"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)
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jueves, 18 de junio de 2020

Jim Jones, el “progresista” que lideró el suicidio colectivo de 900 personas


Jim Jones, comunista y suicida.


Jones se casó y tuvo un hijo con Marceline Baldwin, también adoptaron seis niños de diversas razas para formar su “familia del arcoíris”
OPINIÓNESTADOS UNIDOSIDEOLOGÍA
Por Emmanuel Rincón El Jun 15, 2020
Años antes de que la terminología del “progresismo” fuera sacada del baúl por la izquierda para lustrar el mancillado nombre del socialismo, existió un hombre norteamericano que comprendió muy bien el sentido de empoderamiento y unión de las minorías marginadas para generar caos en las sociedades. Ese hombre se llamó Jim Jones, y terminó organizando un suicidio colectivo donde murieron más de 900 personas.

Jones nació en Indiana, desde temprana edad se convirtió en un marxista convencido y estudió para convertirse en pastor en una iglesia metodista. Con 24 años inició una fuerte campaña contra el racismo en Estados Unidos, mientras predicaba su religión y el comunismo; durante algunos años estuvo vinculado al Partido Comunista de Estados Unidos, pero se fue alejando luego de que estos criticaran a Stalin.

El pastor metodista descubrió el poder de la explotación de las luchas sociales y la religión en la política. De esta forma comenzó a reclutar feligreses para su movimiento, en su mayoría a gente negra, mientras les enseñaba la “importancia del comunismo y el autoritarismo”.

En la década de los 60 el movimiento de Jones comenzó a expandirse para captar a más personas marginadas, así empezó a dirigir obras en favor de drogadictos y delincuentes, mientras continuaba esparciendo la palabra del comunismo y llegando a nombrarse a sí mismo como una autoridad divina al nivel de Jesucristo. Con más de cien reclutas Jones creó su primera comunidad autárquica para luchar contra el capitalismo en 1965.

Los seguidores de Jones eran súbditos obedientes que repartían la doctrina del comunismo y hacían espectáculos en los que el pastor aparentaba hacer curaciones milagrosas de enfermedades, gracias a su fe comunista.

Jim Jones se casó y tuvo un hijo biológico con una mujer llamada Marceline Baldwin, y adoptaron seis niños de diversas razas para formar su “familia del arcoíris” basado en los principios de la “igualdad”, lo cual se transformaría en una de las banderas del progresismo actual.

Sin embargo, en los medios de comunicación se comenzaron a filtrar denuncias sobre explotación laboral, abusos sexuales, esclavitud, secuestros, palizas y amenazas para todo el que intentara abandonar la comunidad, lo que obligó a Jones a abandonar Estados Unidos y refugiarse en la selva de Guyana, un pequeño país en Sur América.

Jones convenció a muchos de sus feligreses de seguirlo para escapar del “capitalismo opresivo” y edificar el paraíso comunista en otro lugar. Compró una gran extensión de tierra al Gobierno de Guyana —afín al socialismo— y allí recibió a 900 de sus más fieles seguidores donde fundaría el Templo del Pueblo en la localidad que él denominaría Jonestown.

Durante años Jones lavó el cerebro de sus seguidores con discursos incendiarios fomentando la teoría del “fin del mundo”, sosteniendo que el anticristo estaba encarnado en el capitalismo y que los destruiría a todos.

En noviembre de 1978 el congresista estadounidense Leo J. Ryan viajó acompañado de periodistas y algunos disidentes de la secta a Jonestown para evaluar las condiciones de los ciudadanos norteamericanos en el lugar y consultar si algunos deseaban volver al país.

Jones preparó todo y a la llegada del congresista Ryan los miembros parecían contentos. A la mañana siguiente ya estaba dispuesto para marcharse llevándose una buena impresión de la comunidad, se encontraba caminando para subir al pequeño avión que los esperaba para partir y entonces varios de los feligreses de la secta corrieron manifestándole que los ayudara a escapar; inmediatamente Jones los acusó de traidores y uno de sus feligreses corrió y apuñaló al congresista, los hombres más cercanos a Jones abrieron fuego contra los intrusos y los “traidores”, quienes fueron abatidos a quemarropa.

Esa misma mañana, luego de asesinar al congresista, Jones reunió a todos sus feligreses en el Templo del Pueblo, les advirtió que los fascistas venían llegando y los violarían, torturarían y destruirían, por lo cual la única opción era que todos se suicidaran. Jones argumentaba que la muerte era solo el tránsito a otro nivel y que era un acto revolucionario, cuando muchos de ellos comenzaron a llorar y a dudar del destino que Jones tenía preparado para ellos, les dijo en un discurso bárbaro «Paren esta histeria, esta no es la forma en que las personas comunistas o socialistas deben morir. No hay otro camino más para nosotros que la muerte. Debemos morir con cierta dignidad. No cometeremos un suicidio normal, cometeremos un acto suicida revolucionario de protesta contra las condiciones inhumanas de este mundo».

Una bebida mezclada con cianuro comenzó a rodar por las gargantas de cientos de seguidores de Jim Jones, 300 niños (los cuales se alegan fueron asesinados) y 612 adultos murieron en el acto, mientras que el líder comunista se disparó a la cabeza terminando con lo que sería conocido como la Tragedia de Jonestown.

Jones es solo un ejemplo de cómo los hombres afines a las teorías colectivistas del socialismo y el comunismo son capaces de los actos más crueles e inhumanos. Hoy disfrazados de progresismo utilizan los rencores y dolores de la gente para construir fanáticos irracionales capaces de asesinar y morir en nombre del “movimiento”.

La censura se acrecienta en estos días, la libertad se ve cada vez más comprometida, de hecho, recientemente los Oscar han anunciado que para participar de su certamen establecerán una serie de pautas afines al progresismo —ahora las películas deberán contar con cuotas de diversidad para poder ser premiadas—, esto margina y destruye por completo cientos y miles de historias que ya no podrán ser mostradas en el cine por no contar con una supuesta tasa de diversidad, pues ahora solo lo políticamente correcto, solo una historia que incluya negros, orientales, blancos, indígenas y gais, transgénero, heterosexuales y pansexuales es digna de ser premiada y promocionada por los premios más importantes de la industria cinematográfica. Ya una sencilla historia de un hijo que perdió a su padre no será tomada en cuenta por la Academia, o incluso las dificultades de un matrimonio heterosexual, pues no es una “programación diversa”.

Si a todo esto le sumamos lo que ha venido ocurriendo los últimos meses, hombres blancos siendo arreados por negros como esclavos pidiendo en nombre de la esclavitud ocurrida hace siglos, demolición de estatuas de hombres que lucharon contra la esclavitud, escritores pidiendo perdón por no haber incluido hace 30 años en sus guiones a gente negra, personas crucificando a J. K. Rowling y pidiéndole que deje de escribir por afirmar que solo las mujeres biológicas tienen la capacidad de menstruar, es notable que nos dirigimos a una vorágine autoritaria de la estupidez promovida por la generación de los ofendidos.

No hay absolutamente nada más racista y discriminatorio que otorgarle privilegios a los homosexuales y a los negros por ser homosexuales y negros, para cualquier persona con un mínimo de sentido común los homosexuales y los negros no tienen ni más ni menos derechos, esa discriminación positiva es igual de tóxica para el fomento de sociedades más justas. Todos los seres humanos deben ser iguales ante la ley, sin importar género, color de piel, ideologías políticas o afinidades sexuales.

Aquellos que hoy explotan la segregación y se lucran políticamente del cartel de oprimidos y opresores son igual de delincuentes que el policía que asfixió y asesinó a George Floyd, pues fomentan el odio y la destrucción de las sociedades.

Jim Jones, el progresista inadvertido del siglo anterior, es un claro ejemplo de esto. Es la prueba más fehaciente de lo que son capaces de hacer este tipo de personas en nombre de sus “ideales”, desde asesinar, hasta invocar suicidios masivos e inmolarse en nombre de la “igualdad”.
(https://es.panampost.com/emmanuel-rincon/2020/06/15/jim-jones-progresista-suicidio/?fbclid=IwAR15KYCpzMTKkfYgnzGE_Nnxzu5rC_yLwAYQm56eDudSg_hHb3KFZqznbdk)

jueves, 14 de marzo de 2019

Jim Jones y la tragedia de Jonestown

Jim Jones e la tragedia di Jonestown

Sectario comunista y socialista, 
llevó a la muerte a más de mil personas.

Articolo di Massimo Introvigne pubblicato da da “Avvenire” il 18/11/1998

Vent’anni fa, la sera del 18 novembre 1978, oltre novecento membri del “Tempio del Popolo”, il movimento americano fondato dal reverendo Jim Jones (1931-1978), perirono a Jonestown, la città che avevano fondato nella giungla della Guyana, nel più tragico suicidio di massa dell’epoca contemporanea. Gli episodi successivi del Tempio Solare (ripetutisi tre volte nel 1994, 1995 e 1997) e di Heaven’s Gate (1997) sono certo ugualmente tragici, ma con dimensioni numericamente assai più modeste.

A vent’anni di distanza, non tutto è chiaro. In una conferenza stampa a Washington tredici studiosi – tra cui il sottoscritto – presentano il 18 novembre 1998 un documento in cui chiedono alla Commissione esteri del Parlamento americano di ordinare alla CIA la divulgazione integrale del suo voluminoso fascicolo sul caso, solo in parte reso pubblico e che potrebbe rispondere a diversi quesiti ancora aperti.
Gli specialisti dibattono, infatti, su più di un punto. Piuttosto nominalistica appare la questione se il Tempio del Popolo debba essere definito o meno una “setta”. Tutto dipende, infatti, dalla definizione che si dà alla parola “setta”: non senza ricordare che, formalmente, l’organizzazione di Jim Jones era un movimento laicale all’interno di una rispettata denominazione protestante, i Discepoli di Cristo. Ancora nell’anno del suicidio, il 1978, l’annuario dei Discepoli di Cristo citava il Tempio del Popolo fra i movimenti, e Jim Jones fra i pastori, riconosciuti dalla denominazione. Più interessante è la discussione sul ruolo dei fattori, rispettivamente, interni ed esterni nella genesi della tragedia. La studiosa della Loyola University Catherine Wessinger insiste sui fattori esterni, sull’impressione che Jim Jones aveva di essere perseguitato e spiato dal governo americano. Personalmente ho intitolato un libro sul tema, del 1995, “Idee che uccidono”, in quanto ritengo che – per quanto i fattori esterni non debbano essere sottovalutati – ultimamente è l’ideologia a spiegare perché un gruppo in conflitto con la società arriva al suicidio mentre altri reagiscono in modi meno tragici. Ma era poi veramente un suicidio? Ecco un altro problema non interamente risolto, anche se i documenti già resi pubblici dal governo americano permettono di concludere che molti, forse la maggioranza, si suicidarono con il veleno, ma diverse centinaia di persone furono abbattute a revolverate, per cui (come nel caso del Tempio Solare) si dovrebbe parlare di “suicidio-omicidio” (mentre l’episodio californiano di Heaven’s Gate è in effetti un suicidio “puro”).

La questione essenziale riguarda però la natura del Tempio del Popolo: “setta” o movimento religioso oppure gruppo politico estremista? O entrambi? Il professor John R. Hall, forse il maggiore specialista accademico di Jonestown, definisce l’operazione di Jones “un inganno fondato sull’uso della religione per promuovere il socialismo”, e ritiene che i numerosi riferimenti a Dio nel linguaggio del Tempio del Popolo fossero semplici metafore che rimandavano alla nozione marxista di un mondo in evoluzione verso il comunismo.

Altri interpreti – tra cui Enrico Pozzi, autore di un pregevole studio italiano sul “carisma malato” di Jonestown – sono più perplessi, e vedono nell’ideologia di Jim Jones una forma estrema di “teologia della liberazione” di impronta marxista, non priva però di un riferimento cristiano, più o meno vago ma non solo e necessariamente posticcio. I documenti pubblicati da John R. Hall e da altri studiosi – recentissima è l’opera curata da Mary McCormick Maaga – illuminano la singolare carriera di Jim Jones.

Nato nell’Indiana – terra di predicatori, ma anche di radicalismo politico - Jones, secondo l’espressione di Hall, già da giovanissimo “si innamora di Stalin e dei sovietici”. Non studia religione, ma sociologia, laureandosi (con fatica) alla Butler University. Vorrebbe iscriversi al piccolo Partito Comunista degli Stati Uniti, ma – secondo un resoconto dello stesso Jim Jones – un dirigente gli consiglia: “Non diventare un membro del Partito – lavora per il Partito”, suggerimento che Jones (sono sempre parole sue) traduce in un compito che eseguirà con successo: “Infiltra una Chiesa”. Diventa così pastore pentecostale, “usando – per citare ancora John R. Hall – i diritti dei neri come grido di richiamo per un movimento di agitazione comunista”, quindi pastore indipendente, finché nel 1960 è accolto dai Discepoli di Cristo.

Fonda il Tempio del Popolo, che diventa un movimento laicale all’interno dei Discepoli di Cristo con una forte connotazione politica. Sostenuto dalla moglie del futuro presidente Carter, Rosalynn, inizia una carriera all’interno del Partito Democratico. Nel frattempo invita i suoi seguaci a vivere in comune e raccoglie un notevole seguito soprattutto fra i più poveri e fra le minoranze etniche.

Negli anni 1970 a San Francisco fa parte della “squadra” di George Moscone, l’uomo politico radicale (e omosessuale) che nel 1976 conquista il comune alla testa di una variopinta coalizione di minoranze. Il sindaco Moscone ricompensa Jones con una carica – Commissario per gli alloggi – equivalente a quella di assessore. Ma la California degli anni 1970 non è solo lo Stato di Moscone. E’ anche lo Stato di Ronald Reagan, e di una stampa repubblicana che scopre rapidamente gli scheletri nell’armadio del reverendo assessore Jones.

Nelle sue comunità – che assomigliano alle comuni californiane sia politiche sia religiose – si pratica, secondo un discorso dello stesso Jones puntualmente registrato dai suoi avversari, “la via socialista che comporta la condivisione dei mariti e delle mogli”. Il reverendo ha decine di relazioni sia eterosessuali sia omosessuali; si parla anche di depositi di armi e di contatti con i servizi segreti cubani. I Discepoli di Cristo lo difendono, ma Jones fiuta il vento infido.

Nel 1977 rompe gli indugi e parte per la Guyana, dove realizzerà nella giungla il suo sogno più megalomane: un’intera città votata alla sua gloria e organizzata secondo le sue idee, Jonestown, la “città di Jones” dove si trasferisce con un migliaio di seguaci. Riferimenti a Gesù Cristo (ma non alla Bibbia, chiamata anzi “il nemico”) coesistono nei sermoni di Jones riservati ai membri del Tempio del Popolo con espressioni che fanno ritenere a una parte degli studiosi che quella religiosa sia soltanto una facciata.

Jones dichiara che “i gloriosi fini del socialismo giustificano i mezzi”, e John R. Hall lo descrive come “congelato in un orientamento leninista-stalinista”, in un “accostamento stalinista al bolscevismo”.

In Guyana – secondo gli studi di Rebecca Moore, un’accademica che ha perso una sorella nella tragedia del 1978 – l’orientamento si fa ancora più esplicito. Uno striscione proclama “Qui nessuno crede in Dio”, e l’inno canta: “Siamo comunisti oggi, e ne siamo felici”. Qualche riferimento a Dio – ma a quale Dio? - riecheggia però, contraddittoriamente, ancora in diversi sermoni. Molti dei cittadini di Jonestown sono disoccupati più o meno disperati, ma alcuni sono rampolli di buone famiglie, che si preoccupano e chiedono alle autorità di indagare.

Così il 17 novembre 1978 un deputato, Leo Ryan, arriva a Jonestown, accompagnato da familari di membri del Tempio e giornalisti. E’ possibile che l’atteggiamento di alcuni accompagnatori di Ryan sia stato, come alcuni studiosi ritengono, inutilmente provocatorio. Ma nulla giustifica la reazione: dopo un tentativo di accoltellamento, Ryan viene abbattuto con altre cinque persone mentre il suo aereo sta ripartendo dalla vicina Port Kaituma dal servizio di sicurezza del Tempio, chiamato (con allusione non casuale a vicende italiane) “Brigata Rossa”.

Jones annuncia che è avvenuto l’irreparabile, e – dopo avere inviato il denaro del Tempio all’erede designato, l’ambasciata sovietica in Guyana – propone, come si sente in un nastro registrato ritrovato a Jonestown, “un suicidio di massa per la gloria del socialismo”. Chi accetta beve un letale miscuglio di cianuro, sedativi e dolcificante. Chi non accetta è ammazzato a revolverate. L’ultimo messaggio, mentre il nastro del registratore sta per finire, è di Jim Jones: “Non ci siamo suicidati. Abbiamo compiuto un atto di suicidio rivoluzionario per protestare contro le condizioni di un mondo inumano”. Quanto la politica, i contatti di Jones con i servizi sovietici, la sorveglianza della CIA abbiano contribuito alla tragedia non è ancora chiaro oggi, dopo vent’anni, e per questo è giusto chiedere l’apertura totale degli archivi. Ma certo molte responsabilità ultime sono di Jones, e delle “idee che uccidono” che aveva diffuso a piene mani. Era una miscuglio esplosivo tipico degli anni 1970, il che rende Jonestown un caso diverso dal Tempio Solare o da Heaven’s Gate (anche se in questi episodi degli anni 1990 il desiderio di “imitare” Jonestown è stato proclamato esplicitamente dai leader). D’altra parte, il “carisma malato” di Jones si ritrova nella sete di distruzione di un Joseph Di Mambro, il fondatore del Tempio Solare. Di Jones, per cui la rivoluzione sessuale era inseparabile dalla rivoluzione comunista, dopo vent’anni risuonano ancora sinistre queste parole terribili: “L’ultimo orgasmo che mi piacerà avere sarà la morte, se potrò portarvi tutti con me”.

Tags: Grillini, Jim Jones, Guyana, Jonestown, Casaleggio
(https://www.museodelcomunismo.it/epigoni-dei-bolscevichi/jim-jones?fbclid=IwAR1ClhLH_EidtoWx5ihk-NrRWQQqVKUw66aALzbMveSMOYb2FVWEXLJqbUg)

lunes, 2 de diciembre de 2013

El fruto envenenado de las sectas: los suicidios colectivos


El 18 de noviembre se cumplieron treinta y cinco años de la “masacre de Guyana” de la secta Templo del Sol, liderada por el pentecostal marxista Jim Jones. Pero no fue un caso aislado. Alrededor del último cuarto del siglo XX se produjeron una serie de suicidios colectivos de sectas, que a primera vista pudieron estar influenciadas por el cambio de milenio, pero que si se analiza a fondo pareciera que sus motivos fueron distintos en cada caso, aunque parece bastante evidente que existía en ellos la creencia de que partían para otra vida. 



Los suicidios rituales de sectas han atravesado la historia, siendo uno de los primeros más recordados el del año 73 d.C., cuando 900 judíos realizaron un rito de suicidio colectivo antes de que la fortaleza de Massada  cayese en manos de Roma.
Según los datos recogidos, la década de 1990 fue la más prolífica en la cantidad de suicidios colectivos por sectas.

LOS MAYORES CASOS DE SUICIDIOS COLECTIVOS

Noviembre 1978 - Los 914 seguidores de la asociación El Templo del Pueblo, fundada por el pastor protestante estadounidense James Warren Jones, se suicidan en la localidad de Jonestown (Guayana), al ser inducidos por su líder a ingerir frambuesas con cianuro.

Diciembre 1991 - Unos 30 miembros de una secta en México fallecen cuando el reverendo Ramón Morales les obliga a continuar rezando mientras gases tóxicos se extendían por su templo.

Abril 1993 – El alucinado David Koresh y 87 de sus seguidores, entre ellos 25 niños, mueren en el incendio de Monte Carmelo, la granja-fortaleza de Waco (Texas, EEUU), mientras el FBI intentaba un asalto con gases lacrimógenos para terminar con un sitio armado de 51 días.

Octubre 1993 – En Vietnam se suicidan medio centenar de miembros de una remota tribu dirigida por Ca Van Liem, una persona ciega que recibía donaciones a cambio de promesas de una rápida entrada al paraíso.

Octubre 1994 – Son localizados en una granja y tres chalés de Suiza los cadáveres abrasados de 48 miembros del Templo Solar. También fueron hallados en Quebec (Canadá) otros cinco cuerpos.

Diciembre 1995 – Se encuentran a las afueras de Grenoble (Alpes franceses) los cuerpos calcinados de 16 miembros de la secta del Templo Solar.

1995 – Sucedió el mayor ataque de una secta (Verdad Suprema) contra gente ajena a ella en los tiempos modernos fue el realizado por Aum Shinriky con gas venenoso en el metro de Tokio en 1995, en la que doce personas murieron y resultaron heridas alrededor de 1.000.

Marzo 1997 – La Policía de la localidad de Saint Casimir (Canadá) descubre en una casa devastada por el fuego los cuerpos carbonizados de tres mujeres y dos hombres, de los cuales al menos cuatro yacían formando una cruz. Integraban la orden del Templo Solar.

Marzo1997 – Suicidio colectivo de 39 miembros de la secta Heaven’s Gate (Puerta del Cielo), dirigida por Marshall Applewhite (66 años). Los cadáveres, hallados en una lujosa mansión de San Diego (California, EEUU), estaban dispuestos boca arriba, como si durmieran plácidamente.

Marzo 2000 – 778 miembros del Movimiento de restauración de los diez mandamientos de Dios murieron en Uganda.

TEMPLO DEL PUEBLO GUYANA

El 18 de noviembre se cumplieron 35 años de lo que se ha dado en llamar la “masacre de Guyana”; el asesinato o suicidio en masa de la secta Templo del Pueblo.
Tachada como la masacre del siglo, causó gran conmoción. Con el paso del tiempo el suceso continúa siendo un misterio. No debemos olvidar que se trata probablemente de la primera ocasión en la que los medios audiovisuales de comunicación desempeñaban un papel determinante en un suceso de estas características.
Tras los acontecimientos del día 18 y el primer recuento de víctimas, el 20 de noviembre de 1978 el Departamento de Estado de EE.UU. confirmaba los hechos y cifraba en 400 el número de muertos. En San Francisco, familiares de los miembros, dominados por el pánico asaltaban las comunas de la secta reclamando información sobre el posible fallecimiento de sus hijos o hermanos.
El 28 de noviembre, soldados norteamericanos enviados a Guyana descubrían nuevos cadáveres y se notificaba la cifra definitiva de víctimas: 919, entre ellas más de 300 niños. Jim Jones, líder y creador de El Templo del Pueblo, se hallaba entre ellas.
El reverendo Jim Jones era un hombre delirante, un visionario que se creía mezcla de Cristo y Lenin, el único Dios sobre la Tierra. La matanza de Guyana fue consecuencia de su locura y su ansia de poder. Pero… ¿se trató de un suicidio colectivo o de una matanza?
El líder del Templo del Pueblo había elegido la costa noreste de Sudamérica para establecerse con sus seguidores. Decidió dejar California porque estaba convencido de la inminencia del estallido de una guerra nuclear. Sólo la remota Guyana saldría indemne de la hecatombe. Por ello fundó allí Jonestown (Pueblo Jones), una granja de 140 hectáreas, acompañado de sus más fervientes seguidores su esposa y su hijo de 19 años.
Sus fieles en Guyana rondaban el millar. El 70 por ciento eran de raza negra, un 25 por ciento blanca, el resto pertenecían a diversas etnias. En la comunidad reinaba la armonía racial. Jones predicaba un credo evangélico de tipo pentecostal, leía a Marx y exhibía la Biblia.
La comuna se autoabastecía, sus miembros cultivaban y criaban ganado, fabricaban incluso su propia indumentaria y calzado. Educaban a sus hijos y atendían a enfermos y ancianos. Así pues, ¿qué desencadenó la tragedia?
Con su imagen de ídolo pop de la época, Jones lideraba a sus fieles con un socialismo utópico que en los agitados años sesenta no gustaba a la CIA. Por ello, decidió enviar a Jonestown al congresista norteamericano, Leo Ryan, acompañado de tres reporteros de la NBC, un desertor de la secta y once norteamericanos, más familiares de los fieles, junto al diplomático Richard Dwyer, de la embajada de Estados Unidos en Guyana. Su solapado objetivo era investigar las actividades de la secta, en concreto los supuestos malos tratos infligidos a algunos de sus miembros, grabando un informativo en directo.
Nada hacía prever la masacre. Jones les recibió con un espectáculo musical que pronto se trocó en tragedia. Acompañado de un selecto grupo de sus fieles les tendió una emboscada en la que varios murieron acribillados o quedaron gravemente heridos.
Este hecho desencadenó el caos. Según los expertos que estudiaron el caso durante años, Jones se percató de que había llegado a una situación sin salida y decidió apelar al “suicidio revolucionario”. Explicó a sus fieles que su sociedad había sido destruida, y que era preferible matarse a seguir viviendo. Les aseguró que, de todas formas, se reencontrarían en otra vida, después de una reencarnación.
La mayoría de las víctimas murieron al ingerir cianuro potásico mezclado con zumo de uva. Los niños fueron las primeras víctimas. La muerte por envenenamiento de cianuro es sumamente dolorosa, como confirmaba el patólogo forense que cubrió el suceso en 1978, William Eckert, en una entrevista concedida a La Vanguardia por lo que al ingerirlo las víctimas gritaban doloridas. El reverendo Jones, megáfono en mano les increpaba: “debéis morir con dignidad”.
Durante un tiempo se divulgó la noticia de que el líder continuaba con vida, pero el FBI lo negó tras analizar sus huellas dactilares. Había muerto de un tiro en la cabeza. Testigos de su muerte afirmaron que murió balbuceando el nombre de su madre. Su esposa se encontraba junto a él. Tenía 47 años.
Su última víctima sería Michael Prokes, ex-jefe del gabinete de prensa de la secta. Un año después, tras una rueda de prensa en la que intentaba justificar la masacre, se negó a contestar a un periodista que le interrogaba sobre el asesinato del congresista Ryan y confesó haber formado parte de la “escuadra de la muerte” que sobrevivió al desastre. Se encerró en el lavabo y se pegó un tiro. Sus últimas palabras sentenciaron:
“Los compañeros que se quitaron la vida lo hicieron porque no tenían elección posible y porque no querían permanecer en los infestados “ghettos” de Norteamérica”. 

DAVIDIANOS EN MEXICO
Otro de los fatales episodios sectarios que han acaparado la prensa internacional fue el protagonizado por David Koresh (alias de David Howell) y sus Davidianos, en realidad una ramificación de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Koresh, cantante frustrado, compulsivo bebedor de cerveza y profeta mesiánico, se consideraba a sí mismo una encarnación de Jesucristo. Su formación religiosa fanatizada, su psicología paranoide, y su carismática personalidad, componían el cóctel teológico que constituía la base doctrinal de los Davidianos. Su particular pseudo-cristianismo llevó a los Davidianos a un enfrentamiento suicida con el FBI, que arrojó un saldo de 86 muertos, entre ellos 25 niños.
El 19 de abril de 1993, el Agencia de Alcohol, Tabaco, Armas de Fuego y Explosivos de los Estados Unidos sitió la facción de los Davidianos cerca de Waco, Texas que terminó con un asalto y seguidamente con un tiroteo que destruyó el lugar, en el que murieron muchos de sus habitantes. Durante el hostigamiento fueron disparadas muchas granadas de mano y bombas de gas.
Richard L. Sherrow, un investigador experto en fuego y explosiones, fue contratado por una corte civil para precisar las causas del inicio de la conflagración y su conclusión fue:
“El fuego fue originado en la torre ubicada en la esquina noreste cuando una linterna tipo Coleman cayó en el material combustible, más precisamente en las camas, dado que el lugar era usado como dormitorios”.

ORDEN DEL TEMPLO SOLAR
Si ha existido una secta suicida que ha sabido fanatizar las creencias esotéricas, ha sido, sin duda, la Orden del Templo Solar. Esta secta implantada en diferentes países de Europa y América, ha protagonizado varios suicidios colectivos. Lo más interesante de este caso es que el líder de la secta; el homeópata Luc Jouret, falleció en uno de los suicidios colectivos, sin embargo eso no evitó que su fanática ideología le sobreviviese, y que algunos de sus seguidores imitasen su comportamiento suicidándose ritualmente meses, y hasta años después de su muerte.
Entre 1994 y 1997, los miembros de La Orden del Templo Solar iniciaron una serie de suicidios en masa que sumaron cerca de 100 muertes. En las notas de despedida que habrían dejado los miembros, expresaron que creían que sus muertes serían un escape a la «hipocresía y opresión del mundo». Adicional a esto creían que serían «llevados a Sirius». Algunas grabaciones que serían recogidas por la policía de Québec mostraron que algunos miembros habrían hecho donaciones personales al líder de la secta, Joseph Di Mambro, por un millón de dólares. Otros miembros de la secta intentaron suicidarse a finales de la década de 1990, pero sus intentos fueron frustrados. Todos los suicidios e intentos de suicidio ocurrieron alrededor de los equinoccios y solsticios, porque al parecer estaría en concordancia con las creencias del grupo.
El martes 4 de octubre de 1994 dos personas mueren carbonizadas en una casa de Morin Heights (Canadá). Dos días después se descubrirían los cadáveres de un suizo, su esposa británica y su bebé. El miércoles 5 de octubre de ese mismo año los bomberos acuden a apagar un incendio en una granja de Cheiry (Suiza), y encuentran a uno de sus habitantes muerto de un disparo en la cabeza. Más tarde, sofocado el incendio, encuentran un laberinto subterráneo que desemboca en un templo lleno de espejos y símbolos esotéricos, donde yacían los cadáveres de otras 20 personas. Ese mismo día el fuego consume otros tres chalets en la zona. En uno de ellos son descubiertos otros 25 cadáveres. Todos esos fallecidos tenían algo en común. Todos pertenecían a La Orden del Templo Solar, secta liderada por Luc Juret, que se suicidó en uno de los chalets mencionados.
La peligrosidad de esta secta había sido anunciada ya por la socióloga Mary Douglas que la definió como un grupo basado en muy vagos enunciados acompañados de una férrea cohesión.
Un año después de los primeros suicidios, otro grupo de 52 adeptos al Templo Solar se suicida en Francia, y poco después, en marzo de este mismo año, otro grupo lo hace en América.
En su carta de despedida Luc Juret y sus seguidores mencionaban las enseñanzas de “La Gran Lógia Blanca” de la estrella Sirio, unos supuestos maestros extraterrestres que habrían trasmitido a la secta la base doctrinal que los condujo al suicidio. Este aspecto es especialmente interesante, ya que actualmente la mayor parte de las llamadas sectas destructivas introducen el mito extraterrestre en sus cuerpos doctrinales. Doctrinas e ideologías que, en demasiadas ocasiones, como en el Templo Solar, conducen a sus adeptos al suicidio.

VERDAD SUPREMA EN JAPÓN
En ocasiones la muerte de los adeptos puede plantearse como un castigo en sectas de fuerte y represiva ideología. Es tristemente conocido el caso de la secta  La Verdad Suprema, en Japón, que se ha saldado con un importante número de víctimas entre accidentes, asesinatos y suicidios. Estos castigos se suelen practicar como penitencia por faltas de fidelidad del adepto al grupo. En el caso de La Verdad Suprema arrojó un balance de ocho accidentes, cinco homicidios por linchamiento y dos suicidios, además de veintiún desaparecidos, en el breve lapso comprendido entre 1988 y 1995.
En 1995 la Verdad Suprema alcanzó fama mundial por su brutal atentado en el metro de Tokio con gas sarín. Doce personas perdieron la vida en aquel acto condicionado por el fanatismo religioso. Algunos ex-adeptos, como Kotaro Ochido, fueron asesinados por la sospecha de intentar ayudar a otros adeptos a abandonar la secta.

PUERTA DEL CIELO EN EE.UU.
El suicidio colectivo se produjo en San Diego (USA). 39 adeptos de la secta Puerta del Cielo, se envenenaron voluntariamente tras grabar en vídeo su despedida del mundo. La Puerta del Cielo estaba liderada por Marshall Applewhite, un vidente que afirmaba ser un extraterrestre encarnado en la Tierra, y sobre el que ya habían advertido en los años 70 investigadores OVNI norteamericanos, que acusaban a Applewhite de utilizar los OVNIs para justificar una ideología totalitaria y socialmente peligrosa. Lamentablemente las advertencias de los ufólogos norteamericanos no fueron escuchadas. La Puerta del Cielo es un paradigmático ejemplo de “sectas OVNI” en su grado más extremistas.
El 26 de marzo de 1997, 39 seguidores de la secta Heaven’s Gate murieron en un suicidio masivo en Rancho Santa Fe, California, en la frontera norte de San Diego; creían, según las enseñanzas de la secta, que con sus suicidios «dejarían sus formas humanas» y que sus almas abordarían una nave espacial que seguiría al cometa Hale-Bopp.
Algunos hombres, miembros de la secta, habrían sido sometidos a una castración voluntaria para prepararse para una vida sin sexos, que llegaría luego de su muerte. El 30 de marzo de1997, Thomas Nichols, hermano menor de la actriz Nichelle Nichols, fue descubierto muerto en su trailer con una nota que decía en parte:
“Me voy hacia la nave que va hacia el Hale-Bopp para estar con los que se fueron antes que yo”; usando gas propano para terminar con su vida.
Nichols, al igual que los demás miembros de la secta, tenía la cabeza cubierta con una bolsa plástica y su torso cubierto con una mortaja violeta. La conexión de Nichols con la secta es desconocida.
En mayo de 1997, dos miembros de la secta que no estuvieron presentes en el suicidio en masa, intentaron suicidarse, uno de ellos murió en el intento, el otro estuvo en coma por dos días y luego se recuperó. En febrero de 1998, el sobreviviente, Chuck Humphrey, se suicidó.

MOVIMIENTO DE RESTAURACIÓN DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE DIOS EN UGANDA
El 17 de marzo de 2000, 778 miembros del Movimiento de Restauración de los Diez Mandamientos de Dios murieron en Uganda. La teoría de que los miembros habrían muerto en un suicidio en masa cambió cuando se hallaron a varios de los cadáveres con signos de estrangulación y heridas de arma blanca.
El grupo divergía de la Iglesia Católica Romana en el énfasis de la llegada del apocalipsis y ponía en duda las apariciones marianas.
El grupo fue llamado un movimiento de revisión interior, usaba uniformes y restringía el vocabulario para evitar decir cosas pecaminosas o deshonestas.
El momento del suicido, según testimonios de los propios lugareños, los miembros estaban celebrando una fiesta, donde se consumieron 70 cajas de refrescos y 3 toros.
Fuentes: Manuel Carballal, Wikipedia, La Vanguardia, Signos de estos Tiempos

martes, 19 de noviembre de 2013

Se cumplen 35 años de la masacre del Templo del Pueblo en Guyana


por Luis Santamaría 


Era el 18 de noviembre de 1978; 919 seguidores del reverendo marxista-pentecostal estadounidense Jim Jones, fundador del “Templo del Pueblo” en su país, fueron asesinados a balazos, obligados a tomar cianuro o a suicidarse en Guyana, donde Jones había conducido a la secta ante las crecientes sospechas que despertaba en los Estados Unidos. Así comienza el artículo publicado por el medio argentino AIM Digital en la efeméride.

De los EE.UU. a la Guyana
El Templo del Pueblo fue una secta fundada por James Warren Jones (Jim Jones), un norteamericano nacido en Lynn (Indiana), que poseía, desde muy niño, un don innato para la oratoria. En 1956 Jones, junto a su esposa Marceline Baldwin Jones, fundó el Templo del Pueblo en Indianapolis. En ese entonces tenía apenas 25 años y predicaba la justicia social y la unión de todas las razas en su grupo, tal como leemos en el diario peruano El Comercio.
En 1965 la secta alcanzó una cantidad considerable de adeptos. Por tal motivo, Jones decidió mudarse junto con sus seguidores a Redwood Valley, un pequeño pueblo situado a las afueras de San Francisco, en California. La realización de actividades sociales de apoyo a los menos favorecidos y su discurso a favor de la igualdad racial resultaban muy atractivos para jóvenes y adultos. El Templo del Pueblo parecía una gran familia y todo aparentaba marchar bien.
Sin embargo, se comenzó a filtrar información sobre actividades inusuales al interior de la secta. Se decía que Jones podía curar enfermedades y que obligaba a las personas a pertenecer a la comunidad en contra de su voluntad. Pero estos rumores no fueron comprobados. Los miembros de la congregación donaban gran parte de su dinero para el bienestar de la comunidad. Ante el aumento de las historias sobre el Templo del Pueblo, Jim Jones comenzó a gestar la idea de mudarse nuevamente. Esta vez el destino sería Guyana.
El reverendo Jim Jones obtuvo gran adhesión de numerosas personas, entre ellas muchos negros, que lo acompañaron a Guyana con toda su familia y allí encontraron la muerte cuando esperaban una vida mejor, más libre y natural. La matanza de Guyana es gran parte producto de la locura de Jim Jones, de la que ya venía dando muestras cada vez más evidentes, de su necesidad de control absoluto de sus seguidores, a los que continuamente acusaba de intentar abandonarlo o traicionarlo y de los que exigía un culto incondicional a su personalidad.
No se la puede dejar de relacionar con la situación social de los Estados Unidos, en particular para los negros, que generaba y genera la necesidad de escapar hacia una realidad menos circunscripta a intereses puramente materiales presentados pragmáticamente como los únicos dignos de atención y al final como los únicos “reales”.
En medio de la jungla, a 180 kilómetros de la capital de Guyana, quedaron diseminados 919 cadáveres. Entre ellos, casi trescientos niños. Todavía hoy los investigadores siguen buscando respuestas a esa locura colectiva, que dejó sólo ochenta y cuatro sobrevivientes.
La costa noreste de Sudamérica fue el lugar que eligió el líder del Templo del Pueblo para establecerse con sus seguidores. Había dejado California porque estaba convencido de que una guerra nuclear era inevitable. Estaba convencido, también, de que la remota Guyana quedaría a salvo de la supuesta hecatombe. Allí, entonces, fundó Jonestown (Pueblo Jones), una granja de 140 hectáreas. Sus más fervientes seguidores eran su esposa y su hijo de 19 años.
Entre sus fieles había un 70 por ciento de negros y un 25 por ciento de blancos. El resto eran mulatos, mestizos, y asiáticos. Seguían pautas socialistas y de armonía racial según la prédica inicial de Jones, de la que se fue apartando cada vez más.

Cómo se llegó a la tragedia
Jones era un evangélico pentecostal que leía a Marx y exhibía la Biblia como arma de lucha. En 140 hectáreas, los miembros de la secta cultivaban hortalizas y frutas, criaban pollos y cerdos, fabricaban su propio calzado, educaban a sus niños y atendían a los enfermos y ancianos.
La masacre ocurrió horas después de que el senador norteamericano Leo Ryan, tres periodistas y un desertor de la secta fueron asesinados a tiros en una emboscada tendida en la cercana pista de aterrizaje de Puerto Kaituma, cuando se hizo evidente a Jones que su “puesta en escena” para confundir al senador había fracasado y que las condiciones de esclavitud en que mantenía a sus seguidores habían sido descubiertas.
En el ataque de los guardias de Jones quedaron once heridos. Entre ellos el diplomático norteamericano Richard Dwyer, de la embajada de Estados Unidos en Guyana. Ryan y sus acompañantes habían llegado unas horas antes con el propósito de investigar supuestos malos tratos que recibían algunos miembros de la secta. Nada hacía prever la masacre cuando bajaron del avión: Jones recibió a la delegación con un espectáculo musical. Pero las fotografías que sacó uno de los periodistas que después fue asesinado ya muestran su cara de extraviado, su sonrisa demencial. La tragedia comenzó cuando mucha gente quiso irse con los norteamericanos.
Jones envió hombres armados para que no pudieran llegar al avión. La orden era matarlos a todos. Dejaron de disparar porque creyeron que estaban todos muertos o porque se les acabaron las balas. También murió el senador, que quizá sobrevaloró la protección que supuso le daba su condición de representante del pueblo, que no tuvo valor a los ojos de Jones.

“Suicidio revolucionario”
Jones se dio cuenta de que había llegado a una situación sin salida. Por eso decidió apelar al suicidio revolucionario, como lo llamaba. Explicó a su gente que su sociedad había sido destruida, y que era preferible matarse antes de seguir viviendo y tener que soportar lo que vendría después. Les aseguró que, de todos modos, se encontrarían en otra vida, después de una reencarnación.
Algunos tomaron el veneno voluntariamente; otros fueron obligados a hacerlo. Un periodista que sobrevivió al ataque de los guardias de Jones, Charles Krause, contó: “Ellos mandaron hombres armados para matarnos. Asesinaron a Ryan y a otras cuatro personas, hirieron a unas nueve o diez. Pero su blanco principal era Ryan”.
Cuando se le preguntó si lo sucedido en Guyana era suicidio colectivo o asesinato en masa, Krause respondió: “yo creo que hubo un poco de cada cosa. En principio, los chicos no se suicidan. Hubo personas que fueron obligadas a hacerlo. Pero, al mismo tiempo, creo que hubo alguna gente que se suicidó por su voluntad”.
El doctor Leslie Mootoo, jefe médico y bacteriólogo del gobierno de Guyana, fue terminante: “no creo que más de doscientas personas hayan muerto voluntariamente en Jonestown. Cianuro y jugo de frutas fue el postre letal elegido por el reverendo para que lo tomaran sus seguidores”.
Pese a todo, uno de los sobrevivientes, Michael Carter, dijo que algunos de los fieles fueron muertos con una inyección intravenosa de cianuro. “Nosotros estábamos dispuestos a no suicidarnos. Y decidimos que era mejor morir de un balazo que tragar ese maldito cianuro”, confió Carter. Jones había mandado preparar el cianuro en una gran olla al aire libre, de la que salía el característico olor a almendras amargas que quedó para siempre en el recuerdo de los sobrevivientes.
“Corrimos hacia la jungla cuando aún quedaban cien personas vivas. Nos tiraron varias veces, pero no nos dieron. Aquello era algo espantoso: el reverendo Jones estaba de pie en su podio, rodeado de guardias y ayudantes. Parecía no importarle que la gente gritara, llorara o implorara.
El reverendo estaba feliz, mientras repartía las dosis de veneno en vasos, o las hacía dar en inyecciones intravenosas a quienes se resistían a tomarlo. No debería hablarse de suicidio masivo, sino de asesinato masivo”.

El líder también murió
Según Carter, Jones entregaba el brebaje a cada uno mientras decía: No griten y mueran con dignidad; Lo veré en otra vida, hermano; Hagan tomar a sus hijos primero; Por fin hemos conseguido la paz. Jones fue hallado con un balazo en la cabeza. Pero aún se discute si fue asesinado o se suicidó.
La psicóloga Margaret Singer, de la Universidad de California, estudió el perfil de psicópata de Jones y también investigó sobre la relación que el reverendo había establecido con sus fieles. Él tenía control sobre la información, sobre sus cuerpos y sobre sus mentes, sobre su vida entera. Había instalado en Jonestown un sistema de altoparlantes omniprensente que hacía escuchar su voz, en los últimos tiempos desencajada y con mensajes delirantes, a toda hora sin que nadie pudiera escapar al sonido.
Él los engañaba y los manipulaba, y al final mató a cientos de personas, muchas de las cuales se negaron a obedecerle. Loco, delirante, capaz de confundir a Cristo con Lenin y de creerse el único Dios sobre la Tierra, el reverendo murió balbuceando el nombre de su madre. Su esposa Marcie estaba a su lado. Jones tenía 47 años.