"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)

sábado, 30 de abril de 2016

Jugar con fuego: “Lilah”, técnica hindú neo-pagana, incompatible con la fe católica


Tablero del juego gnóstico hindú llamado "Lilah": 
su práctica es incompatible con la profesión de fe católica.

En nuestros días se está popularizando un método hindú llamado “Lilah”, el cual es presentado como un “juego”, cuyo propósito es “ayudarte a obtener la habilidad para despegarte de tus identificaciones y ver cómo puedes llegar a ser un mejor jugador de la vida”[1]. (¿¿??) Centrado en el aspecto psicológico y espiritual del ser humano, Lilah adopta un lenguaje, una filosofía y una cosmovisión de la vida y de la divinidad totalmente ajenas al lenguaje, la filosofía y las categorías teológicas del catolicismo, lo cual hace que “Lilah” sea incompatible con la profesión de fe católica.
Esta incompatibilidad se debe al hecho de que no se puede “jugar” a Lilah sin comprometer seriamente la fe en Dios Uno y Trino y en el misterio pascual de Muerte y Resurrección del Hombre-Dios Jesucristo. En otras palabras, para “jugar” a Lilah, se debe renunciar a la fe católica, para adoptar sin reservas la espiritualidad oriental que subyace a este “juego”, de neto corte neo-pagano.
Según sus propios cultores y difusores, el método (Lilah) persigue un “conocimiento de uno mismo (…) es un juego que te permite hacer un viaje interior por tus estados de conciencia. Es un mapa que puede mostrar la geografía y estado de tu alma”[2]. El problema es que el conocimiento de uno mismo, según el método de Lilah, conduce a descubrir que “uno mismo” no sólo está inmerso en una energía cósmica, sino que es “parte” de dicha energía; lo que hace el método Lilah es “ayudar a descubrir” en qué momento evolutivo de la unión con la energía cósmica impersonal se encuentra el alma: “Lilah es la energía cósmica puesta en movimiento, que fluyendo sin cesar va generando formas, universos, realidades, seres. Es la danza cósmica, y toda la realidad en la que nos encontramos inmersos es una manifestación, un “juego” de Brahmán o Energía”[3]. En otras palabras, todos estamos envueltos y somos parte de “Lilah”, esa “energía cósmica en movimiento que fluye y genera formas, universos, realidades”. Es decir, el “juego Lilah” ayuda a descubrir esa energía cósmica impersonal, de la cual somos parte integrante, lo cual es un absurdo incompatible con la Verdad Revelada por Nuestro Señor Jesucristo y custodiada y defendida por el Magisterio de la Iglesia, Verdad que nos enseña que hay una distinción radical entre Dios, que es Uno y Trino y nosotros, sus creaturas; distinción que se hace todavía más radical cuando se habla del universo, ya que lejos de ser parte de esa “energía”, el universo es una creatura creada –valga la redundancia- por Dios Trino.
Por otra parte, en este “juego” se habla de “estados evolutivos del alma”, concepto que no existe en la espiritualidad católica, al menos no en el sentido en el que se lo toma aquí. Efectivamente, el sitio mencionado dice así: “El alma y sus distintos estados evolutivos son las estaciones de este juego de posibilidades que, según lo indique el dado, cada jugador va atravesando” [4]. La “evolución del alma”, según esta espiritualidad oriental, es hacia la adquisición de la conciencia de que uno mismo es parte de la “energía cósmica”, lo cual no se puede sostener sino se cree en un dios impersonal, reducido a una “masa energética” de alcance universal. Nada de esto es cristiano, ni se desprende de la Revelación de Nuestro Señor Jesucristo, ni puede ser creído sin colocarse, voluntariamente, en las antípodas de la Fe, del Credo y del Catecismo de la Iglesia católica.
El método posee una clara tendencia panteísta, desde el momento en que el objetivo del “conocimiento de uno mismo” se alcanza cuando, a través del “juego”, se toma conciencia de que el “Ser del jugador” forma parte de ese “Conocimiento Divino”: “El Lilah es el Juego del Conocimiento Divino, la profundización y expresión del Ser del Jugador”. Claramente, se identifica “Conocimiento Divino” con “Ser del Jugador”, lo cual es un concepto panteísta absolutamente extraño al cristianismo. En este sentido, el conocimiento de los “estadios evolutivos del alma” no se refiere a otra cosa que a “manifestaciones del Espíritu” (con mayúscula, porque es la “energía cósmica” que se manifiesta a través del alma de quien “juega”): “Una oportunidad de manifestación para el Espíritu, así como de integración con las formas que adquiere, la mente, las emociones, el Ego en suma, ya que las vemos intervenir en las acciones que se toman sobre el tablero”. En otras palabras, el “Espíritu” –la energía cósmica impersonal- se “manifiesta” a través de los “estadios evolutivos2 del alma de quien juega a Lilah, lo cual es un delirar con los ojos abiertos.
Todo esto es falso y producto de meras elucubraciones de la fantasía, desde el momento en que el verdadero conocimiento de uno mismo solo es posible a la luz de la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, que es la que lleva a saber para qué estamos en este mundo. Según afirma San Ignacio de Loyola, en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales Ignacianos, estamos en esta vida para conocer, amar y servir a Dios Uno y Trino y así salvar el alma: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y, mediante esto, salvar su ánima; y las otras cosas sobre la haz de la tierra son criadas para el hombre, y para que le ayuden en la prosecución del fin para que es criado”. Esto quiere decir que hemos sido creados para: alabar, (es decir, amar, adorar, glorificar, bendecir), hacer reverencia (temor de Dios) y servir a Dios nuestro Señor (Dios Uno y Trino, el Único Dios verdadero, encarnado en la Persona del Hijo, por voluntad del Padre y por obra del Espíritu Santo). El cumplimiento de los fines para los cuales hemos sido creados, será para nosotros motivo de gran alegría, en esta tierra y en la eternidad: Adorar a Dios Trino, Y obrar como sus servidores, Nos otorgará la “salvación del alma”, lo cual a su vez es la causa por la cual estamos en esta tierra y en esta vida. Por lo tanto, conocernos a nosotros mismos por medio de la luz de la gracia, lejos de llevarnos a creer que somos parte del “Espíritu” o “energía cósmica universal”, nos permite desentrañar nuestro interior, con el fin de no solo mejorar como personas, sino ante todo, de servir, adorar, hacer reverencia a Dios Nuestro Señor y así lograr nuestra salvación -mediante la conservación y el acrecentamiento de la gracia santificante- y la de nuestros hermanos. Éste es el verdadero y único “conocimiento de sí mismo”, el que nos proporciona Jesucristo con su gracia, y no el que se obtiene a través de Lilah.
Una vez más, es necesario recalcar la idea de que el “conocimiento (cristiano) de uno mismo”, NO SE DA en el mismo sentido del conocimiento de sí mismo que se persigue en las doctrinas gnósticas de la Nueva Era –entre ellas, el método Lilah-. Aún más, no hay nada más peligroso para la vida espiritual del cristiano, que el error de la gnosis de la Nueva Era, porque este error descarta de plano la necesidad de un Redentor: si yo soy dios, no tengo necesidad de salvación, ni de Salvador, ni de sacramentos, ni de iglesia. El conocimiento gnóstico de sí mismo conduce al error de creer que no necesitamos a Jesús, el Hombre-Dios, ni su Iglesia, ni sus sacramentos, para salvarnos.
La realidad es que somos simplemente creaturas y NO SOMOS Dios y por lo tanto, nos diferenciamos radicalmente de Dios. Esa diferencia entre Dios y nosotros, entre la esencia divina y la esencia humana, entre el Acto de Ser divino, subsistente en sí mismo y nuestro acto de ser participado, es infinita.
La New Age, por medio de las escuelas o cursos de “Metafísica” gnóstica o esotérica (hay una metafísica “buena”, que es el estudio de la filosofía del ser), puede hablarnos de conocimiento de sí mismos, pero de ninguna manera hablará de la necesidad del arrepentimiento, ni de la vida de la gracia, ni de sacerdotes, ni de templos, ni de un Redentor: sólo necesitamos “conocernos a nosotros mismos”: “¿Cómo hemos de lograr esta autorrealización? Ciertamente no a través de libros, ni de rituales, ni de sacerdotes, ni de templos. Solamente se obtiene a través del recto conocimiento, del esfuerzo constante que significa el conocimiento de uno mismo”. Y nosotros agregamos: del conocimiento gnóstico, panteísta y esotérico de uno mismo, tal como lo proporciona “Lilah”. Según estas doctrinas paganas y esotéricas, el conocimiento de uno mismo nos lleva a descubrir la “chispa de divinidad” que todos poseemos. La profundización de este error gnóstico, es creer que somos dios y que lo único que hace falta, es simplemente “descubrir” que somos dios, a través de la gnosis.
Lejos de hacernos creer la fantasía de que somos “energía divina”, como pretende Lilah, el conocernos a nosotros mismos, por la luz de la gracia, nos provoca “horror” ante la vista de nuestra “gran miseria”, tal como le dice Jesús a Sor Faustina, aunque esta miseria que somos es al mismo tiempo la causa de nuestra más grande felicidad, porque es lo que nos hace merecedores del Amor Misericordioso de Dios. Es esto lo que le dice Jesús a Santa Faustina: “Después de la Santa Comunión oí estas palabras: Ves lo que eres por ti misma, pero no te asustes de eso. Si te revelara toda la miseria que eres, morirías del horror. Has de saber, sin embargo, lo que eres. Por ser tú una miseria tan grande, te he revelado todo el Mar de mi Misericordia. Busco y deseo tales almas como la tuya, pero son pocas; tu gran confianza en Mí Me obliga a concederte gracias continuamente. Tienes grandes e inexpresables derechos sobre Mi Corazón, porque eres una hija de plena confianza. No soportarías la inmensidad de Mi amor que tengo por ti, si te lo revelara aquí en la tierra en toda su plenitud. A menudo levanto un poco el velo para ti, pero debes saber que es solamente Mi gracia excepcional. Mi amor y Mi misericordia no conocen límites”. (Santa Faustina Kowalska, Diario 718)”.
Entonces, además de hacernos saber quién es Dios –Uno y Trino-, el conocimiento cristiano de sí mismo dado por la gracia y la luz de Cristo, por el contrario, nos lleva a sabernos que somos “nada más pecado”, pero también nos lleva a saber que Jesucristo es Nuestro Redentor, nos lleva a arrepentirnos de nuestros pecados, a pedir perdón por ellos en el Sacramento de la Penitencia, para recibir al mismo Dios que nos perdona desde la cruz, Jesús en la Eucaristía y este proceso se llama “conversión”. LA CONVERSIÓN DEL CORAZÓN ES EL FRUTO DEL CONOCIMIENTO DE UNO MISMO, OBTENIDO POR LA LUZ DE CRISTO. LA CONVERSIÓN SE PRODUCE POR LA ILUMINACIÓN DEL ROSTRO DE CRISTO SOBRE EL ALMA.
El rumbo nuevo que implica la conversión, brota de una luz nueva, una luz que muestra lo que el alma no veía antes, pero esa luz viene de lo alto, de Jesucristo, no de nosotros mismos. Sin la luz de Jesucristo, se vuelven imposibles tanto el verdadero conocimiento de sí, como de la necesidad imperiosa de la conversión (que es la fase sucesiva del proceso). Ejemplo de conversión cristiana, que ilumina las tinieblas del alma y la conduce a la luz de Cristo, es San Pablo, en su camino a Damasco (cfr. Hech 9ss). Encontrarse verdaderamente con Cristo y llegar a conocerse, vienen por lo tanto a ser sinónimos (otros ejemplos evangélicos, además del de San Pablo, son el de la mujer samaritana del capítulo cuarto del Evangelio de Juan, o la conversión de Zaqueo).
Resumiendo: el conocimiento de sí mismo sin Cristo, -que es el conocimiento gnóstico de la Nueva Era y es el conocimiento que proporciona Lilah-, conduce a la desesperación. El conocimiento de sí mismo con Cristo y su luz, conduce a la conversión.
Como vemos, el conocimiento de uno mismo sí es necesario, pero NO según el método panteísta y neo-pagano que propone “Lilah” –y, con él, la Nueva Era-, sino según la gracia de Cristo Jesús, que ilumina al alma –que sin Él es sólo tinieblas- y que, al concederle la gracia, le concede la conversión al mismo tiempo, tal como le sucedió a San Pablo, camino de Damasco.




[1] Cfr. http://lilah.cl/.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

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