"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)
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jueves, 25 de febrero de 2021

El izquierdismo de Adolf Hitler retratado por uno de sus más fieles consejeros y confidentes

 


Despreciaba el capitalismo y defendía un socialismo con base nacionalista

El izquierdismo de Adolf Hitler retratado por uno de sus más fieles consejeros y confidentes

La idea de que el nazismo es una ideología de extrema derecha, más próxima al liberalismo o al conservadurismo que al marxismo, es uno de los mitos políticos más extendidos de hoy en día.

El trampolín comunista de Hitler
El desfile conjunto nazisoviético de 1939 en Polonia que algunos niegan, en vídeo

Un socialismo nacionalista frente al socialismo internacionalista de Marx

“Hay mucho más en común entre un comunista y un nazi que entre cualquiera de estos y un liberal, o un conservador”, como bien señaló anteayer Carlos López Díaz en un artículo que os recomiendo leer (como todos los que él escribe en su excelente blog). De hecho, la costumbre de hablar de “nazismo” se ha impuesto por algo más que simple economía del lenguaje: a muchos izquierdistas les incomoda recordar el nombre completo de esa ideología es “nacional-socialismo”, es decir, un socialismo que se distingue principalmente del formulado por Karl Marx y Friedrich Engels en que el primero es nacionalista y el segundo es internacionalista. De hecho, la similitud es tan fuerte que hoy en día hay numerosos ejemplos de socialismo nacionalista inspirado en el marxismo. En España, por ejemplo, hay partidos de extrema izquierda como el Bloque Nacionalista Galego (BNG) o la Candidatura d’Unitat Popular (CUP) que conjugan el izquierdismo marxista con el nacionalismo.

Las memorias de Otto Wagener, consejero y confidente de Hitler

Hoy en día tenemos un valioso testimonio sobre el carácter socialista del dictador y genocida Adolf Hitler, aunque es muy poco conocido por el gran público: se trata de las memorias de Otto Wagener, consejero y confidente del líder nazi y uno de los miembros de primera hoy de su partido. Wagener escribió esas memorias en 1946, cuando era prisionero de los británicos, y arrojan mucha luz sobre los primeros años del Partido Nazi. A diferencia de otros antiguos líderes nazis, Wagener siguió adorando a Hitler toda su vida, así que se trata de unas memorias escritas por un seguidor fiel que seguía creyendo en esa perversa ideología totalitaria. Y lo más llamativo de esas memorias es que dejan en evidencia la proximidad de Hitler a los postulados socialistas.

Hitler aspiraba a “recorrer el camino del individualismo al socialismo sin revolución”

En el libro, publicado siete años después de la muerte de Wagener (y que Yale University Press publicó en inglés en 1985, edición a la que me refiero en esta entrada), el dirigente nazi cita palabras de Hitler mostrando su deseo “encontrar y recorrer el camino del individualismo al socialismo sin revolución, sin la destrucción de los tesoros más preciados, sin aniquilar vidas irremplazables y sin regresión a un nivel más bajo de civilización y cultura” (página 14). Según Wagener, Hitler se mostraba crítico con quienes apelaban a la ley y la tradición (desde una órbita conservadora, se entiende), afirmando que “ley y esta tradición nacieron en el pensamiento individualista y son los pilares de un tiempo pasado. Lo que cuenta es establecer nuevas leyes y nueva autoridad en lugar de viejas tradiciones. Si esto no se hace, descubrirán que el camino hacia la reconstrucción socialista no se transitará de acuerdo con el plan y de manera pacífica, sino que la revolución derribará estos pilares, derribando la estructura del individualismo. Pero la mayoría de ellos nunca han leído a Marx, y ven la revolución bolchevique como un asunto privado de Rusia”.

El líder nazi pretendía “convertir el Pueblo alemán al socialismo”

En la página 16, Wagener cita palabras de Hitler en las que éste habla de “la diferencia entre la antigua era del individualismo y el socialismo que está en el horizonte”, y añade: “En el socialismo del futuro … lo que cuenta es el todo, la comunidad del Pueblo. El individuo y su vida juegan solo un papel subsidiario. Puede ser sacrificado: está preparado para sacrificarse si todo lo exige, si la comunidad lo exige”. Un colectivismo que tiene poco que envidiar al comunista y que choca de lleno con el individualismo liberal. De hecho, el desprecio de Hitler por los individualistas se plasma en esa misma página en una cita aún más llamativa: “Es comprensible por qué el bolchevismo simplemente eliminó tales criaturas. Eran inútiles para la humanidad, nada más que una carga para su Pueblo. Incluso las abejas se deshacen de los drones cuando ya no pueden estar al servicio de la colmena. Los procedimientos bolcheviques son, pues, bastante naturales”. Hitler añade: “Pero ese es precisamente el problema que nos hemos propuesto resolver: convertir el Pueblo alemán al socialismo sin simplemente matar a los viejos individualistas, sin destruir la propiedad y los valores”.

Quería atraer al Partido Nazi “a todos los socialistas, incluso a los comunistas”

En la página 23, Wagener plasma una cita de Hitler en la que éste afirma: “Vivimos en una época de grandes cambios radicales, como he dicho antes: una evolución del individualismo al socialismo, del interés propio al interés público, del ‘yo’ al ‘nosotros'”. Aunque es cierto que más adelante Hitler manifestó un abierto rechazo hacia el bolchevismo (no menor que el que tenían muchos socialdemócratas y anarquistas), Wagener escribió en la página 26 estas otras palabras del futuro dictador alemán antes de su ascenso al poder: “Pero los nacionalsocialistas queremos precisamente atraer a todos los socialistas, incluso a los comunistas; deseamos ganarlos de su campo internacional al nacional”. Es una estrategia que debió tener éxito, pues desde 1930 el Partido Comunista Alemán (KPD) también intentó atraer a militantes nazis -y también evitar la marcha de militantes comunistas al Partido Nazi- haciendo un discurso más nacionalista, una estrategia conocida como Scheringer-Kurs y en la que se llegó incluso a editar un panfleto, titulado “Programmerklärung zur nationalen und sozialen Befreiung des deutschen Volkes” (Declaración programática para la liberación nacional y social del pueblo alemán), con un fuerte contenido nacionalista.

El desprecio de Hitler por el liberalismo y el capitalismo

En las memorias de Wagener también se recogen citas de Hitler que demuestran su profundo desprecio por el liberalismo y el capitalismo. En una de ellas, recogida en la página 59, afirma: “el liberalismo económico estén al mando de las democracias autoritarias, que en realidad no son democracias en absoluto”, añadiendo que en las naciones “dominadas por el capitalismo” la palabra democracia “se deriva, no de demos, el pueblo, sino del demonio, el diablo”. En la página 148 aparece esta otra cita de Hitler: “El individualismo, que está en proceso de ser reemplazado por el socialismo, y estamos decididos a echar una mano para abolirlo y reemplazarlo, en realidad ya está siendo enterrado por la industrialización”. En la página siguiente, el líder nazi expresa así la afinidad de sus propósitos respecto del comunismo: “Lo que el marxismo, el leninismo y el estalinismo no lograron, estaremos en condiciones de lograrlo”.

“¡Queremos comenzar implementando el socialismo en nuestra nación, entre nuestro Pueblo!”

Wagener muestra en la página 170 hasta qué punto Hitler tenía una estrategia internacional muy similar a la teoría del “socialismo en un solo país” formulada por Lenin y aplicada por Stalin: “primero, tendrá que haber nacionalsocialismo. De lo contrario, el pueblo y sus gobiernos no están preparados para el socialismo de las naciones. No es posible ser liberal con el propio país y exigir socialismo entre las naciones”. En la página 288 explica que es precisamente por eso por lo que su partido se llamaba nacional-socialista: “¡Queremos comenzar implementando el socialismo en nuestra nación, entre nuestro Pueblo! No es hasta que las naciones individuales sean socialistas que puedan dirigirse al socialismo internacional”. Estos planteamientos explican hechos como, por ejemplo, que de 241 cuestiones votadas en el Reichstag y en el parlamento estatal de Prusia en 1929 y 1930, nazis y comunistas coincidiesen en el 70% de las ocasiones, y ya una vez en el poder, el pacto entre Hitler y Stalin por el que se repartieron Polonia en 1939, incluso haciendo un desfile conjunto para celebrar su victoria contra los polacos.

Foto principal: Adolt Hitler retratado por su fotógrafo personal, Heinrich Hoffmann, mientras ensayaba sus discursos en 1925.

(https://www.outono.net/elentir/2020/02/20/el-izquierdismo-de-adolf-hitler-retratado-por-uno-de-sus-mas-fieles-consejeros-y-confidentes/?fbclid=IwAR2hCJG-OTVUZ33Dsz8oe7osMZy89LcWq3KzmHL_izbJn5wt1hI1X4GRh3M)

viernes, 13 de marzo de 2020

La más exitosa mentira de Marx fue llamar «ciencia» a sus creencias místicas

El marxismo es sin lugar a dudas para sus creyentes la única verdad, la todopoderosa verdad revelada de una dialéctica material incuestionable
OPINIÓNCOLUMNISTASDESTACADO
Por Guillermo Rodríguez González Actualizado Mar 4, 2020

El marxismo es, en su sentido más estricto, una religión. (Foto: Flickr)
Hace ya tiempo había tomado yo nota delque la crítica socialista de Bakunin a Marx fue perfectamente acertada en sus predicciones. Empleando similares conceptos a los de Marx de conflicto de clases, concluía que una dictadura del proletariado daría lugar a una nueva clase opresora y a una nueva opresión. Lo que no previó, porque ningún socialista podría preverlo sin por ello dejar de ser socialista, es que esa nueva clase caería finalmente por la inherente inviabilidad del totalitarismo económico en una sociedad compleja.

En lugar de ello, temió que tal totalitarismo pudiera llegar a ser el permanente fin de la historia en lugar de dar lugar a su superación dialéctica por un comunismo superior especialmente si ya no hay, según Marx, lucha de clases más que contra los remanentes de la burguesía capitalista derrotada.

Bakunin adelantó la gris realidad del totalitarismo marxista y la hegemonía de una clase al mando de la dictadura en nombre del proletariado. Diljas hubo de experimentarlo para llegar a aceptarlo mientras la mayoría de los marxistas no lo aceptó ni lo sufrió en carne propia.

¿Es religión el marxismo, como he sosteniendo más de una vez? Pues en tanto aceptemos que la mejor definición de religión sería la creencia del hombre en una innegable realidad que le trasciende y a la cual se subordina encontrando significados transcendentes para sí mismo y para otros al “religarse” con ella mediante ritos específicos, no queda la menor duda que el marxismo sería por definición una religión. Por lo demás el marxismo es sin lugar a dudas para sus creyentes la única verdad, la todopoderosa verdad revelada de una dialéctica material incuestionable que trasciende toda religión revelando la auténtica naturaleza de todo lo existente y profetizando el fin de la historia.

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Claro que a muchos les confunde el que los marxistas coloquen a toda religión en el terreno de la superestructura ideológica como mera mistificación de los intereses de la clase dominante, que proclamen ateísmo y persigan desde el poder la religión, en la medida de lo posible. Pero eso lo único que nos revela es que se trata de una religión totalitaria tan completa que no se limita a la negación y exterminó de cualesquiera otras, a las que califica de falsas y supersticiosas, sino que se siente obligada a autodenominarse ciencia, definiendo a la ciencia como todo lo contrario de lo que la ciencia es.

En la definición marxista de ciencia, ciencia para el creyente marxista es a la vez, dialéctica material y verdad última e incuestionable. Cuando a eso sumamos su definición polilogista de superestructura ideológica, y tomamos nota del que no sería raro para una religión proclamarse como única verdadera negando toda otra como superstición, lo que hace Marx es un truco de prestidigitador con los significados para definir como “científicas” un conjunto de afirmaciones sin prueba alguna. Y pasar su dogmática por teoría de una ciencia histórica, la que por lo demás se ha revelando falsa hasta el último detalle. Pero que subsiste porque al reclamar para sí la naturaleza de verdad incuestionable, última y definitiva, pertenece al terreno de la religión en la que el creyente puede aferrarse a su creencia contra toda evidencia.

En una religión con tiempo lineal, una tesis en creatología (teología de la creación) generalmente debe tener correspondencia en escatología (teología del fin de los tiempos). La gran pregunta de la creatología cristiana es saber por qué realizó Dios la creación. Y la respuesta agustiniana, adoptada por la iglesia ortodoxa oriental, católica romana, así como las principales denominaciones protestantes y evangélicas, es que fue por infinita bondad. Diferentes grupos heréticos, desde los primeros tiempos del cristianismo, han dado respuestas alternas entre las que destaca la idea que Dios creó al mundo por su propio sentimiento de insuficiencia y necesidad de desarrollarse. La filosofía de Plotino parte de ahí y postula que la creación es la ruptura de una unidad original ansiosa de desarrollarse, que en su separación debería tender a restablecer tal unidad original, pero ya en plenitud final, una vez desarrolladas las partes.

Las consecuencias políticas de esa creatología y escatología de la alienación han incluido la agitación revolucionaria comunista desde muy temprano, relacionando la inevitabilidad del triunfo de la revolución comunista con el profetizado segundo advenimiento. La hegeliana idea de la superación de la alienación del hombre de Dios como un descubrimiento por parte de la especie humana de su naturaleza divina es la clave de la posibilidad de una creatología y escatología potencialmente atea y/o materialista. Desarrollando esa potencialidad, el marxismo obtiene de su dialéctica material de la historia la misma fe revolucionaria que herejías cristianas –con las que comparte tradición y ritos– obtenían de su interpretación de las profecías del fin de los tiempos, con la ventaja de no sufrir competencia de otras interpretaciones de unos textos sagrados de los que ha prescindido. Con motivos tan claros como los de la descalificación de Marx a sus antecesores socialistas que calificaría despectivamente de utópicos, la generalidad de los marxistas ha preferido ignorar la larga historia del comunismo, una historia comprometedora para ellos en más de un sentido, y así, el común de marxistas y filomarxistas suelen ignorar que primera revolución comunista en tomar el poder y gobernar de manera efímera no fue la comuna de París, sino la revolución anabaptista de 1534 en Münster.

Con esta columna, que intenté redactar para que fuera razonablemente interesante por sí misma, doy completa respuesta a varios comentarios, objeciones y argumentos interesantes que me han enviado algunos lectores sobre un par de columnas recientes en que me refería al marxismo como religión, sin agotar a quien esto lea con la detallada cita de las mismas.
(https://es.panampost.com/guillermo-rodriguez/2020/03/07/la-mentira-de-marx-fue-llamar-ciencia-a-sus-creencias-misticas/?fbclid=IwAR2MX80KgQtuS8A1YxE8DAma5BVUo5CwZJJ7qAPYLGUk1V5G5IyGdj849PU)

martes, 10 de marzo de 2020

La más exitosa mentira de Marx fue llamar «ciencia» a sus creencias místicas

El marxismo es sin lugar a dudas para sus creyentes la única verdad, la todopoderosa verdad revelada de una dialéctica material incuestionable
OPINIÓNCOLUMNISTASDESTACADO
Por Guillermo Rodríguez González Actualizado Mar 4, 2020
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marxismo
El marxismo es, en su sentido más estricto, una religión. (Foto: Flickr)
Hace ya tiempo había tomado yo nota delque la crítica socialista de Bakunin a Marx fue perfectamente acertada en sus predicciones. Empleando similares conceptos a los de Marx de conflicto de clases, concluía que una dictadura del proletariado daría lugar a una nueva clase opresora y a una nueva opresión. Lo que no previó, porque ningún socialista podría preverlo sin por ello dejar de ser socialista, es que esa nueva clase caería finalmente por la inherente inviabilidad del totalitarismo económico en una sociedad compleja.

En lugar de ello, temió que tal totalitarismo pudiera llegar a ser el permanente fin de la historia en lugar de dar lugar a su superación dialéctica por un comunismo superior especialmente si ya no hay, según Marx, lucha de clases más que contra los remanentes de la burguesía capitalista derrotada.

Bakunin adelantó la gris realidad del totalitarismo marxista y la hegemonía de una clase al mando de la dictadura en nombre del proletariado. Diljas hubo de experimentarlo para llegar a aceptarlo mientras la mayoría de los marxistas no lo aceptó ni lo sufrió en carne propia.

¿Es religión el marxismo, como he sosteniendo más de una vez? Pues en tanto aceptemos que la mejor definición de religión sería la creencia del hombre en una innegable realidad que le trasciende y a la cual se subordina encontrando significados transcendentes para sí mismo y para otros al “religarse” con ella mediante ritos específicos, no queda la menor duda que el marxismo sería por definición una religión. Por lo demás el marxismo es sin lugar a dudas para sus creyentes la única verdad, la todopoderosa verdad revelada de una dialéctica material incuestionable que trasciende toda religión revelando la auténtica naturaleza de todo lo existente y profetizando el fin de la historia.

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Claro que a muchos les confunde el que los marxistas coloquen a toda religión en el terreno de la superestructura ideológica como mera mistificación de los intereses de la clase dominante, que proclamen ateísmo y persigan desde el poder la religión, en la medida de lo posible. Pero eso lo único que nos revela es que se trata de una religión totalitaria tan completa que no se limita a la negación y exterminó de cualesquiera otras, a las que califica de falsas y supersticiosas, sino que se siente obligada a autodenominarse ciencia, definiendo a la ciencia como todo lo contrario de lo que la ciencia es.

En la definición marxista de ciencia, ciencia para el creyente marxista es a la vez, dialéctica material y verdad última e incuestionable. Cuando a eso sumamos su definición polilogista de superestructura ideológica, y tomamos nota del que no sería raro para una religión proclamarse como única verdadera negando toda otra como superstición, lo que hace Marx es un truco de prestidigitador con los significados para definir como “científicas” un conjunto de afirmaciones sin prueba alguna. Y pasar su dogmática por teoría de una ciencia histórica, la que por lo demás se ha revelando falsa hasta el último detalle. Pero que subsiste porque al reclamar para sí la naturaleza de verdad incuestionable, última y definitiva, pertenece al terreno de la religión en la que el creyente puede aferrarse a su creencia contra toda evidencia.

En una religión con tiempo lineal, una tesis en creatología (teología de la creación) generalmente debe tener correspondencia en escatología (teología del fin de los tiempos). La gran pregunta de la creatología cristiana es saber por qué realizó Dios la creación. Y la respuesta agustiniana, adoptada por la iglesia ortodoxa oriental, católica romana, así como las principales denominaciones protestantes y evangélicas, es que fue por infinita bondad. Diferentes grupos heréticos, desde los primeros tiempos del cristianismo, han dado respuestas alternas entre las que destaca la idea que Dios creó al mundo por su propio sentimiento de insuficiencia y necesidad de desarrollarse. La filosofía de Plotino parte de ahí y postula que la creación es la ruptura de una unidad original ansiosa de desarrollarse, que en su separación debería tender a restablecer tal unidad original, pero ya en plenitud final, una vez desarrolladas las partes.

Las consecuencias políticas de esa creatología y escatología de la alienación han incluido la agitación revolucionaria comunista desde muy temprano, relacionando la inevitabilidad del triunfo de la revolución comunista con el profetizado segundo advenimiento. La hegeliana idea de la superación de la alienación del hombre de Dios como un descubrimiento por parte de la especie humana de su naturaleza divina es la clave de la posibilidad de una creatología y escatología potencialmente atea y/o materialista. Desarrollando esa potencialidad, el marxismo obtiene de su dialéctica material de la historia la misma fe revolucionaria que herejías cristianas –con las que comparte tradición y ritos– obtenían de su interpretación de las profecías del fin de los tiempos, con la ventaja de no sufrir competencia de otras interpretaciones de unos textos sagrados de los que ha prescindido. Con motivos tan claros como los de la descalificación de Marx a sus antecesores socialistas que calificaría despectivamente de utópicos, la generalidad de los marxistas ha preferido ignorar la larga historia del comunismo, una historia comprometedora para ellos en más de un sentido, y así, el común de marxistas y filomarxistas suelen ignorar que primera revolución comunista en tomar el poder y gobernar de manera efímera no fue la comuna de París, sino la revolución anabaptista de 1534 en Münster.

Con esta columna, que intenté redactar para que fuera razonablemente interesante por sí misma, doy completa respuesta a varios comentarios, objeciones y argumentos interesantes que me han enviado algunos lectores sobre un par de columnas recientes en que me refería al marxismo como religión, sin agotar a quien esto lea con la detallada cita de las mismas.
(https://es.panampost.com/guillermo-rodriguez/2020/03/07/la-mentira-de-marx-fue-llamar-ciencia-a-sus-creencias-misticas/?fbclid=IwAR2GadSWqU7tYad3vuPq9t4lWwCM-Wza5WkzqY27CaKCAM4VnsatwWaASdY)

miércoles, 14 de agosto de 2019

Inaudito: 200 obispos quieren a un marxista, ideólogo del ateísmo y la muerte, como “santo patrono” del Sínodo sobre la Amazonia


No puede ser posible lo imposible, por el principio de contradicción. No puede ser santo quien fue en vida un ideólogo de muerte y ateísmo, como el P. Ezechiele Ramin, a quien quieren canonizar y convertir en Patrono del Sínodo de la Amazonia. Incomprensiblemente, doscientos obispos brasileños hicieron esta insólita petición al Papa, de quien esperamos un rotundo rechazo a tanto atrevimiento. Quiera Dios que el P. Ramin se haya convertido de su ideología atea y marxista y haya muerto reconciliado con la Iglesia Católica, pero eso no es motivo de exaltarlo, precisamente, por lo que predicó estando en vida. Intolerable.

Por Hispanidad Católica -  13 agosto, 2019
200 obispos brasileños escribieron al Papa, pidiéndole que reconozca al misionero italiano Ezechiele Ramin (1953-1985) como mártir y lo nombre el “santo patrono” del Sínodo sobre la Amazonia, informó el 6 de agosto el sitio web PanamazonSynodWatch.info.

Es preocupante que tanto prelado se pongan de acuerdo para pedir al Papa que ponga como modelo de virtudes a este marxista declarado.

La Iglesia en diferentes ocasiones y documentos ha condenado el marxismo, inspirado en el materialismo dialéctico y en la lucha de clases. Esta doctrina ha causado más de 100 millones de muertos en el siglo XX y devastación y miseria.

Ramin quien desde 1970 mostró una fuerte propensión al marxismo, fue asesinado cuando trataba de tomar una hacienda, junto con militantes MST (Movimiento de los Sin Tierra).

João Pedro Stédile, el coordinador nacional del MST coordinator, declaró en ese momento que “en la formación política del MST estudiamos a Marx, Lenin y Gramsci” y que “nos inspiramos en la escuela de los marxistas históricos”.

Pidamos mucho por el Papa y por este Sínodo, lleno de incertidumbre para muchos cardenales y miembros de las Iglesia.
(https://www.hispanidadcatolica.com/2019/08/200-obispos-quieren-a-un-marxista-como-santo-patrono-del-sinodo-sobre-la-amazonia/?fbclid=IwAR2apoL441rX2y79QusxN3ZXvk2E1oCUK30NQwJu2v8FltSx5RyFjhK3Drk)

martes, 19 de diciembre de 2017

LOS ERRORES DE RUSIA, MÁS VIVOS QUE NUNCA



(a propósito del centenario de la Revolución rusa)

por César Félix Sánchez
(tomado de Adelante la Fe)

Entre algunos –incluso católicos– existe cierta perplejidad respecto a los «errores de Rusia» y su ulterior expansión por el mundo profetizados por Nuestra Señora en Fátima en 1917. Si se trata del marxismo, ¿no sería mejor hablar de errores alemanes, tanto por el origen de Marx y Engels como por su impronta hegeliana? Y, por otro lado, si todavía no ha llegado el triunfo del Inmaculado Corazón, ¿cómo es que el comunismo parece haber dejado de existir como amenaza para la Iglesia y la civilización?


La respuesta es bastante sencilla. Los «errores de Rusia» no se refieren simplemente al viejo marxismo, nefasto pero esclerotizado para 1917 en partidos obreros de masas bastante moderados, como el SDP alemán y la SFIO francesa, sino a su superación y perfeccionamiento en el mal que es el leninismo, ese non plus ultra del maquiavelismo político, de la idolatría del poder y de la inmoralidad. Y ese producto, el bolchevismo o marxismo-leninismo sería dado a luz por Vladímir Illich Ulianov, Lenin, al calor de las conspiraciones contra el régimen zarista.

¿Qué caracteriza esencialmente al marxismo-leninismo? Pues, en primer lugar, un elemento de praxis organizativa que, como todo en la doctrina del autodenominado «socialismo científico», esconde una verdad teórica significativa: el reemplazo del viejo partido de masas (siempre «moderable» y con tendencias «populistas») por el partido de cuadros selectos y secretos, de revolucionarios profesionales clandestinos, siempre dispuestos a la acción «apostólica» y «misionera», especialmente en los lugares más difíciles y ante determinados sectores estratégicos de la sociedad.

El partido, una élite dispuesta a todo y sometida al férreo control del líder –ese individuo cósmico-histórico para Hegel, casi infalible, pues es casi la historia encarnada – por el paradójicamente llamado «centralismo democrático», será la «vanguardia del proletario» y su relación con la sociedad se dará a través de organismos de fachada, de apariencia neutra e incluso virtuosa como sindicatos o «ligas por la paz», que se consolidarán como frentes de masas o pequeños círculos de infestación doctrinal, donde la mayoría de miembros no tiene una idea clara de qué o quiénes están detrás. Claro está que siempre el Partido controlaba férreamente esas organizaciones, por más aparentemente alejadas de lo político que estuvieran. Era la perversamente genial combinación entre una suerte de Compañía de Jesús anticristiana, ultrajerarquizada y eficacísima y la metodología de las «sociedades de pensamiento» de estirpe masónica, cuyos efectos fueron tan devastadores en la génesis de la Revolución Francesa.

Doctrinalmente, este modelo organizativo representaba la primacía absoluta de la política por sobre cualesquiera consideraciones, la mayor puesta en acto de la radical inmoralidad del marxismo al considerar que, más allá del avance de la Historia hacia la sociedad sin clases, no existe ningún otro baremo para la conducta humana. Así, pueden sacrificarse millones en aras de la utopía. Incluso el voluntarismo revolucionario de Lenín llega a corregir al materialismo histórico y dialéctico de Marx: si en las sociedades feudales todavía no existen las condiciones estructurales económicas para el tránsito al socialismo, aconsejaba el barbado antiprofeta de Tréveris, correspondía a los revolucionarios la colaboración con los partidos burgueses para derrocar el antiguo régimen y establecer una sociedad liberal capitalista. Las rigurosas leyes de la historia no conocían de saltos ni de sorpresas. Así, la revolución socialista vería la luz en las sociedades burguesas más complejas y desarrolladas como Gran Bretaña, Francia o Alemania. A países atrasados, como Rusia y China, solo les correspondería esperar su transformación en sociedades capitalistas y burguesas. Pero Lenin, en una audacia sin igual, «aceleró» a la historia y sus leyes, sin conocer límites de ninguna clase para la conquista del poder, de ahí su famosísima frase, casi un lema que lo define: «¡Fuera del poder, todo es ilusión!».

Por otro lado, la dictadura del proletariado, el otro gran aporte leninista, es una prolongación sine fine del supuestamente transitorio periodo del socialismo estatista, previo al comunismo, a la sociedad sin clases. Así, al inmoralismo político más extremo, se le unía la adoración al Estado, copado por una élite partidaria en torno a un líder literalmente todopoderoso, señor de vidas y haciendas, previamente estatizadas. No fue una sorpresa que esta doctrina acabase generado 100 millones de muertos en cien años, por lo menos, y una miseria y crueldad generalizadas en todos los planos de la existencia humana en los lugares que cayeron bajo su égida. El marxismo-leninismo no es más que la mayor idolatría del Poder Político que haya visto la historia de la humanidad y, por ende, la mayor de las inmoralidades posibles. Debajo de él, como su raíz, se encuentra clarísimamente el eritis sicut dii satánico, con su rostro bifronte de ateísmo y antropolatría.

Pero, ¿no desapareció la URSS en 1991? ¿No son ahora los partidos comunistas de estirpe bolchevique meros clubes de viejos nostálgicos o peñas de hippies, yunkies y otros jóvenes desadaptados? Por un lado, la licuefacción de las estructuras estatales y partidarias bolcheviques es un hecho; pero por otro, el modelo organizativo leninista –esa esencia de los errores de Rusia – permanece. Revolucionarios muy minoritarios, casi clandestinos en el ocultamiento de sus designios, y de preparación en la propaganda y la agitación bastante significativas, copan los organismos multilaterales y los ministerios en muchos lugares del mundo, incluso en países donde las tendencias izquierdistas son casi siempre derrotadas en las urnas. Mediante organismos aparentemente neutros, logran generar una resonancia en sus opiniones impensable de otra manera y que, poco a poco, va convirtiéndose en un nuevo «sentido común» ¿Y cuáles son los designios de esta neovanguardia leninista? Pues ir más allá de lo que quiso hacer el viejo comunismo, pues se han dado cuenta de las razones de su colapso. La cuestión ya no es tomar el poder político de manera directa o estatizar los medios de producción: ¡poco duró el socialismo soviético edificado sobre tales premisas! El objetivo ahora es estatizar aquellas realidades inmediatas, donde el hombre aprende, a veces de manera indeleble, las primeras nociones naturales de autoridad, propiedad y Dios. Es decir: estatizar hasta la misma fábrica de lo humano, la vida y la familia, y otorgarle al Estado la capacidad de poder decidir, sin tener en cuenta la tradición, la sociedad, la religión, la ciencia o incluso la razón natural misma, qué realidad humana es familia y quién es o no es persona.

Nada prepolítico importa ya: el Estado, controlado por élites ideologizadas, es ahora el único y último árbitro de lo humano. Así, podrá crear de uniones infecundas, efímeras y enfermizas “nuevos modelos familiares”, incluso sancionados por leyes ad hoc y convertidos en «confesionales», pues serán enseñados y defendidos en las escuelas y protegidos de toda crítica a través de legislaciones «antidiscrimación» persecutorias. Mientras tanto, el hombre, en sus primeras fases de desarrollo, sea en el claustro materno o sea en un laboratorio, o, ya mayor, si enfermo o anciano, podrá ser despojado legislativamente de su condición de persona, convirtiéndose en res nullius, a ser asesinada y descartada, de preferencia con recursos públicos. Una vez consumada esta estatización, no habrá ninguna resistencia moral o humana para la llegada de la mayor tiranía colectivista de la historia.

La actual vanguardia leninista ha sido particularmente exitosa: parece haber convertido a la Organización de las Naciones Unidas, a la Unión Europea y la Santa Sede en sus frentes de masas. El liberalismo en sus múltiples variantes, ancestro inconfesable del marxismo pero que pretendió durante la llamada Guerra Fría presentarse como su principal oponente, ha acabado convertido en su sicario y lacayo, que, en nombre de seudoderechos arbitrarios, impone la agenda neoleninista. Porque parece ser que, en nuestros días, todas las tendencias revolucionarias, antiguas y modernas, están confluyendo en un designio misterioso.

Un joven bibliotecario y poeta chino, hace exactamente 100 años, escribía lo siguiente: «Todos los fenómenos del mundo son simplemente un estadio del cambio permanente…El nacimiento de esto es necesariamente la muerte de aquello, y la muerte de aquello es necesariamente el nacimiento de esto, de manera que el nacimiento no es nacimiento y la muerte no es destrucción (…) En todos los países, las diversas nacionalidades han lanzado distintos tipos de revoluciones que purifican de manera periódica lo viejo, infundiéndole lo nuevo, representando todas ellas cambios enormes, que implican la vida y la muerte, la generación y la destrucción. La destrucción del universo también es así…Aguardo con impaciencia su disolución, porque de la destrucción del viejo universo nacerá uno nuevo y, ¿acaso no será mejor que el antiguo universo? Yo afirmo: lo conceptual es real, lo finito es infinito, los significados temporales son los significados intemporales, la imaginación es pensamiento, la forma es sustancia, yo soy el universo, la vida es muerte y la muerte es vida, el presente es el pasado y el futuro, el pasado y el futuro son el presente, lo pequeño es grande, el yang es el yin, arriba es abajo, lo sucio es limpio, lo masculino es femenino, y lo grueso es fino. En esencia todas las cosas son una sola, y el cambio es la permanencia. Soy la persona más eminente, y también la persona más indigna».[1]

Se trataba de Mao Tse Tung, fidelísimo discípulo de Lenin y el mayor asesino en masa de la historia, reproduciendo el viejo heraclitismo relativista negador del ser y panteísta, que estaría también detrás de la gnosis de todos los tiempos, pero con aire e intención dialéctica. No era más que la revelación de la permanente continuidad, al margen de las apariencias multiformes, de la doctrina de la Serpens Antiqua...


[1] El texto corresponde a 1917 y es recogido por S. Schram en la monumental compilación Mao’s Road to Power: Revolutionary Writings 1912-1949. Tomamos la cita de P. Short, Mao, Crítica, Barcelona, 2011, p. 92.

domingo, 16 de abril de 2017

Comunismo, socialismo, marxismo: sectas disfrazadas de ideologías políticas, provocan millones de muertos

El Comunismo, caracterizado como "intrínsecamente perverso" por el Magisterio de la Iglesia,
afirma no creer en Dios y es por eso que propicia la lucha armada para establecer el ateísmo de Estado. Sin embargo, en el fondo, es al revés de cómo se presenta: es una secta -diabólica- que endiosa al Partido Comunista y disimula el carácter religioso pagano e idolátrico bajo la máscara de ideología política materialista.