"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)
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viernes, 8 de agosto de 2014

Danzas paganas en Compostela


20.07.14
Los días previos a la solemnidad del Apóstol, Santiago de Compostela, meta de peregrinaciones durante siglos, se convierte en un hervidero de gente que llena la ciudad más de lo habitual. La Catedral y las calles reflejan una increíble diversidad de nacionalidades, lenguas, culturas y colores. El pasado domingo 20 de julio, mediada ya la novena en honor de Santiago, autóctonos y foráneos contemplaban con curiosidad, a primera hora de la tarde, un espectáculo muy peculiar en la Plaza de Quintana, el amplio espacio que se abre ante la Puerta Santa, cerrada durante los años de espera hasta el próximo jubileo. Antes, otros los habían contemplado, extrañados, dentro del templo que custodia los restos de Santiago el Mayor.
Alrededor de una treintena de hombres y mujeres, vestidos de blanco unos y con vistosos colores otros, tocaban, cantaban y danzaban ante la Puerta Santa, imitando formas y ritmos indígenas iberoamericanos. Algunos de ellos tocaban las denominadas “guitarras concheras”, cordófonos elaborados con conchas de armadillo o de tortuga, propios del nuevo continente tras la conquista europea. Además de la iconografía precolombina más típica, había también algún estandarte con imágenes católicas.
¿De qué se trataba? ¿Alguna tribu de América central o del Sur? ¿Una asociación cultural –habida cuenta de que se veía que muchos de ellos eran españoles– nostálgica de lo indígena? Si rastreamos por Internet, encontramos con algo de dificultad quiénes están detrás. El festejo no es otro que la “Velación y Danza al Señor Santiago”, una de las celebraciones concheras del año, organizada por el Viento Nacional Central, perteneciente a la Mesa General de la Cruz Espiral del Señor Santiago de España.
Si observamos el resto del calendario festivo de este extraño organismo, descubrimos que todos sus actos, a lo largo del año, tienen lugar en santuarios católicos de la geografía española: el Rocío, Montserrat, Guadalupe, los Desamparados, etc. ¡Cómo iba a faltar ese centro espiritual hispano que es Compostela! Entonces… ¿se trata de una organización cristiana, ya que acude a importantes enclaves de la devoción popular?
Pues no. Si seguimos rastreando la información sobre estos eventos, publicada por sus organizadores, descubrimos enseguida quién es el cerebro de todo esto: Emilio Fiel, más conocido como Miyo, que tras fundar y dirigir en España entre 1978 y 1987 las comunidades del Arco Iris, pasó a dirigir los proyectos Planeta Gaia y Santiago 92, y en la actualidad la Escuela Chrisgaia, que pretende el despertar de la conciencia humana.
Busquen en cualquier libro sobre las sectas en España de los años 80 o 90 información sobre este personaje y su grupo, y verán de qué estamos hablando. Ahora, como lo han hecho muchos gurús sectarios, se ha reconvertido, y del centro que dirigía en Lizaso (Navarra), ha pasado a la finca de Liuramae en Borja (Zaragoza), enclave de gran importancia en la nueva espiritualidad ibérica, que lo mismo reúne a personas interesadas en la meditación en torno a los tótems que ofrece formación tántrica o meditaciones para enviar energía al corazón de Gaia, la Madre Tierra.
Estamos ante el máximo exponente del neochamanismo en nuestro país y un personaje muy popular y reconocido en los ambientes de la Nueva Era. En su propuesta doctrinal ocupa un lugar central la espiritualidad azteca, mezclada alegremente con el orientalismo (ya que, según Miyo, el cambio de polaridad espiritual planetaria ha pasado recientemente del Himalaya a los Andes). En dos de sus libros (Santiago 92. El retorno del Dragón Celeste y El despertar del corazón de Hispania) aborda de forma extensa el Camino de Santiago como vía iniciática, algo común en muchas propuestas de la nueva religiosidad.
Veamos un ejemplo: “Hispania fue para nuestros antepasados la tierra santa de Occidente, la tierra sagrada del fin del mundo. Innumerables pueblos llegaron hasta sus costas por su carácter transcendente. Querían reconquistar la senda de los dioses también llamada el Arco Iris del innombrable céltico Lug, que más tarde fue conocida por los templarios como el Camino de Santiago”. En sus obras, como puede verse, destaca el sincretismo de ideas y doctrinas en torno al hecho jacobeo.
Dando un paso adelante… ¿por qué la insistencia en acudir a Compostela para celebrar en torno al día del Apóstol este festejo danzarín? Tenemos que remontarnos al año 1992 (previo a un Año Santo) y lo que significó para este movimiento neochamanista. En sus escritos leemos, por ejemplo, que “los doce días comprendidos entre el 14 y el 26 de julio de 1992 entrañan la posibilidad del despertar planetario del corazón de Hispania –vinculado a Santiago de Compostela–, y ese rostro iluminado irradiará su energía a todo el continente”.
Por eso, no debe extrañar que el contacto nacional de esta organización conchera del Señor Santiago (la llamada Mesa de Danza) se encuentre precisamente en la ciudad compostelana. Además, en las fotos de años anteriores que publican en su página de Internet no sólo vemos recogida su danza ya citada en la Plaza de Quintana, sino también una especie de acto u ofrenda dentro del templo, ante el presbiterio, con sus colores, instrumentos, plumas y estandartes.
¿Por qué esta visita anual a Compostela? ¿Quién es Santiago para esta gente? Repasando sus escritos, leemos que para ellos, el hijo de Zebedeo y María Salomé no es exactamente la figura que conocemos por la Biblia… o más bien la complementan y sincretizan. Lo llaman “Conquistador de los Cuatro Poderes y Señor de los Cuatro Vientos”, identificándolo con la divinidad mesoamericana Quetzalcóatl, quizás el principal dios del panteón prehispánico, a quien los seguidores de Miyo consideran “el portador del aliento vital de la Humanidad”.
De esta manera reinterpretan su personalidad y su iconografía a la luz de las doctrinas indigenistas: “la primera constatación es que se trata de un Ser Ascendido que avanza en una nube luminosa encima de un Caballo blanco. El caballo es el signo de los poderes (y las dependencias-esclavitudes) proyectados por los tres centros inferiores del vientre, y su color blanco expresa un absoluto dominio y transcendencia de las pasiones que nos unen al mundo material (dinero, bienes, sexo, emociones negativas, apegos…), del cual es un absoluto maestro. Es también un Guerrero y un Sacerdote (peregrino), que son los dos aspectos de la vida tanto en el Tonal como en el Nagual”. Así pues, tanto el Santiago ecuestre (matamoros) como el Santiago peregrino encuentran aquí su interpretación esotérica e iniciática.
Su función, por lo tanto, está muy por encima de la de cualquier integrante del santoral cristiano. Sigamos leyendo: “El destino del guerrero-sacerdote es convertirse en Rey-Mago, señor de los planos de la materia y del espíritu. Como soldado, combate por la unidad de conciencia de los pueblos hispanos. Como peregrino, camina sin hogar fijo haciendo de la madre Tierra y del padre Cielo sus guías, bendiciendo la Senda Sagrada con su presencia a través de los senderos serpenteantes que conducen hacia el Sol poniente, signo del Misterio y de la noche mística”.
Como puede comprobarse, muy cristiano no suena esto, la verdad. Lo que nos lleva a la actualidad, en la que el Apóstol así divinizado tiene un papel fundamental en el cambio mundial que se avecina: “Europa afronta la segunda parte de su desafío: servir de cuna, guiada por la mano poderosa del propio señor Santiago, para el nacimiento de la Quinta Raza, profetizada por las enseñanzas vivas que los Ancianos de América, han legado fielmente a sus descendientes”. Claro, esto lo decían en 1992, y no sé si lo que esperaban ha llegado o tenemos que seguir aguardando.
¿En resumen? En un ejemplo de mezcla doctrinal propia de la Nueva Era –lo que ellos mismos denominan “un fecundo sincretismo”–, Emilio Fiel y sus seguidores tienen claro que, cuando están venerando al Apóstol Santiago, no hacen otra cosa que adorar al dios azteca Quetzalcóatl. Lo mismo pasa con esos estandartes en los que, en una mirada más profunda, la Virgen de Guadalupe no es sino la versión pública de la diosa Tonantzin (la Madre), y Cristo representa al dios Tonatiuh (el Sol). Incluso es posible que contesten, a esta afirmación mía, que no es así exactamente, ya que al final da igual, porque es lo mismo que, en un solo acto, los católicos reconozcamos a uno de los discípulos más íntimos del Señor Jesús, y ellos adoren a una deidad prehispánica americana.
De hecho, así explican el origen de las “danzas concheras”, situándolas en un día de Santiago de 1531, cuando en Querétaro (México) habría sucedido un hecho sobrenatural que los nativos atribuyeron a la acción de Quetzalcóatl y los españoles al Apóstol. Un relativismo buscado que, como siempre, seguirá perpetuando un montaje espiritual hecho a imagen y semejanza de su líder.
Luis Santamaría del Río
(extraído de: http://infocatolica.com/blog/infories.php/1407220932-danzas-paganas-en-compostela)

viernes, 13 de diciembre de 2013

Porqué los “mandalas” hindúes y budistas no pueden ser usados por católicos


         Ante todo, hay que decir que forman parte del orientalismo neo-pagano y gnóstico de la Nueva Era, y que no son meras representaciones pictóricas; por el contrario, se trata de un objeto de valor sagrado para el hinduismo y el solo hecho de portarlo, implica una adhesión ilícita, de parte del católico, a la creencia oriental hindú que la sustenta. Por otro lado, el “mandala” se inscribe dentro del esoterismo, un conjunto de conocimientos, enseñanzas, tradiciones, prácticos o ritos, practicados por “iniciados”, es decir, por aquellos que “conocen” dichos conocimientos, pero cuyos postulados filosóficos y teológicos se encuentran en las antípodas del cristianismo y de las enseñanzas de la Iglesia.
Cuando se profundiza en la noción del mandala, se pone en evidencia su carácter absolutamente incompatible con los dogmas de fe de la Iglesia Católica. Como dijimos antes, el mandala no es un mero elemento decorativo, aun cuando su significado en sánscrito es “diagrama” o “dibujo”: es la representación simbólica de lugares sagrados para el budismo; podríamos decir, es como un “mapa de un templo”, para expresarlo en términos occidentales. Pero va más allá todavía, porque los dibujos –según el esoterismo hindú que fundamenta al mandala- hacen referencia a realidades espirituales profundas y complejas que trascienden las meras apariencias. En otras palabras, se puede ver en el mandala una determinada figura, pero esa figura es en realidad la expresión visible, sensible, simbólica, de una realidad espiritual gnóstica.
De esto vemos que un católico no puede, en absoluto, poseer un mandala, porque es un objeto religioso –supersticioso- que expresa una espiritualidad radicalmente contraria y por lo tanto incompatible con la Fe católica.
Para interpretar un mandala, es necesario poseer “conocimientos” esotéricos, los cuales no son otra cosa que fútiles engaños o de la soberbia humana, o del orgullo demoníaco; pero más allá de que sea artificio de la soberbia humana o engaño diabólico, lo que hace incompatible al esoterismo que sustenta a la mandala, es que se trata de conocimientos contrarios a la Sabiduría de Dios, encarnada, manifestada y revelada en Cristo, el Hombre-Dios.
Podríamos decir que la “lectura” del mandala es el equivalente gnóstico y esotérico de la oración cristiana, aunque no tiene punto de comparación con esta, puesto que la oración cristiana se dirige al Dios Verdadero, mientras que la lectura gnóstica del mandala, no. La utilización del mandala como técnica de meditación es inviable para el fiel católico, puesto que recorrer el mandala es, en la creencia esotérica budista, utilizar un instrumento sagrado para alcanzar la energía sagrada o el “poder divino”.
Hay un elemento que agrega todavía más confusión, y es la mezcla del esoterismo hindú con el cristianismo gnóstico, lo cual da como resultado la confección de mandalas con ángeles caídos, los cuales se reconocen por sus nombres –Uriel, Azrael, etc., e incluso hasta los Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, aunque en estos casos se trata de burdos “robos de identidad y usurpación de nombres” por parte de los ángeles caídos- y porque no hacen ninguna referencia a Jesucristo, Rey de los Ángeles, ni a la Virgen, Reina de los ángeles, además de caracterizarse por ser portadores de “energías positivas”, “ondas de bondad”, “salud”, “prosperidad”, y otras “dones” apreciados por los paganos, pero no hacen ninguna referencia a la salvación o a la condenación eterna y mucho menos a su rey, el Ángel caído, el Príncipe de las tinieblas.

Por este motivo, para un católico, que posee la Verdad Revelada en su plenitud por Jesucristo, Sabiduría de Dios, Verdad que es resguardada, interpretada y expuesta bajo la guía del Espíritu Santo, por el Magisterio de la Iglesia, recurrir al mandala, además de ser un pecado de superstición, es una soberana pérdida de tiempo, que bien tendría que ser usado para rezar el Rosario, asistir a Misa, leer la Sagrada Escritura, o las vidas de los santos.

martes, 5 de noviembre de 2013

La moda del orientalismo, introducida en Occidente, tiene como objetivo desplazar a los residuos del Cristianismo occidental



por Luis Santamaría 

Algún avispado lector habrá respondido para sus adentros a la pregunta que titula este artículo: “los Beatles, por supuesto”. Y es que la estampa de los cuatro músicos de Liverpool con un gurú barbudo forma parte de la memoria colectiva y de la cultura popular de la segunda mitad del siglo XX. En los años 60, multitud de jóvenes emprendieron el viaje a Oriente buscando la espiritualidad, la paz interior o el tercer ojo (glosando la célebre obra del farsante Lobsang Rampa). La moda de orientalismo inundó Occidente, es cierto… pero la cosa no empezó el día en que The Beatles se encontraron con Maharishi Mahesh Yogi y viajaron hasta su ashram (centro de meditación) en la India. Idilio espiritual que, por cierto, duró poco tiempo, y al que podríamos dedicar un artículo más adelante.
Digo que esta publicidad protagonizada por los iconos del momento no fue lo más determinante en la gran atención que se prestó a las tradiciones religiosas de las tierras del sol naciente, sino que fueron aún más influyentes otros factores de mayor calado, entre los que quiero destacar ahora tres muy especiales: un acontecimiento puntual de tipo religioso, un factor que tiene que ver con el ocultismo y otro más, quizás el más importante, de carácter cultural –o literario, para ser más exactos–. Vamos a verlos brevemente.
En 1893 tuvo lugar un importante evento interreligioso, no muy común por aquel entonces: el Parlamento de las Religiones del Mundo. Se celebró en la ciudad estadounidense de Chicago, coincidiendo con la Exposición Universal, y congregó del 11 al 27 de septiembre a unas 6.000 personas representando a las diversas tradiciones religiosas del planeta. Algunos afirman que este acontecimiento supuso el comienzo del diálogo interreligioso en la edad contemporánea. Otros, sin embargo, subrayan que fue un encuentro con una presencia mayoritaria de lo occidental y judeocristiano. La verdad es que, según las crónicas, supuso toda una novedad la presencia de representantes de las religiones de Oriente que, como afirman algunos estudios, “se evidenciaba en la desproporcionada atención que la prensa local brindaba a los representantes orientales”.
El Parlamento de las Religiones del Mundo de 1893 sirvió como un trampolín de lanzamiento para varios líderes de tradiciones orientales. ¿Quiénes estuvieron y por qué digo que fue un punto de inflexión en la importancia de lo oriental en Occidente? Dejando aparte la intervención de Annie Besant, de la que hablaré después, quizás el participante más destacado del Este fue Swami Vivekananda (1863-1902), importante gurú indio que era, a su vez, discípulo de Ramakrishna (místico hindú de la escuela advaita dentro del neo-vedantismo), y que sentó cátedra en el encuentro al afirmar la igualdad de todas las religiones, ya que lo Divino está en todas ellas igualmente presente, y por eso cada una debe asimilar el espíritu de las otras.
Como puede verse, un discurso irenista y agradable para un público occidental que, bajo la capa de la tolerancia, asume planteamientos relativistas y sincretistas unos años antes de inaugurar el siglo XX. No es casualidad que Vivekananda se quedara unos años en los EE.UU. antes de regresar a su país natal, difundiendo en libros y conferencias (también en las universidades más importantes) el yoga y la tradición hindú vedanta, además de abrir centros de su “Misión Ramakrishna”. También tuvo su lado polémico, ya que criticó duramente al cristianismo.
Otra figura importante en el Parlamento de 1893 fue el ceilanés Anagarika Dharmapala (1864-1933), que acudió representando al budismo Theravada –el que predomina en el sudeste asiático– y que parece que se llevó muy bien con su recién conocido Vivekananda. Siendo prácticamente de su misma edad, con su aspecto exótico y su discurso religioso alternativo acaparó también la atención mediática de Occidente, y también se dedicó a viajar difundiendo sus doctrinas por donde encontraba ocasión.
Podemos ver el efecto que causó en el encuentro multirreligioso de Chicago al leer las crónicas periodísticas de la época, una de las cuales hablaba del temblor que producía “saber que tal figura se situó a la cabeza del movimiento para consolidar a todos los discípulos de Buda y para difundir la luz de Asia por todo el mundo” (Saint Louis Observer). ¿Los efectos? Poco más de un siglo después, en el año 2001, las estadísticas hablaban de algo más de un millón de budistas y cerca de 800.000 hindúes en un país que en 1893 asistía asombrado a los discursos de unos “extraños religiosos”.
Vamos ya a comentar el segundo factor, y que no es otro que la Teosofía. Un tema que daría para varios artículos, o incluso libros enteros… y que tiene que ver tanto con el Parlamento de las Religiones de Chicago como con la figura recién vista de Dharmapala. En 1875 se fundó en Nueva York la Sociedad Teosófica, a cargo de Helena P. Blavatsky (1831-1891) y otros personajes, convirtiéndose muy pronto en uno de los movimientos esotéricos más importantes de la historia. Tras su muerte fue sucedida por Annie Besant, que participó en el Parlamento de 1893 como una de las pocas oradoras femeninas.
Pero más allá de esta presencia en el acontecimiento difusor de lo oriental, la importancia que se le da en el seno de la Teosofía al hinduismo y al budismo, aderezados con su estilo ocultista, han influido notablemente en la cultura contemporánea. La doctrina teosófica enseña la igualdad de todas las religiones, que no serían más que el revestimiento externo de una verdad común, de un núcleo esotérico que –cómo no– se descubre de forma auténtica en un sistema espiritual que se ha autodenominado con una palabra que en griego significa “sabiduría divina” (theós-sophía).
Desde sus inicios, la Teosofía otorgó un lugar fundamental y preponderante a las tradiciones religiosas de Oriente. No es casualidad que estableciera su sede mundial en la localidad india de Adyar. Allí fue donde, en tiempos de la segunda líder Besant, el vicepresidente Charles W. Leadbeater (1847-1934), un antiguo clérigo anglicano reconvertido en dirigente teósofo, encontró en la playa a un niño llamado Jiddu, en cuya aura descubrió que se trataba del nuevo mesías esperado o “instructor mundial”, y a quien hicieron un protagonista central de aquellos años en su organización esotérica, con el nombre de Krishnamurti.
Las doctrinas teosóficas asumen gran cantidad de términos del sánscrito y conceptos de las religiones orientales, que marcan, junto con sus tendencias espiritistas, las líneas fundamentales de su dogma. De hecho, el principal cisma de la Teosofía, protagonizado por Rudolf Steiner al abandonar la secta para fundar la Antroposofía, se debió a esa insistencia en lo oriental en el sistema doctrinal de madame Blavatsky. Así pues, la Sociedad Teosófica ha supuesto un impulso muy notable a la difusión del orientalismo en Occidente.
Y el tercer elemento, aunque de menor intensidad, podemos considerar que tuvo un mayor calado social. Se trata de la novela Siddharta, del célebre escritor alemán Hermann Hesse (1877-1962). Publicada en 1922, no fue hasta después de que le otorgaran el Premio Nobel en 1946 cuando tuvo un éxito de ventas. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando se contempla el panorama de una humanidad fracasada, Hesse vuelve su mirada a Oriente, poniendo en el centro la espiritualidad budista y llamando a la búsqueda del yo, en un movimiento de introspección. El libro cuenta la vida ascética del joven brahmán Siddharta en busca de la verdad. Cuando conoce a Buda, su compañero Govinda se queda con él, pero Siddharta continúa su travesía personal, cayendo más tarde en una vida de desenfreno y reencontrándose al final con Govinda, ya budista, en cuyo rostro descubre la sabiduría, el amor y la serenidad.
Veamos un ejemplo concreto de esta influencia de Hesse en la cultura occidental. En la biografía del filósofo alemán Peter Sloterdijk (n. 1947) descubrimos que fue uno de los muchos jóvenes que viajó a la India tras el gurú Bhagwan Rajneesh (ahora llamado Osho), y fue entonces cuando cambió su forma de afrontar la filosofía, desencantado con la Escuela de Frankfurt, que era su ámbito intelectual anterior. Entrevistado hace unos años por un periodista español, Sloterdijk, cuando aquél le pregunta la razón de ir a la India, éste responde: “por haber leído a Hesse. Por creer que el espíritu sopla desde Oriente. Por ser de la retaguardia del 68. Me acerqué al gurú Osho”.
El periodista cuestiona también si se convenció de algo, a lo que el filósofo contesta: “¡Es fácil convencerse si te brindan el revolucionario cóctel de sexo más iluminación!”. Una muestra más de lo que supuso un acto repetido por miles de jóvenes europeos y norteamericanos que marcharon a Oriente no sólo por el reclamo de unos cantantes melenudos meditando con un maestro, sino también por la influencia amplia de una novela muy vendida y leída en su tiempo, la de Herman Hesse, sobre la búsqueda personal del ser humano y el iniciador del budismo.
El proceso de secularización de la sociedad occidental, como puede verse, no trajo consigo la desaparición de lo religioso, sino que dejó una modernidad necesitada de espiritualidad al “deshacerse” del bagaje cristiano en algunas partes de población. Eso hizo que muchas personas, sobre todo jóvenes, en una época determinada buscaran la trascendencia más allá de las fronteras culturales propias, dando el salto a Oriente. Durante el siglo XX se cultivó de tal manera que no sólo hubo un viaje de ida, sino también de vuelta, trayendo a las tierras del Oeste corrientes religiosas, grupos y prácticas de donde sale el sol.
Así se han trasplantado a Occidente el hinduismo en sus diversas variantes, el budismo en su multiplicidad de ramas y otros elementos sueltos que se asumen –de forma independiente o mezclados con cosas dispares– como el yoga, los chakras, la meditación, el zen o la creencia en la reencarnación. Una moda, la del orientalismo atractivo, domesticado y comercializado, que continúa en nuestros días.
Luis Santamaría del Río