"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)
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lunes, 11 de noviembre de 2019

Treinta años sin el nefasto Muro de la secta comunista soviética

En un nuevo aniversario de la caída del Muro de Berlín, conviene recordar el legado cruel del comunismo a ambos lados del Atlántico
Por Escritor Invitado Actualizado Nov 8, 2019

Por Emilio Martínez

En la noche del 9 al 10 de noviembre, se cumplirán tres décadas de la caída del Muro de Berlín, apodado engañosamente como la «muralla antifascista» por sus constructores, aunque su función real era impedir la emigración hacia la libertad de los alemanes del este, sometidos a la dominación totalitaria del Partido, la Stasi y el Ejército Rojo.

Con la demolición popular del Muro en 1989, acometida por una multitud a pico y martillo mientras sonaban los acordes del exiliado violonchelista Rostropovich, terminaba el siglo XX, de acuerdo a la cronología heterodoxa fijada por el historiador británico Eric Hobsbawm, quien lo definió como un siglo «corto», iniciado en 1914 con la Primera Guerra Mundial.

La caída del Muro se convirtió en el símbolo más visible del derrumbe del socialismo real, que hizo implosión tras el fracaso rotundo de la planificación centralizada, de aquel sistema burocrático de «ordeno y mando» como lo definiera Mijaíl Gorbachov, quien intentó infructuosamente reformarlo mediante la Glasnost (transparencia) y la Perestroika (reestructuración).

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Por aquellos días, se darían también los gobiernos encabezados por antiguos disidentes como el sindicalista Lech Walesa y el dramaturgo Vaclav Havel; el equívoco triunfalismo del hegeliano Francis Fukuyama, predicando el Fin de la historia; la reunificación alemana; el despegue de Estonia con sus reformas turboliberales; el breve interregno democrático ruso con Boris Yeltsin y la posterior recaída autoritaria con Vladimir Putin.

En América Latina, el colapso del comunismo obligó a la Cuba de los Castro al austero «período especial» primero, y a co-impulsar con Lula da Silva el Foro de São Paulo después. Esta entidad tenía el cometido de promover la llegada al poder de sus partidos integrantes por la vía electoral, los mismos que posteriormente procederían a desmontar las democracias desde adentro, poniendo además sus economías al servicio de la dictadura cubana, algo especialmente patente en el caso del petropopulismo venezolano.

A treinta años de la caída del Muro, nuestro subcontinente no termina de salir de esa estrategia de sustitución: el Madurato, la Nicaragua de Ortega y la Bolivia de Morales acuden cada vez más a medios pretorianos, mientras Argentina reincide en el kirchnerismo con negros nubarrones para la libertad de prensa.

Esto confirma que no hay ningún Fin de la historia, sino una batalla cíclica por la libertad que, como bien dijo Benjamin Franklin, exige una «eterna vigilancia» para defenderla de sus enemigos.

Una de las dimensiones fundamentales de ese conflicto se da en el ámbito de la cultura, de la lucha de ideas, que por una parte necesita con urgencia la incorporación de nuevas generaciones de pensadores liberales, y por otro lado debe encarar el desafío de comunicar estas propuestas a los emprendedores populares, muchas veces informales, que siguen embaucados por una demagogia socialista que va a contracorriente de sus realidades.

Emilio Martínez Cardona es escritor y analista político uruguayo-boliviano.
(https://es.panampost.com/editor/2019/11/09/treinta-anos-sin-el-muro/?fbclid=IwAR3MNTmbhAqOhwUUWieZgM0vDX7VESQFRWwJBHigo1-H0puE8IqFD_DuP08)

miércoles, 26 de junio de 2019

Holodomor, el genocidio ucraniano perpetrado por la secta comunista soviética


Víctima del Holodomor

Holodomor, también llamado Genocidio Ucraniano u Holocausto Ucraniano, es el nombre atribuido a la hambruna que asoló el territorio de la República Socialista Soviética de Ucrania, durante los años de 1932-1933, donde perecieron entre 7 y 10 millones de personas por lo que se la considera la mayor catástrofe mundial del Siglo XX provocada por el hombre.[1]

Teniendo como referencia la definición jurídica de genocidio, se verificaría la naturaleza genocida del Holodomor al confirmarse de haber sido una hambruna planificada por el régimen comunista de la URSS comandado por Iósif Stalin.

Si bien otras hambrunas también fueron provocadas en otras regiones de la Unión Soviética, el término Holodomor es aplicado específicamente a los sucesos ocurridos en Ucrania.

Hacia marzo de 2008, el parlamento de Ucrania y diecinueve gobiernos de otros países han reconocido las acciones del gobierno soviético como un acto de genocidio. La declaración conjunta de las Naciones Unidas de 2003 ha definido la hambruna como el resultado de políticas y acciones crueles del régimen totalitario que causaron la muerte de millones de personas. El 23 de octubre de 2008, el Parlamento Europeo adoptó una resolución en la que se reconocía el Holodomor como un crimen contra la humanidad.

Sumario
1 Etimología
2 Artículos de opinión
3 Referencias
4 Artículos relacionados
5 Enlaces externos
5.1 Videos
Etimología
La palabra Holodomor proviene del ucraniano, y significa matar por hambre. El término fue utilizado por primera vez por el escritor Oleksa Musienko en un reportaje presentado a la Unión de Escritores Ucranianos de Kiev en 1988.

En el cuarto sábado del mes de Noviembre, en Ucrania y en las comunidades ucranianas de todo el mundo, se conmemora el acontecimiento y se rinde homenaje a las víctimas del Holodomor.

Artículos de opinión

Víctima del Holodomor
Holodomor

por Denes Martos


¿Alguno de ustedes oyó alguna vez el término "Holodomor? ¿Saben qué significa?

La expresión es ucraniana y consiste, en realidad, del acople de dos palabras: "holod" que significa "hambre", y "moryty" que significa "causar sufrimiento, matar". "Holodomor" significa, pues, "muerte por hambre". Pero aclaremos una cosa: no se refiere a una muerte por inanición causada por circunstancias catastróficas que se hallan fuera del control del ser humano como podría haber sido antaño una sequía muy prolongada o una plaga imposible de controlar. Se refiere a la deliberada, resuelta y decretada decisión de matar a alguien por hambre. Y no se refiere a una historia de ficción ni a un drama literario nacido de la frondosa fantasía de algún autor de novelas. Se refiere a un hecho histórico concreto; a algo que realmente ocurrió en la Rusia soviética y especialmente en Ucrania durante los años 1932/1933.

Para entenderlo en toda su magnitud tenemos que hacer un poco de Historia.

Rusos y ucranianos han tenido durante muchos años una relación bastante tormentosa. La siguen teniendo hoy mismo con una parte importante de su población que quisiera ser independiente del coloso ruso mientras la otra parte, igualmente importante, se considera parte de él.

Cuando la Revolución Bolchevique de Lenin triunfa en Rusia, en 1917, Ucrania no se integra ni alegre ni automáticamente al nuevo imperio comunista ruso. Ya en 1921/1923 el nuevo régimen experimenta con el arma del hambre cuando aprovecha una gran sequía para aplastar la resistencia ucraniana. Ocho años después de la muerte de Lenin ocurrida en 1924, Stalin decide quebrar definitivamente esa resistencia que había comenzado a generar un renacimiento del nacionalismo ucraniano y fomentaba las aspiraciones a lograr un Estado independiente. Stalin, un "especialista" en cuestiones de nacionalidades siempre opinó que la "cuestión ucraniana" era, en esencia, una cuestión campesina y que el campesinado constituía la principal fuerza del movimiento nacional ucraniano.

Por otra parte, el gobierno soviético se encontró con serias dificultades provenientes del sector agrario no solo en Ucrania sino prácticamente en toda Rusia. En 1928 la agricultura soviética tuvo un déficit de unas 2 millones de toneladas de grano. El gobierno adujo que el grano estaba siendo acaparado y ordenó la requisa de 2.5 millones de toneladas. El resultado fue que la requisa desanimó a los productores y se produjo incluso menos grano que antes. La respuesta del gobierno vino al año siguiente, en Noviembre de 1929, cuando el Comité Central del Partido Comunista decidió la colectivización forzosa de la producción agraria. Obviamente la medida produjo grandes resistencias en todas partes y, no en menor medida, en la zona de Ucrania. Los campesinos, obligados a incorporarse a las granjas colectivas y a entregar su producción al Estado – a precios establecidos por el Estado y según cuotas de producción también dictadas por las autoridades – intentaron resistirse guardando para sí al menos lo indispensable para su subsistencia.

Así las cosas, el 7 de Agosto de 1932 el gobierno soviético con la firma de Stalin promulgó una ley que autorizaba a ejecutar lisa y llanamente a quienes se "apropiaran indebidamente" de lo que ahora ya era "propiedad estatal" o bien, y en el mejor de los casos, a condenar a 10 años de prisión (mínimo) a los infractores si se daban "causas atenuantes". La ley tuvo como consecuencia una ola de arrestos y ejecuciones masivas. Se condenaron incluso a niños sorprendidos en el momento de tomar un puñado de granos de las tierras que solo hacía poco habían pertenecido a sus padres. Además, la imposición de las llamadas "multas en especie" sobre campesinos individuales y aldeas enteras que no habían cumplido con las exageradas cuotas de producción impuestas por el Estado le permitió al gobierno soviético confiscar – además del grano – todo otro alimento existente. Y por si esto fuera poco, en el mismo mes de Agosto de 1932 se prohibió el comercio minorista con lo que los campesinos quedaron imposibilitados hasta de comprar pan.

Durante el otoño de 1932 se confeccionaron listas adicionales que prohibieron la venta de productos tales como querosén, fósforos y otros productos de primera necesidad en concepto de castigo a granjas colectivas y a individuos que se hallaban atrasados en la entrega de las cuotas de producción exigidas.

Y después de haber confiscado todo el alimento existente, incluyendo el ganado, las regiones "incumplidoras" fueron prácticamente selladas por las tropas del Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos, o NKVD. En Enero de 1933 las fronteras de la Ucrania soviética y la región del Kuban fueron cerradas por el NKVD y por destacamentos armados para evitar que los pobladores de la región afectada por la hambruna se desplazaran a otras zonas de la Unión Soviética en busca de comida. Durante las seis semanas posteriores a la resolución que prohibía a los ucranianos cruzar sus fronteras, cerca de 220.000 personas fueron arrestadas por tratar de violar la prohibición. Unas 186.000 de ellas fueron obligadas a regresar a sus lugares de origen y enfrentar la hambruna. Más aún: se prohibió la venta de pasajes ferroviarios o fluviales a los campesinos y, por si esto fuera poco, se prohibió que se trasladaran a las ciudades ya que en ellas eventualmente hubieran podido hallar, quizás, algo para comer.

El resultado final de todo ello fue el Holodomor.

Millones de personas muertas.

De hambre.

¿Cuántos millones? Como de costumbre, a la hora de contar cadáveres las cifras varían dependiendo de quién hace el conteo. Desde un millón y medio contados por quienes tratan de minimizar el hecho, hasta dieciocho millones contados por los que pueden tener algún interés en exagerarlo. La cifra de los historiadores más serios y mejor documentados oscila entre 7 y 10 millones. La de 10 millones es la cifra que Stalin le confesó a Churchill en una conversación privada. Quizás "redondeó para arriba" sin darle mucha importancia a la exactitud. Pero, como siempre sucede, los números – aunque expresan un orden de magnitud, lo que no es poco – no constituyen lo verdaderamente trascendente.

Porque lo que realmente importa es el motivo.

Por de pronto, hay que descartar la mala cosecha o la sequía como quisieran insinuar algunos que tratan de barrer el Holodomor bajo la alfombra. La cosecha de 1932 fue suficiente. Tan suficiente que el gobierno soviético exportó 1.6 millones de toneladas de grano en 1932 y 2.1 millones de toneladas en 1933. Eso sin considerar que las destilerías soviéticas estaban produciendo a pleno procesando toneladas adicionales del valioso grano para convertirlo en alcohol también destinado a la exportación. Los ucranianos se quedaron sin comida, pero el mundo no se quedó sin vodka.

Además, es sintomático que el gobierno soviético se negara a reconocer siquiera la existencia de la hambruna rechazando airadamente como propaganda antisoviética la asistencia ofrecida por varios países y por organizaciones humanitarias internacionales. Cuando el censo realizado en 1937 reveló una brusca disminución de la población ucraniana a raíz del Holodomor, los que habían realizado el censo terminaron siendo fusilados y los resultados del censo simplemente se suprimieron. Durante décadas enteras, para la historia oficial el Holodomor simplemente no existió.

Los actuales historiadores ucranianos en general señalan que el objetivo de la hambruna artificialmente creada fue el de destruir la idea nacional en Ucrania exterminando las élites nacionales por un lado y su base social por el otro para luego convertir a los campesinos sobrevivientes en obedientes "proletarios rurales" de un agro monopolizado por el Estado ruso. Mucho de cierto seguramente hay en ello; no en vano entre 1917 y 1923 Stalin operó como Comisario del Pueblo para Cuestiones de Nacionalidades y, desde su posición de georgiano, sus simpatías por Ucrania no fueron nunca demasiado fuertes. Por decirlo lo más suavemente posible.

También es verdad que, luego de la muerte de millones de ucranianos, buena parte de las vastas zonas asoladas del país fueron repobladas con pobladores rusos. Un desplazamiento demográfico artificial cuyas consecuencias conflictivas se sienten hasta el día de hoy. Y también es verdad que gran parte de los funcionarios comunistas que dirigieron y ejecutaron la masacre fueron designados y enviados por Moscú a Ucrania. Empezando por Lazar Kaganovich — uno de los principales ejecutores y asociados de Stalin — y siguiendo por figuras realmente siniestras como Pavel Postyshev ("el verdugo de Ucrania"), Stanislav Redens, Vsevolod Balytsky, Viacheslav Molotov, Stanislav Kosior o Mendel Khataievich, difícilmente alguno de ellos pueda ser correctamente descripto como ucraniano.

Pero, más allá de la cuestión etnocultural, es innegable que también jugaron otros factores. En realidad, los ucranianos fueron víctimas de un criterio sociopolítico que trascendía la cuestión de la nacionalidad. Y la prueba de ello es que, si bien fueron los más severamente afectados, no fueron los únicos ya que en otras regiones de la Unión Soviética sucedieron hechos idénticos.

La "Gloriosa Revolución" del proletariado había tenido lugar en una Rusia mayoritariamente agraria en la que el proletariado industrial propiamente dicho constituía una manifiesta minoría. Consecuentemente, una vez consolidada en el poder y siguiendo lo más estrictamente posible sus postulados doctrinarios marxistas, la cúpula soviética se propuso industrializar Rusia a marchas forzadas. Pero para generar industrias y proletarios industriales se necesitaba dinero. Y, para obtener dinero, se necesitaba – entre otras cosas – exportar. Y una de las pocas cosas que la Rusia soviética se hallaba en condiciones de exportar era precisamente su producción agraria. Por lo que esa producción agraria tenía que aumentar; tenía que volverse más eficiente con la mecanización del agro y con la instauración de grandes unidades productivas que pudiesen ser explotadas científicamente. Aunque si consideramos los desvaríos de un sujeto como Trofim Lysenko el nivel científico resultó ser durante mucho tiempo por demás cuestionable, la respuesta del Estado soviético consistió básicamente en la colectivización forzada de la propiedad agraria.

Lo irónico del caso es que el proyecto tropezó con una piedra que los mismos comunistas habían plantado. Al principio de la revolución las propiedades de los grandes terratenientes fueron confiscadas y, en su mayor parte, distribuidas entre los campesinos. Con ello se generó una amplia masa de campesinos, propietarios de pequeñas y medianas extensiones de tierra, que sumada al pequeño y mediano campesinado preexistente terminó siendo el obstáculo más serio a la colectivización. Ahora que los grandes latifundios habían sido fraccionados, los planificadores comunistas de pronto se dieron cuenta de que, con pequeñas unidades de 5 a 10 hectáreas, la producción no resultaba eficiente. Pero tampoco al pequeño o mediano campesino le entusiasmaba precisamente la idea de ceder su tierra a la granja colectiva y su producción al Estado.

El gobierno soviético, al percibir la resistencia, comenzó por equiparar el concepto de “campesino rico” al de “capitalista”. Nació así el concepto de “kulak”, empleado al principio para designar a los propietarios medianos con cierto patrimonio pero luego generalizado y aplicado como estigma despectivo y finalmente criminal a todo aquél que se opusiera a la colectivización. Con ello estuvieron dadas las condiciones para catalogar al campesinado como “clase explotadora” y, por consiguiente, llevar la lucha de clases al campo. En suma: el Estado creó una clase social por decreto para aplicarle luego la lógica – y los procedimientos – de la lucha de clases según la teoría marxista.

Y, tal como lo requería el dogma vigente, ese mismo Estado tomó la deliberada, resuelta y firme decisión de exterminar esa “clase explotadora enemiga de la revolución y del pueblo” que le impedía la proletarización del agro.

Y lo consiguió.

Matándola de hambre.

Desde el año 2006, en Ucrania el Holodomor se conmemora cada cuarto sábado de Noviembre. El 28 de Noviembre de 2006 el parlamento ucraniano sancionó una ley declarando a la matanza como genocidio. El 13 de Enero de 2010 la Corte de Apelaciones ucraniana sentenció que los dirigentes del gobierno soviético habían sido los culpables de ese genocidio.

Sin embargo, ninguno de los promotores y ejecutores fue juzgado y condenado en vida por el hecho. Lazar Kaganovich, uno de los más notorios culpables de la masacre, casi sobrevivió al propio comunismo soviético. Falleció en 1991, a los 97 años de edad. En su casa. En la cama.

Si bien una docena de países también han reconocido al Holodomor como genocidio (entre ellos la Argentina), el Parlamento Europeo, las Naciones Unidas y otros organismos internacionales no lo reconocen como tal y lo mencionan solo como “tragedia” o a lo sumo como “crimen de lesa humanidad”.

Quizás sea superfluo señalarlo, pero tampoco los sobrevivientes del Holodomor – hayan sido ucranianos o no – recibieron indemnizaciones o compensación alguna por los sufrimientos padecidos.

Uno no puede menos que preguntarse ¿por qué?

¿Por qué algunas masacres se publicitan cultivando una memoria casi neurótica mientras otras se admiten con un encogimiento de hombros y, a lo sumo, con un “¡qué barbaridad!” resignado?

Alguien alguna vez me tendrá que explicar por qué algunos consideran que una persona muerta por pertenecer a una etnia o nacionalidad es supuestamente más digna de ser recordada que la que fue asesinada por pertenecer a una clase social.

Referencias
 Ucrania: La mayor catástrofe mundial del Siglo XX provocada por el hombre.
(https://es.metapedia.org/wiki/Holodomor?fbclid=IwAR0Yr1rQ3yXAN1HvKLf3BjVEb-m-bP5OGIzLehCKLQkk5pUs2xEQiIwcp3U)

domingo, 10 de marzo de 2019

La II República se puso a las órdenes del criminal Rosemberg, enviado del criminal Stalin

Stalin

El criminal de guerra Stalin, jefe máximo de la secta comunista soviética.

“Cazar curas y monjas se convirtió en una forma de participar en la construcción social de la retaguardia republicana”, afirma el historiador Antonio Manuel Moral.
Javier Paredes 10/03/19
De tanto tensar a la sociedad manipulándola, se ha roto la cuerda del respeto a Pedro Sánchez y a sus ministros. El Ministerio de Asuntos Exteriores, por aquello de que el Pisuerga pasa por Valladolid, ha enviado una circular a las embajadas y a los consulados comunicándoles que como el Gobierno está conmemorando el octogésimo aniversario de los que se marcharon al exilio después de la Guerra Civil, ha creído conveniente elaborar un logo con la bandera republicana, para incluirlo en los pies de firma del correo electrónico de todo el personal diplomático español en el extranjero.

Y al final del comunicado aparece la conexión de José Borrell con Dolores Delgado, la ministra de Justica, pues el escrito concluye ordenando que las unidades que hagan uso del logo republicano lo deben comunicar a una dirección de correo del Ministerio de Justicia. ¡Qué miedo da la amiga de Garzón pasando lista! Sí, ya sé que el Gobierno socialista ha dado marcha atrás en lo del logo republicano… ¡Lástima! Demasiado tarde, porque en el primer movimiento se ha vuelto a ver que la patita es del lobo y no de la madre de los cabritillos, por más harina que la disimule.

Pero como el miedo es libre, no ha faltado quien se lo haya echado a la espalda, como el diplomático Fernando Villalonga que, según ha publicado el ABC, ha manifestado: “Yo no pienso enviar ningún correo con la bandera republicana. ¡Viva el Rey! Además, a mi abuelo nos lo entregó mutilado esa República comunista y a tres tíos fusilados… los cuatro en un “paseíllo” (sin juicio). En casa se perdonó y nunca más se habló de ello”.

Los ministros de Pedro Sánchez no saben lo que se hacen. Promocionar la Segunda República Española, en ambientes diplomáticos de Europa y América, es como colgar en el cuello de Drácula una ristra de ajos. Aunque se comprenden las carencias culturales de este equipo ministerial, porque con tantos pisos de su propiedad como tienen que administrar, con tantas Sociedades Limitadas, limitadísimas… como montan para desgravar impuestos y con tantas tesis doctorales y libros que han tenido que escribir, ya no les da la vida para leer y se les ha encanijado la Historia en sus cabezas.

Recientemente, el profesor de Historia Contemporánea de mi Facultad, Antonio Manuel Moral Roncal, ha publicado un documentado trabajo titulado Estudios sobre asilo diplomático en la Guerra Civil Española, editado por el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alcalá. Son muchos los aspectos importantes que descubre Moral Roncal, pero me ha llamado la atención el capítulo dedicado al embajador de la Unión Soviética en España, Marcel Israilevich Rosemberg, que llegó a Madrid el 27 de agosto de 1936.

Stalin envió numerosos instructores y supervisores para sembrar el terror en la Zona Roja 
Trajo con él un nutrido séquito, con el que se instaló en el lujoso Hotel Palace, donde los soviéticos ocuparon tres pisos. Y le faltó tiempo al Gobierno para poner a su disposición cuarenta policías españoles. Pero como tal número de policías a los socialistas les debió parecer de poca consideración con el enviado de Stalin, añadieron a lo del Gobierno un servicio de vigilancia con milicianos pertenecientes al Sindicato de Artes Blancas de la UGT. Y hasta hubo sus más y sus menos entre los policías y los milicianos, porque en su afán de hacer méritos ante Stalin, los dos grupos querían tener el honor en exclusiva de acompañar al embajador comunista en sus salidas. Y en medio de esta tan servil porfía llegaron a un acuerdo, de modo que detrás del coche del embajador iría otro de la policía y a continuación otro más de los milicianos pertenecientes al sindicato de la UGT dando escolta.

Los Gobiernos presidios por Giral y Largo Caballero, así como Azaña desde la presidencia de la República, se pusieron al servicio del enviado de Stalin, y lo que es peor a sus órdenes, a pesar de que conocían sus intenciones, porque el primer día que estalló la Guerra Civil, desde Moscú se transmitió al Partido Comunista de España lo que había que hacer, en términos tan categóricos como estos: “Es necesario crear un tribunal especial para aventureros, terroristas, conspiradores y rebeldes fascistas y aplicarles la pena máxima, incluida la confiscación de bienes”. Es decir, sembrar el terror mediante el asesinato y el robo, en lo que socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos del partido de Azaña cumplieron con creces.

De la sumisa actitud adoptada por el Gobierno republicano ante el embajador de Moscú, el profesor Moral Roncal cuenta en su libro un acontecimiento muy ilustrativo. Los primeros días de noviembre de 1936 el diplomático argentino Edgardo Pérez Quesada, mandó un informe a sus superiores manifestándoles que durante la entrevista que mantenía con el ministro de Estado, el socialista Álvarez del Vayo, el embajador soviético, Rosemberg, irrumpió en el despacho e interrumpió su conversación y, sin quitarse el sombrero ni el abrigo, se dirigió al ministro en una actitud propia de quien ejerce una jefatura y procede con la característica desenvoltura de un patrón. Y el diplomático argentino concluye el informe con estas palabras: “Funcionan en Madrid checas y tribunales constituidos exclusivamente por súbditos rusos. Y en todo se advierte una infiltración absoluta de los soviets en la actuación y desarrollo de los hechos desde el ángulo ministerial de la República”.

“El pegamento” que unió a fuerzas tan dispares para sembrar el terror fue el odio a la religión 
Sí, ciertamente, como afirma Moral Roncal, Stalin envió numerosos instructores y supervisores para sembrar el terror en la Zona Roja, lo que no elimina la responsabilidad de Azaña y ni de los gobiernos republicanos, porque en definitiva fueron ellos, españoles, los que decidieron apretar el gatillo para asesinar a otros españoles. Y no puedo estar más de acuerdo con Moral Roncal cuando afirma que “el pegamento” que unió a fuerzas tan dispares para sembrar el terror fue el odio a la religión, pues —en palabras de este historiador— “cazar curas y monjas se convirtió en una forma de participar en la construcción social de la retaguardia republicana”.

Como demuestra este libro, el comportamiento de las autoridades republicanas fue condenado por la totalidad de los diplomáticos que permanecieron en Madrid durante la Guerra Civil. Los diplomáticos fueron testigos directos e imparciales de lo que estaba sucediendo en retaguardia. Los testimonios extraídos de los archivos que ofrece en este libro Moral Roncal son abrumadores.

Para el Gobierno, el catolicismo no merece ni la libre conciencia, ni el libre ejercicio del culto 
Y quiero acabar este artículo transcribiendo un párrafo del embajador francés Labbone, bien significativo por representar a la Francia de la IIIª República, cuya identidad anticlerical es innegable. Pero a pesar de este rasgo nada proclive a la Iglesia católica, el embajador francés no pudo menos de transcribir los hechos que vio, esos hechos que ahora la izquierda pretende ocultar y tergiversar, mediante la Ley de Memoria Histórica. Esto es lo que decía uno de los párrafos del informe del embajador Labbone:

“La España republicana se dice democrática. Sus aspiraciones, sus preocupaciones políticas esenciales la empujan hacia las naciones democráticas de Occidente (…) pero permanece muda hacia el catolicismo y no lo tolera en absoluto. Para el Gobierno, el catolicismo no merece ni la libre conciencia, ni el libre ejercicio del culto. El contraste es tan flagrante que despierta dudas sobre su sinceridad, que arrastra el descrédito sobre todas sus restantes declaraciones y hasta sus verdaderos sentimientos (…) A pesar de sus negaciones, a pesar de todas las pruebas aducidas de su independencia y de su autonomía, se le cree ligado a las fuerzas extremistas, a los ateísmos militantes, a las ideologías extranjeras.”

Javier Paredes
Catedrático de Historia Contemporánea de la Univerdad de Alcalá
(https://www.hispanidad.com/la-resistencia/la-ii-republica-se-puso-a-las-ordenes-de-rosemberg-el-enviado-de-stalin_12008160_102.html?fbclid=IwAR3pOpQbFOK_IsRomLZF2EurUIXUW5Cy-ieiwBK9pWxp0y4RhtqDAGqMFKg)

lunes, 4 de marzo de 2019

El Holocausto soviético: cómo la secta comunista soviética mató de hambre a 4 millones de ucranianos

Una familia rural ucraniana, muriéndose de hambre durante el periodo conocido como Holodomor.

Una familia ucraniana muriendo de hambre durante el genocidio cometido por la secta comunista soviética, conocido como "Holodomor".

2 marzo, 2019 03:00

David Barreira  @davidbr94
La situación de los campesinos ucranianos comenzó a ser desoladora a comienzos de la primavera de 1932. Apenas había alimentos básicos que llevarse a la boca; a los niños les hinchaba el estómago a causa del hambre y muchas familias se vieron obligadas a subsistir a base de una dieta de hierba y bellotas. La Unión Soviética, ese mecanismo infalible, igualitario, que había puesto en marcha los planes de colectivización agraria, patinaba en sus políticas. Sus camaradas sucumbían ante la escasez, ¿y qué se hizo desde Moscú? Nada, simplemente tapar las muertes con silencio.

Algunos campesinos, ya sin nada a lo que agarrarse, escribieron al Kremlin en busca de una solución divina: "Honorable camarada Stalin, ¿hay alguna ley del Gobierno soviético que establezca que los aldeanos deban pasar hambre? Porque nosotros, los trabajadores de las granjas colectivas, no hemos tenido una rebanada de pan en nuestra granja desde el 1 de enero (...) ¿Cómo vamos a construir la economía del pueblo socialista si estamos condenados a morir de hambre? ¿Para qué caímos en el frente de batalla? ¿Para pasar hambre? ¿Para ver a nuestros hijos sufrir y morir de inanición?".

Sin embargo, las respuestas nunca llegarían. El balance final sería escalofriante: entre 1931 y 1934 al menos cinco millones de soviéticos murieron de hambre. Ese período se ha definido como Holodomor, un término derivado de las palabras ucranianas hólod (hambre) y mor (exterminio). Y es que si hubo un lugar en el cual las muertes se registraron de forma imparable —también dentro de su élite política e intelectual—, ese fue Ucrania, con más de cuatro millones de víctimas. Estos asesinatos —por dejación en unos casos, premeditados en otros— no tuvieron nada que envidiarle a las purgas de Stalin.

Sobre estos oscuros acontecimientos gira la última obra de la aplaudida escritora Anne Applebaum, Hambruna Roja (Debate), un relato minucioso, basado en multitud de testimonios y archivos clasificados, de cómo las políticas articuladas desde el Kremlin fueron las propias causantes del exterminio humano, por mucho que quisiese ocultarse. Y de ahí se arrastran conflictos que todavía permanecen en el presente: "La combinación de estas dos políticas —el Holodomor en el invierno y la primavera de 1933, y la represión de la clase intelectual y política ucraniana en los meses posteriores— dio lugar a la sovietización de Ucrania, la destrucción de su idea nacional y la castración de cualquier intento ucraniano de desafiar la unidad soviética", sostiene la Pulitzer en la categoría de no ficción por Gulag.

Applebaum ha sido capaz de construir una escalofriante travesía por el sufrimiento al que hubo de enfrentarse esta gente, sola, desamparada, sin nada que comer y a la que no se le permitió huir a otras zonas más prósperas. Los testimonios que se van encadenando en el libro son puro dolor, inhumanidad, que describen comportamientos impensables para el ser humano, como cuando en las zonas rurales se generalizó el canibalismo —incluso hay registrados de padres que devoraban a sus hijos— o la necrofagia, el consumo de cadáveres que habían fallecido de inanición.

Resulta escalofriante la historia de una señora de cincuenta años, que habitaba en el distrito de Bohuslavski, y le cortó el cuello a un niño de doce años para descuartizarlo. Cuando un vecino la vio con los órganos y otras partes del cuerpo del joven, se tragó la película de que procedían de un ternero. Cocinaron para toda la familia, se comieron el corazón asado y cuando el anciano rebuscó en la bolsa para ver qué cachos más de carne podían ser desaprovechados, se topó con la realidad.

Según algunos cálculos, el Holodomor provocó más de cuatro millones de muertes en Ucrania.
Según algunos cálculos, el Holodomor provocó más de cuatro millones de muertes en Ucrania.

El hambre llegó a un nivel semejante que muchos ucranianos se vieron impulsados a actitudes salvajes. Esos efectos de la hambruna los describió el escritor Vasili Grossman en Todo fluye: "Al principio el hambre te echa de casa. Primero es un fuego que te quema, te atormenta, te desgarra las tripas y el alma: el hombre huye de casa (...) Luego llega el día en que el hambriento vuelve atrás, se arrastra hasta casa. Esto significa que el hambre le ha vencido, aquel hombre ya no se salvará. Se mete en la cama y permanece tumbado. Una vez el hambre lo ha vencido, el hombre ya no se levantará, no solo porque ya no tenga fuerzas: le falta interés ya no quiere vivir. Se queda tumbado en silencio y no quiere que nadie lo toque. El hambriento no quiere comer (...) no quiere que le molesten: quiere que le dejen en paz".

Mijaíl Shólojov, otro novelista soviético de renombre, remitió a Stalin varias cartas en las que describía este fenómeno, visto con sus propios ojos en algunas zonas rurales del Cáucaso septentrional: "Los kolsojianos y los granjeros particulares se están muriendo de hambre a partes iguales; los adultos y los niños están hinchados y comen cosas que ningún ser humano debería comer jamás, desde carroña hasta la corteza de los robles y todo tipo de raíces embarradas". En otros escritos posteriores, Shólojov también se quejaba al líder soviético de las purgas del Partido Comunista entres sus afiliados de base.

"Usted solo ve un asunto de la cuestión", le respondió Stalin. "Los productores de cereal de su región (y no solo de la suya) están llevando a cabo un sabotaje y dejando al Ejército rojo sin cereal". Esos hombres, granjeros aparentemente inofensivos, estaban, según su versión, librando "una guerra silenciosa contra el poder soviético". La única explicación que dio Stalin, como bien señala Applebaum, fue agarrarse a las teorías conspirativas: "Los que se estaban muriendo de hambre no eran inocentes, al contrario, eran traidores, saboteadores, estaban conspirando para debilitar la revolución proletaria".
(https://www.elespanol.com/cultura/historia/20190302/holocausto-sovietico-stalin-mato-hambre-millones-ucranianos/379712242_0.html?fbclid=IwAR2qHW_pywYwGfepVsAIuQ_Tceehzz8OHKGXY0E4F5wjpZkE2zjEsKNyKnU)

sábado, 9 de febrero de 2019

No olvidar: la vida bajo el yugo de la secta comunista soviética era inhumana


El comunismo prometió la utopía, pero produjo vidas más desagradables, más pobres y más breves.

Este noviembre marcó 100 años de la Revolución de Octubre y el inicio del desastroso experimento de 69 años de la Unión Soviética con el comunismo. En tanto que los horrores del nazismo son bien conocidos, la mitad de los británicos en edades entre 16 y 24 años nunca ha oído hablar de Lenin, y mucho menos de la hambruna del terror del Holodomor. [Nota del traductor: el genocidio ucraniano por hambre debido a la colectivización de las tierras por los comunistas].

Y, aunque los apologistas explícitos de la Unión Soviética ya no son una fuerza significativa en Inglaterra (excepto aquellos que aconsejan al liderazgo laborista), mi generación no se ha dado cuenta en grado sumo de cómo era la vida en la URSS. La en una época vibrante sovietología está muriendo lentamente y los fracasos de la planificación central están desapareciendo de la memoria.

El nuevo libro del Instituto Adam Smith, titulado Back in the USSR y escrito por José Luis Ricón Fernández de la Puente, busca ilustrar exactamente cómo era la vida en la Unión Soviética. ¿Había filas para comprar comida? ¿Qué tan buenos eran los electrodomésticos soviéticos? ¿Cómo fue que la URSS se industrializó tan rápidamente? ¿Existía pobreza, desempleo o desigualdad? En un detalle concienzudo, Ricón evalúa la evidencia histórica y los alegatos de académicos importantes, a fin de brindar respuestas a estas preguntas. El cuadro resultante es lúgubre.

EL ESTANCAMIENTO ECONÓMICO Y LA FUERZA DE TRABAJO

En la raíz de la respuesta a estas preguntas están las capacidades productivas de la URSS. Mientras que el crecimiento del PIB soviético es algunas veces considerado como haber sido ejemplar, uno no puede mirar esas cifras aisladamente. En comparación con los Estados Unidos, el crecimiento de la URSS fue anémico: el bache entre los dos se amplió, en vez de reducirse con el paso del tiempo.

E incluso este crecimiento vino con un costo; el del consumo sacrificado intencionalmente en nombre de una tasa de crecimiento más rápida. Stalin puede haber logrado un nivel más alto que la Rusia zarista como hipótesis de contraste, pero eso se dio a un precio enorme sólo en términos de los costos en el bienestar económico (sin tomar en cuenta a la hambruna, la represión y el terror).

Asimismo fue insostenible, como lo muestra el estancamiento posterior. Un crecimiento convergente -agregando más capital- es algo que las economías planificadas han estado en capacidad de hacer. Sin embargo, eventualmente llegan a un punto en el cual necesitan mejorar la calidad de ese capital. Eso significa innovación, algo con lo cual ellos han forcejeado. Gracias a los problemas inherentes con la planificación central, la baja productividad fue una plaga en la URSS. Resultó que simplemente el comunismo no era muy eficiente.

Al menos todo mundo tenía trabajo, ¿verdad? Bueno, en cierto modo. Gracias a los métodos soviéticos para asignar trabajadores a los diferentes empleos, las fábricas acumularon mano de obra y crearon “empleos falsos” en caso de que en el futuro se necesitara más mano de obra. Esto resultó en un subempleo, con trabajadores ociosos siendo subutilizados. Y las condiciones laborales en la URSS se quedaron muy atrás de aquellas de muchos países capitalistas. Los trabajadores en la desaparecida Unión Soviética tenían derecho a menos de la mitad de las vacaciones que, en esa época, tenían los de países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico).

En cuanto a la idea de que una alta participación femenina en la fuerza de trabajo era un triunfo feminista del comunismo, eso es difícil de cuadrar con las prohibiciones de Stalin al aborto, las barreras legales al divorcio y, por lo general, con el papel permanente de las mujeres como amas de casa y cuidadoras de niños. Las mujeres no trabajaron porque estaban emancipadas de las normas de género; lo hicieron porque lo requería el modelo económico soviético insostenible.

COMIDA, ROPA Y SALUD

Estas limitaciones económicas hicieron que la vida diaria en la Unión Soviética fuera menos que deseable. La camisa promedio que usted usa para ir al trabajo cuesta un 10 por ciento del salario mensual promedio: una ganga de sólo 170 libras esterlinas cuando se traslada a las cifras actuales del Reino Unido [Nota del traductor: más de 126 mil colones en Costa Rica]. ¿Y un abrigo de invierno para protegerlo del frío ruso? Todo el salario de un mes, lo cual puede explicar por qué casi una cuarta parte de la población soviética no podía pagarse uno.

A la hora de su almuerzo, usted sólo tenía que hacer una fila de unas pocas horas para disfrutar del doble de papas que el equivalente estadunidense (aunque tenía que pasársela con sólo la mitad de la carne). ¿Quiere conservar las sobras en el refrigerador? Sólo tiene que esperar unos pocos años para ser dueño de uno. Aun así, no pierda su tiempo de una hora para recoger algo que usted ordenó y que se le entregará en un sitio acordado; usted no tendrá una segunda oportunidad. Si quiere manejar a su casa desde el trabajo, en vez de temblar en su camisa de 170 libras esterlinas, porque usted no puede comprar un abrigo de invierno, tendrá que esperar diez años para tener un carro. En 1976 en la URSS había sólo cinco millones de carros; los estadounidenses eran dueños de casi 100 millones.

En algún momento durante ese plazo de espera de diez años por un carro, usted podría enfermarse. ¡Mala suerte! El sistema de salud soviético era atroz. Comparado con los Estados Unidos, había 30 veces más casos de tifoidea, 20 veces más casos de sarampión y las tasas de detección de cáncer eran la mitad de buenas que en los Estados Unidos. Y, al compararse con otros países en desarrollo, la URSS falló en ofrecer mejores resultados en el cuido de la salud, a pesar de tener el coeficiente médico-paciente más alto del mundo (42 por cada 10.000 habitantes). Aunque podría ser que a usted lo viera un médico “calificado,” la calidad del cuidado de la salud dejaba mucho que desear. Muchos graduados de las escuelas de medicina ni siquiera eran capaces de leer un electrocardiograma.

Como lo explora detalladamente Back in the USSR, las consecuencias de la planificación central son terribles. El comunismo prometió la utopía, pero produjo vidas más desagradables, más pobres y más breves.

Reimpreso de CapX.

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Daniel Pryor
es un Promotor de Voces Jóvenes.
(https://misesreport.com/no-lo-olvides-la-vida-en-la-union-sovietica-era-horrible/?fbclid=IwAR0BkzPyMF6r4oyJac5OL89FOPlcl8tL2qg3pc9vKRWIRPR0yuqG5E-aIYk)