"La humanidad no encontrará la paz hasta que no vuelva con confianza a mi Misericordia" (Jesús a Sor Faustina)

sábado, 4 de junio de 2022

Observaciones al documento sobre el ídolo demoníaco Gauchito Gil

 


Gauchito Gil y San La Muerte, ídolos demoníacos, representantes del Demonio. Su culto es incompatible absolutamente con la Fe Católica. El católico que rinda devoción a estos ídolos demoníacos comete pecado de superstición y debe acudir de inmediato al Sacramento de la Penitencia.


         Ya desde el inicio se comienza con una afirmación absolutamente falsa, cuando se describen las pseudo-ermitas erigidas al Gauchito Gil. En efecto, se dice, faltando a la verdad, que las pseudo-ermitas del Gauchito Gil son “capillitas enmarcadas en banderas rojas, que se van convirtiendo en verdaderos espacios de recreación, rodeadas de bancos y hasta con alguna parrilla, y que se encuentran llamativamente preservadas del vandalismo”. No son ningún espacio de recreación, o al menos de recreación inocente, puesto que es conocido por todos que en dichas pseudo-ermitas los devotos del Gauchito Gil se juntan a beber alcohol, a fumar y probablemente a drogarse. Y además, no es que “estén preservadas del vandalismo”: al contrario, son fuente de vandalismo, porque cuando uno se acerca, pueden observarse imágenes católicas vandalizadas (imágenes de la Virgen decapitadas, crucifijos quemados y quebrados, etc.), lo cual hace suponer que parte de la “devoción” al Gauchito Gil es atentar contra la imagenología católica. Esto es así en la mayoría de los casos, aunque también es cierto que no se observa dicha vandalización de imágenes católicas en todas los lugares de culto al Gauchito.

La afirmación “Dios actúa en el pueblo para ofrecer incansablemente caminos de salvación (cfr. Evangelii Gaudium 112-114)” debe interpretarse en el marco del concepto de que la salvación eterna de cada alma humana es posible exclusivamente por el Sacrificio Redentor de Cristo; no puede haber ningún “camino de salvación” que no sea la Cruz de Cristo y Cristo en la Cruz; es necesario hacer esta aclaración, porque la totalidad del artículo se orienta a ensalzar la figura del Gauchito Gil como un pseudo-redentor para-cristiano.

A la siguiente afirmación: “el tipo de abordaje que proponemos requiere del lector un cierto deseo de conversión afectiva al pueblo, o –en palabras de Francisco- del “gusto espiritual de ser pueblo” (Evangelii Gaudium 268). Quien no pueda superar el prejuicio de considerar como romántica toda reflexión que haga centro en la vida del pueblo poco fruto sacará de estas páginas”, se le debe hacer la siguiente observación: si el “gusto espiritual del pueblo” es la devoción al Diablo, por ejemplo, ¿se debe “respetar” este “gusto espiritual”? ¿Se debe hacer una “conversión afectiva” al pueblo que acuda a la iglesia satánica del lugar? Es obvio que no y por eso, este principio –la “conversión afectiva” o la “reflexión romántica” no puede ser aplicado bajo ningún punto de vista por parte del sacerdote católico.

El análisis del siguiente hecho histórico es falso: “2. El relato legendario y su riqueza salvífica No deja de ser llamativa la naturalidad con la que este gran teólogo alemán puede incorporar a su vida de fe y a su ministerio episcopal un relato legendario como el del oso bávaro. A alguien que ha sido uno de los grandes intelectuales del siglo XX no puede escapársele que semejante historia repugna a la sensibilidad moderna sobre la verdad de la historia. Hay una especie de “sentido común” moderno que nos dice que sólo es verdad lo empíricamente comprobable. Análogamente, en la lectura de los hechos históricos hay una tendencia a pretender que hayan sido tal como se los relata “literalmente” para prestarles credibilidad. Eso hace que la interpretación de los relatos legendarios fluctúe entre dos extremos: o se les niega todo contenido de verdad refutándolos como históricamente imposibles y propios de pueblos incultos o se los cree recurriendo forzadamente a la libertad que tiene Dios de hacer lo que quiera, cayendo en un concordismo fideísta que poco honor le hace a la racionalidad humana. El hecho de que alguien como Benedicto XVI eleve ¡nada menos que a su escudo! la historia del oso, nos hace pensar que tiene que haber un camino intermedio que sepa descubrir el contenido de verdad de una leyenda sin obligarnos a creer que “históricamente” Corbiniano llegó a las puertas de Roma con un oso como criado”. Descartar este hecho y calificarlo como “leyenda” es subestimar y no tener en cuenta la acción de la gracia santificante, que actúa a través del ser humano sobre los seres irracionales y es también descalificar el hecho de que los ángeles de Dios guían a los seres irracionales, como enseña Santo Tomás de Aquino y como bien puede haber sucedido en este caso y esto no es ningún “concordismo fideísta”.

Todo el párrafo que sigue es escandalosamente hereje, ya que rebaja los milagros y la santidad de los santos y la infalibilidad de la Escritura a leyendas, relatos fantásticos, mistificaciones, propio de una mentalidad racionalista-luterana –y hasta blasfema, cuando dice que la Biblia está llena de “novelitas”- y no católica: “Este hecho de que los relatos legendarios –independientemente de su historicidad- pueden ser un medio por los que Dios le acerca la salvación a muchos creyentes lo explicaba el padre Tello en una charla informal en el año 2000: “hay que reconocer que la Iglesia vivió muchos siglos en base a leyendas. Después vinieron los autores bolandistas que empezaron a purificar la historia de los santos sacando lo que es leyenda de lo que es racional. En general toda la escuela bolandista de origen holandés es útil para la mentalidad del hombre moderno, que quiere saber la verdad exacta y distinguir, pero durante siglos estaban en lo fundamental que era ir hacia Dios, hacia la salvación. No estaban errados los hombres que durante siglos se basaban en las leyendas que eran imitadas por miles de hombres y eso les servía para ir realmente a Dios. Yo marcaría eso: aunque no conste 3 históricamente, puede ser útil para la salvación; y eso es el aspecto fundamental. San Jorge probablemente, Jonás, Tobías, Judit, Ester, Job. La Biblia está llena de novelitas. El principio fundamental es que mire a la salvación” (R. Tello, Charla del 12/10/2000). El padre Tello hacía aquí referencia a aquellos libros de la Sagrada Escritura de los que hoy estamos convencidos que se tratan de ficciones literarias pero que durante cientos de años se tomaron como historias reales. Pensemos que incluso el mismo Jesús apela a la enseñanza de la historia de Jonás, aquel profeta que “estuvo en el vientre de la ballena tres días y tres noches” (cf. Mt 12,40), y cuya historicidad en sentido moderno es sumamente débil”. Sostener que Jesús toma como ejemplo cierto de algo que sucedió en la realidad, la permanencia de Job en el vientre del cetáceo durante tres días, para su enseñanza y a la vez dudar de este hecho tratándolo implícitamente de “ficciones literarias”, es atentar directamente contra la omnisciencia del Hijo de Dios, que es la Sabiduría Encarnada, es tratar a Jesús de contador de fábulas o, peor aún, de ignorante, lo cual es una blasfemia. Por otra parte, es verdad que en el origen de algunas historias referidas a los santos se pueden haber introducidos elementos de fantasía que no se corresponden con el hecho histórico, pero de ahí, a considerar que todo hecho milagroso o sobrenatural, de la Biblia o de los santos, sean “novelitas”, hay un gran paso y el paso termina en la herejía.

La siguiente afirmación es tendenciosa, en cuanto califica de antemano como “leyenda religiosa” a los milagros verdaderos, ya sea los realizados por Nuestro Señor en Persona o bien a través de sus santos: “en las leyendas religiosas lo principal no es verificar su historicidad sino buscar los elementos que hacen que el creyente entre en comunión con el misterio divino”. Por otra parte, se califica como “leyenda religiosa” a los hechos de las vidas de los santos, tomando como ejemplo lo acaecido con San Jorge. Dejando de lado este caso particular, no se puede hacer una transpolación y afirmar lo mismo de todos los milagros de los santos. Hacerlo, es negar la acción de la gracia santificante, por un lado; por otro, es tildar al pueblo cristiano de una especie de “pueblo fantasioso” que elabora “leyendas” para acercarse más a Dios. Inaceptable.

La siguiente afirmación es sumamente peligrosa para la recta fe católica, si es que tenemos en cuenta que estamos hablando de una “devoción popular” como la del Gauchito Gil: “La intensidad con las que generalmente se viven las devociones populares hace pensar que son el emergente de fuerzas muy profundas del espíritu humano que están destinadas a la comunión con lo divino”. Si el Gauchito Gil es una devoción popular, esta estaría justificada porque “se vive con intensidad” y porque sería el reflejo de “fuerzas profundas del espíritu humano que se dirigen a la comunión con lo divino”. Es decir, el criterio para la aprobación de la devoción popular al Gauchito Gil no serían ni la Tradición, ni el Magisterio, ni el contenido de la devoción en sí, que puede ser –y de hecho lo es- contrario a la verdad y profundamente anti-cristiano: el criterio para aprobar esta devoción popular consistiría en la intensidad con la que el “pueblo” la vive y estaría justificada la devoción porque surge “de lo profundo del ser humano”, sin tener en cuenta que el ser humano, a causa del pecado original, necesita de la Revelación divina para saber quién es el Verdadero Dios. Sin esta Revelación, dada en anticipo al Pueblo Elegido primero y dada en su plenitud en la auto-revelación del Hombre-Dios Jesucristo, el hombre por sí mismo termina adorando ídolos y no al Dios Verdadero.

La totalidad del punto tres: “De Munich y Capadocia a las pampas argentinas” es una lectura falsificada y tendenciosa del Martín Fierro, en la que se incluyen ataques solapados a la Autoridad y a la propiedad privada, citando astutamente párrafos del poema de Hernández y sacándolos de contexto. Otra astucia sutil es la de equiparar la figura del Martín Fierro con la de Antonio Gil, lo cual es inaceptable.

En el punto cuatro: “La historia del Gaucho Antonio Gil”, curiosamente, no se duda ni por un instante del supuesto “milagro” que habría producido Gil luego de su muerte; no se duda de su intercesión ante Dios; no se duda de la veracidad de los hechos relacionados con Gil, aunque expresamente diga que “probablemente” sea esa “la situación del Gaucho Gil”, todo lo cual es sumamente llamativo, por cuanto implica un giro rotundo en la perspectiva del autor del artículo: cuando se trata de santos de la Iglesia Católica y sus milagros, se debe dudar de todo y nunca se habla de “milagros”, sino de “leyendas”, pero cuando se trata de narrar lo sucedido con Gil, el autor cambia la perspectiva y no duda ni por un instante lo que se tiene por verdadera leyenda. Es decir, se duda de lo que afirma la Tradición y el Magisterio católico –milagros, santidad probada, etc.-, pero se aprueba a ojos cerrados y con entusiasmo lo que es verdadera leyenda, esto es, la vida y el supuesto “milagro” de Gil. Una verdadera perversión literaria, una verdadera distorsión de los conceptos y de los hechos, para inclinar al lector hacia una lectura benévola del Gauchito Gil, llamándolo incluso, sin ninguna vergüenza, “querido Caucho Gil”. Por otra parte, si Antonio Gil fuera realmente “santo”, como pretende la canonización “in pectore” del autor, ¿actuaría un santo provocándole desgracias sin número a su devoto, al que trasladó sus restos y luego tuvo que regresarlos, al interpretar las desgracias como una señal de que Gil quería, desde el más allá, que sus restos regresaran al lugar original? ¿Qué clase de “santo” obra de esta manera? De ser cierto que le sucedieron estas desgracias a quien trasladó sin consentimiento los restos de Gil, ¿no es esto un criterio suficiente para afirmar que quien provoca las desgracias es un ángel caído que actúa con ocasión de la manipulación de los restos mortales de Antonio Gil? Y si es cierto esto, confirma lo que la  Escritura afirma: “Los ídolos de los gentiles son demonios”.

La siguiente afirmación es falsa, pues la referencia al Evangelio y el hecho de que la historia de Gil “cale tan hondo en el corazón de un pueblo que ha recibido el Evangelio”, es solo una expresión de deseos del autor, puesto que no se da ni lo uno ni lo otro: “Cuando una historia cala tan hondo en el corazón de un pueblo que ha recibido el Evangelio es porque en ella hay valores que la conectan con el sentido profundo de lo cristiano”.

La siguiente frase es un atentado directo a la Sabiduría de la Iglesia, encarnada en la Tradición, el Magisterio, las enseñanzas de los Padres de la Iglesia, porque califica, implícitamente, a los santos y a los milagros –e incluso al mismo Hombre-Dios Jesucristo- como “relatos legendarios en la Tradición de la Iglesia”, lo cual es absolutamente inaceptable: “…hemos intentado presentar un marco de interpretación dentro de la tradición eclesial y la historia de nuestro país. Para ello hemos hecho referencia al valor evangelizador que han tenido otros relatos legendarios en la tradición de la Iglesia”.

El punto uno de la segunda parte constituye, por una parte, una apología del robo, siempre y cuando el robo sea mirado “desde el pueblo” y así lo da a entender el autor: el robo se justifica si “se mira con los ojos del pueblo”. Además, no hay precisión histórica alguna, según se desprende de las afirmaciones inseguras y tendenciosas del autor, que trata de “limpiar” la condición de ladrón de Antonio Gil: “Antonio Gil bien pudo haber sido; “pudo haberse convertido en un bandido rural”; “pudo haber sido de algún modo un caudillo en su región”. Además, la cita que se hace de la amistad del Cura Brochero con Santos Guayama –a quien se lo nombra como “montonero”-, no tiene relación con el caso de Antonio Gil y solo sirve de pretexto para colocar y asociar la palabra “montonero” con los adjetivos calificativos “manso cordero” y “muy buen amigo”; en síntesis, es un intento solapado, astuto y sutil de presentar a la guerrilla montonera como “buena” porque, como el Gaucho Gil y como Martín Fierro, se resistían al “nuevo orden social”: “Un testimonio de esta distinta vara con la que el pueblo medía a los “bandidos rurales” puede ser la amistad entre el cura Brochero y el montonero Santos Guayama. Dice el santo cura en una carta: “de Guayama se decía que era muy malo; pero para mí era un manso cordero y muy buen amigo”. La totalidad del párrafo conduce a colocar a Antonio Gil, sobre la base de meras suposiciones, en la categoría de héroe popular, montonero, querido por el pueblo. Lo que pretende el autor es, además de ensalzar la figura de un ladrón, hacer una crítica solapada al “nuevo orden social” –la civilización cristiana- e introducir la figura del “montonero”, del subversivo apátrida, como alguien “bueno”, lo cual es absolutamente falso.

En el punto dos -“No quería pelear entre hermanos”- se equipara falsa y sacrílegamente la entrega martirial de Cristo con la supuesta entrega “pacífica” de Antonio Gil, de lo cual no hay registros históricos, por otra parte: “Paradoja profundamente cristiana: Jesús es plenamente libre y nos libera entregándose a sus enemigos y perdonándolos. El Gauchito se entrega y perdona a su verdugo. Y eso el pueblo lo admira”. ¿Qué importa que “el pueblo admire” la supuesta entrega pacífica de un personaje sindicado como ladrón y como prófugo de la justicia? ¿Eso lo convierte en “santo”? Nos encontramos aquí con una grave perversión e inversión del criterio de santidad, por parte del autor. Luego, algo más grave: se descalifica falsamente al martirio del Bautista al sostener erróneamente que no muere por Cristo, cuando en realidad sí lo hace, porque muere por la santidad del matrimonio en Cristo, matrimonio santificado por Cristo y no por la infidelidad en sí misma, al mismo tiempo que se eleva a rango de martirio falso, falsificando la idea misma de mártir: el neo-mártir progresista-populista ya no es el que da la vida por Cristo –el autor lo afirma explícitamente, sin sonrojarse-, sino aquel que “da la vida por el prójimo”, lo cual es una falsedad absoluta, sin fundamentos en ningún momento de la Tradición y del Magisterio de la Iglesia: “El que da su vida, no por Cristo, sino por amor al prójimo, la da por una verdad enseñada por Cristo. A éste la Iglesia no lo reconoce como mártir. Pero muere de una forma similar al martirio”.

El punto tres, “Murió perdonando al matador”, es un burdo intento de asimilar la muerte de Antonio Gil, que ejerce una “misericordia para-cristiana”, si se puede decir, con la muerte martirial de Cristo: “el personaje encarna –como Cristo- la virtud más rara y más necesaria: la misericordia”. Esta analogía con Cristo es de una ligereza y banalidad tal, que no puede ser aceptada bajo ningún punto de vista. Quien sí muere perdonando a sus verdugos, es decir nosotros, puesto que los autores espirituales de la muerte de Cristo somos nosotros en cuanto pecadores, es Cristo Dios, pero equiparar el perdón del Corazón Misericordioso de Cristo con el supuesto perdón de Antonio Gil con sus supuestos ejecutores, es delirar con los ojos abiertos. Lo que intenta hacer el autor es “canonizar in pectore” a Antonio Gil, por el solo hecho de que un fantasmagórico “pueblo” –que no es el Pueblo de Dios, los bautizados en la Iglesia Católica- lo considera “santo”, lo cual constituye un peligrosísimo paso en falso que, de ser aprobado, daría lugar a posteriores “canonizaciones populares” –por ejemplo, Difunta Correa, San La Muerte-, solo por el hecho de que “el pueblo” así lo determina. La autoridad vertical del Magisterio, de origen divino –Cristo es el Supremo Maestro en cuanto Sabiduría de Dios Encarnada- es reemplazada y sustituida por una autoridad “horizontal”, de origen humano y no divino, el tan mentado y fantasmagórico “pueblo”, supuestamente cristiano.

En el punto cuatro se intentan refutar -sin éxito- dos de las objeciones más frecuentes en relación a la devoción del Gauchito Gil: que “es una devoción pagana y que “no es santo de la Iglesia Católica”.

Es inaceptable el siguiente argumento, así como la cita al Obispo de Roma, Francisco: “Hay quienes desconfían de las devociones que no han sido propuestas por la jerarquía de la Iglesia y las consideran devociones “paganas”. Generalmente, estas objeciones no tienen en cuenta que se trata de creencias que nacen en el seno de un pueblo cristiano, con una cultura fraguada en varios siglos de cristianismo y que es mayormente bautizado. Como enseña el Papa Francisco en Evangelii Gaudium (110-129) no hay que pensar “lo cristiano” como algo rígido que deba vivirse según un único modo cultural”. Por un lado, se debe tener en cuenta que una devoción pagana, aun cuando nazca en un “pueblo cristiano”, no es un criterio para aceptar dicha devoción, por tratarse precisamente de una devoción pagana. La condición de “cristiano” de un pueblo, no asegura que esa devoción pagana sea, precisamente, cristiana, justamente porque es pagana. Además, hay que tener en cuenta la situación intelectual-espiritual del noventa y nueve por ciento del “pueblo cristiano” –católico-, que es la de un desconocimiento prácticamente total de las verdades más elementales de la fe cristiana-católica, lo cual lo hace un pueblo neo-pagano que ha caído en el paganismo por su apostasía. Por otra parte, la cita de Bergoglio tampoco justifica la aprobación de una devoción pagana, entre otras cosas, porque “lo cristiano” debe vivirse como “católico” y esto no implica ningún “rigidismo” el cual rigidismo, dicho sea de paso, parece ser usado por Bergoglio para desacreditar lo que es verdaderamente católico y así dar paso a lo “nuevo” que, en realidad, es el viejo paganismo.

En el siguiente párrafo también se afirma una media verdad, para introducir una falsedad: es verdad que el cristianismo-catolicismo encarna en diversas culturas, pero eso no significa que la “encarnación en la cultura” introduzca elementos paganos en la doctrina católica, como es el caso del Gauchito Gil.

La siguiente afirmación desacredita, de un plumazo, la autoridad de la Iglesia, de su Magisterio y de su Tradición: “Creemos que desde este marco teológico debe interpretarse el fenómeno de la devoción al Gaucho Gil. Se trata de un suceso que nace espontáneamente en el seno de un pueblo pobre que vive el cristianismo según su cultura popular. Es una más de tantas devociones populares que no han sido propuestas por la jerarquía de la Iglesia sino que nacieron directamente del pueblo”. El hecho de que “haya nacido del pueblo” no la convierte inmediatamente en “buena” ni “provechosa” para la eterna salvación del alma; precisamente, la Iglesia debe vigilar y censurar toda aquella devoción popular pagana o neo-pagana que sea contraria a su Magisterio o que se erija en devoción popular por medio de una especie de “para-magisterio popular”.

En el siguiente párrafo se sostiene que la devoción al Gauchito Gil debe concedérsele una “legítima autonomía”: “En la devoción al Gaucho Gil puede verse cómo un pueblo reza de un modo propio, con algunos elementos tomados de la cultura guaraní y otros de la primera evangelización, pero conjugándolos con creatividad y expresando “su legítima autonomía” (EG 115). Sus devotos piden favores ofreciendo oraciones, velas, banderas rojas, cintas rojas, cigarrillos, bebidas, bailes y todo tipo de objetos. Estas ofrendas generalmente están vinculadas a promesas o pedidos muy concretos, cosas que tienen que ver con necesidades profundamente vitales: trabajo, salud, casa, auto, etc. Algunas de estas ofrendas tienen sus raíces en los ancestros guaraníes. Para ellos era común dejar sobre la tumba los alimentos y la bebida preferida del difunto. Los primeros misioneros les enseñaban que esa ofrenda podía consumirla cualquiera que rece por el alma del difunto. Las velas encendidas siempre han sido un modo de oración de los sencillos. También la bandera roja flameando se vuelve profesión de fe y oración. La cinta que tocó la imagen del santo y se lleva sobre el cuerpo tal vez esté emparentada con el uso de los escapularios”. En la descripción que se hace del culto al Gauchito Gil, se deja de lado el hecho de que lo que se le pide son cosas puramente materiales –dinero, éxito mundano, bienes materiales, salud meramente corporal-, dejando de lado el hecho de que no se le pide NADA relativo a la eterna salvación del alma; por otra parte, los beberajes y las ofrendas –alcohol, cigarrillos, dinero, droga, etc.- no tienen, en absoluto, nada de cristiano. La comparación de la cinta roja, característica de la superstición del Gauchito Gil, de ninguna manera puede compararse al sacramental católico llamado escapulario, porque en el primer caso se lo usa para evitar la “envidia”, el “mal de ojo”, o para pedir “protección corporal” al Gauchito Gil y no para evitar el Infierno, como es el caso del Escapulario de la Virgen. La comparación con el Escapulario católico es un deshonesto intento pseudo-intelectual de asemejar un elemento eminentemente católico –el Escapulario- con un elemento eminentemente neo-pagano y anti-cristiano –la cinta roja-.

En la siguiente afirmación se da por descontado que el Gauchito Gil es un santo católico, aunque no cuenta con las condiciones necesarias para ser santo católico: “Encontrar un hombre como ellos, que está junto a Dios y que vivió con la cultura de ellos, es un camino enormemente fecundo para entrar en comunión con el Dios que necesitan para vivir”. Entonces, ¿debemos suponer que el Gauchito Gil está junto a Dios? Es una afirmación temeraria, sino sacrílega. Por el solo hecho de que “el pueblo” considere que el “santo neo-pagano” esté con Dios, no significa que lo esté, hace falta la afirmación de la Iglesia, a través de su Magisterio. No se puede canonizar a una devoción neo-pagana, solo por el hecho de que un pueblo excristiano, que nunca vivió su fe católica, considere que este personaje de leyenda –el Gauchito Gil- esté con Dios, es una falta de respeto y de consideración hacia la sabiduría bimilenaria de la Iglesia Católica.

El siguiente párrafo, además de confirmar lo que un sacerdote de a pie constata diariamente en su tarea sacerdotal –que la devoción al Gauchito Gil está íntimamente ligada a la devoción a otro ídolo demoníaco, llamado en Argentina “San La Muerte” y en México “Santa Muerte”-, es un increíble intento de justificar lo malo por el solo hecho de provenir de un “microclima” como la cárcel, para hacerlo pasar por “bueno”: “Hay también quienes desconfían de la devoción al Gaucho Gil porque al parecer es muy popular entre los delincuentes y porque algunos lo relacionan con el culto a “San La Muerte”. Esto merecería un estudio sociológico que nos ayude a entenderlo mejor desde sus causas. Lo que podemos decir aquí es que no podemos sorprendernos de que los malhechores, a pesar del género de vida que llevan, tengan su fe. Dios, aun en el peor asesino ve un hijo amado, y le ofrece caminos para que vuelva. En el ambiente forzosamente cerrado de las cárceles, desde el flagelo que allí se vive, se genera una subcultura –que algunos llaman tumbera- que tiene sus elementos religiosos. Devociones como las de San Jorge, el Gauchito o San La Muerte pueden ser usadas en ese microclima tanto para el bien como para el mal”. No se puede ser tan ingenuo o tan malintencionado: ¿cómo se puede justificar, siquiera mínimamente, la devoción a un ídolo demoníaco como es “San La Muerte”? No hay nada más diabólico, satánico y anti-cristiano que esta devoción a San La Muerte, ¿y se la justifica porque viene del “microclima” de la cárcel? ¿Qué hay de bueno en el culto al Diablo? La honestidad intelectual nos lleva a decir que absolutamente NADA BUENO hay en la devoción a los ídolos neo-paganos y demoníacos Gauchito Gil y San La Muerte, los cuales deben ser combatidos y rechazados si es que se quiere conservar una fe católica en su pureza, inherente a esta misma fe.

En la respuesta a la objeción 2, “el Gauchito Gil no es santo de la Iglesia”, se continúa con la ambigüedad de los conceptos y de las afirmaciones, para justificar lo injustificable: “En los primeros siglos de cristianismo era la piedad del pueblo cristiano quien decidía a quien se veneraba. Los elementos que se conjugaban para que un santo sea elevado a los altares eran: su martirio, sus milagros y la veneración que le daban”. Se omite decir que, por un lado, si se toma el criterio de los primeros siglos del cristianismo para la canonización y se deja de lado el actual, eso significa un retroceso espiritual-intelectual de casi quince siglos. Por otra parte, se omite decir que la devoción de los cristianos, que conducía a una persona concreta de la historia a los altares, es el hecho de que toda su vida estaba orientada al Hombre-Dios Jesucristo. Y si consideramos los milagros, no está atestiguado ningún milagro por parte de Antonio Gil, porque toda su historia se basa en leyendas.

El ejemplo que se toma de la canonización de Santa Hildegarda de Bingen, en vez de confirmar la falsa hipótesis de la “canonización popular”, la demuele, desde el momento en que demuestra lo que afirmamos anteriormente: la vida y los milagros de los santos conducen al Hombre-Dios Jesucristo, algo que no sucede de ninguna manera en el Gauchito Gil.

En la siguiente frase, en la que se dice que “no es forzado” pensar que algunos santos del catolicismo surgieron como el caso de Antonio Gil, debemos decir lo contrario: es absolutamente forzado y fuera de contexto equiparar los verdaderos santos católicos con la devoción neo-pagana del Gauchito Gil: “no es forzado suponer que, en el caso de algunos santos de los primeros siglos del cristianismo que aún veneramos, su devoción pudo haber nacido de un modo similar al que se da hoy en día en torno al Gaucho Gil”.

En el siguiente párrafo se admite la dificultad –seria y grave- de demostrar la historicidad, la autenticidad, la veracidad y –lo más importante- su relación con el misterio salvífico del Hombre-Dios Jesucristo, lo cual tira por tierra todo intento de “canonización popular” de esta devoción neo-pagana: “También hay que decir que en este caso serían muchas las dificultades que tendría que atravesar un hipotético proceso de canonización. Una de las primeras sería demostrar su historicidad. En la primera parte de este artículo intentábamos explicar que una creencia popular puede ser un medio por el que Dios santifica al pueblo más allá de la veracidad de los orígenes históricos del relato. Aun así, en la historia que nos toca, si bien puede haber elementos legendarios, no es descabellado pensar que tiene algún sustento de historicidad”. Entonces, ¿pretendemos canonizar a una leyenda, por el solo supuesto hecho de que existió y de que probablemente realizó algún milagro y que no está conectada con el misterio salvífico de Cristo? ¿Qué clase de “santo” sería este? La respuesta es obvia: no sería, de ninguna manera, un santo, sino un demonio.

La Conclusión, al final, comienza, paradójicamente, con una afirmación falsa: “Como vimos, en esta devoción popular son muchos los elementos genuinamente cristianos”. Al revés de lo que dice esta afirmación, es casi imposible encontrar “elementos genuinamente cristianos”. La presencia de la cruz no justifica la devoción ni su conexión de la persona histórica de Antonio Gil –si es que existió- con el misterio de Cristo Jesús: si se colocó una cruz en el lugar en el que supuestamente murió, es porque, desde Cristo, se colocan cruces en las sepulturas, pero esto no asegura la santidad de quien está sepultado en el lugar donde se colocó la cruz. Por otra parte, en la imagenología del Gauchito Gil, este, lejos de arrodillarse ante la Cruz de Cristo, le da la espalda. Así como el Demonio da la espalda a la gracia santificante que proviene de la Santa Cruz.

Todo lo que sigue no es más que mera imaginación del autor del artículo: “Es una historia de libertad, martirio y perdón que está calando cada vez más hondo en el corazón de nuestro pueblo, especialmente entre los pobres y marginados. Son muchos los que a través de esta devoción sienten cada día sus vidas envueltas por el amor misericordioso de Dios. Es de una intensidad difícil de describir la confianza que muchos de sus devotos tienen en el poder de intercesión de Antonio Gil. Quien se decida a poner un oído en el pueblo devoto de este “santo popular”, escuchará historias de fe hecha vida pocas veces oídas con santos más tradicionales”. No es una historia, es una leyenda; no hay libertad, porque no hay relación con Cristo, Verdad Suprema y Absoluta del Padre y el Único que concede la verdadera libertad –“La Verdad os hará libres”-, ni martirio –no muere en nombre de Cristo ni confesando la fe en Cristo-, ni perdón –las supuestas palabras dirigidas a su verdugo son solo eso, supuestas palabras, en las que no hay un perdón cristiano, es decir, un perdón en nombre de Cristo, el único perdón válido. Y la verdad es que, quien escucha las historias relacionadas con este “santo popular”, encuentra de todo, menos a Dios; encuentra oscuridad espiritual, ignorancia de la fe católica, rechazo de Cristo y su Evangelio.

La siguiente cita de Francisco pretende legitimar la leyenda del ídolo neo-pagano Gauchito Gil, al considerar implícitamente, a quien cree en los santos verdaderamente católicos, como personas “encerradas y cómodas en sus propias seguridades”, al tiempo que da por válido el creer en leyendas supersticiosas, solo porque es la contraparte de quienes desean vivir una fe católica segura y no contaminar su fe católica con devociones neo-paganas: “Digamos para terminar, que ofrecemos estas breves reflexiones a la luz del llamado que nos hace el Papa Francisco en Evangelii Gaudium de emprender un camino de conversión pastoral en la Iglesia. Nos invita a salir sin miedos que nos paralicen: “prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (EG 49). Preferimos el riesgo de equivocarnos en la valoración de este fenómeno a permanecer indiferentes ante un hecho de fe con el que se siente identificado gran parte de nuestro pueblo pobre y sufrido”. ¿Acaso el que sale a misionar, casa por casa, con santos aprobados por la Iglesia, está “encerrado”? La frase citada de Evangelii Gaudium, tiene la intención de atribuir malicia –comodidad, pereza, inacción- a quien quiere vivir la auténtica fe católica, mientras que, al mismo tiempo, exalta y ensalza a quien “se arriesga” a creer en una leyenda supersticiosa, sin elemento católico alguno.

Para finalizar, también es desacertada la siguiente cita de Francisco: “La actitud con la que intentamos acercarnos a esta expresión de fe popular bien puede ser la que describe el Papa cuando dice: “para entender esta realidad hace falta acercarse a ella con la mirada del Buen Pastor, que no busca juzgar sino amar. Sólo desde la connaturalidad afectiva que da el amor podemos apreciar la vida teologal presente en la piedad de los pueblos cristianos, especialmente en sus pobres” (Evangelii Gaudium 125)”. No hay que olvidar que el Buen Pastor es también el Juez Supremo que SÍ JUZGA y su juicio es irrevocable, tanto en el Juicio Particular, como en el Juicio del Día Final, cuando apartará a los que se salven ,de los que se condenen: “Venid a Mí, benditos de mi Padre (…) Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno” (Mt 25, 41-46)-. Por último, ¿se puede tener “connaturalidad afectiva” con el culto a una leyenda –el Gauchito Gil- y con el culto al Demonio –la Santa Muerte? Es obvio que no.

Padre Álvaro Sánchez Rueda

03 de Junio de 2022

Memoria de San Carlos Lwanga y compañeros mártires.

 

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