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miércoles, 13 de enero de 2021

Siete razones por las que debemos aborrecer a la China comunista de Xi Jinping


 


Mientras el Occidente progre se rasga las vestiduras por el reality show en el Capitolio, China se prepara para dar el sorpasso a EEUU e imponer su capitalismo rojo. Todos distraídos, con la marcha de Trump, o la nevada del siglo, mientras Xi Jinping, el Hitler amarillo, mueve sus fichas en el ajedrez internacional. 2021 puede ser su año.


Por Alfonso Basallo -11/01/2021

Xi Jingping ha ganado la guerra del Covid… y ahora se prepara para la carrera por el podio mundial. Todo indica que 2021 va a ser el año de China, la potencia que está aprovechando la crisis de Occidente en general y de Estados Unidos en particular, para alzarse con la hegemonía económica y quizá algo más. Hay, al menos, siete razones para temer al gigante amarillo.


1.- Es el gran beneficiado de la pandemia

La economía de China crecerá en 2021 un 8’2%, frente al  5,2% de la Eurozona o el  2,8% de EEUU, según el Fondo Monetario Internacional. Y en 2025, el PIB chino estará incrementándose a un ritmo del 5,5%, mientras que el de EEUU será del  2,2%. 


Algunas personas creen que La Sexta da información.

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Sin entrar a juzgar si el origen de la gran crisis fue o no un virus chino -nada es descartable-, está claro que el gigante asiático ha sido el gran beneficiado de la pandemia. Las exportaciones chinas a EE.UU. han alcanzado niveles récord a pesar de los altos aranceles impuestos por Trump. 


Y diversos analistas creen que, con este espaldarazo, la República Popular podría superar a Norteamérica como la economía más grande del mundo en 2030, y no en 2040 o en 2050, como se viene prediciendo. 


Eso no significa hegemonía militar ni cultural. Los grandes imperios se definen no sólo por el dinero sino, sobre todo, por los valores ideológicos y culturales. Roma uniformizó el mundo conocido por los acueductos y las legiones, pero también por el latín. Y los dos últimos imperios que hemos tenido (el británico y el estadounidense) lo son, en buena medida, porque han impuesto su estilo de vida, comenzando por la lengua -el inglés- y siguiendo por el deporte -fútbol-, la comida -hamburguesas-, y el ocio -Hollywood-.


No parece que China vaya a señorear culturalmente el mundo. Será por tanto solo un imperio económico y quizá no en solitario. El politólogo Fareed Zakaria comparaba el escenario internacional con una cancha de tenis, en su ensayo El futuro de la libertad, y sostenía que en el siglo XXI habrá no uno sino varios jugadores, a diferencia de épocas pasadas.


2.- El peligro y la eficacia del  capitalismo rojo 

El pragmatismo se impuso en los años 80 cuando el dirigente Deng Xiao Ping aplicó el viejo proverbio «Gato blanco o gato negro, da igual; lo importante es que cace ratones«‘. El marxismo chino no le hacía asco al mercado, y el propio Deng proclamó que “enriquecerse es glorioso”. Treinta años después,  el PIB de la República Popular ha crecido hasta los 13,7 billones de dólares y la renta per cápita se ha situado en los 9.800 dólares. En ese tiempo, ha multiplicado ambos indicadores por 38 y por 30, respectivamente.


Todo ello, por supuesto, bajo férreo control político. No es nuestro capitalismo, sino un modelo mixto de «capitalismo de Estado» dentro de un sistema de partido único, con un tejido económico fuertemente intervenido. El Partido Comunista limita el poder de las grandes empresas privadas a través de regulaciones restrictivas que afectan tanto a su tamaño como a sus actividades. 


Eso significa que conviven en un mismo país los millonarios de Shanghai y los campesinos que pasan hambre en los arrozales. Las desigualdades persisten, aunque la pobreza extrema se ha reducido en las últimas décadas. China tiene actualmente 113 zonas urbanas de más de un millón de habitantes, frente a 114 zonas de  EEUU y la UE, tomadas de forma conjunta.


Ese sistema que deslumbra ahora al declinante Occidente y que atrae inversores se basa en un poder central eficaz por indiscutido; en una mano de obra numerosa y barata -es decir, esclava-; y en la ausencia de contrapesos políticos. Conviene recordarlo.


3.- Xi Jinping, el Mao del siglo XXI

Xi Jinping, presidente de la República Popular desde 2013, pretende aprovecharse del cóctel (capitalismo y rojo) para gobernar como Mao y desempolvar el culto a la personalidad, al estilo del Gran Timonel. Lo cuenta Julio Aramberri en el libro La China de Xi Jingpin. Señala que tras la matanza de Tiananmen (1989) los comunistas establecieron «un sangriento contrato de adhesión por el cual una mayoría de chinos consentía el monopolio gubernamental del PCC a cambio de un aumento progresivo de su nivel de vida». 


Y eso es lo que hace Xi: impulso económico y férreo control. Le obsesiona -apunta Aramberri- pasar a la historia como Gorbachov, un blandito ideológico. Y no quiere para la China del siglo XXI, lo que le ocurrió a la URSS de 1989. 


Eso explica que haya extremado su perfil totalitario. 


La República Popular ejecuta al año a más personas que todos los demás países del mundo juntos


4.- Ejecuciones masivas, campos de reeducación

Se suele olvidar en Occidente que la República Popular ejecuta al año a más personas que todos los demás países del mundo juntos. Unas dos mil personas, según la Fundación Dui Hua. Naturalmente los tribunales están en manos de quienes están y su Código Penal incluye en la pena de muerte hasta 46 delitos. 


China es, además, el país del mundo con el mayor número de presos políticos: 42.947. Se incluye la práctica de la religión: muchos cristianos acaban en la cárcel o en campos de reeducación similares a los de la Revolución Cultural de Mao. Si eres cristiano o  te unes a la Iglesia Patriótica -controlada por el Partido- o te arriesgas al calabozo. 


Por no hablar de la persecución contra las poblaciones uigur, kazaja, tibetana o de etnia musulmana.


5.- Inteligencia artificial para cazar disidentes

China sigue siendo tan dictadura como antes. La muerte civil (e incluso física) del disidente no es muy diferente de la del maoísmo; y la censura sigue siendo moneda corriente, reforzada ahora por el Big Brother tecnológico. 


Según The Atlantic Xi Jinping quiere usar inteligencia artificial para construir un sistema digital de control social, patrullado por algoritmos precognitivos que identifican a los disidentes en tiempo real. Le ha venido de perillas la crisis del Covid. El sistema procesará millones de datos asociados a la imagen recogida por las cámaras, recopilando información sobre los ciudadanos, de forma que podrá  detectar a cualquier sospechoso de pensar algo distinto de lo que el Partido disponga.


Por descontado que no existe prensa libre en China, pero además  Facebook, Google y Twitter están también bajo el yugo de la censura. Y en su índice de libros prohibidos figuran, no por casualidad, 1984 y Rebelión en la granja, de George Orwell. 


Actualmente se gradúan en sus universidades ocho millones de estudiantes, cifra que duplica la de EEUU 


6.- Dos armas de futuro: demografía y educación 

El gran activo de China son… los chinos. Nada menos que 1.400 millones de habitantes. Es verdad que ha comenzado un declive demográfico al descender el número de hijos, pero todavía supera a la India en 100 millones de habitantes -y a Africa en 200 millones-, por lo que sigue siendo el país más poblado del mundo.


Y Xi Jinping aspira a competir con Occidente con la apuesta por la educación. Anualmente se gradúan en sus universidades ocho millones de estudiantes, cifra que duplica la de EEUU y multiplica casi por diez la de China en 1997. Es cuestión de tiempo que Pekín termine encabezando el número de graduados en STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, y Matemáticas) del mundo, según The Economist Intelligence Unit. Una apuesta por el talento en un sector estratégico como el tecnológico.


Pekín ha hecho, además, una gran inversión en universidades de élite, fichando a miles de profesores extranjeros. Está empeñado en librar una batalla decisiva: la batalla de las tesis doctorales y de los proyectos de investigación. Lo que a la larga significa no solo prestigio académico, sino también competitividad frente a Occidente.


7.- Colonialismo del imperio amarillo

Mientras las series de televisión echan pestes del colonialismo europeo, el #Blacklivesmatter derriba estatuas de descubridores y los gobernantes occidentales piden perdón por haber llevado la civilización al Tercer Mundo, Pekín se dispone a tomar el relevo de los imperios británico, francés o soviético -con sus colonias en Europa del Este-. Usa las ayudas económicas como caballo de Troya para infiltrarse en áreas estratégicas de Iberoamérica o África y por supuesto Asia-Pacífico. Lleva décadas trabajando en este sentido. En África, tiene invertidos más de 300.000 millones de dólares. Y es el mayor socio comercial de 124 países, 57 de los cuales pertenecen al Asian Infrastructure Investment Bank, desde donde se prepara la Nueva Ruta de la Seda: el gran proyecto de Pekín para el siglo XXI. 


Además, ha logrado esquivar el bloqueo tecnológico de Norteamérica, invirtiendo cuantiosas sumas en compañías tecnológicas europeas (la inversión directa china en Europa ha crecido un 2.200% en seis años). 


Cuenta para extender su imperio con un arma poderosa: las reservas monetarias. Dispone de un superávit de comercio exterior que le confiere una gran capacidad de maniobra. Le ha permitido, por poner un ejemplo significativo, sellar un importante tratado comercial con Irán con el que Pekín se hace con toda la infraestructura político-militar del país de los ayatolás en Oriente Medio. Eso significa influencia en un teatro de operaciones que necesita inversiones financieras, con zonas tan golosas como Siria. 

(https://www.actuall.com/democracia/siete-razones-por-las-que-debemos-temer-a-la-china-de-xi-jinping/?fbclid=IwAR2SK4cjmFdgWI-MrhlIuwjciGShChnIi0bb46KFmbxsHX_kYWHsrmXvRAE)

sábado, 10 de octubre de 2020

Crece el rechazo hacia China comunista y Xi Jinping en los países desarrollados

 



Una encuesta del Pew Research Center entre las economías más avanzadas del planeta reveló que la gran mayoría de sus habitantes tienen una imagen desfavorable del régimen comunista y cuestionan su manejo de la pandemia de coronavirus

6 de Octubre de 2020

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Xi Jinping en el Gran Salón del Pueblo en Beijing, China, (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins//File Photo)

Xi Jinping en el Gran Salón del Pueblo en Beijing, China, (REUTERS/Carlos Garcia Rawlins//File Photo)

Lo peor de la pandemia de coronavirus puede haber quedado atrás para China, al menos si se aceptan las siempre sospechosas estadísticas oficiales del régimen. Lo que no pasó y le va a costar mucho superar es el enorme desprestigio que esta crisis le trajo. Es cierto que la imagen del país y de Xi Jinping entre los habitantes de los países más desarrollados del mundo ya venía en baja, pero su mala gestión de un brote que comenzó en su territorio y que de allí se propagó por todo el planeta parecen haberle asestado un muy duro golpe a su credibilidad en el orden internacional.


El Pew Research Center, uno de los think tanks de opinión pública más prestigiosos del mundo, publicó este martes un informe actualizado sobre lo que piensan acerca de China quienes viven en las economías más avanzadas. Los resultados son verdaderamente alarmantes para Beijing.



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En Estados Unidos, por ejemplo, se duplicó entre 2005 y 2020 la proporción de personas que tienen una opinión algo o muy desfavorable sobre China: pasó de 35% a 73 por ciento. Se podría argumentar que esto se debe a la rivalidad de Washington con Beijing, pero es un fenómeno generalizado. Apenas inferior fue el alza del rechazo en Alemania, por ejemplo, donde pasó de 37% a 71 por ciento. O en Francia, donde trepó de 42% a 70 por ciento. En otros lugares, como España, directamente se triplicó la desaprobación, que fue de 21% a 63% en el período. Y en el Reino Unido se cuadruplicó: de 16% a 74 por ciento.


Lo interesante es que es algo que atraviesa a todas las regiones del mundo. En América está el caso de los canadienses, entre los cuales, las opiniones negativas sobre China pasaron del 27% al 73 por ciento. En Oceanía está el ejemplo de Australia, donde el rechazo trepó increíblemente en los últimos años: de 32% en 2017 a 81% en 2020. Pero también se ve en Asia. En Corea del Sur, trepó de 31% a 76 por ciento entre 2005 y 2020; y en Japón, de 42% a 86 por ciento.


Es evidente que esta animadversión no es contra la sociedad ni contra la cultura china, sino contra las políticas promovidas por su gobierno. Es lo que demuestra el Pew Research Center al preguntar cuánta confianza tienen los habitantes de los países desarrollados en que Xi Jinping pueda hacer lo correcto en los asuntos globales. En casi todas estas naciones se derrumbó.



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El 77% de los estadounidenses tienen poca o nula confianza en el presidente chino, cuando hasta el año pasado eran el 50 por ciento. En Alemania, donde la imagen negativa de Xi era incluso más alta que en Estados Unidos (61%), trepó ahora al 78 por ciento. En Francia, donde ya era muy elevada la desconfianza (69%), subió a 80 por ciento. En El Reino Unido, donde en 2018 era bastante más baja (49%) escaló este año hasta el 76 por ciento.


Nuevamente, lo que se ve en esta pregunta es que quienes más cerca están de China son los que peor imagen tienen del régimen. En Japón, la desconfianza llega al 84%, y en Corea, al 83 por ciento. En Australia, donde estaba en el orden del 47% en 2018, creció hasta el 79% en 2020, de la mando de una inquietud creciente por el avance chino sobre el Pacífico Sur.



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Más allá de que la vocación expansiva de China en materia geopolítica es una de las fuentes de un rechazo que venía en aumento, es indudable que la respuesta de Beijing ante la pandemia de coronavirus terminó de agravar el enojo de buena parte del mundo. Cuando se les pregunta a los ciudadanos de los países más avanzados qué piensan de lo hecho por China ante el brote de coronavirus, la contestación es casi unánimemente negativa.


En los Estados Unidos, el 64% de las personas considera que China hizo mal las cosas. En Australia, lo piensa el 73 por ciento. En algunos países europeos son algo más indulgentes. En Italia, el 49% cree que la respuesta china fue mala; en España, el 50%; en Francia, el 54%; Alemania, el 56%; y en el Reino Unido, el 60 por ciento. Pero en el norte del continente son bastante más críticos: en Suecia, que siguió un enfoque muy diferente al resto de Europa y del mundo para lidiar con el COVID-19, el 65% opina que la respuesta fue negativa; en Dinamarca, el 72 por ciento.


Pero otra vez se ve que nadie cuestiona tanto a China como sus vecinos. En Japón, el 79% considera que China actuó mal y solo el 16% que respondió adecuadamente. En Corea del Sur, el 79% dice que estuvo mal y apenas el 20% que estuvo bien. Es entendible, porque fueron dos de los primeros países en tener brotes cuando el virus salió de China, y demostraron que era perfectamente posible hacer las cosas de una manera transparente, y con resultados muy superiores.

viernes, 13 de diciembre de 2019

Imponen el culto a Xi Jinping y Mao Zedong en varias iglesias de China

DICIEMBRE 11, 2019
ORIGEN: FSSPX.NEWS
La iglesia de Ji'an en la provincia de Jiangxi (China) es representativa del control del gobierno comunista sobre los católicos chinos. Construida recientemente, gracias a las donaciones de los fieles, el templo fue profanado para convertirse en un lugar ahora dedicado al culto de los líderes de Beijing.
El periódico Bitter Winter, citado el 29 de noviembre de 2019 por la agencia Gaudium Press, reveló los hechos que ocurrieron en Ji'an, a principios de otoño: "a finales de septiembre de 2019, las autoridades locales ordenaron a la parroquia quitar el nombre de la iglesia del panel de entrada, y poner en su lugar el eslogan "Sigan al partido, obedézcanlo, agradézcanle".
Pero las autoridades locales no se limitaron simplemente con interferir en el exterior de la iglesia. "Lo que más lastimó a las congregaciones, informó Bitter Winter, fue la eliminación del cuadro de la Virgen María con el Niño Jesús en sus brazos, que fue arrojado a un rincón oscuro de la iglesia. En su lugar, ahora hay un retrato del presidente Xi Jinping flanqueado por lemas propagandísticos. Finalmente, se incautaron las llaves del templo, para desalentar a los fieles que deseaban, a pesar de todo, rezar en la iglesia que habían construido al precio de muchos sacrificios.
Un caso similar se registró, nuevamente en septiembre de 2019, en un lugar de reunión utilizado por católicos clandestinos en el área de Poyang, en la misma provincia. Las autoridades locales procedieron a eliminar un crucifijo, una imagen de la Santísima Virgen y estandartes religiosos; instalando igualmente retratos del líder de Beijing y de Mao Zedong.
Para los fieles de Jiangxi, privados de su iglesia y víctimas de una persecución oculta y silenciosa, la situación es clara: "Es mejor adorar a Dios en casa que unirse a una comunidad de fieles controlada por las autoridades".
Por si fuera poco, el Estado ahora está interviniendo directamente en los hogares privados: la administración china visita los hogares para retirar los crucifijos y las imágenes de los santos, ordenando reemplazarlos con la única deidad autorizada en China, el presidente Xi Jinping. En caso de resistencia o negación, el brazo secular amenaza a los reacios con retirarles la ayuda para hogares pobres o las pensiones para jubilados, haciendo uso de una torcida retórica: "Dado que la ayuda que reciben es de Xi Jinping, deben colgar su retrato. Es el líder número uno en China".
El acuerdo pactado entre China y la Santa Sede en septiembre de 2018 parece cada vez más un timo: si todos los obispos han sido liberados de su censura y están sometidos en teoría a la autoridad del Santo Padre, la "sinización" del cristianismo se acelera dramáticamente, y la persecución tomará una nueva dimensión.

jueves, 18 de enero de 2018

El régimen de Xi Jinping voló con explosivos la estructura y remató con excavadoras la demolición del edificio. Según las autoridades del país la iglesia no estaba registrada ni contaba con permisos. Se trata del segundo ataque a templos cristianos en menos de un mes.

Xi Jinping, jefe de Estado de China y la Lámpara Dorada derruida/Actuall.

Juan Robles -  13/01/2018
El templo cristiano de la iglesia evangélica Lámpara Dorada, en la ciudad de Linfen, de la provincia de Shanxi, ha sido derribado esta semana por las autoridades chinas como consecuencia de las largas tensiones entre grupos religiosos y el gobernante Partido Comunista, oficialmente ateo.

Se trata del segundo derribo de una iglesia cristiana en un mes en este país, que amenaza con seguir llevando a cabo estas medidas de presión para aplicar las nuevas leyes de religión aprobadas el pasado año, según ha informado InfoBae.

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Para llevar a cabo la operación, las fuerzas paramilitares de la Policía Popular Armada utilizaron excavadoras y dinamita.


Las autoridades colocaron explosivos en una capilla subterránea para echar abajo el edificio, según ChinaAir, un grupo activista cristiano con sede en los Estados Unidos.

La congregación, que tiene más de 50.000 miembros, ha chocado durante años con el gobierno. Cientos de policías y personas contratadas destrozaron el edificio y confiscaron Biblias en otro incidente en 2009 que terminó con largas penas de prisión para los líderes de esta iglesia evangélica. Entonces se acusó a estos líderes del grupo de ocupar ilegalmente terrenos agrícolas y alterar el tránsito cuando se reunían, según medios estatales.

China, entre los 50 países con más persecución
China aparece en la posición 43 en la Lista Mundial de Persecución, hecha pública este miércoles por Puertas Abiertas. “Las autoridades locales parecen estar volviéndose más restrictivas al enfatizar la ideología comunista y limitar el espacio en el que las iglesias pueden operar”, explican desde la organización en defensa de los cristianos perseguidos.

Se estima que hay unos 97 millones de cristianos en China, muchos de los cuales se reúnen en congregaciones independientes como la Lámpara Dorada

Se estima que hay unos 97 millones de cristianos en China, muchos de los cuales se concentran en torno a congregaciones independientes como la Lámpara Dorada. La creciente popularidad de iglesias no aprobadas por el estado ha provocado el descontento de las autoridades locales, que recelan de cualquier amenaza al rígido control social y político del partido.

En teoría, la constitución china garantiza la libertad religiosa, de modo que con frecuencia las autoridades locales utilizan tecnicismos para atacar a las iglesias que no se han registrado.

El periódico estatal Global Times, que citó a un funcionario local no identificado, manifestó el miércoles que el motivo oficial para la demolición era que el templo no contaba con los permisos necesarios.

A pesar de las presiones y dificultades, las iglesias de China siguen creciendo. Pero también lo hacen fuera de sus fronteras en la numerosa comunidad china desplazada a los distintos países del mundo.

Así, en países cercanos como Corea del Sur o Filipinas, las iglesias evangélicas chinas están creciendo de forma exponencial, tal y como reveló The Economist en un reciente reportaje citado por Evangelical Focus.

También se produce este crecimiento del cristianismo evangélico chino en países de mayoría musulmana como Indonesia o Malasia.

(https://www.actuall.com/persecucion/el-gobierno-comunista-chino-dinamita-una-iglesia-cristiana-de-una-congregacion-de-mas-de-50-000-fieles/)