último es precisamente aquello de lo que debe desprenderse quien quiera alcanzar el nirvana. Lo que ocurre es que se da una extraña simbiosis entre los dos términos. El movimiento New Age siempre ha tenido un ojo puesto en Oriente, para sacar de ahí elementos que concordaban con esa especie de neopaganismo difuso que propugna. El panteísmo –no muy claro en su conceptuación, como suele suceder con los panteísmos- hindú se transforma así en culto a la diosa naturaleza, mientras que la meditación queda convertida en técnica de autoayuda. A su vez, el hinduismo, con su sincretismo, su flexibilidad para adoptar elementos extraños y su facilidad de hacer malabarismos con los términos, se aprovecha de ello para presentarse como un producto arreligioso coincidente con la moda intelectual y disfrazar su oferta de acuerdo con ello. Maharishi y Shankar son buenos ejemplos, pero desde luego no los únicos ni los primeros, ni probablemente sean los últimos. Para complicar el panorama, a esto hay que añadir los rasgos personales de cada grupo u organización, que casi siempre son un reflejo de la persona que lo ha creado. Un mercado tan suculento en el que se ha convertido todo lo que suena a técnica fácil de autoayuda es muy tentador, tanto en Occidente como en Oriente, y no debe extrañar por tanto que proliferen charlatanes, farsantes y vendedores de “elixires” milagrosos. En la India más de uno señala a Ravi Shankar como vendedor de “jarabe de yoga”, lo que puede ser un etiquetado bastante bueno. Desde luego, lo que se ve muestra más a un actor que a un profundo meditante o un asceta que recorre la senda señalada por la literatura védica. 

¿Cuál es el secreto del éxito de Shankar, si es que hay alguno? En realidad, está a la vista. Preguntado por Maharishi a la muerte de éste, Shankar se limitó a decir, un tanto misteriosamente, que había perdido realismo. ¿Qué quería decir? Maharishi había querido conducir a todo el mundo, sin que en un principio fueran conscientes de ello, por su senda yóguica, y soñaba con una “conciencia cósmica” que armonizara el mundo. Pero no parecía querer darse cuenta del todo que la inmensa mayoría de los que acudían a sus cursos de MT no querían eso, y el conflicto surgía cuando se enteraban de a dónde los quería llevar. El realismo de Shankar es que se limita a dar lo que buscan. Y lo que buscan es una técnica de relajación para sentirse bien. El yoga no es eso, pero indudablemente incluye eso. Sólo unos pocos –y más en la India, lógicamente- quieren algo más, y Shankar también se lo da, lo viva él o no. Para él, es una necesidad: su organización necesita un “núcleo duro” si quiere mantener una respetabilidad, especialmente en su propia tierra. 

Por lo demás, ¿cuál es el efecto de sus cursillos? En un mundo de prisas, que parece haber adquirido un aborrecimiento al silencio y a meditar, un rato de ello tiene necesariamente que sentar bien. Lo que sucede es que la gente suele intuir que en el silencio y el ambiente de reflexión surgen cuestiones muy comprometedoras, sobre todo acerca del sentido mismo de la vida. Por eso lo rehuyen. Y Shankar tiene éxito porque lo ofrece eludiendo todo compromiso: es sólo una técnica. Pero, a la vez, no deja de ser un sucedáneo, y ocurre como con todo sucedáneo: da el pego en un principio, pero no tarda en revelarse como una falsificación. Lo que imparte AV viene así a ser como una pastilla o un sedante: tiene un efecto inmediato positivo, pero efímero. Al poco se pone de manifiesto que es un parche, no una solución. ¿Engaña Shankar? Quizás sí, pero a quienes buscan ser engañados, a quienes van en busca de la receta mágica en vez de encarar sus problemas y las auténticas soluciones a los mismos. Sri Sri Ravi Shankar lo que da es, efectivamente, “jarabe de yoga”.
Julio de la Vega-Hazas

miércoles, 12 de septiembre de 2012

Ravi Shankar: ¿quién es el gurú de gira por Iberoamérica? (2)



Ofrecemos la segunda y última parte del artículo “¿Quién es Sri Sri Ravi Shankar?", escrito por Julio de la Vega-Hazas Ramírez, sacerdote español, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES). 


Luis Santamaría 

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¿Es una religión?
De todas formas, por poner un ejemplo comparativo, si encontráramos una academia de idiomas que promete milagrosos dominios del inglés en cuatro meses y sin esfuerzo, lo cierto es que, bien o mal, lo que enseña es inglés. Por su parte, lo que propaga Shankar, ¿es o no una religión? Cuestionado sobre ello, hace gala de una calculada ambigüedad: su respuesta es que no se trata de religión, sino de espiritualidad.
Esto tiene un muy buen cartel en una sociedad occidental en la que muchas personas quieren lo que podríamos denominar efectos benéficos de la religión en el espíritu, pero sin religión, sin el compromiso moral con una fe y unas normas morales. Se crea así una demanda de sosiego espiritual tomado como un producto de mercado más. Quien lo ofrezca con poco esfuerzo y sin compromiso tiene atractivo, y para muchas de estas personas el coste económico es lo de menos, de forma que pagan con gusto los 375 dólares que cuesta el curso semanal (22 horas) de respiración de Ravi Shankar.
Eso sí, hay que hacerlo bien, con un buen marketing, pues hay bastante competencia en un mercado que, sólo en Estados Unidos, mueve seis mil millones de dólares al año. Ahora bien, una cosa es cómo se mira en Occidente, y otra en Oriente. Shankar afirma que las religiones son como la piel de banana, mientras que la espiritualidad es la banana misma, lo comestible. Esto coincide bien con la visión que se tiene desde el hinduismo de las iglesias cristianas y otras religiones.

El hinduismo no tiene una estructura centralizada, ni un credo o una moral perfectamente establecidos. Tiene una colección de escritos antiguos, unas cuantas ideas comunes que se desprenden de los mismos, unos maestros que surgen, vienen y van… y una meditación. Cuando Shankar desprecia como una cáscara inútil la organización que tienen otros, está haciendo una apología de su propia religión.


¿Hinduismo o New Age?

Ahora bien, ¿se trata de hinduismo o de un exponente de new age? La clave es lo que hay que entender por yoga. Está muy extendida la idea de que se trata de una técnica de relajación, o una técnica de meditación cuyo contenido puede ponerlo cada uno a su gusto, siendo así compatible con cualquier creencia. En una palabra, método, no sustancia. Sin embargo, basta con leer el capítulo 6º del Bhagavad Gita para desmentirlo. Ya al principio se lee lo siguiente: “Lo que se denomina renuncia, debes saber que es lo mismo que el yoga, o el vincularse con el Supremo, ¡oh, hijo de Pandu!, porque jamás puede uno convertirse en yogui, a menos que renuncie al deseo de complacer los sentidos” (n.2).
La relajación corporal no se contempla aquí como un fin en sí mismo, sino como un medio para algo de otro orden: “Uno debe mantener el cuerpo, el cuello y la cabeza erguidos en línea recta, y mirar fijamente la punta de la nariz. De ese modo, con la mente tranquila y sometida, libre de temor y completamente libre de la vida sexual, se debe meditar en Mí en el corazón y convertirme en la meta última de la vida” (nn.13-14).
En el hinduismo, esa unión final –fusión- con el infinito que pregona no se consigue precisamente con unas técnicas de respiración, sino que tiene un coste ascético mucho mayor: “Practicando así un control constante del cuerpo, la mente y las actividades, el yogui, con la mente regulada, llega al cielo espiritual mediante el cese de la existencia material” (n.15). Este cese de la existencia material es el nirvana, algo bastante distinto a ese estado placentero que creen algunos. Sí que se considera como algo placentero, pero a la vez extático; es decir, que exige un ejercicio continuo para desprenderse de todo lo sensorial, por “vaciar” los sentidos, y eso es precisamente el yoga.
Así se entiende otro versículo del mismo texto: “Se dice que una persona está elevada al yoga cuando, habiendo renunciado a todos los deseos materiales, ni actúa para complacer los sentidos, ni se ocupa en actividades fruitivas” (n.4). La idea se remacha en varias ocasiones, como por ejemplo en este otro versículo: “Cuando un yogui disciplina sus actividades mentales mediante la práctica del yoga y se sitúa en la trascendencia, libre de todos los deseos materiales, se dice que él está bien establecido en el yoga” (n.18). El Bhagavad Gita reconoce que se trata de un ejercicio muy difícil, pero para quien se queda en el camino sin conseguirlo tiene un consuelo: tendrá en el futuro reencarnaciones muy favorables, que le facilitarán poder continuar donde lo ha dejado.
Quien conozca bien la historia del pensamiento sabrá que el método es inseparable de la sustancia, por la sencilla razón de que el primero es la vía racional para llegar a la segunda. Pero, en todo caso, esto tiene poco que ver con el New Age y la vida fácil que proclama. En algún aspecto, es la antítesis, pues el bienestar que persigue este último es precisamente aquello de lo que debe desprenderse quien quiera alcanzar el nirvana.
Lo que ocurre es que se da una extraña simbiosis entre los dos términos. El movimiento New Age siempre ha tenido un ojo puesto en Oriente, para sacar de ahí elementos que concordaban con esa especie de neopaganismo difuso que propugna. El panteísmo –no muy claro en su conceptuación, como suele suceder con los panteísmos- hindú se transforma así en culto a la diosa naturaleza, mientras que la meditación queda convertida en técnica de autoayuda.
A su vez, el hinduismo, con su sincretismo, su flexibilidad para adoptar elementos extraños y su facilidad de hacer malabarismos con los términos, se aprovecha de ello para presentarse como un producto arreligioso coincidente con la moda intelectual y disfrazar su oferta de acuerdo con ello. Maharishi y Shankar son buenos ejemplos, pero desde luego no los únicos ni los primeros, ni probablemente sean los últimos.
Para complicar el panorama, a esto hay que añadir los rasgos personales de cada grupo u organización, que casi siempre son un reflejo de la persona que lo ha creado. Un mercado tan suculento en el que se ha convertido todo lo que suena a técnica fácil de autoayuda es muy tentador, tanto en Occidente como en Oriente, y no debe extrañar por tanto que proliferen charlatanes, farsantes y vendedores de “elixires” milagrosos. En la India más de uno señala a Ravi Shankar como vendedor de “jarabe de yoga”, lo que puede ser un etiquetado bastante bueno. Desde luego, lo que se ve muestra más a un actor que a un profundo meditante o un asceta que recorre la senda señalada por la literatura védica.


El secreto de Ravi Shankar

¿Cuál es el secreto del éxito de Shankar, si es que hay alguno? En realidad, está a la vista. Preguntado por Maharishi a la muerte de éste, Shankar se limitó a decir, un tanto misteriosamente, que había perdido realismo. ¿Qué quería decir? Maharishi había querido conducir a todo el mundo, sin que en un principio fueran conscientes de ello, por su senda yóguica, y soñaba con una “conciencia cósmica” que armonizara el mundo. Pero no parecía querer darse cuenta del todo que la inmensa mayoría de los que acudían a sus cursos de MT no querían eso, y el conflicto surgía cuando se enteraban de a dónde los quería llevar.
El realismo de Shankar es que se limita a dar lo que buscan. Y lo que buscan es una técnica de relajación para sentirse bien. El yoga no es eso, pero indudablemente incluye eso. Sólo unos pocos –y más en la India, lógicamente- quieren algo más, y Shankar también se lo da, lo viva él o no. Para él, es una necesidad: su organización necesita un “núcleo duro” si quiere mantener una respetabilidad, especialmente en su propia tierra.
Por lo demás, ¿cuál es el efecto de sus cursillos? En un mundo de prisas, que parece haber adquirido un aborrecimiento al silencio y a meditar, un rato de ello tiene necesariamente que sentar bien. Lo que sucede es que la gente suele intuir que en el silencio y el ambiente de reflexión surgen cuestiones muy comprometedoras, sobre todo acerca del sentido mismo de la vida. Por eso lo rehuyen. Y Shankar tiene éxito porque lo ofrece eludiendo todo compromiso: es sólo una técnica.
Pero, a la vez, no deja de ser un sucedáneo, y ocurre como con todo sucedáneo: da el pego en un principio, pero no tarda en revelarse como una falsificación. Lo que imparte AV viene así a ser como una pastilla o un sedante: tiene un efecto inmediato positivo, pero efímero. Al poco se pone de manifiesto que es un parche, no una solución. ¿Engaña Shankar? Quizás sí, pero a quienes buscan ser engañados, a quienes van en busca de la receta mágica en vez de encarar sus problemas y las auténticas soluciones a los mismos. Sri Sri Ravi Shankar lo que da es, efectivamente, “jarabe de yoga”.

El gurú que hizo felices a 120.000 seguidores enseñándoles a… respirar



El título parece una broma, pero es la triste realidad: los 120.000 espectadores que asistieron a la "meditación" masiva de Ravi Shankar en Buenos Aires, se consideraron "felices" (sic) por haber "aprendido a respirar" (??¿¿). 
Este hecho insólito origina, inmediatamente, varias meditaciones y reflexiones, como la siguiente: si alguien pensaba que sabía respirar, porque comenzó a hacerlo desde que salió del vientre materno, ¡está totalmente equivocado! Si creía que ya sabía respirar, simplemente porque lo hizo de modo instintivo y natural desde que dejó de habitar en el medio acuoso del vientre materno, el líquido amniótico, lamentamos decirle que está equivocado: Ud. no sabe respirar, y para enseñárselo, ha venido este buen hombre, que se pasar por una divinidad, pero eso es un tema menor, ¡a enseñarle a respirar!
Otra reflexión que se nos viene a la cabeza es la siguiente: ¿tan despistados están nuestros prójimos, para acudir en masa a un evento tan burdo? ¿Cuántos de los 120.000 asistentes son católicos? Seguro que más del 90%. Entonces, ¿casi 100.000 católicos prefieren ir a escuchar a un individuo que busca hacer negocios con una técnica pseudo-espiritual, en vez de ir a hacer verdadera meditación, la que enseña la Iglesia en su bimilenaria Tradición, o en vez de ir a rezar el Rosario, o en vez de ir a hacer adoración eucarística delante del sagrario, en donde está el Hombre-Dios Jesucristo, oculto bajo algo que parece pan pero ya no es más pan, porque es su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad?
¿Dónde quedó todo lo que estos católicos aprendieron en el Catecismo de Primera Comunión y Confirmación?...
Dejando de lado estos pensamientos en voz alta, y volviendo a la noticia que nos ocupa, agradezcamos entonces a Ravi, llamado también "gurú", "gurují" -y no "gurí", como tal vez algún correntino querría llamarlo-, que se vino desde tan lejos, la India, para enseñarnos algo que creía que sabíamos hacer, respirar, pero que en realidad no sabíamos. Ah, pero eso sí, hay que dejar unos cuantos pesos, así Ravi puede comprar el pasaje de vuelta, y alguna que otra mansión...

Les dejamos el artículo, extraído del sitio digital: "http://site.informadorpublico.com".


(por Cosme Beccar Varela, http://site.informadorpublico.com/?p=18037)

Apareció Sri Sri Ravi Shankar. Es hindú. Tiene una barba y se viste con previsibles ropajes con aspecto de túnica. La de él tiene una franja colorida en uno de los bordes, que es el que más se ve porque ocupa la parte delantera del atuendo. Dicen los organizadores (léase, “los empresarios”) que es un “gurú”. Todos aceptan la palabra pero nadie sabe exactamente lo que quiere decir. Sin embargo, Sri Sri apareció en Buenos Aires y una enorme propaganda de “La Nación”, “Clarín” y la televisión convirtió su llegada en un acontecimiento.
Una organización local llamada “el arte de vivir” fue la encargada de organizar las apariciones del “gurú” al mejor estilo de las estrellas del “rock and roll”, de cobrar las suculentas sumas que se cobraban a los seguidores para tener el derecho de estar presentes en sus apariciones, de las relaciones con el Intendente de Buenos Aires que propiciaba la gira y le facilitó el Centro Municipal de Exposiciones de Buenos Aires y con el Decano de la Facultad de Medicina de la UBA donde se presentó y dijo que “la Argentina era un país muy vibrante”, genialidad que le mereció el aplauso de los 3.000 asistentes (“La Nación”, 7/9/2012, pág. 23).
Después fue al penal de San Martín donde los delincuentes hacen cursos con su “técnica de respiración” (“La Nación” ibidem). Es posible que eso los vigorice. No sé si alegrarme de esa vigorización de ladrones y criminales. Mejor sería que se confesaran y se convirtieran en buenos católicos.
Finalmente, Sri Sri encabezó un acto en la esquina de Figueroa Alcorta y Dorrego, al cual asistieron 120.000 individuos (había escrito “personas” pero me pareció un substantivo excesivamente elogioso, dadas las circunstancias). “Algunos de los respiradores llegaron al amanecer para reservar sus lugares cerca del guruji” (“La Nación”, 10/9/12, pág. 14).
“Subió al escenario pasadas las 15,30, levantó los brazos y recibió la ovación de sus fieles e incondicionales respiradores. Después con mantras rítmicos de fondo se aventuró a la pasarela de unos 100 metros de largo para saludar y tocar a la gente” (“La Nación”, 10/9/2012, pág. 14). O sea, con sólo levantar los brazos y mostrar su túnica bordada, su barba hirsuta y su sonrisa comercial, el gurú fue ovacionado por sus 120.000 “fieles e incondicionales respiradores”. En materia de credulidad insana el fenómeno es realmente de antología.
El fanatismo no terminó allí. A los pocos minutos de subir Sri Sri al escenario “por instrucción precisa del gurú, todos habían sacudido las manos y el cuerpo para liberarse del estrés. “El perro cuando se ensucia sacude todo el cuerpo” dijo Ravi Shankar. Después, todos se sentaron y se dispusieron a respirar.” (“La Nación”, ibidem).
El auge de la sabiduría del “líder espiritual” fue esa orden de sacudirse como perros y respirar. Nadie se sintió ofendido por esa comparación canina aunque es obvio que los asistentes no esperaron la orden del gurú para ponerse a respirar porque si lo hubieran hecho, ya hubieran estado muertos por asfixia cuando él subió al escenario. Nadie puede vivir sin respirar. Esta observación de Perogrullo no parece habérsele ocurrido a ninguno de los papanatas que estaban en el acto.
Cuando empezó a hablar, es decir, cuando intentó justificar con alguna idea la pura idiotez del “show”, “las palabras del indio y de su traductora iban y venían. Sólo lograba distinguirse algunas frases sueltas como respeta tu propia cuerpo(N: con lo cual los que tenían intención de suicidarse o de lacerarse, desecharon su idea), hay una gran sonrisa (N: lo que avergonzó a los que bostezaban o miraban con cara de aburridos), como pez en el agua (N: momento en que los más compenetrados empezaron a imitar la natación de un pez), la mente se expande (N: lo que hizo a muchos lamentar ser tan burros pues sus mentes se contraían en vez de expandirse), cualquier pensamiento déjalo ir (N: consejo que produjo perplejidad en la mayoría de los presentes que carecían de todo pensamiento para dejarlo ir). Por momentos parecía que hablaba en sánscrito, pero los respiradores ya estaban conectados. Elevados. Y sintieron que el tiempo se evaporaba…. Habían pasado 20 minutos y llegó el primer Om. La reverberación del tercer Om se acopló al sonido de un avión que surcó el cielo en ese instante. Todos respiraron, abrieron los ojos y aplaudieron.” (“La Nación”, 10/9/2012, pág. 14).
No se sabe si aplaudieron al avión o al “om” irracional que todos proferían sin saber qué quería decir. ¿Y si ese “om” significara, en el hindú gurú, algo así como “vean como somos placenteramente idiotas”?
Los “respiradores” no tenían la menor idea acerca de lo que realmente piensa este hindú pero las pocas frases entrecortadas y absurdas que lograban oír a través del sistema eléctrico malsonante fueron transmitidas “en simultáneo a 300 ciudades, 100 países y unas 550.000 personas en todo el globo como parte de la jornada El Planeta Medita, organizada por El Arte de Vivir”. ¡Así adjudica la fama este mundo moderno disparatado del que tantos “progresistas” están orgullosos!
En realidad el hindú piensa cómo hacer cada vez más lucrativo el “negocio espiritual” que ha montado. No puede ser de otra manera, porque nada de lo que dice ni hace permite suponer que él mismo se toma espiritualmente en serio. Él debe ser el primer asombrado de ver la imbecilidad de la gente y lo fácil que es engañarla con un poco de teatralidad y un disfraz que no requiere más inversión que un par de sábanas, ampliamente compensado por el ahorro en máquina de afeitar.
Por supuesto, esa gran pervertidora de las clases cultas que es “La Nación” hizo una gran propaganda del histrión y completó su obra corruptora cediéndole espacio en sus páginas (del cual es tan avara para los católicos combativos) para que filosofara sobre el asunto, a una “especialista en vínculo humanos” (a quien no conoce ni su tía a la hora de comer), llamada Violeta Gorodischer.
Esta plumífera ad hoc escribió: “Y durante esos veinte minutos de silencio (N: los que duró el mensaje entrecortado del gurú), dicen los adeptos, la ciudad de la furia (N: se refiere a Buenos Aires) se convirtió como por arte de magia en la capital del amor.” (“La Nación” 11/9/12, pág. 21).

¿Así que Buenos Aires, la ciudad de la furia, por el arte birlibirloquesco de este gurú tartamudo (eléctricamente hablando) cuyo único mensaje conocido es que debemos respirar, en veinte minutos, fue transformada en “la capital del amor”? ¿Es que los asesinos que ese mismo día mataban a alguien en alguna esquina de Buenos Aires, si hubieran respirado, hubieran amado a su víctima en vez de matarla? ¿Es que la tirana absurda que nos envilece habría sido convertida en una hada madrina si alguien la hubiera convencido que respirara? ¿Es que el criminal y la tirana no respiran a pesar de que matan y oprimen? Como obviamente sí respiran, es evidente que la receta no sirve. Hay que decirle al gurú que su mensaje es una farsa y que se vaya con la música a otra parte.

martes, 11 de septiembre de 2012

Testimonio que revela las segundas intenciones de la fundación "El Arte de vivir"




Las sospechas acerca de las intenciones ocultas de las supuestas técnicas destinadas a "disminuir el estrés", promocionadas por el gurú inidio Ravi Shankar, se confirman con los testimonios de quienes estuvieron dentro de la organización y luego salieron.  Publicamos el testimonio, extraído del sitio digital de la revista "Noticias", acerca de las segundas intenciones de la fundación "Arte de vivir".

Pablo Duggan, el arrepentido del Arte de Vivir

Testimonio del periodista que trabajó para la fundación y manejó la comunicación de la visita del Ravi Shankar a la Argentina en 2008.


Conocí a la fundación El Arte de Vivir hace varios años. Tomé varios de sus cursos y participé de muchas de sus actividades durante un largo tiempo. Además, aprovechando que en esa época estaba alejado del periodismo y trabajaba para una empresa multinacional de relaciones públicas, manejé la campaña de prensa para difundir la visita a nuestro país de su fundador Sri Sri Ravi Shankar, en el 2008.
Lo primero que me llamó la atención es que El Arte de Vivir, a pesar de serlo, no funciona como una ONG. En realidad, es una empresa dedicada a vender sus productos: los famosos cursos de respiración anti estrés. Uno espera que una organización no gubernamental realice algún tipo de trabajo social. En todos los casos, las ONGs no cobran por “hacer el bien”. Este no es el caso; ellos cobran todos sus cursos, a precios muy altos y solo realizan contadas tareas sociales que son llevadas a cabo siempre por voluntarios, a quienes obligan a solventar sus propios gastos relacionados con la actividad, algo cuestionable. Desde un punto de vista económico es ínfimo el aporte de El Arte… a la comunidad, en relación a los millonarios recursos que generan sus cursos. Eso es contrario al espíritu de una ONG.
Y aquí reside uno de los primeros cuestionamientos que recibe esta institución. Según me han dicho sus autoridades en nuestro país, todo el dinero que se recauda se guarda para, el día de mañana, construir un hospital y un “ashram”. Creer que ese objetivo pueda cumplirse es ilusorio e infantil. La realidad, que El Arte… niega, es que los recursos de la fundación se envían periódicamente a la India, a través de los “teachers”(personas que han recibido instrucción para dictar los cursos básicos) que viajan anualmente. El dinero llega a manos de su fundador, “el hombre que está cambiando el mundo”. De hecho, no funciona diferente de cualquier empresa transnacional que gira sus suculentos dividendos a la casa matriz, aunque, en este caso, sin que quede registro alguno.
Las inconsistencias de esta fundación son muchas. Al tiempo de participar en sus actividades detecté que la prédica en los cursos, en cuanto a que el El Arte de Vivir no promovía ninguna religión, no era cierta. Ravi Shankar es hinduista y su prédica religiosa es solapada en los cursos I y II. Durante su anterior visita, presencié una ceremonia religiosa donde, para mi sorpresa, aparecieron todos los “teachers” que yo conocía disfrazados a la usanza india, contrariando todo lo que se manifiesta en los cursos. No tengo nada en contra de esa religión, pero sí en que se diga algo que no es cierto. El culto hinduista ya es mucho mas claro en el curso que reciben quienes serán “teachers”.
El día que llegó Ravi Shankar a Buenos Aires fui uno de los que lo estaba esperando en Ezeiza. Durante varios días escuché de boca de las autoridades de la fundación lo mucho que iba a cambiar mi vida al conocerlo, al estar en su presencia. Nada de eso ocurrió. Lo que sí pude observar es el trato que recibe de sus fieles. Solo con verles la cara cuando lo miran, uno se da cuenta de que para muchos de ellos es como un Dios. El culto a la personalidad del líder y la sugerencia de que es una divinidad son una constante. Se habla abiertamente de su “iluminación”, de su poder, de su inteligencia prodigiosa, de su capacidad, etc. Una frase atraviesa muchas de las reuniones para respirar y cantar (llamadas “satsangs”) “entrégale tus problemas a guruji”, dicen con total convicción. Se trata de un ejercicio mental. Cualquier parecido a lo que los católicos llaman rezar, no es pura coincidencia. Los enormes cuadros con su cara, las velas prendidas debajo, las fotografías escrutadas para descubrir detalles fuera de lo común y la referencia permanente y agotadora sobre sus virtudes tienden a hacer creer que es un Dios (me consta que muchos lo creen). También es conocida y poco disimulada su obsesión por ganar el premio Nobel de la Paz. Ese es su objetivo más ambicioso, aunque desconozcamos cuáles son sus méritos para semejante distinción. Teniendo en cuenta el éxito de sus cursos, tal vez mereciera algún premio en el campo del marketing.
Lo cual nos lleva a otro aspecto oscuro de El Arte de Vivir. Quiénes más se entusiasman con la prédica y la dinámica de la fundación son los jóvenes. Muchos de ellos terminan convertidos en “teachers” y empiezan a dictar cursos. En muchos casos, sus familiares y amigos se sorprenden por la notable transformación en su vida diaria. Cambian de costumbres, de amigos, de relaciones de pareja y le dedican el ciento por ciento de su tiempo a la fundación. En algunos casos, conviven en comunidad, conozco a muchos que lo hicieron. Durante el curso para ser “teacher” se ponen en práctica algunas técnicas de manipulación conocidas y repudiadas por expertos. Una de ellas es la llamada silla caliente, un ejercicio en el que una persona pasa al frente de un grupo y es despiadadamente criticada por sus compañeros. Otra es ser obligados a revelar las fantasías sexuales propias frente a un grupo. En ambos casos se busca quebrar emocionalmente a los participantes para luego ofrecerles protección y afecto, generando un lazo emocional falso en donde el poder está del lado del instructor. Esto funciona a la perfección con aquellas personas de personalidad débil y vulnerable. En todos los casos, los “teachers” más experimentados tienen una fuerte personalidad y ejercen una manipulación emocional sobre los participantes sin prurito alguno.
Y es que en El Arte de Vivir el límite se traza en el curso para ser “teacher”. A partir de allí, deben acabarse los cuestionamientos y las dudas. La realidad sobre la fundación sale a la luz, la verdad es la que dicta el Ravi Shankar y el mandato es salir a dar cursos para agradarle. El esquema de marketing que imparte la fundación a sus “teachers” es calcado del sistema de ventas de Tupperware: armar reuniones, ser agradable, pedir a vecinos que junten amigos, realizar cantidades de llamados telefónicos por día, conducirse de tal manera frente a los posibles candidatos, etc. Lo que ocurre es que el vínculo laboral entre el El Arte…y sus “teachers” es bastante particular. Ellos cobran un porcentaje sobre los recursos que generan los cursos que dictan, pero los participantes deben ser convocados por ellos. Allí se acaban sus derechos. ¿Y la obra social?¿Y los aportes jubilatorios? ¿Y las vacaciones y el aguinaldo? Eso es algo que el iluminado líder, desde la India (donde recibe los mismos cuestionamientos), aún en su extrema sabiduría, no ha resuelto. Aunque sí los abogados laboralistas que han consultado y que les han recomendado regularizar esta situación en forma urgente para evitar una catarata de denuncias laborales difíciles de responder.
Un párrafo aparte merece la técnica de respiración impartida en el curso básico. Se trata de una larga serie de respiraciones de distinta intensidad y profundidad en la que se sigue una grabación con la voz del mismísimo líder. Este ejercicio, dicen los “teachers”, solo puede ser llevado adelante de esa manera: provocando la creencia de que su voz posee algún efecto mágico. La respiración se llama “Sudarshan kryia” y no es más que una fuerte y violenta hiperventilación que produce efectos extremadamente fuertes en el cuerpo y en las emociones de quien la practica. Es habitual tener ataques irrefrenables de llanto, sentir calambres en los labios, nariz, manos, piernas y en otras partes del cuerpo. Al finalizar el ejercicio uno queda agotado y vacío mentalmente, listo para meterse en la cama y dormir varias horas. Los verdaderos efectos en la salud de esta práctica los desconozco, pero por haberla transitado varias veces siento mucha curiosidad en conocer la opinión independiente de médicos al respecto. Incluso las autoridades de salud deberían emitir una opinión. En algunos blogs que existen sobre El Arte de Vivir, escritos por gente que ha estado en la fundación y se ha apartado, hay quienes sostienen que esta práctica puede generar diversos problemas como desmayos, brotes psicóticos y daños graves de memoria. Si bien se desconoce si estos problemas realmente han ocurrido, lo cierto es que esta práctica no esta avalada por profesionales que no formen parte de la fundación. He presenciado algunas reacciones extrañas en quienes lo han practicado, incluso desmayos. Un aspecto preocupante es que los “teachers” no están capacitados para reaccionar de manera eficaz ante una emergencia que la práctica puede provocar.
Tal vez por las particulares condiciones sociales de la India, Ravi Shankar conoce a fondo las bondades de contar con celebridades entre sus seguidores. Por su “ashram” de la India es habitual ver a gente muy famosa de ese país. Lo mismo ocurre en la Argentina. Todo aquel personaje conocido que se acerca recibe atención preferencial y trato VIP. Sin dudas, el gran botín ha sido poder conquistar a Marcelo Tinelli, quien promete poner sus programas al servicio del gurú. El rabino Sergio Bergman y Jorge Telerman, son dos seguidores que lo llaman “mi maestro”. El primero, actual diputado de la ciudad por el macrismo, le abrió las puertas del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Está por verse si el segundo, flamante funcionario de Daniel Scioli, intentará algo parecido en la provincia de Buenos Aires.
No considero adecuado detenerme en las internas de la fundación y sus miserias, ya que las considero habituales en cualquier organización. Lo cierto es que las prácticas promovidas por El Arte… no han sido eficientes para eliminar estos problemas tan propios de nuestra condición humana.
(*) Especial para Noticias.