"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)

jueves, 29 de octubre de 2015

La Fiesta de Todos los Santos, contrapartida espiritual y no meramente cultural de Halloween


Niños disfrazados de santos. Es una buena oportunidad para que 
aprendan la vida del santo al que representan, para 
que imiten a los santos en sus virtudes,
pero sobre todo, en su amor a Jesucristo y a la Virgen.

Sabemos que Halloween es una fiesta satánica, encubierta bajo el hábil disfraz de un inocente infantil: Halloween celebra el “cumpleaños del diablo”, es decir, el momento en el que el Diablo nació para el infierno, despojándose de la gracia santificante con la que Dios lo había dotado desde su creación, para revestirse con algo que hasta entonces no existía: el odio hacia  Dios y la rebelión contra su Voluntad, contra sus Mandamientos y contra su Amor. Halloween celebra esto, precisamente: el momento en el que el Diablo comenzó a ser Diablo; el momento en que dejó de ser ángel de luz, para convertirse en Príncipe de las tinieblas; el momento en el que eligió libremente, con su inteligencia y su voluntad angélicas, apartarse para siempre de Dios, de su Sabiduría y de su Amor, para sumergirse en la más oscura y profunda desesperación, angustia y dolor de su ser angélico abatido. “Festejar” Halloween es festejar esto: el nacimiento del Demonio como Demonio, como Ángel caído, como ángel despojado de la gracia y revestido de la soberbia, del odio y de la blasfemia contra Dios; festejar Halloween es festejar al Demonio, Príncipe del Infierno, y al Infierno, con todos sus habitantes, ángeles y condenados. Es por eso que su festejo es absolutamente contrario, no sólo al catolicismo, sino a todo orden, principio moral y bien común, porque es festejar al Destructor de la Humanidad, la Serpiente Antigua, el Ángel tenebroso que reina sobre las siniestras tinieblas vivientes del Infierno. Inducir a los niños a festejar Halloween, no sólo contraría al espíritu cristiano, sino a la humanidad toda, porque es inducir a celebrar al ser angélico pervertido que busca la ruina eterna de toda la Humanidad.

         Como contrapartida, en vez de inducir a los niños a celebrar una fiesta demoníaca, en la que se ensalzan a los habitantes del Infierno y a su Rey, el Ángel de la oscuridad abismal, es loable implementar entre los niños una fiesta opuesta a la de Halloween, una fiesta en la que se celebre al cielo, a sus habitantes, los ángeles de luz y los santos, y a su Rey, Jesucristo. Esta fiesta consiste en que los niños se disfracen de santos, los que sean preferidos por ellos. Pero para que la fiesta no quede en algo meramente exterior, es conveniente que se les lea a los niños la vida del santo que cada cual ha elegido para representarlo, para que así, de esa manera, las virtudes y sobre todo el mensaje de santidad del santo, ilumine las mentes y los corazones de los niños. Así, esta fiesta celebrará al cielo y a sus habitantes, pero sobre todo al Rey de los santos, Jesucristo, porque la vida de cada santo se caracteriza por estar centrada en Jesucristo, Dios Tres veces Santo y causante de la santidad de los bienaventurados habitantes del cielo, los ángeles y los santos. Y también es la fiesta de la Virgen, por cuanto la Virgen es la Mamá de Jesús, el Rey del cielo, y cuando se nombra a Jesús, no puede no nombrarse a la Virgen, su Mamá. De esta forma, esta festividad, la Fiesta de Todos los santos, será, para los niños, no una mera contrapartida cultural a la siniestra festividad satánica de Halloween, sino un momento de gracia, en el que los santos del cielo estarán particularmente cercanos a los niños, intercediendo especialmente para que los niños crezcan cada vez más en el deseo del cielo y en el amor a Jesucristo y a la Virgen.      

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