"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)

Reseñas de libros sobre sectas


James R. Lewis, The Encyclopedic Sourcebook of New Age Religions (Amherst: Prometheus Books 2004) 682 pp. 
 Después de publicar The Encyclopedia of Cults, Sects and New Religions (1998) y The Encyclopedic Sourcebook of UFO Religions (2003), James R. Lewis presenta este grueso volumen acerca de la Nueva Era (en adelante, NE). El editor es un experto reconocido a nivel mundial en cuestiones de nueva religiosidad, y vuelve a reunir a buenos conocedores del tema en este libro, además de ofrecer una cuidada selección de fuentes propias de las diversas nuevas corrientes espirituales.
Al igual que en su libro anterior sobre los movimientos ufológicos, Lewis presenta la obra con el pretexto de un acercamiento académico serio al fenómeno espiritual contemporáneo de la NE. Pero puede objetársele, con las pruebas en la mano, que desde los años 80 ha sido ampliamente estudiada tanto desde las ciencias humanas y sociales como desde los estudios religiosos, y concretamente por parte de estudiosos católicos y protestantes (cfr. mi «Bibliografía sobre la Nueva Era (New Age)», Pastoral Ecuménica 62 [2004], 85-101). De hecho, el mismo Lewis había editado ya junto con J. Gordon Melton un libro con estudios sobre la NE en 1992 (Perspectives on the New Age). Por lo tanto, esta obra no presenta ningún hallazgo sorprendente, si bien supone una muy buena sistematización, en la medida de lo posible, por la complejidad del fenómeno analizado.

Si algunos estudiosos han hablado de la crisis y desaparición progresiva de la NE (ahora se habría pasado a una Next Age), en la presentación se afirma que «no ha salido de la escena; sus participantes simplemente se han desplazado a nuevos intereses como el chamanismo, la espiritualidad indio-americana, los ángeles y otros muchos. […] Es claro que, lejos de desaparecer en la oscuridad, la NE está disfrutando de una expansión constante» (12). Lo superficial es lo que varía, y la estructura profunda de la NE sigue siendo la misma. Pues se trata de una subcultura religiosa alternativa propia de un período histórico de grandes cambios sociales.
El primer apartado del libro está dedicado a las influencias históricas de la NE. Es imprescindible mirar hacia atrás para ver de qué fuentes bebe esta cosmovisión, y de manera muy acertada se han recogido cuatro fenómenos. En primer lugar, el esoterismo en general. En segundo lugar, la Teosofía en particular (y J.A. Santucci expone muy bien en su colaboración lo principal de las Sociedades Teosóficas). En tercer lugar, la versión esotérica del cristianismo ofrecida por el fundador de la Antroposofía, Rudolf Steiner. Y por último el New Thought o Nuevo Pensamiento, espiritualidad esotérica originada en ambientes cristianos sobre la base de Emmanuel Swedenborg y otros autores.
Una parte más amplia es la dedicada a corrientes y grupos concretos representativos de la NE, ya que además de hablar sobre ésta en general, hay que observar cada movimiento con sus peculiaridades que encarnan una doctrina y praxis semejante. Así, se estudian las doctrinas deEdgar Cayce sobre la reencarnación. O la importante Fundación Findhorn localizada en Escocia, uno de los centros neurálgicos mundiales de la NE, y de la que S. Sutcliffe expone hasta el horario de actividades semanal. Hay estudios también sobre las llamadas Escuelas Espirituales, fundadas por E.J. Gold, el movimiento sincretista Kashi (que mezcla elementos cristianos y orientales) y la Orden del Templo Solar (protagonista de masacres que acabaron con la vida de decenas de sus adeptos en Suiza, Canadá y Francia entre 1994 y 1997, y que analiza muy bien el experto suizo J.F. Mayer). Otras corrientes que se abordan: el movimiento canalista (que se comunica con espíritus a través de un médium o canal) Lazaris, la comuna italiana poco estudiada Damanhur, el budismo británico, el conocido grupo Un curso en milagros, la estadounidense Fundación Acuariana, el grupo I am de actividad contactista con Maestros Ascendidos, y el trato a la infancia en la Iglesia Universal y Triunfante.
Una interesante tercera sección de la obra es la titulada «Cristianismo y la NE». El experto J.A. Saliba expone en su colaboración las diversas respuestas que se han dado desde las Iglesias cristianas a la NE (por parte de los evangélicos fundamentalistas, protestantes históricos y católicos) y la reacción cristiana que él propone a este «signo de los tiempos». Un brevísimo artículo se acerca a la conciencia crística y el cristo cósmico, conceptos típicos de estas corrientes. Por último, D. Kemp escribe sobre su teoría de los «cristacuarianos» o cristianos dentro de la NE.
El cuarto apartado del libro contiene ocho estudios sobre aspectos sociológicos y éticos de la NE. La sanación, la cuestión del neopaganismo y los pueblos indígenas, su tipo de espiritualidad, la vida comunitaria, su carácter sociológico, su carácter de red, sus contradicciones, y sus diferentes componentes, son los asuntos tratados. Habría sido conveniente añadir alguna colaboración que se refiriera con más profundidad a la cosmología, antropología y a la ética de la NE, tan importantes para la configuración del sentido y la praxis de los que pertenecen a estos ambientes.
El bloque dedicado a las fuentes abarca 22 textos representativos de las corrientes principales de la NE. Comienza con fragmentos de los escritos de H.P. Blavatsky, figura fundamental de la Teosofía, y sigue con textos de dos importantes autores esotéricos encuadrados en esta tradición como son R. Steiner y A. Bailey. Después toma fuentes del espiritismo y Nuevo Pensamiento, y del orientalismo, además de otras tradiciones más recientes. Si bien incluye un texto de D. Spangler(sobre Gaia), se echan en falta otras importantes figuras en la configuración actual de la NE, tales como M. Ferguson o F. Capra.
Se trata de una buena obra, y bastante completa, sobre el complejo fenómeno espiritual contemporáneo que constituye la NE. Son de agradecer y de destacar los apartados dedicados a la herencia –sobre todo esotérica– que recoge la NE, y sobre la relación con el cristianismo. También merece una valoración positiva el que no se centren exclusivamente los estudios en los EE.UU., sino que aparezcan otras comunidades europeas y orientales (de hecho, sería inexcusable haber olvidado, por ejemplo, el centro escocés de Findhorn, que puede considerarse capital de NE junto con Esalen, en California). Como fuente exhaustiva para la consulta y como actualización del tema, el libro es muy recomendable. Aunque, como en otras ocasiones, recoge mucho material ya publicado por los autores con anterioridad.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 126 (2005) 257-259.


Los mormones: ¿un Jesús diferente?


 por Luis Santamaría 

Reproducimos la recensión de un libro muy interesante sobre la errónea concepción que de Jesucristo tienen los mormones.

Robert L. Millet, A Different Jesus? The Christ of the Latter-day Saints (Grand Rapids-Cambridge: Eerdmans 2005) XVIII + 226 pp. ISBN: 0-8028-2876-0
“¿Somos cristianos? ¡Por supuesto que sí! Nadie puede negar esto honestamente!”. Con estas palabras del presidente actual de los mormones, Gordon B. Hinckley, se encuentra el lector al abrir el libro A Different Jesus, lo que da una idea sobre su contenido apologético mormón. Y es que se trata de una cuestión controvertida, la del carácter cristiano de las doctrinas de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (= IJSUD, denominación oficial del movimiento mormón, que se basa en la denominación paulina de los creyentes como “santos”, y que serían los “santos de los días antiguos”), carácter defendido por los mormones y negado por todas las confesiones cristianas. De hecho, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe se pronunció en 2001 declarando la invalidez del bautismo administrado por la IJSUD, y se señaló en los comentarios el carácter no cristiano de su dogmática (cf. L.F. Ladaria, “La cuestión de la validez del bautismo administrado en la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días”, Relaciones Interconfesionales 62 [2001], 85-88).
Robert L. Millet es creyente mormón, y profesor en la universidad Brigham Young, propiedad de este grupo. Un apologista evangélico norteamericano especializado en la controversia con los mormones ha llamado a este libro “una apologética mormona escrita específicamente para una audiencia evangélica” (Bill McKeever). Y es verdad que cita con profusión a autores cristianos muy leídos en los EE.UU., como C.S. Lewis y J. MacArthur. Como curiosidad, el prólogo y el epílogo están escritos por un teólogo evangélico, Richard J. Mouw, presidente del Seminario Teológico Fuller, e involucrado en un grupo de diálogo doctrinal de evangélicos con mormones que dirigió junto con el autor. Y por ello le urgió a publicar esta obra sobre la “cristología mormona” – tema central de esa discusión – en una editorial como Eerdmans. En el prólogo defiende la honradez de Millet y pide abordar la lectura con una mente abierta.
El autor fundamenta el propósito de la obra en la cuestión central de si “¿adoramos al mismo Jesús que es adorado por nuestros amigos de otras confesiones cristianas? Esta pregunta no se responde rápida ni fácilmente. Apunta al corazón de quiénes son los Santos de los Últimos Días y qué creen realmente” (p. XII); y aclara que es una apuesta privada que no cuenta con el imprimatur de la IJSUD, ni tiene intención ecuménica alguna. Comienza el libro con cuestiones introductorias necesarias para ponerse en contexto: los orígenes históricos del mormonismo, su concepción de la revelación abierta y su añadidura de nuevos escritos que ponen al lado de la Biblia (el Libro de Mormón, Doctrinas y Convenios, La Perla de Gran Precio), y a esto se añade un profuso glosario final, que da cuenta de los términos propios de la secta, o que utilizan de manera peculiar.
El primer capítulo está dedicado a la preexistencia de Cristo, basada en la existencia de todos los hombres antes de su nacimiento. Jesús es Dios encarnado y el Señor, y “el hijo espiritual primogénito de Dios Padre” (p. 20), no el único, pues se habla de otros hijos espirituales de Dios: Lucifer y los ángeles. Dios se ha revelado desde el principio, y los mormones han restaurado este evangelio eterno de Cristo, mediante las ordenanzas –no sacramentos– que son inmutables. En el segundo capítulo Millet aborda la historicidad de Cristo y de sus enseñanzas, aludiendo a la relación entre el Jesús de la historia y el Cristo de la fe. Parte de la crítica al planteamiento de fondo del Jesus Seminar, para defender la divinidad de Jesucristo, así como la veracidad de los evangelios, frente a los muchos intentos de desmitologización que han sufrido, y planteando ante su figura la ya típica alternativa de que Cristo, si hacemos caso de sus propias palabras, o fue un loco, o un mentiroso, o en verdad fue el Hijo eterno de Dios. Según el autor, los mormones defienden la verdad de Jesús y sus enseñanzas aunque sea algo “pasado de moda”.
Millet dedica el tercer capítulo de este libro a un asunto tan importante para la IJSUD como es la restauración de la “fe verdadera” en los tiempos modernos, la centralidad de los mormones en la historia religiosa de la humanidad y, en concreto, en el cristianismo. “Tal concepto de una restauración implica necesariamente la creencia en una apostasía o debilitamiento” (p. 39). Protesta por la separación que suele hacerse entre el cristianismo tradicional (incluyendo a todas las grandes confesiones, aunque olvida por completo a la ortodoxia) y las doctrinas mormonas, y señala que también dentro de los evangélicos hay divergencias doctrinales. ¿A qué se debe eso, según él? Pues sencillamente a que la Reforma protestante acometió una importante y necesaria labor de corrección de la Iglesia cristiana, pero no suficiente, y por eso “se hacía necesaria una restauración completa” (p. 43), cosa que hacen los mormones. El capítulo entero es una defensa de la nueva fe traída por Joseph Smith, y de la nueva revelación del Libro de Mormón. Demuestra una típica concepción reformada “espiritualista” de la Iglesia, que no se fundamenta en comunidad humana alguna, y expone todas las ventajas que supone el mormonismo sobre las otras confesiones cristianas.
El cuarto capítulo se acerca ya a la cuestión nuclear: la cristología mormona. Explica que “los tres miembros separados de la Divinidad son uno” (p. 68), y detalla muchos aspectos de la doctrina sobre Cristo comunes con la fe cristiana, pero a continuación admite que Smith enseñó que “los miembros de la Divinidad son uno en propósito, uno en mente, uno en gloria, uno en atributos y poderes, pero seres separados, que son tres Dioses distintos” (p. 70), siendo el Padre de naturaleza corporal. Explica los títulos que se dan a Jesucristo basándose en el Libro de Mormón (que defendería una “cristología alta”), volviendo a decir que los mormones no creen “que la Biblia contenga todo lo que Dios ha hablado o aún hablará en el futuro” (p. 76), y por eso la IJSUD estará abierta a una nueva revelación progresiva que “proporciona clarificación o información adicional a la Biblia” (p. 77), y legitima esta postura desde la evolución de los escritos neotestamentarios, saltándose así el límite de la revelación (que en la doctrina tradicional se cierra con la muerte del último apóstol), y con una vaga noción del canon.
En el amplio capítulo siguiente el tema tratado es la afirmación de que Cristo es el Salvador de los hombres, entrando así en la soteriología mormona. La salvación, don gratuito de Dios, es procesual, y se da a un hombre que, según el profeta Smith, existía desde la eternidad y existirá en eternidad, y que es bueno por naturaleza. Pero aquí entra una antropología dualista que achaca la bondad natural del hombre a su naturaleza eterna espiritual, y la situación de caída a la carne, su naturaleza mortal. Hay, por tanto, caída para los mormones, pero no existe el pecado original. Aunque queda claro que la salvación sólo puede darse por Cristo y su obra ya finalizada, el sacrificio expiatorio comienza con la agonía en Getsemaní y culmina en el Calvario: “la diferencia para los Santos de los Últimos Días es su creencia en que el sufrimiento del Salvador en Getsemaní no fue un simple preludio de la expiación, sino una parte vital e importante de ella” (p. 92). A la vez, queda marginada la última cena (y apenas se habla en el libro de la eucaristía ni del sacerdocio como relativos a Cristo). Todos los hombres pueden salvarse, si aceptan a Jesucristo y obedecen al evangelio. Aunque la salvación viene por la fe, es necesario el arrepentimiento, el bautismo en agua y la imposición de las manos.
Millet explica otros temas como la gracia previniente, la salvación actual y futura, y la peculiar escatología mormona que divide la gloria eterna en tres apartados diferenciados: reino celestial, reino terrestre y reino telestial. Otro punto importante que toca es la necesidad de los ritos celebrados en los templos mormones para poder disfrutar de la gloria superior. “Si la oportunidad de recibir tales ritos [las ordenanzas] no es posible en la vida mortal, estará disponible en el mundo que está por venir. […] Una persona viva puede, entonces, por ejemplo, entrar en el templo y ser bautizada en lugar de alguien que ha muerto” (pp. 111-112). La glorificación del hombre, por último, consiste en hacerse uno como Cristo, y por ello la vida eterna no es más que “1) la continuación de la unidad familiar en la eternidad, a través de la obediencia a las alianzas y ordenanzas del templo; y 2) heredar, recibir y poseer la plenitud de la gloria del Padre” (p. 115), lo que conlleva la deificación, compartir la divinidad de Dios. Aunque aclara que los mormones no creen que los hombres deificados serán adorados, sino sólo el Padre y el Hijo (¿y dónde queda el Espíritu, que según el símbolo cum Patre et Filio simul adoratur et conglorificatur?).
El capítulo sexto aborda la situación de los que no han oído la predicación del evangelio. Repasa las respuestas exclusivista, pluralista e inclusivista, a las que añade la teoría de la “evangelización universal” inmediatamente anterior a la muerte de cada persona, y la teoría de la evangelización post mortem o “segunda probación”. Todo esto, para llegar a la cuestión del “bautismo por los muertos”, práctica mormona que quieren justificar con 1 Cor 15,29: “los Santos de los Últimos Días creen que la doctrina de la salvación por los muertos fue conocida y entendida por las comunidades cristianas antiguas” (p. 131), y por ello consideran que han recuperado una práctica cristiana de los orígenes, y que tiene una correspondencia escatológica con la predicación del evangelio a los muertos.
El capítulo séptimo aborda 21 cuestiones de interés. Entre otras cosas, Millet asegura que la doctrina mormona se ha mantenido sin cambio alguno, que creen en las tres personas de la Trinidad como “dioses separados” (aunque afirman simultáneamente la unidad de Dios, lo que resulta muy confuso), que la IJSUD no es una secta, que Dios es de naturaleza humana (y por lo tanto es de carne y hueso), defiende la veracidad del Libro de Mormón y del Libro de Abrahán (ambos traducidos por Joseph Smith), la ausencia del uso de la cruz, y todo lo bueno que tiene su fe. Un párrafo del propio autor reproducido en su integridad nos da un buen reflejo del carácter no cristiano del mormonismo: “si estar en la línea histórica de las Iglesias cristianas –o católicas o protestantes– hace a alguien cristiano, entonces claramente los Santos de los Últimos Días no son cristianos, ya que creen que fue necesaria una restauración de la verdad y poder divinos. Si una creencia en la suficiencia e inerrancia de la Biblia hace a alguien cristiano, entonces obviamente los Santos de los Últimos Días no son cristianos, pues mientras aceptan y aman la Biblia se abren a la llamada de profetas modernos y de la escritura adicional. Si una aceptación de la doctrina de la Trinidad hace a alguien cristiano, entonces los Santos de los Últimos Días no son cristianos, por supuesto, ya que creen que la doctrina de la Trinidad tal como se expresa en la teología moderna protestante y católica es el producto de la reconciliación de la teología cristiana con la filosofía griega” (p. 171).
El libro termina con la conclusión del autor, el epílogo de Mouw, dos apéndices documentales (los 13 artículos de fe escritos por Smith y la declaración sobre Cristo hecha por la presidencia mormona en el año 2000), además del glosario ya citado y de un repertorio bibliográfico. Como ya se ha señalado, constituye una obra apologética en su totalidad, y con un estilo que intenta convencer al cristiano -sobre todo evangélico – del carácter también cristiano de un movimiento que, como puede observarse leyendo con detención lo escrito y citado por Millet, diverge en puntos fundamentales de la fe cristiana compartida por católicos, ortodoxos, protestantes y anglicanos.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 130-131 (2006) 362-366.


Las sectas, desde el punto de vista evangélico




por Luis Santamaría 

Donald Enroth, A Guide to New Religious Movements (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press 2005) 220 pp.
El sociólogo Ronald Enroth, autor de varios libros con una cierta popularidad en los Estados Unidos sobre el fenómeno de las sectas, ha editado ahora este volumen, que cuenta con la colaboración de otros once expertos. Como su mismo título indica, se trata de una guía de los principales “nuevos movimientos religiosos” en la actualidad. Precisamente comienza el editor constatando que «la sociedad norteamericana ha llegado a ser un supermercado espiritual» (9).
En el primer capítulo del libro, introductoria, analiza la situación de cambio sociorreligioso en su país, marcado por la profusión de estos grupos, y que no van a ser tratados de manera enciclopédica – exhaustiva – ni apologética o de descrédito, puesto que parte de un pluralismo tradicional estadounidense, aceptado como legítimo y positivo. La perspectiva, sin embargo, sí tiene una concreción, ya que todos los colaboradores son cristianos evangélicos, con una preocupación no sólo de analizar las sectas, sino también de anunciar el evangelio en este contexto: su propósito es «entender varios movimientos religiosos contemporáneos y equiparlos [a los cristianos] para presentar a Jesús nuestro Señor a las personas de estos grupos» (13). Merece una muy buena valoración el hecho de profundizar en las doctrinas de las sectas, cuando normalmente se atiende a su actuación, por un prejuicio laicista que prefiere marginar lo teológico, lo que proporciona una visión muy incompleta de la realidad de cada grupo. En este primer capítulo también aborda la cuestión de la terminología (donde defiende el empleo de “nuevo movimiento religioso” en lugar de “secta”) y de sus principales características: nuevas combinaciones, nuevos lugares, cosmovisión dicotómica, membresía atípica, liderazgo carismático, controversia externa y transformación.
Ron Rhodes firma el capítulo segundo, dedicado a los Testigos de Jehová, y en el que, tras hacer un repaso de su historia hasta la década actual, se fija en las principales cuestiones doctrinales en que discrepan con el cristianismo (Trinidad, cristología, escatología, etc.). Escribe sobre sus atractivos y el impacto en la familia (bastante profundo y negativo), además de cómo ha de situarse un cristiano ante ellos.
En el capítulo siguiente, Vishal Mangalwadi se acerca, junto con el editor, al yoga y al hinduismo tal como se han presentado en Occidente, con una visión crítica: «el yoga no puede ser despachado simplemente como otra ayuda a la salud física. Alguien ha dicho que no hay hinduismo sin yoga, ni yoga sin hinduismo» (43). Y se adentran en el análisis de varios de sus tipos más extendidos hoy: Hatha yoga, Japa Yoga (los Hare Krishna), Surat-Shabd yoga (la Misión de la Luz Divina), Kundalini yoga y Tantra.
El cuarto capítulo aborda la Iglesia de la Unificación, fundada por el reverendo Sun Myung Moon, y está a cargo de James Beverley. Además de tratar su historia y doctrinas, considera con detalle el mesianismo del líder y el atractivo que puede tener el grupo.
El siguiente movimiento, estudiado por Robert M. Bowman Jr., es la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días (mormones), «tan americana como la tarta de manzana» (78), y tan importante en ese país, con un gran crecimiento y relevancia social.
El sexto capítulo está titulado «la religión astral y la Nueva Era», y en él Charles Strohmer se acerca a este complicado reticulado espiritual en la cultura norteamericana (en la que, en gran parte, nace y desde allí se exporta al resto del mundo), incluyendo un tratamiento concreto de las creencias en los extraterrestres.
James C. Stephens aborda, en el capítulo séptimo, el budismo tibetano (el más popularizado en Occidente) y la figura del Dalai Lama, que por su celebridad, que analiza con detalle el autor, tanto ha hecho por su difusión. Cabe destacar la perspectiva más bien crítica del estudio.
El capítulo siguiente, de John Peck, está dedicado al neopaganismo en su multitud de variantes, pero con unos principios de pensamiento comunes y una relación muy concreta frente al cristianismo. Como observación, considero que este tema habría estado mejor situado en unión con el capítulo sexto, sobre la Nueva Era.
La sincretista Fe Bahá’i es retratada en el capítulo noveno por Francis J. Bekwith, y de todas sus doctrinas se centra en tres puntos principales: la pretensión de no exclusividad, la afirmación de la unidad de las religiones y la relatividad de la verdad religiosa.
Craig S. Keener y Glenn Usry escriben sobre el grupo negro de origen musulmán Nación del Islam, repasando sus controvertidas doctrinas y trazando la posible respuesta cristiana (aunque también señalan aquello en lo que su fundador, Elijah Muhammad, tenía razón).
Un último apartado le sirve a LaVonne Neff para recapitular la temática tratada, proponiendo unas pautas a la hora de discernir de manera cristiana las sectas: analizar si sus doctrinas son acordes con el cristianismo tradicional, y observar cómo afecta el grupo a sus adeptos, a sus vidas. La primera pista vale para los movimientos que se dicen cristianos, pero no para los demás. La segunda ofrece una intuición muy importante respecto a este tema: «la buena religión es doctrinalmente fiable, y tiene también un efecto positivo en la vida cotidiana de las personas» (185). Además, añade algunos elementos positivos, que los cristianos podemos aprender con el contacto con las sectas.
Nos encontramos con un libro típico de apologética evangélica ante las sectas, dentro de lo que se ha denominado countercult movement – y del que es destacado autor el responsable del volumen –. Aunque con moderación. Puede verse en su tratamiento clásico de las cuestiones doctrinales, y en la alusión, en algunas ocasiones (como en la consideración última sobre la ayuda que a un cristiano pueden prestar las sectas), a “las otras religiones” no cristianas, poniéndolas prácticamente al mismo nivel que los “nuevos movimientos religiosos”. De todas maneras, los colaboradores hacen unas buenas síntesis de la historia de los grupos estudiados y, sobre todo, un abordaje crítico y bastante lúcido de sus doctrinas, a la luz de la Escritura y de la teología evangélica.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 128 (2005) 567-569.




Los Illuminati y otras tramas esotéricas

por Luis Santamaría 

Massimo Introvigne, Los Illuminati y el Priorato de Sión. La verdad en Ángeles y demonios y El Código Da Vinci (Madrid: Rialp 2005) 216 pp.
Massimo Introvigne, director del CESNUR (Centro Studi sulle Nuove Religioni), con base en Turín, es uno de los más prolíficos escritores europeos actuales sobre el tema de las sectas y el esoterismo (puede verse en el nombre del centro que dirige su orientación, que habla de “nuevas religiones” y no de “sectas”). Poco después de la aparición del original italiano, Rialp ha publicado en español este libro, uno más en la gran cantidad de literatura que responde críticamente al éxito mundial de la novela El Código Da Vinci, de Dan Brown.
En la introducción, tras presentar sintéticamente el planteamiento de la novela, Introvigne justifica la publicación de este libro como respuesta a «este evidente cúmulo de necedades» en el hecho de que El Código Da Vinci «no es sólo una novela, o al menos no es así como Dan Brown la presenta» (12). El autor aporta algunos datos que refutan puntos de la novela, y hace lo mismo con la otra composición anterior de Brown, Ángeles y demonios. Por eso quiere estudiar a los grupos sobre los que basculan ambos best-sellers: el Priorato de Sión y los Illuminati, integrantes de tantas teorías conspiracionistas de la historia. Diferencia los tipos de complots, negando la veracidad de los “macrocomplots”, y afirmando que todo lo que se dice de las dos organizaciones tratadas quiere inculcar la idea de que habría un “Gran Complot”, y «propagar la (falsa) información de que tanto los Illuminati del siglo XX (y XXI) como el Priorato de Sión son organizaciones potentísimas que traman complots desde hace siglos, cuando en realidad se trata – como veremos – de grupos pequeños y no muy poderosos, que actúan desde fechas relativamente recientes» (30). Ésta va a ser la idea principal del libro. Además de que su promoción sería un contraataque a la “auténtica conspiración contra la humanidad”, encarnada por la Iglesia católica. También hace alusión a la conexión esotérica de todo esto, integrada por templarios, masonería y rosacrucismo.
El primer capítulo está dedicado a los Illuminati, y se adentra en los orígenes de esta orden en el Iluminismo alemán del siglo XVIII, como reacción bávara anticatólica dirigida por Adam Weishaupt, que al crearla le atribuye una gran antigüedad, y que cuenta con una accidentada historia en la que se entremezcla la masonería, y a la que llegaron a pertenecer, entre otros, Goethe y Herder. Después, «desaparecidos los Illuminati, vive su leyenda» (61). Serán Robison y Barruel los encargados de confeccionar el mito del complot, que los responsabilizaría de la Revolución Francesa, algo infundado. De ahí pasaron a ser un elemento popular en los EE.UU. (en donde forman parte de numerosas teorías conspiracionistas, como la que los vincula con la orden Skull and Bones de Yale, y a la que pertenece George W. Bush). El episodio siguiente es la creación, a finales del siglo XIX, de la segunda Orden de los Illuminati como sociedad iniciática y paramasónica, que tiene un azaroso recorrido que se prolonga hasta hoy: «la Orden no ha desaparecido, pero puede considerársela en vías de extinción» (102).
El segundo capítulo del libro le sirve a Introvigne para demostrar que el Priorato de Sión no es más que «una organización neo-caballeresca, fundada en 1956 por el esoterista francés Pierre-Athanase-Marie Plantard» (103), sobre bases políticas y esotéricas. La descendencia de los merovingios fue una reclamación clave en toda la historia de Plantard y su aureola iniciática, junto con el célebre enigma de los supuestos documentos y tesoros hallados en la iglesia de la localidad francesa de Rennes-le-Château. Según la documentación falsificada por estos personajes, el Priorato tendría su origen en el mismo Godofredo de Bouillon, y habría tenido importantes Grandes Maestres, encargados desde entonces de proteger a los merovingios, descendientes legítimos del trono francés, y sus secretos. Todo esto, con muchas precisiones, «para mostrar de manera definitiva que los documentos, esos que el epígrafe Los hechos al inicio de El Código Da Vinci da todavía como auténticos, son falsos y sus autores los reconocieron como tales al menos veinte años antes de que Dan Brown se ocupase de tales escritos» (164).
El momento de mayor popularización llega cuando contacta con Plantard el actor Henry Lincoln, que produce varios documentales sobre toda esta historia para la BBC. En todo el ambiente esotérico a partir de los años 60 del siglo pasado, Lincoln publica en 1982 con otros dos autores el popular libro El enigma sagrado (editado en España por Martínez Roca), y que divulga la tesis de que «Jesús se casó con María Magdalena y tuvo varios hijos que, huidos a Francia junto con la madre, dieron origen a los Merovingios. El auténtico “Santo Grial” consistiría en el secreto de la existencia de descendientes directos y físicos de Jesucristo, el último de los cuales es – o pudiera ser, dice expresamente el texto – Plantard. Con una etimología discutible, pero sugestiva, que ya hemos visto retomada por Dan Brown, los tres autores leer “Santo Grial” como sang réal: “sangre real” no sólo merovingia, sino procedente del propio Jesucristo. Para custodiar precisamente ese secreto nació el Priorato de Sión» (168). Con esto se pretende deslegitimar el cristianismo desde su misma raíz y fundamento, y ha tenido gran repercusión mediática. En 1989, Plantard relanzó el Priorato, confirmando su historia y sus célebres dirigentes pretéritos, hasta su muerte en 2000. Ahora habría un grupo, entre otros muchos, dirigido por Gino Sandri.
El libro termina con una conclusión en la que el autor comenta varios asuntos relacionados con lo tratado, a nivel de cultura popular: la posible próxima novela de Brown, una película producida por Walt Disney con ingredientes semejantes, la serie de televisión Expediente X (que, al contrario que los otros títulos, no aparece traducida, sino en su original X-Files), la Nueva Era y el mito contemporáneo de los Reptilianos. Estos últimos serían seres extraterrestres que habrían intervenido en el origen del hombre y querrían dominar a la humanidad, ocupando ocultamente gobiernos y sociedades secretas, y en cuya existencia basa su teórico principal, el inglés David Icke, la explicación y la trama de toda la realidad mundial pasada y presente. Según esta teoría, muy difundida en algunos ambientes, «el complot de los Illuminati y del Priorato de Sión se desvela como un complot extraterrestre» (197), lo que complica todo aún más. Y, para colmo, para acabar con todo ello habría que destruir la religión, especialmente con la Iglesia católica (la más peligrosa de todas, naturalmente).
Resume Introvigne toda esta maraña de datos y teorías absurdas con la ingeniosa expresión «de cómo un ratón parió una montaña» (198). Y lo explica por la necesidad de lo sagrado y de lo misterioso, cuando se ha pretendido desterrar la religión y dejar al hombre a solas con un puro racionalismo, proyecto típico de la modernidad. Dan Brown y todos estos autores ofrecen a las masas, «al amplio y hoy mayoritario mundo del ‘creer sin pertenecer’, expresión de la socióloga G. Davie] cierta razón para creer, o muchas razones para no pertenecer» (200-201). Con respecto a esta última idea son interesantes las afirmaciones que hace Santiago Guijarro, profesor de Nuevo Testamento en la UPSA, en una entrevista (Agencia Veritas, 16/12/05).
Considero oportuno destacar de todo el libro este último punto de la conclusión, en el que hace un análisis muy acertado del éxito de esta literatura de best-seller encuadrada en el paradigma esotérico y en la nueva religiosidad difusa. Y también el comienzo de la introducción, donde propone una comparación (qué habría pasado si una novela hubiera atacado así al budismo) que muestra con transparencia la intolerancia cultural que se da, en mayor o menor medida, contra lo cristiano. El resto del libro, muy documentado, a veces puede cansar por el exceso de fechas, nombres, anécdotas y otros muchos datos, que hacen difícil seguir la argumentación. Pero que pretenden ser, con todo detalle, una crítica de fondo a cierta mentalidad conspiracionista, tan extendida y tan fantasiosa.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 128 (2005) 564-567.





A las fuentes de las sectas
por Luis Santamaría 

Dereck Daschke – W. Michael Ashcraft (eds.), New Religious Movements. A Documentary Reader (New York: New York University Press 2005) X, 341 pp.
Como deja entrever el subtítulo del libro, nos encontramos ante una recopilación de documentación primaria de los llamados en este libro “nuevos movimientos religiosos” (NMR), denominación más extendida en los ámbitos académicos anglosajones para referirse al fenómeno sectario y de la nueva religiosidad. La introducción del libro, de gran interés, trata cuestiones preliminares para el estudio de estos grupos, como la terminología, el origen de la investigación y los diversos factores que incluye (polémica, género, violencia, y diferencia fuera de los EE.UU.).
La pretensión de los editores ha sido la de reunir información básica de cada secta para que el volumen sea una herramienta útil de estudio en los estudios superiores y en cursos monográficos sobre el tema. Además, hace una interesante revisión de varios de los más destacados ensayos generales y de introducción a este fenómeno (norteamericanos, evidentemente: los de J. Saliba, L.L. Dawson y T. Miller sobre todo), comparándolos con este libro para situarlo en su contexto. Podemos afirmar que se trata de una buena herramienta metodológica. Si bien tiene puntos en su planteamiento que son discutibles, el procedimiento y la seriedad hay que valorarlos positivamente.
La mayor originalidad la hallamos en su nueva propuesta de tipología de NMR, que parte de la sociología, pero sin olvidar la historia, doctrinas y prácticas de cada grupo en concreto. Comienza la primera parte del libro con la categoría de “nuevo entendimiento”, cuyos grupos representativos acentuarían su peculiar visión del cosmos: la Ciencia Cristiana, la Teosofía y los grupos ufológicos. En la segunda sección se trata la categoría de “nuevo yo”, donde estarían los grupos centrados en el crecimiento personal, en el logro del mayor potencial humano. Aquí incluyen a la Wicca (brujería-neopaganismo contemporáneo) y al movimiento Soka Gakkai, de la familia del Budismo Nichiren.
La “nueva familia” es el término empleado para el tipo siguiente, porque la secta se convierte, literalmente, en la nueva familia verdadera para sus miembros, e incluiría a la Iglesia de la Unificación, La Familia (los anteriormente conocidos como Niños de Dios) y la Santería (culto afrocubano). La cuarta categoría, “nueva sociedad”, engloba a los rastafarianos, la Nación del Islam y el Templo del Pueblo (grupo protagonista de la masacre en Guyana en 1978), que serían los grupos con pretensión de transformar la sociedad. Por último, bajo el epígrafe de “nuevo mundo” aparecen acertadamente la tradición adventista (incluyendo tanto a los adventistas clásicos como al grupo de la Rama Davidiana dirigido por D. Koresh y que se hizo famoso en 1993 por su trágico final en la localidad tejana de Waco) y los Testigos de Jehová, además de una alusión al revuelo organizado por algunas sectas alrededor del simbólico año 2000.
El volumen cuenta con un apéndice, típico ya en algunos tratados, en torno a la controversia de las sectas. Éste lo firma Douglas E. Cowan, y en él trata los orígenes de los movimientos antisectas (anticult) y contra-sectas (countercult), el primero originado en ámbitos secularistas de afectados y profesionales de psicología, y el segundo de tintes apologéticos evangélicos. Ambos se dedican a alertar a la sociedad de la amenaza que suponen las sectas, de ahí el título del capítulo: «construir la nueva amenaza religiosa». Se adentra en cómo definen el término “secta” los principales autores de cada una de estas dos corrientes, y su actuación. Todo esto, claro está, de una manera muy crítica.
Puede observarse una perspectiva que, pretendiendo ser neutral, quizás peca de favorable a los grupos estudiados. Por ejemplo, podemos constatar que en el apartado dedicado a La Familia (los Niños de Dios) aparecen textos de la secta sobre todo actuales, sin hacer alusión directa a los escritos antiguos que rayaban lo pornográfico, y que fueron origen de gran controversia. También se echan de menos algunos movimientos de gran importancia, como los mormones o la Iglesia de la Cienciología, así como las principales sectas de origen oriental, y otros grupos. Las introducciones a cada secta son apropiadas, aunque en ocasiones pecan de excesiva brevedad. La selección de los textos ha sido bastante acertada, con la salvedad marcada antes. Tras los documentos de cada grupo hay una breve bibliografía que ayuda a una mayor profundización en ellos.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 128 (2005) 572-573.



El apocalipticismo en la historia


por Luis Santamaría 


Bernard McGinn – John J. Collins – Stephen J. Stein (eds.), The Continuum History of Apocalypticism (Nueva York: Continuum 2003) XV, 672 pp.
Después de haber publicado en el año 1998 la Encyclopedia of Apocalypticism (con 1500 páginas en 3 volúmenes), el sello editorial Continuum ha lanzado al mercado este volumen, que condensa el contenido de la primera obra. Bajo la dirección de Bernard McGinn, profesor de Teología Histórica e Historia del Cristianismo en Chicago, John J. Collins, profesor de Antiguo Testamento en Yale, y Stephen J. Stein, profesor de Estudios Religiosos en Indiana, pretende ofrecer al lector una panorámica general del apocalipticismo a través de la historia religiosa universal.
En la introducción, tras explicar el origen del término en el género apocalíptico judeocristiano, afirman los editores que «apocalipticismo es un término análogo, y admite énfasis diferentes. Algún material es considerado apocalíptico porque se refiere al final de la historia. Otro material es apocalíptico cuando describe una revelación sobrenatural y la acción de poderes demoníacos y angélicos». No hay en el libro, por tanto, una acotación estricta del término estudiado, sino que cada autor lo utiliza con mayor o menor amplitud. Correspondiendo a los tres volúmenes anteriores de la Encyclopedia, el libro se divide en tres partes de manera cronológica.
La primera parte se refiere a los orígenes del apocalipticismo en la Antigüedad. Richard J. Clifford («The Roots of Apocalypticism in Near Eastern Myth») es el encargado de inaugurar el volumen con el carácter apocalíptico de la literatura del Oriente Próximo, fijándose especialmente en el Enuma elish acádico y en el ciclo ugarítico de Baal, con el género del combate mítico que puede verse como trasfondo de algunos textos veterotestamentarios y de Ap. La colaboración de Anders Hultgård («Persian Apocalypticism») intenta demostrar la influencia de la apocalíptica de la cultura persa en los apocalipsis judíos y cristianos, a pesar de la discusión que sobre ello hay entre los estudiosos.
Ya entrando en el judaísmo antiguo, John J. Collins («From Prophecy to Apocalypticism: The Expectation of the End») indaga sus orígenes y desarrollo, que separa en tres fases principales: después del destierro de Babilonia, período helenístico y dominación romana. Florentino García Martínez («Apocalypticism in the Dead Sea Scrolls»), como puede suponerse, expone la importancia de los hallazgos de Qumrán para entender el apocalipticismo judío. De hecho, se trataba de una comunidad apocalíptica, y el experto trata ampliamente las doctrinas del grupo. El capítulo escrito por James C. VarderKam («Messianism and Apocalypticism») aborda las relaciones entre mesianismo y apocalipticismo, explicando que la dimensión mesiánica no aparece en la primera literatura apocalíptica, sino que se desarrolla de manera independiente y confluyen ambas en los manuscritos del Mar Muerto y en los escritos más tardíos.
Los tres artículos que clausuran la primera parte del libro contemplan ya la aparición de la novedad cristiana, y se detienen a analizar el importante componente escatológico del NT. El primer autor, Dale C. Allison Jr. («The Eschatology of Jesus»), trata la discusión sobre la importancia de lo apocalíptico en el ministerio de Jesús que tuvo lugar a partir de J. Weiss y A. Schweitzer, para después exponer su estudio del tema en los sinópticos. En la colaboración siguiente, de Martinus C. de Boer («Paul and Apocalyptic Eschatology») se acerca a la escatología paulina, y Adela Yarbro Collins («The Book of Revelation») termina con Ap, haciendo también algunas consideraciones acerca de la importancia que tiene el simbolismo femenino en el último libro bíblico.
La segunda parte del libro está dedicada a las tradiciones apocalípticas desde la Antigüedad tardía hasta el año 1800. La primera colaboración, de Brian E. Daley («Apocalypticism in Early Christian Theology»), explora los contenidos escatológicos de la teología patrística comprendida entre los siglos II y VI. David Olster («Byzantine Apocalypses») se acerca a la literatura teológica oriental, determinada en sus aspectos apocalípticos por su contexto histórico, primero de “romanidad” y después con la amenaza islámica. Bernard McGinn («Apocalypticism and Church Reform, 1100-1500») se encarga de la Baja Edad Media como período de reforma eclesial con tintes escatológicos (sus tipos: gregoriana, joaquinita, imperial y angélica) y evolución progresiva. De los grupos espirituales heterodoxos y apocalípticos de esta época se ocupa el capítulo siguiente, de Gian Luca Potestà («Radical Apocalyptic Movements in the Late Middle Ages»).
La época posterior es estudiada por Robin Barnes («Images of Hope and Despair: Western Apocalypticism ca. 1500-1800»), tanto en el lado católico como en el reformado cuando trata la etapa renacentista, y en relación con la cultura ilustrada después. Se vuelve al apocalipticismo judío, medieval y moderno, en la siguiente colaboración, a cargo de Moshe Idel («Jewish Apocalypticism, 670-1670»). Y también el Islam, que aparece en la escena histórica en esta época, es estudiado por Saïd Amir Arjomand («Islamic Apocalypticism in the Classic Period»).
De los diversos fenómenos apocalípticos vividos en la Edad Contemporánea trata la tercera parte de la obra. Comienza con un estudio sobre cómo fue el trasplante de las ideas escatológicas del occidente cristiano al Nuevo Mundo, escrito por Alain Milhou («Apocalypticism in Central and South American Colonialism»). Es de agradecer que se aborde de manera académica y en este tema un continente olvidado muchas veces en estos estudios. A continuación, Reiner Smolinski («Apocalypticism in Colonial North America») se acerca a la importancia que tuvieron las doctrinas milenaristas en el origen de los EE.UU., ya desde la primera colonización, pasando después por el Gran Despertar. James H. Moorhead («Apocalypticism in Mainstream Protestantism, 1800 to the Present») profundiza en el mismo sentido, estudiando el protestantismo norteamericano en los siglos XIX y XX, a través de sus principales corrientes y representantes. Una vuelta de tuerca más en la nación considerada por los padres fundadores como la “Nueva Jerusalén” en la colaboración de Stephen J. Stein («Apocalypticism Outside the Mainstream in the United States»), que se acerca a lo apocalíptico en movimientos evangélicos más marginales en los EE.UU., incluyendo diversas sectas surgidas en estos dos últimos siglos. Sigue en esta línea Paul Boyer («The Growth of Fundamentalist Apocalyptic in the United States»), con un estudio exhaustivo de los movimientos fundamentalistas en este país, con una importante carga milenarista.
Sorprendentemente vuelve a aparecer América Latina en la siguiente colaboración, más breve, de Robert M. Levine («Apocalyptic Movements in Latin America in the Nineteenth and Twentieth Centuries»), que viene a completar lo dicho antes de sus vecinos del norte, con los movimientos apocalípticos autóctonos. El libro también vuelve la mirada a las otras religiones monoteístas en la actualidad, y así analiza el judaísmo Aviezer Ravitzky («The Messianism of Success in Contemporary Judaism»), y del Islam - incluyendo al Bab, la misión Ahmadiya y la fe Bahá’i, además del islamismo radical - se encarga Abbas Amanat («The Resurgence of Apocalyptic in Modern Islam»).
Del apocalipticismo cristiano actual en Europa tratan los dos últimos capítulos. En el primero, Sandra L. Zimdars-Swartz y Paul F. Zimdars-Swartz («Apocalypticism in Modern Western Europe») abordan el milenarismo correspondiente a Europa occidental en los siglos XIX y XX, en los ámbitos protestante, católico (apariciones marianas) y secularizado (sobre todo el marxismo). Por último, J. Eugene Clay («Apocalypticism in Eastern Europe») trata el apocalipticismo del oriente europeo desde la caída de Constantinopla en 1453 hasta la actualidad post-soviética.
En fin, nos encontramos ante un libro que muestra un itinerario apropiado para seguir el fenómeno del apocalipticismo a través de la historia, teniendo como eje la teología judeocristiana, con un antes (Oriente Medio Antiguo), un centro neurálgico (judaísmo clásico y aparición del cristianismo) y unos paralelos y desarrollos posteriores (Islam, historia de las confesiones cristianas, continente americano, mesianismos secularizados, etc.). Cada colaboración cuenta con una buena bibliografía, así como de su respectivo aparato crítico esclarecedor, y al final del volumen se ofrecen un índice detallado de fuentes antiguas y otro onomástico. Podemos decir que se trata de una obra fundamental para conocer la idea del “fin del mundo” en las tres religiones monoteístas principales, y que ha logrado sintetizar en un solo volumen – al que seguramente se le podrán encontrar algunas carencias – lo principal de lo que se ha estudiado hasta ahora.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 126 (2005) 251-254.



Fuentes y textos sobre las sectas ufológicas

por Luis Santamaría 

James R. Lewis, Encyclopedic Sourcebook of UFO Religions (Amherst: Prometheus Books 2003) 530 pp.
En abril de 1997 la secta Heaven’s Gate (Puerta del Cielo) fue el centro de atención de los medios de comunicación: 39 de sus miembros se suicidaron en San Diego para poder viajar en la nave espacial que se escondía tras el cometa Hale-Bopp. Sin embargo, no ha sido el único grupo que ha hecho de los extraterrestres el centro de sus doctrinas. En el siglo XX han proliferado – y lo siguen haciendo ahora –, como un fenómeno consecuente con los presuntos avistamientos espaciales, las personas que han dicho ser receptoras de un mensaje de seres de otros planetas, y han reunido en torno a su figura y sus escritos (una auténtica “nueva revelación”) diversos grupos de carácter más o menos religioso.
Para analizar estas sectas, llamadas ufológicas o ufónicas (de las siglas inglesas correspondientes al castellano “ovni”), contactistas o platillistas, aparece este libro. Editado por James R. Lewis, profesor de estudios religiosos en la Universidad de Wisconsin, y con varios títulos sobre religiosidad alternativa a su cargo, cuenta con colaboraciones de 19 autores expertos en estos temas, entre los que pueden destacarse Robert Ellwood, Andreas Gruenschloss, Susan Palmer o el jesuita John A. Saliba, y otros buenos conocedores del fenómeno ufológico. El editor afirma que «con la excepción de un puñado de investigadores pioneros, las religiones ufológicas no fueron tomadas en serio como objeto de estudio académico hasta los 39 suicidios de la Puerta del Cielo de 1997» (14). Y ésta es la motivación de este libro. La cuidada edición, los abundantes aparatos críticos y bibliografías al final de cada capítulo y el índice de nombres final ayudan a que constituya una buena obra de consulta, imprescindible sobre este tema (si bien muchas de las colaboraciones ya habían sido publicadas en otros lugares).
Según explica Lewis en la introducción, ya desde los inicios de la era ufológica moderna, allá por 1947, la cuestión de los ovnis ha tenido resonancias religiosas. Además, con el precedente en algunas corrientes esotéricas y espirituales de la creencia en “Maestros ascendidos” que habitarían en otros planetas. Los extraterrestres actuales serían una especie de mensajeros (“ángeles tecnológicos”) de otras civilizaciones más avanzadas que la humana. Más avanzadas también en lo espiritual, y por ello el mensaje que nos traerían sería de perfeccionamiento espiritual y salvación de la inminente catástrofe que le espera al planeta Tierra (con un evidente tono apocalíptico).
La obra está dividida en cinco partes, de manera temática. La primera constituye una panorámica general del fenómeno. Cinco colaboraciones se acercan a las creencias y funcionamiento de las sectas contactistas: su escatología, carácter religioso y concepción de la divinidad, mecanismos cognitivos, papel en la sociedad norteamericana y proceso de construcción mitológica. En el segundo apartado otros cinco artículos se refieren ya a los comienzos, en los años 50, de estos movimientos. Todos estos estudios abordan las doctrinas (especialmente sus profecías escatológicas fallidas), prácticas y actualidad de los más representativos de aquel tiempo: la Sociedad Aetherius, fundada por George King, y la Academia de Ciencia Unarius, que tiene su origen en el matrimonio formado por Ernest y Ruth Norman.
La tercera parte está dedicada al estudio de los grupos más importantes fundados en la década de los 70. El primero, el ya citado de la Puerta del Cielo, es contemplado en un artículo en sus diversos aspectos (origen, historia y expansión, captación, compromiso, suicidio), y la otra colaboración aborda su construcción de «la teología del suicidio». La segunda secta estudiada en esta parte es el Movimiento Raeliano, fundado por Claude Vorilhon (conocido como Rael) en Francia en 1976, y extendido por todo el mundo. Últimamente ha sido muy célebre por sus muchas y estrafalarias apariciones en los medios de comunicación (con una estrategia calculada de propaganda según mi opinión) con sucesos como la clonación de seres humanos que afirman haber realizado, su apoyo al lobby gay, sus campañas anticatólicas o la construcción de una embajada extraterrestre en Israel y de un parque temático en Canadá. Pues bien, a esta secta y a sus doctrinas y prácticas están dedicados otros dos artículos. De los grupos contactistas más recientes se ocupan las tres colaboraciones que forman la cuarta parte de la obra: la secta de origen taiwanés Chen Tao y otra conocida como Ground Crew.
La quinta parte del libro contiene estudios generales sobre el status religioso de estas creencias ufológicas. En un breve primer artículo se muestran los datos estadísticos de esta fe alternativa. Otro contiene la reflexión sobre los resultados de una encuesta –bastante reducida– realizada entre los ministros religiosos cristianos y judíos de los EE.UU. acerca de la posibilidad de la existencia de la vida extraterrestre y la incidencia que esto podría tener en la religión, llegando a la conclusión de que «según este examen piloto, la religión no está amenazada por el desafío de la vida extraterrestre» (369). El último artículo vuelve sobre el tema de los extraterrestres y el futuro del hombre.
A todo esto se añaden cinco apéndices, dedicados cada uno de ellos a una de las principales sectas platillistas (Aetherius, Unarius, Puerta del Cielo, Raelianos y el Comando Asthar). Tras una introducción, cada apéndice recopila varios textos del propio movimiento, lo que constituye un material de gran interés, al tratarse de las fuentes doctrinales.
Si el propósito de la obra es, tal como escribe Lewis, favorecer una comprensión más profunda de la “religiosidad” ufológica, que evite el desprecio de este fenómeno por trivial y ridículo, y que pueda evitar tragedias como la ocurrida en San Diego, puede decirse que lo ha conseguido, al reunir trabajos académicos de calidad sobre el tema. Por eso hay que dar la enhorabuena a los responsables de la edición. Quizás puede criticársele el uso tan ligero que este autor, como otros muchos en este campo de la sociología de la nueva religiosidad, hace del término “religión” para referirse a corrientes y grupos que en muchas ocasiones encierran una gran ambigüedad. Por otra parte, echo de menos que se aborden otros movimientos importantes en este campo, tales como la norteamericana Fundación Urantia (depositaria de una nueva revelación extraterrestre en forma de grueso libro), los “contactados” europeos (el estigmatizado italiano Giorgio Bongiovanni, por ejemplo) y otros grupos de diversos orígenes, como los aparecidos en América Latina. El libro peca, como pasa en toda esta literatura, de una fijación casi exclusiva en el mundo anglosajón, sólo rota por la incursión de los Raelianos, del área francesa.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 126 (2005) 255-257.




Los orígenes de la nueva religiosidad


por Luis Santamaría 

James A. Herrick, The Making of the New Spirituality. The Eclipse of the Western Religious Tradition (Downers Grove, Illinois: InterVarsity Press 2003) 331 pp.
Entre los últimos libros que se están publicando sobre el complejo fenómeno de la nueva religiosidad emergente, uno de gran interés es éste, cuyo autor, James A. Eric, ya había escrito otro trabajo monográfico sobre los autores deístas ingleses. Destaca la amplia perspectiva de estudio, que no se limita a los siglos XIX y XX, decisivos para el surgimiento de las diversas corrientes espirituales y esotéricas que integran (o acompañan a) la Nueva Era, sino que se adentra en sus raíces de pensamiento, allá por la Ilustración (período bien conocido por el autor).
Según explica en la introducción, pretende hacer un catálogo no exhaustivo de las figuras más decisivas en la configuración de la nueva religiosidad, sobre todo escritores y artistas, con la convicción de que «ha tenido lugar un cambio masivo en las actitudes religiosas occidentales», y para comprenderlo hay que acudir a las fuentes históricas de lo que él llama «nueva síntesis religiosa» (17). Señala, citando a otros autores, que 12 millones de estadounidenses serían participantes activos de estas corrientes espirituales contemporáneas, y otros 30 millones de personas estarían interesadas en el país. De hecho, es impresionante la difusión pública de estas nuevas espiritualidades, que incluyen brujería, cábala, budismo occidentalizado, cientificismo, psicotecnias y sanación, etc. Y contrapone esta cosmovisión a lo que él llama “el mundo revelado”, o la religiosidad tradicional judeocristiana. No hay que olvidar que la obra reseñada está publicada por una de las principales editoriales evangélicas norteamericanas.
Como primeros antecedentes expone los brotes heréticos en la Cristiandad medieval, la magia y el hermetismo, la cábala, el neoplatonismo y los místicos alemanes, además de señalar al humanismo – con la visión crítica de las Escrituras que trae consigo – como bases para el socavamiento progresivo de la religión en Occidente. Asimismo, profundiza en los autores europeos, dedicando un capítulo a la crítica que hacen de la Biblia, que ante el literalismo oficial se pasan al extremo de deshistorizar completamente los libros sagrados, dando paso al vínculo necesario entre los mitos y la gnosis o conocimiento secreto. Añade aquí la propuesta más actual – pero sin fundamento alguno – de M. Drosnin, popular autor de El código secreto de la Biblia y otros libros que pretenden leer en el AT profecías del futuro.
Después aborda el iluminismo francés y su divinización de la razón humana, fijándose en varios autores (también de otros lugares), además de los personajes norteamericanos del siglo XIX enmarcados dentro del llamado “nuevo pensamiento” (new thought). Otro elemento importante es la exaltación desmedida de la ciencia moderna, sobre todo desde A. Comte, y llegando a la física que proponen algunos científicos vinculados a la Nueva Era. También hace referencia al «legado espiritual de Darwin» (118), en un capítulo que abarca desde el abuelo del naturalista hasta el actual J. Redfield, autor de la novela Las nueve revelaciones, pasando por P. Teilhard de Chardin y E. Bulwer-Lytton, y en el que señala que «la idea de que los seres humanos están embarcados en un viaje inevitablemente exitoso y autodirigido en aumento hacia la perfección espiritual por la vía de los mecanismos de la evolución es ahora un componente crucial y dado por sentado en gran parte del pensamiento religioso» (149). Opone radicalmente el evolucionismo darvinista a la revelación cristiana, cosa que puede discutirse.
El elemento considerado a continuación es el panteísmo: B. Spinoza, R.W. Emerson, E. Haeckel y otros autores que, desde la filosofía o desde la ciencia, han sentado las bases del pensamiento panteísta actual. No podía faltar en el estudio el gnosticismo moderno, en cuyo análisis incluye a J. Smith (fundador de los mormones) y a C.G. Jung, además de hacer una interesante referencia a la ciencia-ficción, sobre todo en el cine. Denomina en otro capítulo “chamanismo moderno” a todo el elemento ocultista que arranca de E. Swedenborg y tiene su esplendor en la teosofía y el espiritismo de la época victoriana, aunque después conoce otros desarrollos, como el contacto con los extraterrestres o las supuestas revelaciones directas de Cristo. Del pluralismo religioso algunas corrientes que analiza el autor han deducido que habría una unión mística de todas las tradiciones, una “religión universal” que hay que sacar a la luz acabando con todo lo dogmático y confesional.
Una larga conclusión le sirve al autor para recapitular lo tratado y ordenarlo siguiendo la misma distribución temática por capítulos del resto del libro, y poner ejemplos reales y muy concretos sobre la presencia de estos fenómenos neorreligiosos en la actualidad cultural y mediática. Finaliza con unas consideraciones muy apropiadas sobre la diferencia entre tener un Dios y querer convertirse uno mismo en Dios, que es, en el fondo, la diferencia fundante entre la tradición bíblica y la nueva religiosidad ecléctica. Hay que felicitar a Herrick por lograr un libro bastante completo y, a la vez, profundo en sus planteamientos.
LUIS SANTAMARÍA DEL RÍO
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 128 (2005) 570-571.



Las sectas y la libertad religiosa


por Luis Santamaría 

Derek H. Davis – Barry Hankins (eds.), New Religious Movements and Religious Liberty in America (Waco, Texas: Baylor University Press 2003, 2ª ed.) VIII + 238 pp.

Los editores de esta obra son director y profesor del Instituto de Estudios Iglesia-Estado en la Universidad Baylor (Texas) respectivamente. Este centro es conocido internacionalmente, además de por sus libros, por su prestigiosa revista Journal of Church and State, cuyo editor es Davis. En esta ocasión reúnen los ensayos presentados en el simposio celebrado –con el mismo título que el presente libro– en febrero de 2001 en su universidad, además de añadir en su segunda edición los dos capítulos finales. El porqué del tratamiento conjunto de ambos temas lo explican en la introducción: «la medida de la salud de la libertad religiosa en una sociedad es el grado en el que son protegidas las creencias minoritarias, no tradicionales» (1).
Explican que el uso del término new religious movement en lugar de cult (lo que en castellano equivaldría a “secta” o “secta destructiva”) evita la carga peyorativa, importante en los EE.UU., donde hay total igualdad entre las entidades religiosas, sean cuales sean sus creencias, tamaño o importancia. Todos los autores, según Hankins, son de la opinión de que «los nuevos movimientos religiosos [en adelante, NMR] deberían gozar de las mismas libertades que las demás religiones principales. Si el libro tiene un prejuicio, es un prejuicio a favor de la libertad religiosa» (2). Y, en verdad, éste es el tono de todas las colaboraciones.
Comienza Timothy Miller («Controversial Christian movements»), profesor de estudios religiosos, comparando la situación actual de controversia ante los NMR con la progresiva disgregación del cristianismo tras la Reforma y la diversidad religiosa a la que dio lugar. Para ello repasa algunos de los movimientos heterodoxos más controvertidos surgidos de las denominaciones cristianas tradicionales. En una sola página despacha de manera simplista más de un milenio de historia de la Iglesia así: los cristianos perseguidos por el poder, una vez que alcanzaron éste, pasaron a perseguir con dureza a todo hereje y disidente. Acto seguido, Miller recorre la historia de los grupos marginales desde los puritanos del siglo XVII hasta las sectas cristianas del siglo XX. Para concluir que solemos idealizar lo pasado y demonizar lo presente, cuando estamos ante grupos con doctrinas extrañas a las nuestras. Para esta actitud, el autor recomienda el consejo de Gamaliel en Hch: discernir si tras estos casos están los hombres o está Dios.
En el segundo capítulo («The CAN and the Anticult Movement») el sociólogo Anson Shupe y otros estudiosos comienzan comentando de manera muy crítica el final de CAN (Cult Awareness Network), la principal organización antisectas de los EE.UU. en 1996, debido a los juicios por sus “desprogramaciones” de miembros de NMR. Se pretende analizar el movimiento antisectas desde los años 70, mediante el análisis de transcripciones de procesos judiciales y la documentación interna de CAN. Así, se desvela un importante entramado económico (ingresos y donaciones, desprogramadores…) con mala administración financiera. Los autores anuncian un estudio posterior y más detallado de la actuación de CAN, del que adelantan algunas cosas: la práctica corriente de la desprogramación de manera criminal, la destrucción de pruebas documentales y el enriquecimiento ilícito de algunos de sus dirigentes.
Entrando ya en grupos polémicos concretos, J. Gordon Melton, director del Instituto para el Estudio de la Religión Americana, analiza en su colaboración («A contemporary ordered religious community: SeaOrg») la “Sea Organization” de la Iglesia de la Cienciología. Según el autor, al igual que en las grandes religiones hay comunidades con una regla de vida en las que sus miembros desarrollan un compromiso de vida total, los NMR también han dado origen a nuevas formas de vida comunitaria. Cuenta cómo en 1979 hubo una importante experiencia traumática en el seno del movimiento, que Melton compara con la Contrarreforma del siglo XVI: se suprimió un departamento interno que había llevado a cabo actividades delictivas, y se crearon otros que quedaron en manos de la “Sea Organization”. Entonces, todas las acusaciones que caen sobre Cienciología dejaron de ser verdad en aquel tiempo. Comenta, por último, el método de expulsión y readmisión en el grupo, muy discutido, y lo compara con las órdenes religiosas y otros grupos espirituales.
Susan J. Palmer dedica el cuarto capítulo («Women in controversial new religions») a un breve análisis sociológico de los roles sexuales en los NMR, que tan criticados han sido desde fuera, dando la impresión de que, por sus formas de relación (amor libre, celibato o poligamia), serían un azote a la emancipación contemporánea de la mujer. Expone las distintas teorías que dan razón del comportamiento sexual diferente en los NMR, y una tipología de las distintas identidades de género que se dan en ellos. Según la autora, en la evolución de estos grupos se suele progresar hacia una adaptación a los valores familiares y sexuales dominantes. También comenta la feminización de todo que se da en algunos de estos grupos, sobre todo en los ecológicos y apocalípticos: convicción de que la salvación vendrá por la mujer.
En el capítulo quinto («Satanism and Witchcraft») el sociólogo James T. Richardson, tras considerar que ambas creencias, satanismo y brujería, son minoritarias e inofensivas, se pregunta por qué son percibidas como un problema social. Esto es así por una construcción social que exagera algo que no es realmente tan peligroso como se piensa, y se produce el llamado “pánico moral”. Analiza pormenorizadamente las razones que han dado lugar a esta alarma social, y que denomina “pánico satánico”. Después pasa a desmentir el vínculo popular y mediático que se suela establecer entre el satanismo y la Wicca (brujería contemporánea) y que tantas dificultades le plantea a la segunda.
Teniendo en cuenta la celebración del simposio en la ciudad de Waco, no es extraño que el capítulo siguiente («A critical analysis of evidentiary and procedural rulings in Branch Davidian civil case») se dedique a relatar con muchos aspectos concretos lo negativo del juicio celebrado en 1994 en torno a la masacre que allí tuvo lugar, protagonizada por la secta de los Davidianos y las fuerzas de seguridad en 1993. El autor, el sociólogo Stuart A. Wright, analiza con detalle los errores cometidos en el asedio del rancho, la negociación y la entrada, criticándolos con dureza, pues fueron desencadenantes del fatal desenlace. Acusa, pues, al Gobierno y a las autoridades de culpabilizar de manera falsa a un grupo que fue, al fin y al cabo, una mera víctima.
La profesora de historia de las religiones Catherine Wessinger escribe en la misma línea en el séptimo capítulo («NRM and conflicts with law enforcement»). Pretende aportar pistas para evitar tragedias como la de Waco en el futuro. Suele darse un proceso, por ambas partes (grupo sectario y autoridad pública), de escalada de violencia y “profecía autocumplida”. Las fuerzas de orden público han de tener mucho cuidado, sobre todo, con las creencias milenaristas de algunos grupos que, ante su intervención, pueden reaccionar con formas de extrema violencia. Analizando el caso de los Davidianos y otro sucedido en 1992, afirma que ninguna de las muertes «habría ocurrido si los agentes de la ley hubieran sido sensibles a cómo eran percibidos sus actos por los creyentes» (90). Es crucial la interacción del grupo en estos momentos delicados con el resto de la sociedad para poder determinar su peligrosidad potencial. Y uno de los factores determinantes de esta conflictividad es llamar a un grupo “secta”. Ofrece también pistas a seguir por las fuerzas del orden al tratar con los NMR y así evitar episodios violentos, y explica las características de los grupos (internas, de interacción y doctrinales) que han de causar preocupación y las que dan lugar a la tranquilidad.
No deja de ser curiosa la colaboración siguiente («Christian reconstructionism after Y2K»), en la que Adam C. English aborda la cuestión de si el Reconstruccionismo Cristiano (encuadrado en el fundamentalismo cristiano estadounidense, con un trasfondo calvinista) puede ser considerado, entre otras cosas por su milenarismo, como un NMR. Se centra sobre todo en la figura de Gary North, para quien el preconizado caos informático del “efecto 2000” sería una oportunidad para instaurar una teocracia basada en la ley de Dios y en los preceptos bíblicos del AT (el Milenio de Ap). Termina con una interesante consideración sobre el uso actual que este movimiento hace de la libertad religiosa para sus intereses, y que admiten que no reconocerán cuando tengan el poder político (teocrático).
En el capítulo noveno («A not so charitable choice») Derek H. Davis revisa, desde los estudios de la relación Iglesia-Estado, la iniciativa de cooperación económica entre varios departamentos federales de los EE.UU. y los servicios sociales de las entidades religiosas (Faith-Based Organizations), puesta en marcha por el Gobierno de George W. Bush, un programa que ha suscitado muchas críticas. Después pasa a tratar, con ejemplos concretos, cómo los NMR han reaccionado a esta medida gubernamental, con una gran variedad que va desde el entusiasmo hasta la negativa incondicional.
El décimo capítulo («Fighting for free exercise from the trenches»), el primero de los añadidos al simposio, está a cargo de Catherine Cookson, y aborda el tema de la brujería llamada Wicca. Comienza la autora constatando que los dos mayores desafíos a la libertad religiosa de esta creencia son los falsos conceptos y la intolerancia, sobre todo por haberse equiparado el neopaganismo que practican con el satanismo, cuando se trata de creencias muy diferentes. A pesar de todos los esfuerzos para defender su propia libertad de culto, y de todos los avances conseguidos, sigue habiendo persecución y ataques contra ellos, y que la autora clasifica, ilustrándolos con relatos de los propios adeptos. Se trata, para Cookson, de una minoría religiosa discriminada en los EE.UU. Da pistas para un trato más igualitario. Se ve en la autora un excesivo tono apologético y un cierto desprecio a lo cristiano desde esa posición.
El profesor de ciencia política Chuck Smith expone en el último capítulo («The persecution of West Virginia Jehovah’s Witnesses and the expansion of legal protection for religious liberty») que, tal como lo reconocen otros autores, los Testigos de Jehová son los «campeones en la batalla constitucional para proteger la libertad religiosa» (155). Lo demuestra aludiendo a cuatro procesos judiciales que tuvieron lugar en el estado de West Virginia en la década de los 40 y en los cuales, aplicando diferentes leyes, consiguieron una ampliación progresiva de su libertad de actuación. Pero también reconoce los orígenes de la animosidad popular contra los Testigos de Jehová: su proselitismo agresivo, el enfrentamiento a las Iglesias y su actitud ante las autoridades civiles y todo lo patriótico.
Como puede verse, se trata de una obra elaborada sobre todo desde el punto de vista sociológico y jurídico (no en vano es éste el carácter de la institución organizadora del simposio) y bastante favorable al fenómeno de las sectas o NMR. Son ciertas algunas de las acusaciones que se hacen contra los críticos de las sectas, pero es excesiva la defensa que hacen de algunos de estos grupos, más que sospechosos de manipulación de la persona. Es un libro que podemos encuadrar en la cultura actual estadounidense en este campo de “libertad sobre todo”, defendiendo a ultranza las minorías cuando en algunas se está dando una perversión de lo religioso. Por último, constato con extrañeza que las erratas que he encontrado al citar nombres de otros autores se encuentran en los expertos contrarios (a los que llaman “antisectas”).
Luis Santamaría del Río
Recensión publicada en Diálogo Ecuménico 126 (2005) 242-246.



Nuevo libro sobre sectas: desvelar lo oculto


por Luis Santamaría 

El semanario católico Alfa y Omega, editado en Madrid por la Fundación San Agustín, ha publicado en su edición del pasado 3 de noviembre (nº 758) una reseña del último libro del experto Manuel Guerra, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES). La reseña está firmada por José Francisco Serrano Oceja, doctor en Periodismo y decano de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Comunicación de la Universidad CEU San Pablo de Madrid.

Desvelar lo oculto
Los intentos de reducir la complejidad de la experiencia humana, particularmente la de lo trascendente, a uno o a unos pocos factores, han fracasado. Pongamos el caso de la ciencia, con su racionalidad completa y detallada, que iba a ofrecer una respuesta definitiva e imponerse a la creencia, destronándola de su arraigado pedestal. Pasan años, siglos, y el vacío tiende a llenarse. Quienes ingenuamente han considerado que ya habían encontrado la explicación de la trascendencia, lo que han hecho es vaciar el interior del hombre y abrir la puerta a sucedáneos. Permitir que lo esotérico no sólo permanezca, sino que vaya conquistando terrenos en lo humano, aprovechando su relación con la religión, con la ciencia, con la estética, con lo ritual, ha sido un flaco favor de esa dimensión de modernidad, incluso de postmodernidad, que se encierra en muchas de las estrategias sectarias.
Secta, etimológicamente, viene del latín seco, que significa cortar, separar. Expresa una distinción, un modo de vida separado de su origen, de su raíz. La secta seca la raíz de la salvación en la medida en que el contenido de sus propuestas son construcciones humanas, mecanismos psicológicos de deformación de la conciencia. La New Age es sólo una puerta abierta al abismo; las sectas son ese abismo organizado, consolidan el reduccionismo y manipulan dimensiones y facultades esenciales de la persona hasta llegar a los límites insospechados de su destrucción. La sectas, como las setas, proliferan en terrenos abonados. Y nuestra época está muy cargada.
Después de su obra Diccionario enciclopédico de las sectas, publicada por la BAC, pensábamos que el sacerdote y teólogo Manuel Guerra, desde su refugio en las montañas de Burgos, había concluido un capítulo esencial de su fecunda vida académica y científica. Pero convertirse, como le ha ocurrido, en signo de contradicción; haber sufrido la persecución y la difamación por parte de no pocos sectarios; haber defendido con verdad y libertad a la persona humana; y habernos alertado de no pocas de las tramas que se esconden detrás de organizaciones aparentemente anodinas, le obligaba en conciencia a seguir trabajando en pos de esta pedagogía social. En este libro, claro, con abundantes datos e informaciones útiles, don Manuel Guerra nos ofrece una detallada explicación del terreno y del clima propicio para la proliferación de sectas, nos ayuda a entender qué es una secta, en qué consiste su maldad, cómo reaccionar ante una secta. También, en una segunda parte tratada en forma de preguntas y respuestas, nos ofrece interesantísimos datos actualizados sobre el número de sectas y de adeptos en España, sus principales actividades, los lugares de su expansión, los poderes políticos-económicos que están detrás, la relación entre sectas, esoterismo, demonología, y el discernimiento del magisterio de la Iglesia respecto a estos fenómenos.
Al término de la lectura de este libro, el lector se sorprenderá de una realidad que, aparentemente, no existe, pero que está, por desgracia, ahí y operando.

Nombre: Las sectas. Su dimensión humana, sociopolítica, ética y religiosa
Autor: Manuel Guerra Gómez
Editorial: EDICEP

Para más información: https://sectaslibros.wordpress.com/2011/09/13/las-sectas/



Las sectas, un desafío para el ecumenismo en Iberoamérica


por Luis Santamaría 

El sacerdote dominico Pedro Fernández Rodríguez, miembro de la Red Iberoamericana de Estudio de las Sectas (RIES) acaba de publicar en Edibesa (Madrid) un libro titulado El poder de la palabra y la debilidad del diálogo. Treinta años de ecumenismo (1970-2000). Fernández, que ha sido durante muchos años profesor en la Facultad de Teología de San Esteban (Salamanca), y también en la Facultad de Teología de San Dámaso (Madrid), ahora es penitenciario de la basílica de Santa María la Mayor (Roma).
En su última obra resume más de una treintena de encuentros y congresos ecuménicos internacionales a los que asistió entre los años 1970 y 2000, señalando los diálogos que se llevaron a cabo, quiénes fueron sus protagonistas y otros muchos detalles que hacen del libro un buen referente para tomar el pulso la historia reciente del empeño por la unidad de los cristianos.
Al comienzo del libro relata lo tratado en el Congreso “Evangelización y ecumenismo”, que se celebró en 1991 en Guadalupe (Cáceres, España). Al final de su crónica explica cómo se abordó el fenómeno de las sectas en el contexto del ecumenismo. Por su interés, reproducimos un extracto a continuación.

Los nuevos grupos religiosos (sectas)
No abundan los estudios concretos sobre sectas en las naciones iberoamericanas, de tipo sociológico o de tipo teológico. En general, se puede decir que el origen de la expansión de las sectas de Iberoamérica está en los vacíos de la pastoral católica; por ejemplo, cuando se enfatiza el compromiso socio-político o el análisis científico, se reducen el celo apostólico y la dedicación espiritual.
Ahora bien, los textos oficiales sobre las sectas, como el romano y el español, engloban quizá en el mismo término de sectas los nuevos grupos religiosos, algunos de tipo cultural, en relación con la “Nueva Era”. Un estudio sociológico de las sectas es hoy día previo a su estudio teológico.
Los documentos aludidos son: “Sectas o nuevos movimientos religiosos. Informe Progresivo del Secretariado Romano para la Unidad”, mayo de 1986; el material enviado a Roma desde Iberoamérica, para preparar este Documento Vaticano sobre las Sectas, se encuentra en la Universidad Gregoriana. Y el Comunicado de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales sobre “las Sectas y Nuevos Movimientos Religiosos”. Diciembre de 1989.
Las sectas hay que estudiarlas dentro del estilo de vida norteamericano, y como una manifestación de la nueva religiosidad popular. ¿Podemos decir que las sectas destruyen la cultura ya existente, o que gestan una nueva cultura, por ejemplo, en Iberoamérica? Las sectas son un fenómeno religioso ambiguo, que ha de ser estudiado en los ámbitos de la posmodernidad, del fundamentalismo religioso y la nueva religiosidad popular, y representan un reto a las Iglesias históricas en cuanto al modo actual de vivir el evangelio.
Por eso, admitida la amplitud del mundo sectario, hoy se prefiere hablar de nuevos grupos o movimientos religiosos. De todos modos, sabemos que las sectas en Iberoamérica desean hoy día sustituir a la Iglesia católica, animadas por el éxito numérico de su proselitismo y su rápido crecimiento.
Pero, las sectas, ¿tienen algún significado teológico en la historia de la salvación? ¿Nos dice Dios algo a través de las sectas? La gente necesita, no sólo medios para vivir, sino también razones para vivir; las sectas responden también a estas necesidades humanas. En fin, el gran reto de la Iglesia católica en Iberoamérica no son las sectas, sino la evangelización del mismo pueblo cristiano y sencillo de aquellas naciones; y no se trata de una cuestión ecuménica, sino de un compromiso misionero.
Indirectamente, sí es una situación ecuménica, en cuanto que hay que evangelizar sin ofender a otros cristianos o creyentes, de las religiones que sean, y hay que estar abiertos a asumir los aspectos positivos de las sectas, que son respuestas a las carencias de nuestras comunidades católicas.










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