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lunes, 2 de noviembre de 2020

Canibalismo, sacrificios y totalitarismo: la verdad sobre el Imperio azteca que se encontró Hernán Cortés


Una de las tantas variantes de los sacrificios humanos rituales
que realizaban en América antes de la Conquista y Evangelización.

 Si precisamente medio millar de españoles lograron abrirse paso por un territorio ocupado por millones de personas fue porque muchos pueblos estaban hartos del régimen sangriento impuesto por la Triple Alianza (Texcoco, Tlacopan y México-Tenochtitlan).

Manuel P. Villatoro
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César Cervera
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Actualizado:28/03/2019 08:07h
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La idea de que los españoles deben pedir perdón por la conquista de México parte del error de base de equipar el Imperio azteca a lo que es hoy México, cuyas fronteras, cultura y estructura tiene más que ver con la Nueva España legada por Hernán Cortés que con las civilizaciones precolombinas. Si precisamente medio millar de españoles lograron abrirse paso por un territorio ocupado por millones de personas fue porque muchos pueblos estaban hartos del régimen sangriento impuesto por la Triple Alianza (Texcoco, Tlacopan y México-Tenochtitlan). Cortés firmó una serie de alianzas con estos pueblos mexicas descontentos y encabezó una suerte de revolución para derrocar a este totalitarismo sangriento.

¿Exigirá López Obrador que pidan también perdón los descendientes de la Triple Alianza (solo una parte de los indígenas que sobreviven hoy en México) a sus víctimas? La antropóloga australiana Inga Clendinnen asegura en sus trabajos que lamentar la desaparición del Imperio azteca es como sentir pesar por la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial. La cultura azteca era, según las evidencias históricas, un totalitarismo sangriento que se valía de tribus sometidas para realizar sacrificios humanos durante tres meses de festejos. Se calcula que entre 20.000 y 30.000 personas morían cada año para alimentar estas ceremonias. Las cifras varían (muchísimo) atendiendo a las fuentes que se elijan, pero todas convergen en la misma conclusión: la ingente cantidad de sacrificios humanos que perpetraban anualmente los sacerdotes mexicas antes de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo.

Y si los números del llamado «Holocausto azteca» causan tanta controversia, no parece extraño que suceda algo similar con la cantidad de cadáveres que – tras cada uno de los mencionados rituales- eran desmembrados, cocinados e ingeridos por este pueblo. De hecho, algunos historiadores han llegado incluso a negar que se produjera tal antropofagia. Sin embargo, los escritos de aquellos que acompañaron a Hernán Cortés (1485-1547) en sus conquistas corroboraron la triste verdad.

La antropóloga australiana Inga Clendinnen asegura en sus trabajos que lamentar la desaparición del Imperio azteca es como sentir pesar por la derrota nazi en la Segunda Guerra Mundial
Los españoles que atravesaron el Atlántico dejaron constancia de las prácticas caníbales con las que se toparon en el mismo instante en el que desembarcaron en Tabasco allá por 1519. Desde Bernal Díaz del Castillo (1492-1584), hasta el franciscano Bernardino de Sahagún (1499-1590). Todos ellos pusieron sobre blanco el viaje que hacía el cuerpo de una víctima desde que era sacrificada en el altar, hasta que era devorada por los aztecas. «Después de que los hubieran muerto y sacado los corazones, llevábanlos pasito, rodando por las gradas abajo; llegados abajo cortábanles las cabezas y espetábanlas en un palo y los cuerpos llevábanlos a las casas que llamaban Calpul donde los repartían para comer», explicaba el segundo.

Primeros encuentros
La aventura caníbal de Cortés tiene su origen en 1518, año en que el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, puso a este conquistador (entonces un mero terrateniente local) al mando de una armada de 11 navíos y 600 hombres.

Dejando a un lado las diferencias entre ambos (las cuales provocaron varios enfrentamientos posteriores en el Nuevo Mundo), Cortés partió hacia México con el objetivo de hacer valer las creencias de Su Majestad Carlos I. «El día 10 de febrero del año 1519 salió Hernán Cortés de la Habana con 11 buques. […] Dirijiéronse a la isla de Cozumel, donde llegaron felizmente: desembarcaron, y Cortés pasó revista general de sus fuerzas», explica Gil Gelpi y Ferro en su obra « Estudio sobre la América». Posteriormente, y tras varias idas y venidas a lo largo de la costa, la expedición arribó a Tabasco (al sur del país).

Fue en esta zona donde, según explica el propio Michael Harner en su artículo «Bases ecológicas del sacrificio azteca», los españoles tuvieron su primer contacto con el canibalismo local. Todo ello, después de haber vencido varias veces a los nativos.

Bernal Díaz del Castillo
Bernal Díaz del Castillo
El conquistador Andrés de Tapia (1498-1561) así lo confirma en su obra «La conquista de Tenochtitlán»: «[Los nuestros] hallaron alguna gente con quien pelearon, e trajeron ciertos indios; e llegados al real dijeron cómo ellos se andaban juntando para nos dar batalla e pelear a todo su poder para nos matar e comernos». Parece que al español le llamó la atención esta amenaza, pues en las siguientes líneas de su escrito vuelve a hacer referencia a ella: «Alguna gente que andaba de guerra entre unas acequias e rías decien a los nuestros que dende a tres días sería junta toda la tierra e nos comieren».

Fue un lúgubre preludio de la verdad que les esperaba al adentrarse más en el Imperio azteca. Después de varios combates, Cortés reembarcó con sus hombres y se dirigió hacia el norte bordeando la costa. Recorridos unas decenas de kilómetros, volvió a tierra y fundó la ciudad de Veracruz (llamada así, según Francisco López de Gómara, debido a que entraron en la región el «viernes de la Cruz»). Desde allí envió a uno de sus lugartenientes, Pedro de Alvarado (1485,1541), a reconocer el terreno.

Este conquistador fue el siguiente en darse de bruces con el canibalismo azteca. Al menos, así lo confirma Bernal Díaz del Castillo en sus escritos. Concretamente, el cronista dejó patente que en todos los pueblos que tomaban los españoles había «cues» (pequeños templetes con forma de pirámide) repletos de cadáveres a los que se les había arrancado el corazón como ofrenda.

«Dijo el Pedro de Alvarado que habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y piernas e que dijeron otros indios que los habían llevado para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho», añade el clérigo. En otra expedición (la que fue enviada a Cempoala), el explorador también señaló que «cortábanles los pies y los brazos y las piernas y los comían».

Otro tanto ocurrió en el verano de 1519 cuando Cortés llegó a Tlaxcala, uno de los pueblos que se resistía a rendir pleitesía a los mexicas y a su emperador, Moctezuma. Tras arribar la región, Bernal Díaz del Castillo no pudo evitar sorprenderse al ver no solo que era habitual el canibalismo, sino que encerraban en jaulas de madera a aquellos que iban a ser sacrificados y se les cebaba «hasta que estuviesen gordos para sacrificar y comer». El extremeño intentó convencer, a partir de entonces, a los nativos de que abandonasen aquella horrible práctica, pero fue totalmente inútil. Y es que, como explica el cronista, «en volviendo la cabeza hacían las mismas crueldades» una y otra vez.

Barbarie en la capital
Tras hacerse con el apoyo de esta tribu y continuar su avance, el 8 de noviembre de 1519 Hernán Cortés llamó a las puertas de Tenochtitlán, donde Moctezuma le recibió con los brazos abiertos creyendo que el español era la personificación de una de sus deidades.

«En vuestra casa estáis; comed, descansad y habed placer», señaló el emperador a los conquistadores (según recoge Francisco López de Gómara en « Historia de la conquista de México»). Posteriormente, incluso les desveló que todos los nativos sentían pavor de ellos: «Los míos tenían grandísimo miedo de veros; porque espantabais a la gente con esas vuestras barbas fieras, traíais unos animales que tragaban a los hombres y, como veníais del cielo, abajábais de allá rayos».

Sin embargo, Bernal Díaz del Castillo pronto averiguó que las costumbres de los aztecas eran mucho más terroríficas que las españolas. De hecho, se percató de ello durante una de las cenas de decenas de platos que le ofrecían a Moctezuma cada noche. Así lo dejó escrito es su obra: «Oí decir que [le] solían guisar carnes de muchachos de poca edad; y que como tenían tanta diversidad de guisados y de tantas cosas no lo echábamos de ver; porque cuotidianamente le guisaban gallinas y gallos de papada, faisanes, perdices, pajaritos de caña, palomas, liebres, conejos y muchas maneras de aves».

En palabras del conquistador, «nuestro capitán le afeó el sacrificio y comer carne humana», lo que hizo que, «desde entonces, […] no le guisasen tal manjar».

Con todo, el historiador Diego Luis de Moctezuma afirma en su obra «Corona Mexicana, o Historia de los nueve Moctezumas» que el líder no solía comer carne humana, y que solo disfrutaba de ella cuando se hacía un sacrificio. Y es que, una de las normas básicas era que el muslo derecho de la víctima siempre estaba destinado para el emperador.

El ritual
El ritual para acabar con la vida de la víctima siempre era el mismo. En primer lugar, cuatro sacerdotes sujetaban los brazos y las piernas de aquel que iba a ser asesinado, el cual se ubicada en lo alto de una pirámide. Después, un quinto religioso abría el pecho del desdichado con un cuchillo de obsidiana y le arrancaba el corazón, que era ofrecido a los dioses (o comido, atendiendo a las fuentes).

A continuación, se hacía rodar el cadáver escalones abajo. «Allí, algunos, a los que denominaban cuacuacuiltin, se apoderaban de él y lo llevaban hasta las casas que llamaban calpulli, donde lo desmembraban y lo dividían a fin de comerlo», explica Bernal Díaz del Castillo.

Recreación de un ritual azteca - P. Joubert
Recreación de un ritual azteca - P. Joubert
Moros, por su parte, es partidario de que los brazos y las piernas eran cocinados con pimientos y que la palma de la mano era un «bocado exquisito». Las crónicas también hablan de que este cruel plato se solía hacer con maíz.

¿Qué sucedía con el torso de la víctima? Bernal Díaz del Castillo no se olvida de él en su obra al hacer referencia al Real Parque Zoológico de Tenochtitlán. Y es que, en sus palabras, esta parte del cuerpo era entregada a las fieras para que se pusiesen las botas. La cabeza, finalmente, era llevada hasta un gran altar en el que se agolpaban y coleccionaban para la posteridad.

Con todo, López de Gómara señala en su obra que no había maldad en los aztecas. Por el contrario, los «propietarios» de las víctimas establecían una curiosa relación con ella (casi de paternidad) y, una vez que era asesinada, no comían de su carne.

Aquellos destinados a caer bajo el cuchillo de obsidiana solían ser guerreros capturados en batalla, aunque no siempre. «Quiero contar la manera que [los] mexicanos tienen en hacer esclavos, porque es muy diferente de la nuestra. Los cautivos en guerra no servían de esclavos, sino de sacrificados, y no hacían más de comer para ser comidos. Los padres podían vender por esclavos a sus hijos, y cada hombre y mujer a sí mismo. Cuando alguno se vendía, había de pasar la venta delante a lo menos de cuatro testigos», completa el cronista.

Noche caníbal
El 30 de junio de 1520, Hernán Cortés y sus hombres se vieron obligados a escapar de la ciudad después de que el pueblo se alzara contra ellos. Para entonces los nativos ya estaban cansados de unos españoles que, a pesar de haber accedido a la capital como amigos, habían basado su estancia en la rapiña.

A su vez, y tras acceder a la ciudad, los «monstruos barbudos» habían secuestrado al mismísimo emperador Moctezuma para tratar de hacerse con sus riquezas. Al final, a los conquistadores no les quedó más remedio que huir para evitar ser asesinados y comidos. Un punto este último que el soldado Francisco de Aguilar (1479-1571) dejó patente al señalar que la ciudad «quedó invadida» por «masas de gente» que esperaba «con impaciencia la carne de los desdichados españoles».

Batalla de la Noche Triste
Batalla de la Noche Triste
La partida (conocida posteriormente como «La noche triste») dejó unos 600 cristianos muertos y obligó a los conquistadores a retirarse hasta la región amiga de Tlaxcala. Tierra en la que, según afirma Fernando Orozco en su obra «Grandes personajes de México», fueron «recibidos con la más cordial benevolencia».

Desde allí, Cortés organizó un nuevo ataque contra la capital que fue precedido, a su vez, por varias escaramuzas para castigar a los poblados sublevados cercanos. En uno de ellos, el conquistador encontró «muchas cargas de maíz y niños asados» que habían sido enviados a la zona para servir presuntamente como provisiones. La imagen volvió a horrorizar a los peninsulares, quienes no terminaban de acostumbrarse a aquella barbarie.

Muerte en la caravana
Durante los meses en que Cortés se hallaba a las puertas de la capital azteca se vivió uno de los episodios de canibalismo más tristemente recordados por parte de los españoles. Una tragedia acaecida entre junio y julio de 1520 y cuya existencia se ponía en entredicho hasta hace dos años.

Según explica el experto en la civilización maya Éric Taladoire en su dossier «La guerra de dos mundos», durante el verano de ese año salió de la ciudad de Veracruz (al sur oeste de México) una caravana compuesta por 550 «españoles, indígenas, negros, mulatos y mestizos» en dirección a Tenochtitlán, hacia donde se dirigía Cortés con sus hombres. La comitiva se completaba con algunos nativos aliados de los conquistadores (destacando totonacos y tlaxcaltecas). Todos estaban bajo el mando de Juan de Alcántara y eran miembros del contingente de Pánfilo de Narváez.

Escena que representa a un grupo de caníbales - Theodore de Bry
Escena que representa a un grupo de caníbales - Theodore de Bry
La caravana -en la que se también había 50 mujeres y 10 niños- fue atacada por los guerreros de Texcoco. Y sus integrantes, llevados como prisioneros al poblado de Zultépec, donde les mantuvieron presos seis meses para sacrificarles paulatinamente a sus dioses en sus diferentes fiestas indígenas. El principal de estos rituales fue el ofrecido a Huizilopochtli (el dios de la guerra), aunque tampoco fue nada desdeñable la matanza que se produjo en la ceremonia en honor a Izcalli, la deidad del fuego. Posteriormente, en la festividad en honor de Huizilopochtli se vivió uno de los momentos más trágicos, pues fueron asesinados 9 hombres mesoamericanos y 9 mujeres embarazadas.

La forma en la que murieron ha generado controversia estos últimos años. Con todo, la mayoría de los expertos considera que los aztecas abrieron sus pechos y se comieron sus corazones, pues era la pieza mejor considerada de todo el cuerpo humano.

¿Por qué?
Lo que enfrenta a los estudiosos a día de hoy es la causa que llevó a un pueblo como el mexica a practicar la antropofagia. En 1977, el también antropólogo Michael Harner defendió en una investigación que la civilización precolombina comía carne humana para paliar la falta de animales en la región. En la misma señalaba que los aztecas interpretaban la guerra como una forma de «caza organizada» para conseguir alimentos. Esta práctica se vio favorecida debido a que en el Nuevo Mundo era imposible domesticar animales para su posterior ingesta, algo que sí sucedió en la vieja Europa y que permitió a los occidentales abandonar el canibalismo y empezar a verlo como un tabú.

Por su parte, Marvin Harris afirmó en su libro «Bueno para comer» que el canibalismo era utilizado como una recompensa para alentar a los guerreros a pelear. Un manjar que solo se podía obtener combatiendo y que, por tanto, obligaba a quien quería degustarlo a enfrentarse al enemigo.

“La marcha a Tenochtitlán” de Cortés
“La marcha a Tenochtitlán” de Cortés - Augusto Ferrer Dalmau
Como era de esperar, la investigación causó gran controversia, fue criticada por el mundo académico y –a día de hoy- continúa siendo atacada por expertos como Manuel Moros Peña. Este contradice a Harris señalando en su principal obra («Historia natural del canibalismo. Un sorprendente recorrido por la antropofagia desde la antigüedad hasta nuestros días») la ingente cantidad de animales que tenían los aztecas a su disposición en el amplio territorio mexica.

«Aunque es cierto que no poseían rumiantes ni ganado porcino y sus principales animales domésticos eran el pavo y el perro, los aztecas cazaban y consumían gran variedad de especies animales salvajes», destaca Moros en su libro. Entre las mismas, enumera algunas como el ciervo, el tapir, el jabalí, la zarigüeya, el armadillo, el conejo y otras tantas más. ¿Por qué no alimentarse de ellas? Se pregunta el autor.

Moros también afirma en su libro que sería absurdo utilizar la carne de un hombre adulto como fuente principal de proteínas para una tribu, pues ofrecía alimento para apenas 215 personas. «Obviamente esta cantidad era algo inútil para los 250.000 habitantes de Tenochtitlán [la capital del imperio azteca] y muchísimo más para los 2.000.000 de habitantes del Valle de México. Máxime teniendo en cuenta que solo se devoraban brazos y piernas», explica en la mencionada obra.

Otras teorías
También se ha posicionado en contra de Harner el demógrafo Sherburne Cook, quien considera en sus libros que el canibalismo tenía la finalidad real de evitar que la población mexica se disparase. Este experto llegó a cifrar en un 25% la cantidad de personas que eran ingeridas por sus semejantes. Un número que, según afirma, habría engrosado en demasía una civilización escasa de alimentos.

Sin embargo, Moros carga también contra él en su obra: «Para controlar el crecimiento demográfico, lo ideal es sacrificar doncellas y, sin embargo, la mayor parte de los prisioneros [ajusticiados] eran hombres». Según sus palabras, tampoco es demasiado lógico que –si únicamente se les asesinaba para controlar el crecimiento demográfico- se les mantuviera con vida varias jornadas antes de acabar con ellos.

Por otro lado, Fray Diego Durán (1537-1588) señala en «Historia de las Indias de Nueva España y islas de tierra firme» que los sacerdotes mexicas creían que, mediante sus rituales, convertían a la víctima en un dios reencarnado. No solo eso, sino que consideraban que todo aquel que ingiriera aquella carne después de llevar a cabo sus oraciones se vería imbuido de un poder celestial. «La tenían verdaderamente por carne consagrada y bendita, y la comían con tanta reverencia y con tantas ceremonias y melindres como si fuera alguna cosa celestial», añade.

Las últimas opciones, explicadas también por Moros, son las más aceptadas a día de hoy. La primera de ellas es la que señala que la antropofagia se llevaba a cabo como una forma de venerar a las deidades: «Los dioses obraban para el bien o para el mal. Por ello, era necesario hacerles ofrendas que no provocaran su ira». La segunda es la posibilidad de que el canibalismo fuera una forma de rendir pleitesía a los dioses para poder tener más hijos: «Contemplado desde el punto de vista mágico-religioso que presidía la vida de los aztecas, sus sacrificios humanos y su canibalismo pueden considerarse ritos de fertilidad muy elaborados basados en los principios de la magia simpatética».
(https://www.abc.es/historia/abci-canibalismo-sacrificios-y-totalitarismo-verdad-sobre-imperio-azteca-encontro-hernan-cortes-201903270213_noticia.html?fbclid=IwAR1sOlImoDB0t02xjtt231Uf5vq00X8l84K9gyMmiCe3llRF2hrT2-bwjM8)


viernes, 29 de mayo de 2020

Ramón Tamames: "Hernán Cortés fue el máximo protector de los indígenas"

El economista recoge en su nuevo libro la historia de un ambicioso empresario y conquistador y sus conflictivas relaciones con el presente.
14 febrero, 2020 03:37
 HISTORIA AMÉRICA HERNÁN CORTÉS LIBROS MÉXICO RAMÓN TAMAMES
David Barreira  @davidbr94

Acomodado como regidor de Santiago de Cuba, bañado en una incipiente riqueza, Hernán Cortés no soportaba aquella monotonía del poder. Contemplaba con envidia cómo dos exploraciones españolas eran enviadas al Yucatán en busca de los tesoros que habían glosado unos náufragos. Él, antítesis del sosiego, comenzó a pergeñar a espaldas del gobernador Diego Velázquez una empresa todavía más ambiciosa: la conquista de un vasto territorio, de todo un imperio.

Al mando de unos cuatrocientos hombres y una flota de una decena de naves, Cortés, extremeño de Medellín, zarpó hacia lo desconocido el 10 de febrero de 1519. Lo hizo saltándose los pactos que había acordado con su superior, convencido de que los resultados de su suerte de rebelión terminarían por absolverlo. Fue, en definitiva, un empresario de su propio proyecto que arriesgó todos los recursos de los que disponía por mera intuición. Un hombre que se lanzó a una aventura incierta, temeraria, protegido por el mito que comenzaba a gestarse.

Así presenta el economista Ramón Tamames el instante definitorio de la vida del conquistador español en su libro Hernán Cortés, gigante de la historia (Erasmus): como la entrega del soldado idealista y bravo a los brazos de un triunfo improbable, de la grandeza. El libro es una estupenda síntesis de las hazañas del personaje, del contexto en el que se registraron y de la evolución de un legado del que han brotado lecturas conflictivas.

Copia del retrato original de Hernán Cortés pintado por José Salomé Pina.
Copia del retrato original de Hernán Cortés pintado por José Salomé Pina. Museo del Prado

Tamames, catedrático de Estructura Económica, dibuja de forma didáctica y concisa la vida del polifacético Cortés —militar, empresario, diplomático, estadista, globalizador, escritor y un sinfín de títulos más— a través de sus biógrafos y los cronistas de Indias; y también las de sus contemporáneos como Moctezuma, Carlos V, Malinche, Cuauhtémoc, Pizarro o Bartolomé de las Casas. En su conjunto, la obra, prologada por Josep Borrell, bebe del rigor histórico y se complementa con los dilemas presentistas que emanan de las acciones del conquistador.

"No es ni una biografía ni una hagiografía", defiende Tamames. En su obra también se esbozan los aspectos más controvertidos de Cortés: "En cierto modo acaba endiosándose, y no vacila en acabar con sus enemigos, tampoco repara en medios. Quizá lo más criticable fue la ejecución de Cuauhtémoc, pero hay que ponerse en las circunstancias de la época". Las diferencias se resolvían con la horca y no a través del diálogo.

Defensor de los indios
Tamames resalta el puente que tendió Hernán Cortés hace cinco siglos entre los territorios de la Monarquía Hispánica y el Nuevo Mundo, un nexo que se revela en el embrión de la comunidad hispanoablante, formada en la actualidad por 580 millones de personas. También pone en perspectiva la influencia del conquistador en la historia de México y en la repulsa que genera su figura en algunos círculos de ese país que no se explicaría sin su aparición.

"Cortés fue el fundador de un nuevo Estado, incluso durante su vida ya nace la Nueva España. Esa es la configuración inicial del nuevo México, por eso muchos expertos le han llamado el fundador de la nacionalidad mexicana o el inventor de México", resume el economista, quien también menciona la importancia del mestizaje por el que apostaron los conquistadores españoles.

Evidentemente, Tamames también aborda el debate de la leyenda negra: escribe que durante la conquista, como justificación de la altísima mortalidad, hubo una "invasión microbiana y bacteriológica, amén de virus, que con las enfermedades europeas se extendieron en grandes epidemias". ¿Qué sucede con los que le tildan de genocida? "Cortés fue el máximo protector de los indígenas. No quería repetir las masacres que se habían registrado en el Caribe con otras comunidades de indios. En sus años de oro (1522-1529) se dedica a montar la infraestructura de un estado nuevo: caminos, hospitales, escuelas, iglesias, evangelización...", explica el economista.

Portada de 'Hernán Cortés, gigante de la historia'.
Portada de 'Hernán Cortés, gigante de la historia'.

—¿Existe entonces un desconocimiento sobre la figura de Cortés?

—Hay una visión estereotipada, mucha gente piensa en Cortés como conquistador de México y desconoce el detalle tan poliédrico e imaginativo del personaje. Creo también que en España hay un descuido: el quinto centenario de su llegada a México no se ha celebrado, el Gobierno es una miseria en sentido intelectual. Debieron de pensar que como es un tema controvertido, mejor no hacer nada.

—¿Usted es de los que cree que la leyenda negra sigue vigente hoy en día? Hace unos meses el presidente mexicano reclamaba a España disculpas por los excesos de la conquista...

—Según las encuestas de la prensa de allí, un 67% de los mexicanos piensan que no hay que pedir perdón. Yo ahora voy a ir a México a presentar mi libro e intentaré ver a López Obrador. Le diré que está bien la idea de tener un plan de convergencia y de explicación de ambas partes de la conquista para 2021, cuando se cumplen 200 años de la independencia de la Nueva España. Los historiadores hace mucho tiempo que resolvieron la polémica, pero lo que pasa es que los sinsabores de un México con tanta sangre y víctimas, un Estado narcotizado, se respiran en la vida diaria. El México actual hace pensar que la figura de Cortés tiene responsabilidad en lo que sucede hoy. Es un sinsentido que su presidente diga que la corrupción empieza con el conquistador.

A pesar de todas sus gestas, Cortés vivió sus últimos siete años de vida ninguneado por el emperador Carlos V: "Tenía la concepción de que estaba predestinado a salvar Europa de los turcos y los protestantes. A Cortés le ve como un hombre peligroso, ambicioso, que se puede independizar y le ata en corto; no le hace virrey. En su segundo viaje a España ya ni le recibe", concluye Tamames. La historia ya se ha encargado de colocar al conquistador universal de Medellín en su justo lugar.
(https://www.elespanol.com/cultura/historia/20200214/ramon-tamames-hernan-cortes-maximo-protector-indigenas/467204315_0.html?fbclid=IwAR2wSdec-CxyswPjOxQiNtGy5QLFQutrRJagnxxG5Xms6GbbhrnFaszMoZs)

sábado, 11 de mayo de 2019

Desvelan (al detalle) las aberraciones cometidas por los aztecas al sacrificar a los hombres de Hernán Cortés


Hace cuatro años se descubrieron gran cantidad de restos óseos pertenecientes a un grueso grupo de aliados del conquistador que fueron capturados en Tlaxcala
Restos de españoles de la expedición de Hernán Cortés y de sus aliados, sacrificados en 1520 en rituales indígenas durante la guerra con los aztecas, revelan toda clase de aberraciones con las víctimas.

Hace cuatro años, se descubrieron gran cantidad de restos óseos pertenecientes a un grueso grupo de aliados de Hernán Cortés, que fue capturado en Zultépec-Tecoaque, en Tlaxcala. Con el tiempo, los expertos a cargo del proyecto arqueológico han ido «desmenuzando» lo que sucedió desde la aprehensión de la caravana venida de Veracruz, el día de San Juan de 1520, y en los siguientes seis meses, periodo en que los cautivos: hombres, mujeres y niños de muy distintos orígenes, fueron seleccionados paulatinamente como víctimas de sacrificio.

Los investigadores Enrique Martínez Vargas y Ana María Jarquín Pacheco, del Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) de México, dieron a conocer los avances de este proyecto, entre los que destaca la reconstrucción facial de algunos de los individuos sacrificados, y la descripción detallada de las aberraciones cometidas con las víctimas.

Con los análisis de gabinete realizados en los últimos cuatro años, los especialistas pudieron definir que, entre el 24 de junio de 1520 y los seis meses siguientes, los acolhuas de Zultépec-Tecoaque fueron eligiendo diversos grupos de las personas aprehendidas, que sumaban más de 350, para sacrificarlas en distintas festividades rituales. En ese momento, cabe recordar, las huestes de Cortés se encontraban sitiadas en la capital mexica, después de la Matanza de Tóxcatl o del Templo Mayor, ordenada por su «mano derecha», Pedro de Alvarado.

36.000 piezas arqueológicas
¿Por qué los cautivos no fueron llevados a Tenochtitlan?, cuestionó el arqueólogo Enrique Martínez Vargas, «creemos que el gobierno tenochca pidió a los acolhuas que los mantuvieran ahí, porque serviría de advertencia a los tlaxcaltecas -aliados de Hernán Cortés- sobre lo que podría sucederles a ellos mismos; pues Zultépec era vecino de los tlaxcaltecas», explica en un comunicado.

Más de 36.000 piezas arqueológicas y el registro de la evidencia ósea ha sido por demás significativa para determinar el carácter multiétnico de la caravana. Hombres y mujeres europeos, indígenas tainos de las Antillas, indígenas tlaxcaltecas, totonacos y mayas, mestizos, mulatos (hijos de blanco y negra) y zambos (hijos de negro e indígena), formaban parte de este variopinto grupo de cautivos, entre los que se encontraban personajes con cierto abolengo, como se deduce del hallazgo de objetos suntuarios, caso de un camafeo que data del siglo XIV.

«Esto nos habla de que a Cortés se le va adhiriendo gente, desde el área maya hasta Veracruz, se van sumando a esta conquista», indicó el investigador del Centro INAH Tlaxcala.

La diversidad de animales que llevaban tampoco era menor: caballos, vacas, borregos, cabras, burros, perros mastines y perros salchicha. Los cerdos resultaron ejemplares únicos, pues fueron considerados una «especie» de perros y jugaron un papel simbólico como «acompañantes» en el más allá; en lugar de ser consumidos (como sí lo fueron caballos y vacas), diez puercos: dos machos, tres hembras y cinco crías fueron sacrificados y ofrendados en un aljibe de 8 metros de profundidad.

«Los sacrificados solían ser guerreros»
Del tzompantli o muro de cráneos que fue localizado en el lado sur del templo circular del sitio arqueológico de Zultépec-Tecoaque, también se han obtenido nuevos datos. Los arqueólogos han hecho una recreación de cómo debieron estar conformadas las hileras con los cráneos de 14 personas presas. En las empalizadas se dispusieron cráneos en parejas hombre-mujer; en los centrales estaban víctimas masculinas de origen totonaco, los cráneos de algunas españolas, una mulata y un tlaxcalteca completaban la formación.

Enrique Martínez abundó que «resulta interesante saber que los sacrificados en el tzompantli solían ser guerreros, ¿cómo explicar entonces la presencia de mujeres?, se ha logrado determinar que todas ellas, tanto las españolas como la mulata, estaban embarazadas. En la cosmogonía mesoamericana, las mujeres muertas en el parto eran consideradas guerreras y, por tanto, eran destinadas a acompañar al sol en su viaje por el inframundo, eran las cihuateteo»

Otros depósitos revelan el aspecto ritual que revistió el sacrificio de los cautivos aliados de Cortés. En el Adoratorio 9 de la Plaza Sur, se registró el entierro de un guerrero tabasqueño, que en su disposición parece recrear el mito del Quinto Sol, pues le fue ofrendado un español que fue quemado y desmembrado, individuo que además presentaba una fractura en uno de sus fémures, una lesión que posiblemente se produjo durante su recorrido de Veracruz a Tlaxcala.

«Los pobladores de Zultépec van a ir recreando mitos de creación. Otro ejemplo lo tenemos con un entierro que representa el mito de Cihuateteo. En la ofrenda tenemos un guerrero, una mujer cuyo cuerpo fue cortado en dos, un niño de tres o cuatro años, desmembrado; y a los pies del guerrero, se ubicaron 'huesos trofeo' pertenecientes a cuatro personas: fémures, tibias, peronés. Los restos óseos de la mujer, del infante y los 'huesos trofeo' tuvieron un tratamiento cultural», abundó el arqueólogo.

«Donde se los comieron»
Los restos de algunos españoles también fueron ingeridos en actos rituales, sería por ello que Zultépec («Cerro de las Codornices») pasaría a la posteridad por estos hechos y se le conocería como Tecoaque («Donde se los comieron»).

Enrique Martínez Vargas comentó que a partir de técnicas forenses, en casos como los cráneos recuperados del tzompantli, se ha empezado con la reconstrucción facial de algunos de las víctimas, por ejemplo, de una española de entre 35 y 40 años, y de una mujer zamba que provenía de Cuba.

De acuerdo con datos históricos, entre febrero y marzo de 1521, el señorío acolhua fue asolado por Gonzalo de Sandoval, alguacil mayor de Hernán Cortés, quien vengó la captura de la caravana.

«Antes de la llegada de Sandoval, los acolhuas de Zultépec empezaron a clausurar áreas habitacionales, pero no les alcanzó el tiempo. En los aljibes escondieron todo lo que habían realizado, por eso es que encontramos toda esta evidencia», explica.

«Cuando llega Sandoval asola a la población, dejando al final a mujeres y niños, que van a ser ejecutados en la calzada principal del asentamiento. En el convento de Rábida, en Huelva, España, se encuentra el entierro y la espada de Gonzalo de Sandoval, la cual creemos usó en la masacre de Zultépec», concluyó el especialista.

(https://www.abc.es/historia/abci-desvelan-detalle-aberraciones-cometidas-aztecas-sacrificar-hombres-hernan-cortes-201905100142_noticia.html?fbclid=IwAR0eYtJzhTcwVm4NA_iQBGqCRubq7-SmUfvgzwxtsCWK8Tfzi9-8fpflyMw)